Archivo mensual: agosto 2012

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

REMEMORANDO A BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. A DOS SIGLOS DE SU NACIMIENTO. 26 de 31.

BERNARDO GAVIÑO SE SEPARA DE SU CUADRILLA

    Lo mejor era deslindarse, y más cuando la responsabilidad iba siendo cada vez menor. Resulta que Bernardo Gaviño comenzó a ser motivo de rumores debido, según, a la compra de cierto ganado de reconocida hacienda, que en nada era comparable con el mejor que entonces se lidiaba; que resultaba de mejor precio, pero de ínfima calidad. Por esa sola razón, el rumor se hizo chisme y no tuvo más remedio que enfrentarlo con la siguiente carta:

 Señores redactores del “Diario del Hogar”:

    Cumple a mi decoro como honrado, y a mi deber de agradecido a las reiteradas muestras de simpatía que del público siempre he recibido, al explicar los motivos por qué me separo de la compañía que trabajaba en la plaza del Huisachal para que no mi silencio de lugar a hipótesis aventuradas que podrían lastimar mi pobre reputación conquistada en muchos años de sacrificio.

   Los lectores del “Diario” que vdes redactan, habrán podido ver en los números 39, 45 y 48 la enojosa contienda que con motivo de la compra de unos toros se suscitó entre los Sres. Cuevas y Barbabosa; también habrán notado cual ha sido mi conducta en ella, ya que preferí pagar con el fruto de mi trabajo lo que debía Cuevas, tanto por hacer honor a mi nombre, que por desgracia estaba mezclado en ese negocio, cuanto por evitar los ulteriores males que según el giro que iba tomando la discusión, yo preveía.

   Pero como mi único patrimonio está en mi trabajo, temí que de continuar en el puesto que tenía, más tarde se repitiera la misma escena que acaba de pasar, y yo, aunque con toda mi voluntad no pudiera estar en estado de afrontar una situación como la que ahora he podido dominar; y por eso, consultando sólo a mi honradez, aunque con pena, me despido de mis numerosos amigos, mientras que en otras condiciones puedo seguir trabajando, el que es de vdes. S.S.Q.B.S.M. Bernardo Gaviño.

Nota, a su vez, publicada enEl Arte de la Lidia, Año I, Nº 7 del 4 de enero de 1885.

    Así que, previendo tener que cargar con otra cruz, cortó por lo sano y se dedicó a torear, por el resto de sus días, un año más para ser exactos, en medio de notorias muestras de cariño, ante un papel que ya iba siendo cada vez más decorativo que otra cosa. Pero, ¿por qué tuvo que darse esa separación entre el gaditano y su cuadrilla? Parece ser que al estar “trabajando” con “Frasquito” y otro español que acogió en su cuadrilla, estos ya tenían una participación cada vez más definitiva, decidiendo o tomando decisiones al margen del “maestro”, por lo que resultaba ciertamente riesgoso tener que alternar con “subalternos” que cumplieran con aquella vieja conseja que dice que “los patos le tiran a las escopetas”, y más aún si el referido ganado de alguna manera le garantizaba cierta tranquilidad en su ejercicio tauromáquico.

Interior de la plaza de toros del “Paseo Nuevo” en Puebla, a donde fue a torear el puertorealeño por el resto de aquel polémico año de 1885, donde organizó otra cuadrilla que fue la que finalmente lo apoyó en una “larga” temporada de 11 actuaciones.

Miguel Luna Parra / Federico Garibay Anaya: México se viste de luces. Un recorrido histórico por el territorio taurino de nuestro país. Guadalajara, Jalisco, El Informador, Ágata Editores, 2001.232 pp. Ils., fots., facs., maps., p. 155.

    Sin embargo, la separación fue diplomática e inteligente, sabiéndose “escurrir” del bulto a su debido momento, como ocurrió en aquel caso. Lo demás, fue acumular algunas otras tardes, antes de la de su partida final, ocurrida el 11 de febrero de 1886. 

NOTA: Todos los datos que aparecerán desde hoy y hasta el 31 de agosto, proceden de mi libro “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX” del que muy pronto espero dar noticias más concretas sobre su publicación. 

26 de agosto de 2012.

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ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XXVII. DATOS NECESARIOS SOBRE ATENCO. 7 y último.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ATENCO: 484 AÑOS DE HISTORIA Y UN MITO A CUESTAS.

    Volver al principio…

   ¿Por qué volver al principio de todas las cosas?

   Porque es importante reafirmar en buena medida, la génesis de esta emblemática e histórica hacienda ganadera. Algo de esto ya quedó tratado en los capítulos anteriores. Sin embargo, conviene acercarse a algunas interpretaciones y apreciaciones que permitan entender que si bien Atenco puede ser considerada la ganadería de toros más antigua, no sólo de México sino de todos los países donde se lleva a cabo la representación de la tauromaquia, no necesariamente presenta en esa antigüedad lo que muchos han supuesto como el pie de simiente originario, que se debe a “doce pares de toros y de vacas” de procedencia navarra.

   Ganado mayor y menor lo hubo en ese territorio maravilloso, como lo hubo y se desarrolló en el resto de la Nueva España. De las estancias salieron decenas y decenas de “toros” por decirlo de alguna manera, para satisfacer el alto índice de fiestas que iban desarrollándose como resultado de diversos factores que generaban el poder de convocatoria para la celebración y donde los festejos taurinos tuvieron por muchos años una presencia definitiva. Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652, [1] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo habitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

   Sin embargo, el 24 de junio de 1526

 que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”[2]

 se corren toros en México por primera vez. Entonces ¿qué se lidió al citar el término “ciertos toros”, si no había por entonces un concepto claro de la ganadería de toros bravos?

   ¿No serían cíbolos?

   Recordemos que Moctezuma contaba con un gran zoológico en Tenochtitlán y en él, además de poseer todo tipo de especies animales y otras razas exóticas, el mismo Cortés se encargó de describir a un cíbolo o bisonte en los términos de que era un “toro mexicano con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos”.

   El bisonte en época de la conquista ascendía a unos cincuenta millones de cabezas repartidas entre el sur de Canadá, buena parte de la extensión de Estados Unidos de Norteamérica y el actual estado de Coahuila.

   Si bien los españoles debían alimentarse -entre otros- con carnes y sus derivados, solo pudieron en un principio contar con la de puerco traída desde las Antillas. Para 1523 fue prohibida bajo pena de muerte la venta de ganado a la Nueva España, de tal forma que el Rey intervino dos años después intercediendo a favor de ese inminente crecimiento comercial, permitiendo que pronto llegaran de la Habana o de Santo Domingo ganados que dieron pie a un crecimiento y a un auge sin precedentes. Precisamente, este fenómeno encuentra una serie de contrastes en el espacio temporal que el demógrafo Woodrow W. Borah calificó como “el siglo de la depresión”,[3] aunque conviene matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus afirman que

 Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.[4]

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

 Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.[5]

    En cuanto a la tesis de cíbolos o bisontes, ésta adquiere una dimensión especial cuando en 1551 el virrey don Luis de Velasco ordenó se dieran festejos taurinos. Nos cuenta Juan Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, el segundo virrey de la Nueva España entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

 “muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas [concretamente en el bosque de Chapultepec] de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.[6]

   Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de estas tierras e incluso, ellos mismos fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que no sólo fue privativo de los señores. También los mestizos, pero sobre todo los indígenas lo hicieron suyo como parte de un proceso de actividades campiranas a las que quedaron inscritos.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después señores de rancio abolengo. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; pero ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomará forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzará su dimensión profesional durante el XVIII.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.

 

   También es importante el contenido de aquella carta que, en 1544 envió Cristóbal de Benavente al rey. Benavente era fiscal de la Audiencia de México y advierte: “Los ganados de todo género y especies hay en abundancia y multiplican mucho, casi dos veces en quince meses: todas estas granjerías están en poder de ricos y de hombres que tienen indios encomendados porque con ellos se principiaron y se sustentaron y sin ellos no se pueden sustentar”. Por otro lado, Juan de Torquemada escribía en su “Monarquía Indiana” una apreciación que corresponde al tiempo en que Antonio de Mendoza fue virrey en la Nueva España (de 1535 a 1550), como sigue:

 Ya en estos tiempos habían crecido, en mucho número, los ganados (así menor como vacuno) que habían traído de Castilla e islas a esta tierra; y habiéndose descubierto estas larguísimas tierras dichas, determinaron los señores de ganados, porque los sitios que tenían eran cortos y damnificaban mucho a los indios, de tomar sitios más extendidos y acomodados; y con esto se despoblaron muchas estancias de los valles de Tepepulco, Tzompanco y Toluca (donde fueron las primeras estancias de esta Nueva España, de ganado mayor, así de vacas como de yeguas); y se fueron a poblar por aquellos llanos, adonde ahora están todas las estancias de vacas que hay en la tierra, que corren más de doscientas leguas, comenzando desde el río de San Juan hasta pasar de los Zacatecas y llegar más delante de los valles que llaman de Guadiana; todas tierras chichimecas y tan largas que parece que no tienen fin.

   Pero ante la notable multiplicación de ganado, se produjeron fenómenos harto interesantes, como es el hecho de que con su presencia en zonas como Jilotepec, la de Toluca o la de Tepeapulco, obligaran a que los naturales se viesen obligados a desplazarse a zonas montañosas, lo que representaba un problema para continuar con labores evangelizadoras por parte de misioneros que por esos años se encontraban realizando tan noble labor. Con la ausencia de mano de obra los cultivos disminuyeron, el precio del maíz se incrementó notablemente por aquellos años finales del XVI. Se pidió en cambio que los grandes rebaños pastaran en zonas menos habitadas y esto, en su momento facilitó que avanzado el siglo 16, se diese una penetración en dominios chichimecas, lo que permitió acercarse y descubrir las grandes minas en el actual territorio zacatecano.

   Para que pudiese haber dinámica en el manejo del ganado, los indios en aquellos años, se encontraban restringidos de montar a caballo. Tengo la impresión que allá, en el campo, o ni se enteraron o su actitud fue contestataria ante tal medida. En ese sentido, los indios chichimecas en forma muy rápida se convirtieron en ágiles jinetes, cazando bovinos a flechazos. Esas labores cotidianas lograron reunir diversos ingredientes que derivaron en el rodeo, faena de campo que más tarde aparecería como espectáculo. Consistía en arrear el ganado desde los lugares donde pacía hasta conducirlo a las estancias, o concentrarlo en un punto determinado para separar el propio del ajeno, contarlo y marcarlo, así como para acostumbrarlo a la presencia del hombre y evitar que se volviera demasiado cimarrón. Esto permitió que los indios se convirtieran en vaqueros eficientes, lo cual dio por resultado que con los años se produjera un diálogo entre quehaceres taurinos realizados lo mismo en el ámbito rural que en el urbano.

   Gracias a la ganadería de Atenco es como ha sido posible conocer algunos datos más que puntualizan sus orígenes y primer desarrollo, por lo menos el ocurrido en el periodo novohispano, asunto obligadísimo en esta última entrega. En otros momentos, recalcaré el “esplendor y permanencia” que tuvo dicha ganadería de toros bravos, por lo menos en el periodo que va de 1815 a 1915, donde casi 1200 noticias localizadas, dan idea de su gran capacidad para surtir de ganado, no sólo en el país. También en el extranjero, con sus consiguientes éxitos y fracasos… que también los hubo.[7]

 FIN DE ESTA SERIE.


 

[1] La primer aparición pública de ganado atenqueño se remonta al 3 de septiembre de 1652, por motivo del cumpleaños del virrey Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste, y con toros, que “se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada”, provincial de la orden de la Merced.

En Gregorio Martín de Guijo: DIARIO. 1648-1664. Edición y prólogo de Manuel Romero de Terreros. México, Editorial Porrúa, S.A., 1953. 2 V. (Colección de escritores mexicanos, 64-65)., T. I., p. 199-200. Además: Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 79-80.

[2] Hernán Cortés: Cartas de Relación. Nota preliminar de Manuel Alcalá. Décimo tercera edición. México, Porrúa, 1983. 331 p. Ils., planos (“Sepan cuántos…”, 7), p. 275.

[3] Woodrow, W. Borah: El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México).

   El autor apoya su tesis en las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

   Esta tesis ha perdido fuerza frente a otros argumentos, como por ejemplo los que plantea la sola trashumancia habida en buena parte del territorio novohispano, o aquel otro que propone Pedro Romero de Solís en su trabajo denominado “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina” (véase bibliografía). Pero también se ha desdibujado por motivo de que el autor nunca consideró que habiendo una crisis demográfica de las dimensiones analizadas en su estudio, estas nunca iban a permitir que la economía creciera. Por supuesto que la economía colonial creció desde finales del siglo XVI, se desarrolló durante todo el siglo XVII y se consolidó, en consecuencia hasta que operaron abiertamente las reformas borbónicas.

[4] Enrique Florescano y Margarita Menegus: “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)” (p. 363-430). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 365-6.

[5] Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

[6] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias (Noticias históricas de Nueva España). Compuesto en 1589 por don (…) vecino y natural de México. Nota preliminar de Federico Gómez de Orozco. México, Secretaría de Educación Pública, 1949. 246 p., facs. (Testimonios mexicanos. Historiadores, 3), p. 100.

 [7] Las fotografías en los exteriores del casco de la hacienda y plaza de tienta fueron realizadas por el autor en abril de 2012.

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CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

REMEMORANDO A BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. A DOS SIGLOS DE SU NACIMIENTO. 25 de 31.

UN GESTO DE BERNARDO GAVIÑO LLEVANDO TOREROS MEXICANOS EN SU CUADRILLA POR RUEDOS DEL PERÚ EN 1871.

    La última actuación de Bernardo Gaviño antes de ser prohibidas las corridas de toros en el D.F. (medida que abarca de 1867 a 1886) queda registrada para los anales, en la

 PLAZA DEL PASEO NUEVO, D.F. 22 de diciembre. “A las cuatro y media. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Cinco toros de Atenco. Habrá enseguida una mojiganga que lidiará otro torete, después del tercer toro de la lid. Toro embolado de costumbre.” (La Iberia Nº 233, del dom. 22 de diciembre de 1867).

   Quizás Puebla o Toluca se convirtieron en refugio temporal de Bernardo, quien vio en Sudamérica el siguiente paso a la continuidad en sus actuaciones. En 1869 ya lo encontramos en Lima, Callao y Arequipa, en el hermano país del Perú. Pero a fines de 1870, justo el 28 de diciembre, está llegando de nuevo al puerto del Callao, en el vapor AREQUIPA, la cuadrilla mexicana, compuesta del siguiente personal:

 Director y primer espada: Bernardo Gaviño (de Puerto Real, Cádiz.-España).

Segundo espada: Felipe Chávez (de Morelia, México)

Tercer espada: Silverio Cuenca (de México)

Banderilleros de a caballo: Francisco Palomino y José Perea (de Puebla, México)

Banderilleros de a pie: Narciso Orostia, José de la Cruz Avilés y Francisco Pozo (mexicanos)

Cachetero: Agustín Escudero (mexicano).

   El grupo se estrena en la antigua y hoy desaparecida plaza del Callao, el domingo 1º de enero de 1871 y repite, al menos el dato proporcionado por Emilio A. Calmell L. (en HISTORIA TAURINA DEL PERÚ. 1535-1935. Lima, Perú, Taller Tipográfico de “Perú Taurino” y de “Perla y Oro”, Jirón Ayacucho, 1936. 393 pp., ils.) el 14 del mismo mes, con muy buen éxito, no pudiendo hacerlo en la de Lima, por estar en posesión de ésta el empresario don Manuel Miranda, quien tiene ya organizada la temporada de dicho año; aunque, disuelta posteriormente, la cuadrilla mexicana, trabajan algunos de los diestros que la componen, en la plaza de la capital, en diversas ocasiones.

   Lo destacable en estos datos es ese grupo de toreros que lo acompañaron a la aventura inca. Ninguno de ellos, salvo Felipe Chávez, es quien aparece registrado casualmente en reseñas o relaciones de toreros que el propio gaditano nos proporciona para conocer quienes eran sus compañeros durante las largas jornadas que emprendió Bernardo en ruedos mexicanos.

   Los paisanos de que se hizo acompañar en su viaje al Perú se mantuvieron juntos algún tiempo, hasta que se dispersaron, tomando cada quien su camino. De dicho grupo, dos de ellos decidieron quedarse: Francisco Pozo y José de la Cruz Avilés. De este, sabemos que el 23 de junio de 1871 fue herido gravemente en la plaza del Callao, tardándose en recuperar algún tiempo. De Francisco Pozo (¿hijo, probablemente de Vicente Pozo, a la sazón, empresario de la desaparecida plaza de toros del PASEO NUEVO?). Corría el año de 1882. Fue el 14 de abril en la plaza del Callao cuando fue cogido al banderillear a un toro alazán de la Rinconada de Mala, el que le infiere gravísima herida en la ingle izquierda que le ocasiona la muerte dos días después, a pesar de los solícitos cuidados que se le prodigan. Sus restos reposan en el Cementerio de Baquíjano del expresado puerto.

   Lo extraordinario en todo esto es, en principio, la continuidad con que se mantuvo Bernardo. Entonces contaba con 57 años. Pero también la forma en que supo darle un lugar a los toreros mexicanos condescendiendo en la forma en que lo hizo con este grupo que además de todo, resulta novedoso en la medida en que dicha cuadrilla no era conocida para nosotros. Son nombres que así como llegaron se fueron.

   Destaca también un dato curioso: la matria de estos toreros son las poblaciones que visita con mayor frecuencia el gaditano y como en el caso del moreliano Jesús Villegas “El Catrín” este lo sigue por cielo, mar y tierra. No conforme con haber abandonado el seno familiar, decide ir a España para perfeccionar sus conocimientos entre 1867 y 1870 aproximadamente. Dichas actitudes creaban entusiasmo, movían ilusiones en personas con una vaga idea del toreo, porque en su vida lo habían visto, o en aficionados cuya formación les permite aventurarse con algo poco más estructurado.

   Bernardo convence a quienes se ostentaron como segundo y tercer espada, banderilleros de a caballo y de a pie y el cachetero, para buscar todos juntos la fortuna, actuando así varias tardes, hasta su ruptura.

   Este es un ejemplo vital de la actividad que mantuvo Bernardo Gaviño sustentando la tauromaquia mexicana más allá de sus fronteras mientras se cumple con la prohibición que somete a los aficionados capitalinos que se limitan yendo a Cuautitlán, a Puebla o a Toluca. La de Tlalnepantla se inaugurará hasta 1874.

   Gaviño seguirá actuando en plazas mexicanas hasta 1886 cuando es herido en Texcoco el 31 de enero. Muere, como ya sabemos 11 días después.

 NOTA: Todos los datos que aparecerán desde hoy y hasta el 31 de agosto, proceden de mi libro “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX” del que muy pronto espero dar noticias más concretas sobre su publicación. 

25 de agosto de 2012.

PROYECTO EDITORIAL DEL AUTOR. 1982-2012.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Deseo, a través del Blog de mi responsabilidad, poner a consideración de las autoridades universitarias, culturales, editores e impresores la obra que, hasta el momento considero se encuentra lista para su edición, sea en papel o como libro electrónico. Se trata de 84 trabajos, mismos que han sido elaborados de 1982 a la fecha y cuya propuesta temática aborda dos temas específicos: la tauromaquia en México así como aquello relativo al tema de los archivos históricos, en concreto, el de la extinta Luz y Fuerza del Centro, donde me desempeñé como Director del Archivo Histórico de 2005 a 2009.

   El conjunto todo de esas propuestas editoriales comprende un tratamiento histórico, estético, literario e iconográfico en ambas líneas de investigación. Actualmente se encuentran bajo resguardo electrónico (archivos Word), mismos que facilitarían la tarea de edición bajo las tecnologías editoriales que deben imperar en la mayoría de los casos, e incluso también pueden sujetarse a los criterios tradicionales. Son obras que pretenden dar un soporte puntual de información sobre dos muy precisas referencias históricas que han formado parte en el devenir de esta nación. Una, la tauromaquia desde 1526 y hasta nuestros días. Otra, la historia de la electricidad, desde la segunda mitad del siglo XIX y también hasta estos momentos.

   Tres son los aspectos en que se encuentran concentradas como serie:

APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (y en algunos casos bajo las subseries: Curiosidades Taurinas de antaño, exhumadas hogaño, Biografías, Catálogos, Iconografía, etc); REGISTRO GENERAL DE OBRA y ANTOLOGÍAS.

   Todos aquellos interesados pueden remitirse con el autor de la obra: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE, MAESTRO EN HISTORIA y DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS TAURINOS DE MÉXICO, A.C.

CUALQUIER COMUNICACIÓN PUEDE SER A TRAVÉS DEL BLOG: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (https://ahtm.wordpress.com/) o DE LOS CORREOS ELECTRÓNICOS: josecoello1962@terra.com.mx y josecoello1962@hotmail.com

    Finalmente, el detalle de cada uno de ellos, puede ser revisado[1] en el archivo que se denomina:

PE_JFCU_2012 con extensión PDF que adjunto a continuación:

PE_JFCU_2012 

   De antemano, muchas gracias por su atención. 

AGOSTO DE 2012.


[1] El autor se reserva algunos datos personales que omite en el “Curriculum vitae in extenso” incluido en el archivo mencionado.

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ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XXVI. DATOS NECESARIOS SOBRE ATENCO. 6 de 7.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ATENCO: 484 AÑOS DE HISTORIA Y UN MITO A CUESTAS.

    Toros famosos.-Entre l880 y 1920 se encuentran “Beto”, lidiado en Tenancingo, que tomó un número considerable de varas y mató 7 caballos. “Capulín” jugado en Puebla y que también estuvo superiorísimo en varas y que, llamado por el vaquero que lo cuidaba acudió mansamente a él. “Prieto” también en Tenancingo con un juego similar al de “Beto”.

   En nuestro siglo XX se recuerda entre otros a “Chisperito”, toreado por Valencia II, lidiado en México en la plaza de toros “El Toreo” Y que atravesado con el estoque cruzó el ruedo para ir a morir sobre uno de los caballos de pica que él había matado, y a “Faisán”, que en la misma plaza fue inmortalizado por Rodolfo Gaona.

Toro de Atenco, sangre navarra, a principios del siglo XX.

Heriberto Lanfranchi: Historia del toro bravo mexicano. México, Asociación Nacional de criadores de toros de lidia, 1983. 352 pp. ils., grabs., p. 82.

    También es bueno recordar que los toros atenqueños fueron lidiados en la Plaza Carlos III de la Habana, Cuba. Y aunque fueron 2 los toros, estos fueron estoqueados por Juan Jiménez “El Ecijano”.

   La ancestral ganadería de Atenco también ha tenido algunos altibajos, como cualquiera otra y esto, debido a la incesante búsqueda de lo mejor que pueda aportar la raza. Considero que entre los descendientes de Juan Gutiérrez Altamirano y más tarde con los Barbabosa existió una profunda preocupación que los movió a buscar elementos integrales de suficiente peso para mantener en primer plano no solamente a la célebre hacienda de Atenco, sino también un importante capítulo de historia en el toreo mexicano. El toreo en nuestro país, se debe, en gran medida a la ganadería de Atenco, primero con aquel concepto del toro criollo que con toda seguridad fue abundante durante muchos años en el valle de Toluca y más tarde, con la presencia de casta y bravura lograda con la presencia de la simiente española, finalmente decisiva y definitiva para corregir el destino de una fiesta que necesariamente debía contener, al igual que España, los mejores elementos para desarrollar un espectáculo que ha alcanzado -hasta nuestros días, inclusive-, lo mejor de lo mejor. Y en esto, indiscutiblemente, el papel de Atenco ha sido determinante.

Leyenda en un punto del casco de la hacienda, donde se indica –con toda seguridad-, el momento en que terminaron algunas obras de remodelación en dicho sitio.

Imagen, cortesía de Ricardo Orozco Ríos. 

CONTINUARÁ.

PROYECTO EDITORIAL DEL AUTOR. 1982-2012.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Deseo, a través del Blog de mi responsabilidad, poner a consideración de las autoridades universitarias, culturales, editores e impresores la obra que, hasta el momento considero se encuentra lista para su edición, sea en papel o como libro electrónico. Se trata de 84 trabajos, mismos que han sido elaborados de 1982 a la fecha y cuya propuesta temática aborda dos temas específicos: la tauromaquia en México así como aquello relativo al tema de los archivos históricos, en concreto, el de la extinta Luz y Fuerza del Centro, donde me desempeñé como Director del Archivo Histórico de 2005 a 2009.

   El conjunto todo de esas propuestas editoriales comprende un tratamiento histórico, estético, literario e iconográfico en ambas líneas de investigación. Actualmente se encuentran bajo resguardo electrónico (archivos Word), mismos que facilitarían la tarea de edición bajo las tecnologías editoriales que deben imperar en la mayoría de los casos, e incluso también pueden sujetarse a los criterios tradicionales. Son obras que pretenden dar un soporte puntual de información sobre dos muy precisas referencias históricas que han formado parte en el devenir de esta nación. Una, la tauromaquia desde 1526 y hasta nuestros días. Otra, la historia de la electricidad, desde la segunda mitad del siglo XIX y también hasta estos momentos.

   Tres son los aspectos en que se encuentran concentradas como serie:

APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (y en algunos casos bajo las subseries: Curiosidades Taurinas de antaño, exhumadas hogaño, Biografías, Catálogos, Iconografía, etc); REGISTRO GENERAL DE OBRA y ANTOLOGÍAS.

   Todos aquellos interesados pueden remitirse con el autor de la obra: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE, MAESTRO EN HISTORIA y DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS TAURINOS DE MÉXICO, A.C.

CUALQUIER COMUNICACIÓN PUEDE SER A TRAVÉS DEL BLOG: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (https://ahtm.wordpress.com/) o DE LOS CORREOS ELECTRÓNICOS: josecoello1962@terra.com.mx y josecoello1962@hotmail.com

    Finalmente, el detalle de cada uno de ellos, puede ser revisado[1] en el archivo que se denomina:

PE_JFCU_2012 con extensión PDF que adjunto a continuación:

PE_JFCU_2012

   De antemano, muchas gracias por su atención. 

AGOSTO DE 2012.


 

[1] El autor se reserva algunos datos personales que omite en el “Curriculum vitae in extenso” incluido en el archivo mencionado.

 

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CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

REMEMORANDO A BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. A DOS SIGLOS DE SU NACIMIENTO. 24 de 31.

GAVIÑO CULTIVA Y FOMENTA EN MÉXICO UN TOREO CON SER MESTIZO.

   Bernardo Gaviño proviene de un puerto histórico, de una ciudad, la más antigua de Occidente. Puerto Real o Cádiz que es lo mismo.

   Ciudad que vive la gesta de Alfonso X el Sabio (en el siglo XIII) al liberarla del control musulmán. Tiene en seguida de este acontecimiento una recuperación esplendorosa.

   Dos siglos más tarde, casi tres, tan luego se tuvo una idea exacta de lo que fue el descubrimiento de América como nuevo continente, comenzó a trazarse la ruta comercial que comunicaría a dos mundos tan distantes como cercanos en sus culturas. Cádiz fue el puerto de donde partieron multitud de embarcaciones en pos del misterio.

Fachada de la iglesia principal de Cádiz. En Ilustración Española, Madrid Nº 32 del 30 de agosto de 1880.

   Gaviño con toda seguridad salió un buen día de 1828 o 1829 de su Cádiz amada (¿acaso en la fragata La Cantor Limeña alias “La Niña”?), ciudad a la que, suponemos, no volverá a ver por el resto de sus días. Desde la catedral, obra del barroco y el neoclásico, conocida como la “Catedral de las Américas” se despide, recibiendo el susurro del viento como único aliento que no encontró en su familia, impulsado por ese deseo de aventura y, sin saberlo, a extender la tauromaquia predominante en esos momentos: de expresión rondeña, porque Pedro Romero, resquicio de dos siglos, el XVIII y el XIX está proyectando sus conocimientos que deben haber influido en Bernardo, como lo hizo también Juan León “Leoncillo” fuera de las aulas.

   Ya no tuvo tiempo para esperar las lecciones del “maestro” en la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, ni compitió con PAQUIRO, ni tampoco con CÚCHARES. En todo caso, el tiempo perdido lo recupera -con creces- en Montevideo, La Habana pero sobre todo en México, lugar este último donde se distinguió como maestro, aplicando métodos de control que lo convirtieron durante muchos años en el dueño de la situación. Desde luego que al quedarse entre nosotros cultiva y fomenta un toreo con ser mestizo, combinación perfecta de sus raíces con la más pura expresión mexicana fruto inclusive, de los reflejos independientes que la nueva nación está sintiendo desde 1821.

Alfred Guedson, Puerto de Cádiz, ca. 1850-1860; litografía. En La Illustration Journal Universel de París. Imagen tomada de la revista Relatos e historias en México, año IV, Nº 43, marzo de 2012, p. 50.

   Si por momentos Cádiz evoca a Guanajuato o es Guanajuato quien evoca a Cádiz, entonces con Bernardo Gaviño encontramos una reminiscencia española y mexicana a la vez, cuyo mestizo resultado fue magnífico en el siglo XIX, siglo que se benefició con el enorme bagaje aportado por el célebre torero en compañía de sus principales discípulos.

   En pos de revelar la vida de un personaje como Gaviño, hemos visto parte del espíritu ancestral que trajo para compartirlo en otros sitios, fruto de la experiencia acumulada en siglos de florecimiento cultural. Dos razones de un mismo origen que se encuentran y son encuentro con Bernardo Gaviño y Rueda.

NOTA: Todos los datos que aparecerán desde hoy y hasta el 31 de agosto, proceden de mi libro “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX” del que muy pronto espero dar noticias más concretas sobre su publicación. 

24 de agosto de 2012.

PROYECTO EDITORIAL DEL AUTOR. 1982-2012.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Deseo, a través del Blog de mi responsabilidad, poner a consideración de las autoridades universitarias, culturales, editores e impresores la obra que, hasta el momento considero se encuentra lista para su edición, sea en papel o como libro electrónico. Se trata de 84 trabajos, mismos que han sido elaborados de 1982 a la fecha y cuya propuesta temática aborda dos temas específicos: la tauromaquia en México así como aquello relativo al tema de los archivos históricos, en concreto, el de la extinta Luz y Fuerza del Centro, donde me desempeñé como Director del Archivo Histórico de 2005 a 2009.

   El conjunto todo de esas propuestas editoriales comprende un tratamiento histórico, estético, literario e iconográfico en ambas líneas de investigación. Actualmente se encuentran bajo resguardo electrónico (archivos Word), mismos que facilitarían la tarea de edición bajo las tecnologías editoriales que deben imperar en la mayoría de los casos, e incluso también pueden sujetarse a los criterios tradicionales. Son obras que pretenden dar un soporte puntual de información sobre dos muy precisas referencias históricas que han formado parte en el devenir de esta nación. Una, la tauromaquia desde 1526 y hasta nuestros días. Otra, la historia de la electricidad, desde la segunda mitad del siglo XIX y también hasta estos momentos.

   Tres son los aspectos en que se encuentran concentradas como serie:

APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (y en algunos casos bajo las subseries: Curiosidades Taurinas de antaño, exhumadas hogaño, Biografías, Catálogos, Iconografía, etc); REGISTRO GENERAL DE OBRA y ANTOLOGÍAS.

   Todos aquellos interesados pueden remitirse con el autor de la obra: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE, MAESTRO EN HISTORIA y DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS TAURINOS DE MÉXICO, A.C.

CUALQUIER COMUNICACIÓN PUEDE SER A TRAVÉS DEL BLOG: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (https://ahtm.wordpress.com/) o DE LOS CORREOS ELECTRÓNICOS: josecoello1962@terra.com.mx y josecoello1962@hotmail.com

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[1] El autor se reserva algunos datos personales que omite en el “Curriculum vitae in extenso” incluido en el archivo mencionado.

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ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XXV. DATOS NECESARIOS SOBRE ATENCO. 5 de 7.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

ATENCO: 484 AÑOS DE HISTORIA Y UN MITO A CUESTAS.

   Bernardo Gaviño (1812-1886) lidió, a lo largo de muchos años toros de Atenco, y con ellos triunfó rotundamente. Ante la necesidad de mejorar la raza atenqueña, que conocía muy bien el diestro gaditano, es muy probable que haya intervenido, decidiéndose por algún tipo de toro español, que por entonces, se manifestaba como el mejor. A mediados del siglo XIX Nazario Carriquiri ya poseía la hacienda y fue  desde 1868 que la administró en sociedad con su pariente el conde de Espoz y Mina. Hacia 1852 don Nazario había echado un toro de Picavea de Lesaca a algunas vacas, teniendo muy buenos resultados. Gaviño hizo varios viajes a Perú y Cuba para cumplir con diversos contratos. Así pues, bien pudo haber abierto varios paréntesis realizando viaje hasta la península ibérica con objeto de lo que acabo de mencionar, puesto que su jerarquía y su influencia determinaron y decidieron varias condiciones del toreo en México. Las crónicas de la época poco nos dicen al respecto sobre la “bravura” de los toros. Sin embargo, la presencia de Gaviño en Atenco no es una casualidad y a el se debieron diversas selecciones de toros para las corridas por entonces efectuadas.

  Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate -que la adquiere en 1878- al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Si bien, restablecidas las corridas de toros en el Distrito Federal de 1887 en adelante, algunos toros navarros -ahora sí- llegaron por aquí, pero la ganadería adquirió relevancia a comienzos de nuestro siglo mezclándose con sangre de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

12 de octubre de 1910: desencajonamiento de las vacas y sementales españoles de D. Felipe de Pablo Romero en la ganadería de Atenco.

Heriberto Lanfranchi: Historia del toro bravo mexicano. México, Asociación Nacional de criadores de toros de lidia, 1983. 352 pp. ils., grabs., p.86.

    En la ganadería de Atenco convive un torero nacido allí mismo en 1856. Ponciano Díaz Salinas. Casualmente, su fecha de nacimiento coincide con la creación de la hacienda misma, es decir, el 19 de noviembre. Ponciano aprende rápidamente las tareas campiranas practicadas -entre otros-, por José Guadalupe Albino Díaz “El Caudillo”, su padre, o por José María Hernández “El Toluqueño”, o Felipe Hernández “El Brujo”, toreros de la casa a quienes se  deben las mejores lecciones que el futuro y popular diestro atenqueño pondrá en práctica en los años de su esplendor. Pero Ponciano, además de todo, conocía perfectamente el ritmo de vida en la ganadería de Atenco, por lo que también sus conocimientos fueron esenciales para intervenir en las decisiones tomadas por el nuevo dueño, don Rafael Barbabosa Zárate, quien desde l878 adquiere el control de tan importante complejo ganadero. He de decir, para terminar con la participación de Ponciano Díaz, que no solo era buen torero, al grado de alcanzar los máximos niveles de popularidad, sino también un excelente charro, maestro de las suertes campiranas que llevó incluso, a las plazas de toros de todo México, Estados Unidos de Norteamérica, Cuba, Portugal y España.

   Rafael Barbabosa Zárate surge a la fama como ganadero de Santín. El lic. don José Antonio Barbabosa y Díaz de Tagle poseedor de la hacienda de Santín,  que hereda a sus hijos D. Jesús María y  D. José Julio Barbabosa. Este último, desde 1835 formó dicha ganadería con ganado criollo de la región para posteriormente legarla a su hijo D. Rafael Barbabosa Arzate. Años más tarde -en 1853- adquiere la hacienda de san Diego de los Padres -que lindaba con Santín- adquiriendo vacas criollas y sementales de “El Salitre” hacienda ubicada en sierra de Pinos (Zacatecas).  Su magnífica posición económica le permite adquirir en julio de l878 la hacienda y ganadería de Atenco que administra hasta el 21 de marzo de l887, fecha de su muerte. En esos momentos, todos sus bienes quedaron en propiedad de su esposa, Dña. Luz Saldaña, Viuda de Barbabosa, y sus siete hijos: Aurelio, Herlinda, Antonio, Concepción, Juan de Dios, Rafael y Manuel Barbabosa Saldaña. De ese modo quedó conformada la sociedad “Rafael Barbabosa Sucesores” que administró tanto san Diego de los Padres como Atenco.

Recoge la foto un grupo de señores mexicanos vestidos a la moda del año 1928, que es la fecha en que el fotógrafo la hizo. Pero no es lo peor que los trajes se hayan pasado un poco de moda. Lo lamentable es que los usos de estos caballeros, su modo de hacer, su celo y su afición para las tareas a que se dedicaban, se está perdiendo lamentablemente. ¡Se ha pasado de moda ya…!

   Como el prestigio ganadero muerto era muy minucioso en sus cosas, podemos copiar nosotros la nota que respalda la cartulina. Dice así: De izquierda a derecha, don Juan de Dios Barbabosa, y don Manuel Barbabosa, de Atenco. Don Lubín González, de Piedras Negras, y La Laguna, don Antonio Barbabosa, de San Diego de los Padres. Don Antonio Llaguno (hijo de don Julián). Don Julián Llaguno, de Torrecillas; don Aurelio Carbajal de Zotoluca; don Antonio Llaguno, de San Mateo, don Wiliulfo González, de Piedras Negras.

El Ruedo de México. Fundador y director: Manuel García Santos. Año IX N° 109, México, D.F., 26 de febrero de 1953, p. 5.

    En 1910 se agregaron vacas españolas de Felipe de Pablo Romero, 2 sementales de la misma procedencia, así como varios de san Diego de los Padres. Posteriormente se agregó sangre de Saltillo -en 1925-, y en 1977 se adquirieron 2 sementales más de don José Julián Llaguno.

   Luego de contar con extensiones inmensas de terrenos, hoy en día se ve reducida a unas cuantas hectáreas (80 que nos confirmó José Antonio, hermano de don Juan Pérez de la Fuente). Con 110 años de control por parte de la familia Barbabosa, es efectuado un contrato de compra-venta entre estos últimos y el Ing. Juan Pérez de la Fuente, mismo que la tuvo bajo su control de 1962 a l988, año de su muerte. De esa fecha y hasta nuestros días se encuentra administrada por el Sr. Jaime Infante quien ha tratado, por todos los medios, de perpetuar la memoria y el nombre de la ganadería más antigua en México.

   Los colores azul y blanco de su divisa se han elevado a sitios preponderantes. Se cree que los toros llevan la moña con dichas tonalidades en honor de la Purísima Concepción, patrona de Atenco, pero en realidad, los señores Barbabosa los escogieron para esta ganadería, por ser los de la divisa de una de las vacadas españolas que refrescaron la sangre original de los toros de Atenco (es decir, la de Pablo Romero). 

CONTINUARÁ.

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PROYECTO EDITORIAL DEL AUTOR. 1982-2012.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Deseo, a través del Blog de mi responsabilidad, poner a consideración de las autoridades universitarias, culturales, editores e impresores la obra que, hasta el momento considero se encuentra lista para su edición, sea en papel o como libro electrónico. Se trata de 84 trabajos, mismos que han sido elaborados de 1982 a la fecha y cuya propuesta temática aborda dos temas específicos: la tauromaquia en México así como aquello relativo al tema de los archivos históricos, en concreto, el de la extinta Luz y Fuerza del Centro, donde me desempeñé como Director del Archivo Histórico de 2005 a 2009.

   El conjunto todo de esas propuestas editoriales comprende un tratamiento histórico, estético, literario e iconográfico en ambas líneas de investigación. Actualmente se encuentran bajo resguardo electrónico (archivos Word), mismos que facilitarían la tarea de edición bajo las tecnologías editoriales que deben imperar en la mayoría de los casos, e incluso también pueden sujetarse a los criterios tradicionales. Son obras que pretenden dar un soporte puntual de información sobre dos muy precisas referencias históricas que han formado parte en el devenir de esta nación. Una, la tauromaquia desde 1526 y hasta nuestros días. Otra, la historia de la electricidad, desde la segunda mitad del siglo XIX y también hasta estos momentos.

   Tres son los aspectos en que se encuentran concentradas como serie:

 APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS MEXICANAS (y en algunos casos bajo las subseries: Curiosidades Taurinas de antaño, exhumadas hogaño, Biografías, Catálogos, Iconografía, etc); REGISTRO GENERAL DE OBRA y ANTOLOGÍAS.

   Todos aquellos interesados pueden remitirse con el autor de la obra: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE, MAESTRO EN HISTORIA y DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS TAURINOS DE MÉXICO, A.C.

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CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO. BERNARDO GAVIÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

REMEMORANDO A BERNARDO GAVIÑO y RUEDA. A DOS SIGLOS DE SU NACIMIENTO. 23 de 31.

CON BERNARDO GAVIÑO EN MÉXICO, LO ESPAÑOL NO FUE AJENO EN LA NUEVA NACIÓN.

    Sin embargo, Gaviño fue capaz de contener y de controlar el ambiente, siendo un torero que se convirtió en ídolo. Con la emancipación del influjo español, el mexicano en cuanto tal no rechazó a Bernardo Gaviño. Es más, mutuamente se identificaron y al paso de 40 años aproximadamente (los últimos 11 de su trayectoria son apenas metáfora de “polvos de aquellos lodos”) su figura fue imprescindible, siendo constantemente requerido por empresas no solo de la capital; también de la provincia. Incluso él mismo hizo empresa en Puebla y Cuautitlán, así como en buena cantidad de tardes en la plaza del Paseo Nuevo de la ciudad de México. Hizo viajes a Cuba y al Perú fundamentalmente donde dejó testimonios de grandeza, lo cual es seña de afán e interés por internacionalizar y extender sus territorios de dominio. Su imperio.

   Con 150 años de por medio no es fácil entender el protagonismo del gaditano El espectáculo de toros sin la actuación de Gaviño era importante, pero con él, estaba garantizado cada festejo por la magnitud con que concibió, inventó, recreó y le dio magia a la corrida de toros.

   España y México pasaban por una etapa de semejanzas en cuanto al modo de concebir y entender el toreo. Sin embargo creo que en nuestra nación hubo emanaciones de declarado nacionalismo, el cual se debatió en una batalla permanente protagonizada por hombres que aspirando el poder, se lo arrebataban día con día en un ambiente sin orden ni concierto.

   El toreo era algo similar, solo que no había banderas políticas. La plaza era fuente receptora de aquel caos y cada acto se convertía en símbolo y homenaje al permanente intento por gobernar sin tempestades encontradas en aquel México decimonónico, caracterizado por eso, por una historia de bandazos que hoy podía tener un régimen republicano, luego de que ayer fue centralista y quizá mañana se someta al militar. Eso nadie lo podía predecir. Por eso el toreo, en su ininteligible interpretación fue espejo de aquella sociedad combativa y decidida a lograr la paz, anhelo de generaciones que llegó compartiendo destinos con el progreso, justo en el momento en que Juárez arriba a la capital del país, restaura la república y de paso, se prohíben las corridas de toros.

   Todo esto en 1867.

   Bernardo Gaviño sigue siendo Bernardo Gaviño, dijo Pero Grullo. Su presencia dejó admirados a propios y extraños. Madame Calderón de la Barca y Mathieu de Fosey, entre otros, lo vieron en 1840 y 1844 respectivamente. Luis G. Inclán se inspiró en él y dedicó buen número de páginas de su ya clásica novela de costumbre ASTUCIA. El pueblo lo sigue aclamando. Las plazas de San Pablo y Paseo Nuevo viven jornadas de intensidad solo comparable a conmemoraciones regias donde lo efímero y lúdico del acontecimiento transcurrían sin que se agotara el cimiento de la armonía y de la invención (una disculpa a Vivaldi por tomar prestado una vez más ese su grandioso fruto de creación estética y artística).

   La historia del toreo en México durante el siglo XIX tiene en el gaditano a un personaje que puede llenar páginas y páginas sobre un acontecer alucinante en cuanto modo de expresión, muy característico en esas épocas donde la creatividad fue señal de efervescencia magnificada. Quien no haya visto por lo menos los carteles que anuncian todas aquellas corridas de toros no podrá entender lo que pretendo decir en estas líneas, por lo que cada vez es más fascinante ese entorno, ese mundo mágico y distinto del ritmo taurino mexicano durante el siglo que aún nos precede, pero que será, dentro de poco “antepasado”.

Bernardo Gaviño. Grabado de Manuel Álvarez Manilla.

 AL RELANCE…

 Vivan México y España, ambas naciones unidas. ¡Vivan España y México! Si España es la cuna de la Tauromaquia y ha dado toreros como Pedro Romero, “Pepe-illo” y “Costillares” y los tiene actualmente como “Lagartijo”, “Frascuelo” y “El Tato”, México tuvo a BernardoGaviño que siendo español fue maestro de Pablo Mendoza, Ignacio Gadea, Mariano “La Monja” y tiene actualmente a Ponciano Díaz, también discípulo de Gaviño. ¿Qué tiene pues de extraño que de esa tierra heroica de España proceda la enseñanza del Toreo, a que son tan afectos nuestros compatriotas? Así es que llevando a cabo nuestros propósitos de UNIÓN Y FRATERNIDAD entre los toreros mexicanos y españoles, la Empresa (de la plaza de toros El Paseo) ha conseguido la formación de una EXCELENTE CUADRILLA HISPANO MEXICANA, en la que hay siete españoles y seis mexicanos.

    Este cartel publicado en el año de 1888 reunió a la cuadrilla española formada por: Diego Prieto “Cuatrodedos”. Los banderilleros Manuel Mejías “Bienvenida”, Ramón López, Ramón Márquez. Picadores: Manuel Rodríguez “Cantares” y Enrique Sánchez “El Albañil”. Además Juan Moreno “El Americano” que fungió como segundo espada.

   En cuanto a la cuadrilla mexicana, esta se integró con el concurso de: Carlos Sánchez, Tomás Vyeira, Francisco Lobato de banderilleros. Picadores: José María Mota “El Hombre que ríe” y José María Meza. Puntillero: José María Reyes “El viejo Reyes”.

 NOTA: Todos los datos que aparecerán desde hoy y hasta el 31 de agosto, proceden de mi libro “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX” del que muy pronto espero dar noticias más concretas sobre su publicación. 

23 de agosto de 2012.

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ILUSTRADOR TAURINO. PARTE XXIV. DATOS NECESARIOS SOBRE ATENCO. 4 de 7.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ATENCO: 484 AÑOS DE HISTORIA Y UN MITO A CUESTAS.

    Por otro lado, encontramos ganaderías como El Cazadero, de la que Raimundo Quintanar adquirió lo menos dos toros andaluces que estuvieron en dicha ganadería de toros criollos desde 1794, así como en Guanamé propiedad a principios del XIX de D. Matías Gálvez, sobrino del virrey D. Bernardo Gálvez quien adquirió por esas épocas toros salmantinos desconociéndose otro tipo de detalles.

   Con la ayuda de Heriberto Lanfranchi, y su obra La fiesta brava en México y España. 1519-1969 vol. I veremos a continuación otro buen grupo de haciendas ganaderas que enviaron toros, fundamentalmente a la capital del país:

   En 1815, y justo en abril se realizaron fiestas a beneficio del vestuario de las tropas realistas en que se jugaron toros de “Atengo” escogidos y descansados, con la divisa de una roseta encarnada, y seis de Tenango que son de muy buena raza, también escogidos, y se señalarán con roseta blanca”.

   Tales corridas resultaron un total fracaso, por lo que, el virrey Calleja autorizó en junio del mismo 1815 otras cuatro corridas en que se lidiaron toros de “Atengo, con divisa encarnada, y cinco del Astillero y Golondrinas, con divisas de color caña”.

   1816. En San Pablo y para celebrar las fiestas de la Pascua se escogieron “seis toros despuntados, de ganado escogido de Durango, Tepustepec y Puquichamuco, que se distinguirán por las divisas azul, encarnada y amarilla, y el último será embolado para los aficionados”.

   En 1824 se lidiaban toros de Atenco en la Plaza Nacional de Toros.

   Continuando con la presencia de otras ganaderías, aparte de la de Atenco, tendrá que pasar un largo receso para que en 1839 volvamos a saber de referencia en cuanto a ganado y es el 1 de septiembre cuando en la Plaza Principal de Toros de San Pablo se lidian bureles de Huaracha y Tlahuililpa. El 12 de diciembre siguiente y en el mismo coso se jugaron astados del Astillero. Sin lugar a dudas, Atenco surtirá con toros las distintas y continuas corridas que se efectuaron en la plaza de San Pablo, en la cual un 26 de octubre de 1851 volverán los de La Huaracha y se presentan los de Molinos de Caballero.

Cabecera de un cartel, fechado el 13 de diciembre de 1857. Es copia del original. Col. del autor.

    El Infierno que es una fracción de Atenco se presenta en la misma plaza el 21 de diciembre de 1851.

   Con el 23 de noviembre de 1851 se inicia la etapa de una plaza más como fue la del Paseo Nuevo. Aquella tarde Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja” se las entendieron con cinco toros de El Cazadero.

   En San Pablo y el 11 de enero de 1852 fueron de Sajay (Xajay) los toros e incluso volvió a lidiarse “El Rey de los Toros!” que habiéndose jugado el día 1 de aquel mes fue indultado de morir, por su incomparable bravura, y el cual fue el que inutilizó en pocos momentos a todos los picadores de la plaza y a uno de los chulillos, en dicho día.

   Guatimapé vuelve a lidiar luego de conquistar un triunfo el 8 de febrero de 1852 en la de San Pablo.

   Queréndaro se presentó el 25 de julio de 1852 en la misma plaza.

   El 29 de mayo de 1853 y en el Paseo Nuevo se lidiaron toros de Queréndaro, San José del Carmen y San Cristobal .

   De la hacienda de Tejustepec [sic] fueron los estoqueados el 13 de agosto de 1854 en el Paseo Nuevo.

   En la tarde del 13 de febrero de 1859 la del Paseo Nuevo fue escenario para la lidia y muerte de toros: uno del Rincón de San Gaspar y así, respectivamente uno de: la Isleta, del Tulito, del Tomate, de las Fuentecillas y del Tejocote, todos de las estancias de Atenco. Estas estancias contenían cabezas de ganado que no alcanzaban a llenar los requisitos establecidos por don José Juan Cervantes. Tan es así, que en 1864, en pleno imperio  el dicho señor  se compromete bajo algunas bases á dar a D. José Jorge Arellano (entonces empresario de la plaza de toros El Paseo Nuevo), los mejores toros del ganado de la Hacienda de Atenco para que se jueguen en las corridas que el Sr. Arellano tenga a bien dar en esta capital. Dicen algunas de estas bases:

1a. El Sr. Cervantes dará a Arellano los toros que este señor le pida para que se jueguen en esta capital.

2a. El Sr. Cervantes se obliga a que por su cuenta y riesgo sean conducidos los toros hasta ponerlos en la Plaza, mandando para cada corrida uno más del número que se le tenga pedido, por si acaso no agradara al público alguno de los toros de la corrida y tenga que dejarse de lidiar. Sin embargo Cervantes no queda obligado al cumplimiento de esta cláusula siempre que por algún caso fortuito los toros se huyesen o murieren (sic) en parte o en todo. (…)

5a. El Sr. Arellano pagará al Sr. Cervantes 30 pesos por cada uno de los toros que hubiese servido para mojiganga, o como embolados o si habiéndose picado, se hubiese indultado a petición del público. Si algún toro embolado o de mojiganga muriere o fuere matado queda la carne a beneficio de Cervantes. (…)

9a. Cuando S.S.M.M.Y.Y. (refiriéndose a Maximiliano y Carlota) asistan el regalo de moñas será hecho y por cuenta del Sr. Cervantes como dueño del ganado.

10a. Si el Sr. Arellano desgraciadamente perdiera en la primera o siguientes corridas que ha de dar, queda rescindido este contrato y no tiene el Sr. Cervantes derecho a demandar a Arellano daños, perjuicios ni a deducir acción alguna.

México, Diciembre 19 de 1864.

José Jorge Arellano (Rúbrica)

   Surge aquí un nuevo dilema. Se trata de explicar hasta donde me sea posible la hipótesis de que Bernardo Gaviño haya sido el encargado de sugerir y hasta de traer el ganado español con el fenotipo del navarro. O lo que es lo mismo, los toros de Zalduendo o Carriquiri como un pie de simiente moderno a la hacienda de Atenco, propiedad por entonces de don José Juan Cervantes y Michaus, último conde de Santiago de Calimaya y con el que guardó profunda amistad. Asimismo no debemos descuidar otro aspecto probable, el que se relaciona con el hecho de que en 1888 los Barbabosa adquieren un semental de Zalduendo, típico de la línea navarra, poniéndolo a padrear en terrenos atenqueños, aunque sin los resultados apetecidos. 

CONTINUARÁ.

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EL ARTE… ¡POR EL ARTE! EDUARDO LICEAGA. IN MEMORIAM…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Agosto, en el tiempo y ritmo taurinos, es un mes cargado de tragedias. Imposible olvidar a Eduardo Liceaga Maciel (20 de noviembre de 1922 – 18 de agosto de 1946) quien cargando con una estela de posibilidades, nada pudo hacer ante la muerte. En mi trabajo: “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, que ya supera los 1700 poemas he localizado el siguiente ramillete que al lanzarlo desde aquí, queda el sabor de la tranquilidad espiritual, recordándolo, evocándolo.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., Vol. 2, p. 370.

 1946

 A LA MEMORIA DE EDUARDO LICEAGA

En el amplio jardín de los Liceaga,

polícromo vergel de arte taurino,

brotó Eduardo, cuyo perfume embriaga

con aromas de un arte peregrino.

 

Espíritu, ilusión y vista halaga;

arrolla cuanto encuentra en su camino,

y en su elíptica astral su brillo apaga

el fulgor del lucero matutino.

 

En alas de la gloria vuela a España,

donde el triunfo se ofrenda a su majeza,

y al consumar el filo de una tarde,

ante la multitud, épica hazaña,

el destino, que en rayo de sol arde,

hecho cuerno mortal, entra en su entraña,

y trueca en polvo lo que fue grandeza

y hace llanura lo que fue montaña.[1]

Bachiller Juan de Córdoba. 

1946 

CAYÓ EN LA ARENA…

Detente ya, caminante que recorres los senderos

proclamando las hazañas de aquel joven paladín.

Qué, ¿no escuchas los lamentos?… ¿No ves llorar los luceros?

Es la pena dolorosa de los valientes guerreros

que nos llega con la brisa, desde lejano confín.

 

Ya no cuentes de sus triunfos, ya no digas de su arrojo:

que tu lengua se enmudezca por un sentido dolor;

que el llanto nuble tu vista; que queden secos tus ojos;

que en tu carne, con las uñas, se abran senderos muy rojos;

que tu cuerpo se estremezca por un terrible temblor.

 

Que se junten las palomas que en todos estos caminos

aleteaban presurosas al escuchar tu pregón;

que el zenzontle ya no cante sus dulces y alegres trinos;

que aquella joven princesa, la de los ojos divinos,

ya no piense en el retorno de su más cara ilusión.

 

¡Ay! ¡Qué dolor, caminante! Ha muerto el joven guerrero;

tierras remotas lo vieron, en noble lid, sucumbir.

¡Ay! Que no aromen las flores, que no brillen los luceros,

que las aguas cantarinas lloren cantos lastimeros

porque lejos de sus lares él se acaba de morir.

 

Y mañana, cuando nazca el albor del nuevo día,

cuando el sol, tras las montañas, mustio empiece a iluminar,

que los sones quejumbrosos de la humilde “chirimía”

nos embargue con sus notas, llenas de melancolía,

porque todos los aztecas nos pondremos a llorar.[2] 

Antonio Rangel. 

1946 

EDUARDO LICEAGA

 Con particular afecto, a mi excelente amigo y culto escritor taurino, don Alberto Guzmán, sincero admirador del infortunado Eduardo. Para mi hijo Francisco Javier, con todo cariño). 

Para encauzar sus ímpetus de gloria,

en pos de sus anhelos marchó a España.

¡Pronto el triunfo alcanzó!

 

De su campaña

que la muerte truncó

con amplitud nos hablará la historia.

 

Su torerismo fue, no del acaso,

ni abrazó la carrera a la ventura.

 

De dinastía taurina,

paso a paso

Quiso llegar a la suprema altura;

mas la suerte portóse con inquina

deshaciendo su vida en cruel zarpazo.

 

Concediéndole sitio preferente,

la afición fincó en él sus esperanzas,

no siendo indiferente

al torerismo que manifestara

desde el “a-b-c-d” de sus andanzas.

 

Nacido en estos tiempos de mentira,

de falsedades mil,

de mixtificaciones, de absurdas glorias,

exhibió cualidades,

muy dignas de sentencias laudatorias,

con tendencias a volver al redil

de pasadas edades.

 

Era mucho torero

para estos tiempos de ficción maldita,

por ello se enfiló por el sendero

que conduce al ¡País de la Tristeza!

cantado por Arturo R. Pueblita.

 

Su fin fue prematuro.

tras haber admirado su proeza

la Madre Patria lo devuelve muerto;

pero de la afición -¡estoy seguro!-

Vivirá en la memoria,

como ¡será bien cierto!

que el Supremo Hacedor de le su Gloria.[3] 

El-hombre-que-no-cree-en-nada. 

1946 

PARA EDUARDO LICEAGA. 

Perfumó las angustias españolas

un clavel de verónicas. ¡Torero!

Sobre el morrillo, como en un florero

se prendieron seis varas de gladiolas.

 

En el coso el silencio hablaba a solas.

Al plegar la muleta en el acero,

algo como la sombra de un agüero

alarmó las angustias españolas.

 

Luz de la tarde, que era luz de oro

sobre los alamares, y la Muerte

citada juntamente con el toro…

 

Giró el Destino en medio de la suerte,

y una flor en la carne del torero

abrióse roja, como en un florero.

José Esquivel Pren.[4] 

1946

 Corrido de Eduardo Liceaga.

Con pena en el corazón

tengo una profunda llaga,

tengo de luto un pendón

por la muerte de Liceaga.

 

En la provincia pasó,

señores, no son mentiras,

donde el sol se oscureció:

en el pueblo de Algeciras.

 

No porque soy cancionero

canto en esta patria mía.

Recuerdo al joven torero

y de su gran gallardía.

 

Joven valiente como él,

tierno como la mañana,

allí regó el redondel

con su sangre mexicana.

 

En ciudad muy conocida,

abundante, muy risueña,

que dio su primer corrida,

en la ciudad tampiqueña.

 

Qué memorable ese día,

en fecha sin precedente,

dio muestras de fantasía,

de ser artista y valiente.

 

De ese tiempo en adelante

fue torero triunfador:

hacía todo con arte,

con denuedo y con valor.

 

Eduardo, siempre mimado,

desde que estaba en la cuna,

así salió contratado

en busca de la Fortuna.

 

A España se presentó

con un cariño que entraña.

Su fama pronto voló

en todo el pueblo de España.

 

El pueblo lo recibió.

Era bueno pa´torear.

Una empresa lo llevó

hacia esa plaza fatal.

 

Cuando a San Roque llegó

lo aclamaron sin cesar.

Aburrido se marchó

al hotel a descansar.

 

Eduardo estaba sentado

del hotel en un balcón.

Sentía a ratos, asustado,

que latía su corazón.

 

La luna, apenas salía;

en silencio la miraba;

parece que se movía

y que algo le preguntaba.

 

Una visión presentía,

como si fuera de mañana,

y en ella no más veía

esta patria mexicana.

 

Sentía triste convulsión

con lo que él estaba viendo:

era que en su corazón

ya se estaba despidiendo.

 

Otro día les platico

todito lo acontecido:

desde que toreó en Tampico,

¡qué triunfos había tenido!

 

Triste, arregló su vestido,

y se preparó a salir,

no sabiendo que esa tarde

en el ruedo iba a morir.

 

Viene un coche y en él sube,

rumbo a la plaza; al partir,

mira en el cielo una nube,

tiñe de negro el zafir.

 

El primer toro salió,

se le alegró el corazón;

muy fina lidia le dio,

como era su profesión.

 

Como estatua de granito

le brillaba su vestido.

En ídolo, con gran mito,

estaba ya convertido.

 

Tendía el capote con calma,

con ansia muy atrevida;

ignoraba que mandaba

al pueblo su despedida.

 

Aquel toro de Algeciras

que muy bravo le salió,

le dio pases de rodillas

y naturales le dio.

 

Remataba ya la suerte,

un tanto se descuidó,

y en el pase de la muerte

el toro lo empitonó.

 

Eduardo cayó de bruces,

quedó en el suelo tirado,

con el vestido de luces

toditito ensangrentado.

 

El cielo se encapotaba,

todo parecía de luto;

y el toro lo zarandeaba,

lo hacía trizas al minuto.

 

El público, confundido,

empezaba a protestar:

Eduardo ya está herido,

la fiesta querían parar.

 

El pueblo pedía clemencia;

se empezaban a parar…

lo sacaron con urgencia

al Hospital Militar.

 

Se juntaron los doctores,

su vida querían salvar.

Con los tremendos dolores,

empezaba a agonizar.

 

Un Padre pedía al momento:

“Que me quiero confesar;

es horrible lo que siento,

mi vida se va acabar”.

 

“Es horrible lo que siento,

de mi vida ya no supe.

Mi alma te la recomiendo,

oh Virgen de Guadalupe”.

 

A media noche murió:

Dios le dé su buen camino.

Una estrella se apagó

del firmamento taurino.

 

Ya luego tendido estaba

en lecho de blanco tul,

y su cuerpo se miraba

envuelto en un manto azul.

 

Su cabecera tenía,

cuando llegó la mañana,

una imagen de María

y la enseña mexicana.

 

Golondrina, con esmero,

vuela recio como el viento;

anda, avisa al mundo entero,

de nuestro gran sentimiento.

 

Vuela ,vuela, en un segundo,

vuela, vuela, con esmero,

anda, avisa a todo el mundo,

que se murió un gran torero.

 

Vuela, vuela, con valor,

a dar este triste toque:

avisa con gran dolor

la tragedia de San Roque. 

Andrés Guzmán[5] 

1949

    El autor de los siguientes versos, inaugura su peculiar obra con este cuarteto: 

¡Ay, que clavé yo un ¡olé!

En las arenas de un ruedo!

¡Ay, si pudiera limpiarlo

con el agua de mis versos!

 

EDUARDO LICEAGA

 Era una flor su sonrisa,

sonrisa en luz cenital.

era una flor que fulgía

en los labios del chaval.

 

“¡Ay, Lalo, que el toro achucha!

¡Ay, Lalo, no expongas más!

¡Que ese toro es mucho toro!

¡Que es un toro de verdad

y eres mocito que empieza

“entoavía” a torear!”

 

Y Eduardo se sonreía:

-¡Ale, torito, a pasar!

¡Que voy a cortar tu oreja

para prenderla en mi ojal!

 

Y la flor de su sonrisa

se abre en luz de eternidad.

Y ríe, mientras claveles

recoge en vuelta triunfal.

 

El perfume de tu risa

ya nadie lo olvidará:

Era sol en que envolvías

tu majeza al torear;

era la sal de tus lances;

el oro de tu percal.

 

Manojo de nardos era

en el vaso de cristal

de tu pecho de mocito

que aun no aprendiera a llorar.

 

¡Cómo la Virgen Morena,

humilde en su Majestad,

esperaba el homenaje

de tu risa de chaval!

 

La flor más amada era

que florecía en su altar.

¡La flor que, después de un triunfo,

siempre le fuiste a ofrendar!

 

¡Vengan toritos a Lalo!

¡Vengan toros a rodar

envueltos entre las luces

de su sonrisa triunfal!

 

¡Ay, Lalo! ¡como me acuerdo

-¡quién no habría de acordar!-

Cuando, ante doce puñales,

hubiste, en risas, triunfar!

 

-¡Ale, torito, torito,

que mañana cruzo el mar!

¡Que voy a la madre Patria

a ofrecer mi mocedad

envuelta en traje de luces

verde, de verde nopal;

verde como la esperanza;

verde en luces de ultramar;

verde en aurora de estrellas;

verde en flores de cristal!

 

Y ante el sol de Andalucía

volvió tu risa a brillar.

Diste a Castilla la gloria

de ese claro manantial

que brotaba de tus labios

al ver al toro pasar.

Las flores que allá en Valencia

nunca hubieran un rival

se rindieron a la rosa

que era risa en tu rosal.

 

¡Ríe, torito, que Lalo

también ríe al torear!

¿No ves cómo ríe, toro?

¡Ale, torito, a pasar!

Que si él ríe ante la Muerte,

tú la sabes esperar.

 

¡Ay, torero de esmeraldas!

¡Ay, mi valiente chaval!

¡El de los azules giros!

¡El de los verdes-nopal!

 

¡Quien te dijera que un día

se te habría de cuajar

la flor de aquella sonrisa

perenne de luz astral!

 

¡Quien dijera que en San Roque,

pueblo escaso de historial,

la rosa de tu sonrisa

se habría de marchitar!

 

Desde San Roque a Algeciras,

allá, frente a Gibraltar,

un sendero de claveles

rojos, dejaste al pasar.

 

Esos claveles, Eduardo,

siempre frescos estarán.

¡Como aquella risa tuya

que nadie podrá olvidar!

 

¡Llora, torito, torito,

que Eduardo no ríe ya!

¡Llora, toro, que su risa

no te encelará jamás![6] 

1981

 ROMANCE A EDUARDO LICEAGA

Por Manuel Martínez Remis

 

La Virgen de Guadalupe

le busca en los olivares.

El hijo se le ha perdido

por los caminos de Cádiz.

Del campo de Gibraltar

llegó el caballo del aire;

es un caballo careto

que se ha escapado de un naipe.

Sobre el caballo una sombra,

y con la sombra un mensaje.

 

-“¿Qué no te encuentre llorando

cuando se acerque a abrazarte”-

 

La sonrisa de la Virgen

le da envidia a los rosales.

Con orgullo, en carne viva,

le fue contando a los árboles:

 

-“Yo tengo un hijo torero

que es más esbelto que un sauce”-

 

Un fuerte olor a vainilla

volaba en las soledades.

 

Luce el campo verde, al sol,

como si fuera un “sarape”.

 

Los arroyos se llenaban

de secretos maternales,

y los pájaros de Dios

daban música al romance.

 

-“Siempre quiero que se quede,

y él siempre quiere marcharse;

se pone su traje de oro

y se lo lleva la tarde”-

 

La hoja seca de un olivo

iba dibujando un lance.

 

-“Sangre vasca y mexicana

en el corazón le arde;

de Monterrey a Tampico

no hay ninguno que le iguale.

¡Tengo los brazos abiertos

para que, al llegar, descanse!”-

 

Ya está brillando la luna

y están durmiendo los ángeles.

 

-“Desde que mi hijo torea

me estoy volviendo cobarde.”-

 

Por caminos de sudario

volvió con el gesto grave

vestido de seda y oro,

roto de angustias el talle,

con jazmines en la cara

y amapolas en el traje.

 

Un estoque en la derecha,

con las lágrimas brillantes

y una muleta en la izquierda

llena de heridas mortales.

 

-“Me he escapado de la Plaza,

no se lo digas a nadie.

Quiero llegar en seguida

al camino de los mares.

México me está llamando;

siento su voz en la carne.

¡Quiero una Plaza más ancha

y voy a buscarla, madre!”

 

Por las sendas de la muerte

se marchitaba el vendaje;

el abrazo de la Virgen

quedó cubierto de sangre.

 

La Virgen de Guadalupe

lloraba en los olivares:

 

-Que los montes y las nubes

de su camino se aparten.

Que no despierten su sueño,

que no lloren… que no hablan…

 

Que nadie le diga nada,

¡que va muerto y no lo sabe![7] 

2001 

A LA MEMORIA DE EDUARDO LICEAGA

 En el amplio jardín de los Liceaga,

polícromo vergel de arte taurino,

brotó Eduardo, cuyo perfume embriaga

con aromas de un arte peregrino.

 

Espíritu, ilusión y vista halaga;

arrolla cuanto encuentra en su camino,

y en su elíptica astral su brillo apaga

el fulgor del lucero matutino.

 

En alas de la gloria vuela a España,

donde el triunfo se ofrenda a su majeza,

y el consumar al filo de una tarde,

ante la multitud épica hazaña,

 

el destino, que en rayo de sol arde,

hecho cuerno mortal, entra en su entraña,

y trueca en polvo lo que fue grandeza

y hace llanura lo que fue montaña.[8]

 

Bachiller Juan de Córdoba.


 

[1] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año IV, N° 195, México, D.F., 30 de agosto de 1946.

[2] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año II, Nº 103, 11 de septiembre de 1946. Este es un poema del novillero mexicano Antonio Rangel, en memoria de Eduardo Liceaga.

[3] La Lidia. Revista gráfica de espectáculos. Año IV, N° 201, México, D.F., 11 de octubre de 1946.

[4] La Fiesta, Nº 102. México, 4 de septiembre de 1946, p. 14.

[5] La fiesta, semanario gráfico taurino, publicada en México, D.F., ejemplar número 107, del 9 de octubre de 1946, página 9.

[6] Matías Conde: Cuatro romances de toreros (E. Liceaga, Joselillo, Carnicerito y Manolete). Edición Romántica. Ilustraciones de Germán Horacio, Por (…). México, editorial Malvis 1949. Ils. 46 p., p. 11-16.

[7] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): Crónica de sangre. 400 cornadas mortales y algunas más. México, Grijalbo, 1981. 195 p. Ils., fots., p. 15-127. Dice Alameda: la inserción del siguiente poema, como las de cuentos aparecen en este libro, no está determinada en modo alguno por consideraciones literarias, ajenas al propósito de la edición, sino por la relación que mantienen con el personaje, cuya fisonomía puede en ciertos casos completarse así.

   En el actual, no puede por menos de verse con gran simpatía humana que un escritor español haya dedicado este romance a un torero mexicano, a raíz de su trágica muerte en tierra española.-Nota de J.A.).

[8] Ib., p. 226.

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