EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX. Agosto 29, 1947-Agosto 29, 2012.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 MANUEL RODRÍGUEZ MANOLETE:

NOMBRE QUE SUENA A ORACIÓN.

(A LOS SESENTA Y CINCO AÑOS DE SU DESAPARICIÓN).

    Manuel Rodríguez Sánchez  MANOLETE es un torero que surge en medio de la guerra civil española (1936-1939). Durante ese lapso de tiempo, el pueblo está sufriendo las consecuencias más atroces, por lo que necesita de consuelo para paliar el dolor; busca la resignación olvidando toda la tragedia que no va a darse de la noche a la mañana.

   España queda despedazada.

   España  va reponiéndose de la pesadilla, y en medio de las tinieblas surge este torero, cuyo solo nombre suena a oración.

   MANOLETE, es dueño de un particular sello ubicado en el cruce de varias líneas que le dieron facultades únicas. Por un lado, su presencia en los momentos más amargos de la España en guerra, redime a un pueblo, lo sacude de su marasmo y lo pone ante una realidad que los confunde a todos. En esa confusión, Manuel, que parece tener con su figura un aire franciscano, ya no se le beatifica, sino que se le santifica. Parecerá exagerada nuestra afirmación, pero la forma en que un pueblo, o la afición elevan a los pedestales a su torero predilecto, es muy evidente. Claro que así como lo elevan, también pueden derrumbarlo en un santiamén (el sucedido de Rafael Guerra GUERRITA, es perfecto para descifrar los síntomas de aceptación y rechazo: ¡No me voy, me echan…!  Sentencia que deben aprender todos los toreros). Por otro lado, el cordobés puso en práctica métodos de la tauromaquia moderna, atentando contra lo que hasta unos pocos años atrás era disfrute de los aficionados más tradicionales.

   Hoy, a sesenta y cinco años de su desaparición, se despliegan multitud de comentarios que tratan de describirlo, no sólo en la tauromaquia en cuanto tal, sino también en una sociedad que lo vio formarse como uno de los personajes más populares, atributo ganado gracias a muchas condiciones propias del momento. En este conjunto puede estar el de los medios de comunicación, entonces limitados a la prensa escrita, a la radio y al cine que escucharon, leyeron y admiraron generaciones distintas, formadas bajo conceptos que poco se parecen a las que se manifiestan en este 2012, lleno de avances de todo tipo y que nos permiten recrear a la figura señera de Manuel Rodríguez Sánchez, entenderlo también, con la especial diferencia de que nos separa una distancia temporal a la que no nos podemos acercar quienes no le conocimos y nos conformamos con verle en viejas películas, en crónicas acompañadas de fotografías que apenas dan cierta idea del majestuoso esplendor  cordobés.

   Decíamos que su tauromaquia estaba sustentada en el toreo paralelo, en el toreo de perfil que tanta admiración causó entre aquellos que vieron en el diestro un alumbramiento, un distinto proceder que causó polémicas también entre los conservadores y los liberales; es decir, entre los viejos aficionados y los de la nueva hornada. Pero la sensación ocasionada por su estilo sobrio, que bien podría confundírsele a un ángel toreando, estremecía a quienes le vieron bordar una “verónica”, generalmente a pies juntos, o pegando aquellos pases de muleta únicos, que de tan particulares, no se parecían a los de los demás toreros.

   MANOLETE con su presencia, y su influencia también, está transformando los sistemas tradicionales. Su administración (dirigida fundamentalmente por José Flores CAMARÁ) se encarga de formar los mejores carteles, obteniendo por supuesto sumas que hasta entonces eran inadmisibles. El compromiso del torero aumentaba día con día y los espectadores también cobraban una conciencia más crítica, puesto que pagar mucho significaba exigirle más al torero. Y este, con tal carga de responsabilidades, pesaba en sus alternantes, quienes no tenían más remedio que ponerse al tú por tú con semejante motivo de competencia. Esto motivó a que se dieran situaciones especiales en las que se podían marcar condiciones establecidas más que por el torero, por su administración.

   Otra de las terribles consecuencias que dejó la “guerra civil española” fue la devastación del campo bravo español, lo cual orilla a los ganaderos a enviar a las plazas lo disponible en sus ganaderías, es decir, utreros y novillos, lo cual es seña de que pocos podían ofrecer ganado digno para corridas de toros. El ambiente que empezaba a dominar al espectáculo va a ser común denominador en las nuevas formas del quehacer taurino, puesto que no habiendo otro remedio, este era suficiente para continuar con la fiesta en España. Sin embargo, la administración del torero aprovechó tal circunstancia para hacer partícipe de esta situación en todos aquellos países donde poco a poco la influencia del diestro se fue permeando, para bien, o para mal. El enfoque maniqueo sienta sus reales y la trayectoria de la fiesta cambia para ofrecer ventajas que fueron aprovechadas, incluso a costa de la tragedia del cordobés, una tragedia en dos sentidos: la de su propia imagen y la de su muerte en Linares.

   MANOLETE se asomó a la cruda realidad de una España en lenta recuperación. Distinguimos en su actuación torera una antítesis del carácter bélico arrojado por los “desastres” de la guerra. De ahí que su figura -sin llegar a los extremos de explotación- sirviera de emblema a la causa recuperadora del pueblo español. México empezaba a conocer los rasgos no solo de personalidad que le caracterizaban, sino sus formas de hacer el toreo. Era importante verlo para convencerse de que no se les estaba mintiendo con el “cuento” de aquella figura mística vestida de luces.

   En toda aquella plaza donde se presentaba, era garantía de cartel. Su carrera ascendente lo coloca en sitio privilegiado y codiciado también. La transición que marca la “guerra civil española”  -insisto- obliga a la generación anterior a dejar paso a una nueva de la que él forma parte. Los toreros que se unen al cordobés constituyen -a mi parecer- un distinto modo de ver y entender la fiesta. Surge con todos ellos una expresión distinta, más refinada, alejada ya de un antiguo guerrear con los toros de generaciones como las de Fuentes, BOMBITA, MACHAQUITO, JOSELITO o Belmonte. El toro ya es otro, el concepto de criarlos, también. A todo había que adaptarse, incluso a lo que vino después de la “guerra”. MANOLETE es, en medio de ese lamentable acontecimiento, una bandera ajena al sentido de exterminio. Se levanta en otro frente de lucha, enalteciendo con su quehacer y su figura una de las expresiones del arte efímero que es el toreo. Su aportación, la debemos entender observando detenidamente los cambios que provocó, puesto que pareciendo estar sólo, fue capaz de dirigir y condicionar a la fiesta bajo los nuevos sistemas de creación, pero también de administración.

   Se dice que ISLERO de MIURA al convertirse en el asesino, era un asesino artificial, puesto que sufrió -producto de la mencionada “administración”- el cuestionadísimo asunto del “arreglo” en las astas. Sea o no cierta la afirmación que siguen haciendo muchos, el hecho es que con su muerte inicia una estela de leyendas, dichos y acotaciones que no terminan.

   En México causó un verdadero revuelo. Ocasionó que toreros como Lorenzo Garza se viera obligado a regresar de una de sus varias “despedidas” para no verse desplazado por el fuerte impulso con que venía precedido de triunfos y más triunfos, aquí y allá el de Córdoba. Su presentación en la capital de país trajo consigo una verdadera revolución. La ciudad, tan provinciana todavía, pero metida ya en senderos del progreso quería verlo. Aficionados y no aficionados tuvieron oportunidad de admirarlo y aplaudirlo porque MANOLETE en realidad, no decepcionó a nadie, demostró lo buen torero que era, con su estilo tan diferente y tan particular. Auténtico revuelo causó, puesto que conmocionó la vida cotidiana de tal forma que quienes lo vieron y aún viven, recuerdan esto como un capítulo especial; y conste que motivos de suficiente envergadura los hubo como para no compararlos con los de su presentación, misma que se efectuó el 9 de diciembre de 1945 en la plaza de toros EL TOREO, alternando con Silverio Pérez y Eduardo Solórzano, con toros de Torrecillas.

   Y nos dice, como muestra del impacto recibido en esos días, el recordado Carlos Septién García :

    Sangre de Córdoba…

   Sangre de los rudos túrdulos nativos que dejaron su huella en la penumbra de la historia; sangre grave y latina de los sobrios romanos imperiales; sangre brava y tumultuosa de los rubios visigodos bautizados; sangre apasionada e indolente de los moros de Andalucía; sangre de Córdoba hecha toreo y vergüenza de tu Manolete: ¡qué gloriosamente te derramaste ayer en la arena de El Toreo!

    Entendemos con lo que nos manifiesta El Tío Carlos que en MANOLETE se da la summa de varias líneas influyentes en la cultura hispana que, al paso de los siglos supo concentrar en sus entrañas, hasta darle un sello particular con que se identifica ante el mundo.

   Para entender a MANOLETE lo tenemos que ubicar perfectamente en su tiempo, y su espacio. Lo que transcurre en estas dimensiones debemos recibirlo, comprendiendo las circunstancias bajo las cuales se dieron todos esos aspectos. MANOLETE puede estar en estos momentos con nosotros, pero no podemos utilizar sus testimonios para alterarlos, y mucho menos injertarlo en épocas distintas o ajenas donde él ni siquiera puede incorporarse, como si se tratara de forzar un mecanismo de engranes, donde cada una de estas piezas son afines y coordinan un movimiento perfecto. MANOLETE y su época contribuyeron a un capítulo más de la historia taurina dejando evidencia de su quehacer.

   Como torero su figura estaba idealizada en auténticos factores de misticismo. De profunda seriedad, era difícil verle sonreír. Su figura, un delgado emblema, próximo a la ruptura por lo fino y delicado le vino muy bien, porque era el enfrentamiento de “su” fuerza basada en tan frágil anatomía, contra la fuerza bruta del toro, al que siempre vencía… excepto ISLERO de MIURA, toro que cortó de cuajo esa levedad misteriosa, débil como el rezo de un “ave María” en boca de un pecador; potente y majestuoso a la hora de elevarse a los horizontes de la gloria torera.

   Así de grande fue la figura de Manuel Rodríguez Sánchez  quien no solo es MANOLETE, sino el MÍSTICO, retrato fiel de aquel GRECO que dejó para la posteridad la figura franciscana de este torero que trasladamos al mismísimo lienzo del artista español.

   MANOLETE de no haber sido torero, podría ser un santo venerado por todo un pueblo.

   No es posible en todo el trayecto de estas notas la exageración. Interpretamos al hombre y al torero también que surgen ambos, en una sola figura en momentos de difícil circunstancia para un país, pero que supo entender todo ese dolor traduciéndolo en gozo mayor como torero. México no excluye todo el peso de su influencia, la hace suya y convive perfectamente a tal grado que permanece aposentada en el aire, sin que el tiempo cause algún daño o se atenúe todo lo que él representó para la fiesta y para una sociedad que compartieron juntos, durante los años de 1936 a 1947. Esos nueve años fueron suficientes, todo quedó rebasado por él y eso es lo que tenían que entender el pueblo, la afición en general. Estaban ante un verdadero fenómeno social, explicado con el embrujo de sus manos que trazaron y bordaron faenas de gran estatura, inolvidables.

   Es el mismo Tío Carlos quien  vuelve a decir de MANOLETE lo siguiente:

    México entero está hablando de toros desde ayer por la tarde. Este es el hecho al que nadie en la vasta Metrópoli -aficionado o no aficionado- puede sustraerse. México está tenso de emoción de toros (…)

   México es en este momento una fervorosa plática de toros. Y con ello -con ese hervor, con esa entrega, con ese ímpetu- México está mostrando el íntimo bullir de sus esencias entrañables. Porque la fiesta de toros es la fiesta de su cultura y de su estirpe; la manifestación luminosa de su pasión por la belleza y por la hazaña; el desemboque de todos sus amores por la tradición y la liturgia; el camino soleado y tumultuoso por donde cualquier hombre del pueblo puede un día echar a andar hacia lo heroico. La fiesta de toros es para México sueño de bizarría y grandeza, clamor de sangre que grita desde las propias venas, concreción de plástica que se realiza en el linde entre la sombra y el sol, entre la vida y la muerte, creación de gracia genuina, auténtica, probada ante los cuernos de las mil asechanzas.

    Todo esto ocurría al conjuro de MANOLETE. Nadie, por ese entonces quedó exento de conocer vida y obra de uno más de los “Califas” de Córdoba, como si con su presencia se vivieran los días de esplendor irradiado por imágenes vivas de la España que se asomaba a nuestro país para decirnos que su reconquista no era una casualidad. Nos mostraba y nos obsequiaba a uno de sus mejores hombres, ese torero que “conquistó”  de diferente manera a la de sus antecesores, a un pueblo que lo quiso y se apropió de él.

   A raíz de su muerte, el 29 de agosto de 1947 los mexicanos de entonces, se sumaron al duelo, venerándolo y respetándolo no sólo como el torero caído, sino como el personaje que vino a darle giros radicales a la tauromaquia que hoy sigue evolucionando, en gran medida, gracias a sus aportaciones, y al conjunto de ambientes con que lo saturó.

   Cierro esta participación entonando los versos majestuosos de un gran escritor español que encontró en México su segunda patria, y allá nos legó lo mejor de sus experiencias. Me refiero a Carlos Fernández Valdemoro, mejor conocido como José Alameda, quien escribió un soneto hermoso dedicado a Manuel Rodríguez Sánchez MANOLETE así: 

Estás tan fijo ya, tan alejado,

que la mano del Greco no podría

dar más profundidad, más lejanía

a tu sombra de mártir expoliado.

 

Te veo ante tu Dios, el toro al lado,

en un ruedo sin límites, sin día,

a tí que eras una epifanía

y hoy eres un estoque abandonado.

 

Bajo el hueso amarillo de la frente,

tus ojos ya sin ojos, sin deseo,

radiográfico, mítico, ascendente,

 

fiel a tí mismo, de perfil te veo,

como ya te veras eternamente,

esqueleto inmutable del toreo.

    Hasta aquí nuestra sentida reflexión sobre el hombre, el torero, el místico, valores todos representados en una figura única, inolvidable; por ende eterna y que ocupa su lugar en el parnaso de la tauromaquia universal: Manuel Rodríguez MANOLETE.

 NOTA: Las reproducciones digitales, corresponden al ejemplar del ESTO del 6 de septiembre de 1947. Pertenece a la colección del autor.

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