Archivo mensual: septiembre 2012

GLOSARIO y DICCIONARIO TAURINOS. ENTREGA Nº 30.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Afortunadamente todavía es posible encontrar en otros tantos ejemplares de El Arte de la Lidia, publicación de la que fue responsable el notable personaje don Julio Bonilla entre 1885 y 1909. En uno de los números que salieron publicados el año de 1887, se encuentran otra serie de vocablos y términos que permitieron a aquellos nuevos aficionados, tener una mejor visión de las cosas. El número al que hago referencia fue publicado el domingo 13 de marzo de 1887 y del cual se recogen las siguientes notas:

 PARA LOS AFICIONADOS.

 De los toros.-Los toros para la lidia deben tener más de cuatro años y menos de ocho.

   Las circunstancias que determinan las buenas condiciones del toro son: la edad, la casta, las libras, el pelo, buen trapío y novedad.

   Se llama toro de casta, al que es hijo de padres bravos y está bien cuidado.

   Toro de libras, es el de cuerpo y peso proporcionados: de buen pelo cuando éste es fino, limpio, luciente y bien sentado.

   Se llama de buen trapío, al toro que tiene las piernas nerviosas; las articulaciones bien proporcionadas y movibles; las pezuñas cortas y redondas, los cuernos fuertes, agudos y negros; los ojos vivos y las orejas vellosas y movibles.

   Novedad, significa cuando el toro no ha sido nunca corrido. La novedad es uno de los requisitos indispensables que debe reunir un toro de lidia.

   Como los toros no son exactamente iguales, hay que clasificarlos, asignándole a cada uno su carácter distintivo cuyo conocimiento es utilísimo para la ejecución de las suertes: por cuya razón el célebre diestro Montes en su tratado de Tauromaquia los divide en boyantes, revoltosos, que se ciñen, que ganan terreno, de sentido y abantos.

   En la suerte de varas se dice que el toro recarga y se califican de abanto, duro, blanco y pegajoso.

   Además, el toro en plaza tiene tres estados, los cuales importa mucho reconocer por si el diestro al ejecutar las suertes, las hace según prescriben las leyes del toreo.

   Estos estados son: el de levantado, parado y aplomado.

   Se llama querencia de un toro, aquel sitio de la plaza que le gusta estar con preferencia a otros.

   Querencias naturales son la puerta del corral y la del toril, y accidentales o casuales, cualquier otro sitio que prefiere el toro, ya sea un lugar donde haya un caballo muerto o el acto de acercarse a los tableros con frecuencia.

   El diestro debe conocer bien las querencias que, suelen tomar los toros, pues éstos en este estado no parte con la regularidad que les es propia. Dice Francisco Montes: “Se procura apartar a los toros de las querencias, cuidando además en lo posible, dejarles libre la huida a estos sitios, pues es muy frecuente arrancar, por ejemplo al matador, y en el momento de cargarle la suerte, sin rematarlo y aun sin llegar al centro, vaciarse e irse con el viaje a la querencia.”

   Comentando estas palabras de Montes, dice José Santa Coloma en su magnífico tratado de Tauromaquia: “Aunque esto no sucede siempre estando el toro lejos de ella, se observa alguna vez y por consiguiente, es preciso combinar que el terreno de afuera sea el que deba tomar en caso de ir en su busca, pues de lo contrario se meterá en el del diestro y le dará una cogida”.

   “Dejando libre al toro su querencia, además de ser segurísima la suerte, es muy lucida. No así las que se efectúen sin este requisito, que serán expuestas y desairadas.

   Modo de correr los toros.-Para correr con perfección, y sobre todo con seguridad los toros, es indispensable observar escrupulosamente todas las reglas.

   No es tan fácil como algunos aficionados suponen. Hay que advertir si está o no en querencia. Si está levantado, parado o aplomado.

   Los que corran toros deberán tener la mirada siempre fija en el animal para salirse de la cabeza en los embroques sobre largo flamear el capote y cambiarlo de mano con oportunidad, para darles los remates y sobre todo, no correr cuando el toro no los siga. En una palabra, es preciso ver llegar los toros.

   Suertes de vara.-La suerte de vara, que es sin duda de sorprendente efecto, es además de un mérito indisputable.

   El picador debe procurar que el toro no llegue al caballo, y esto requiere, como claramente se revela, no solo una gran habilidad e inteligencia, sino fuerza competente para resistir la pujanza de la res.

   Suerte de picar sin perder tierra.-El picador esperará al toro, lo citará si fuere preciso, lo dejará llegar a la vara sin mover el caballo y así que humille le colocará la puya en el morrillo cargándose sobre el palo y despedirle por el encontronazo por la cabeza del caballo. El toro tomará su terreno y el jinete hará girar el caballo por la izquierda.

   Picar en su rectitud.-Estando el toro mirando a las tablas o bien un poco oblicuo desviado de la barrera lo necesario para revolver el caballo, el picador se le pondrá delante conservando la distancia conveniente, lo citará y dejará que llegue a la vara, y cargándose sobre ella le mostrará su salida, teniendo sumo cuidado de sacar al caballo por la izquierda.

   Picar a toro atravesado.-Cuando la rectitud del toro mira al costado derecho del caballo, el picador se atraviesa presentándole el mismo costado, esta suerte es muy peligrosa; para que no lo sea, es preciso que el toro tenga querencia y se halle aplomado, entonces el picador arrimará bien las espuelas en el acto del encontronazo, sacando el caballo por la cabeza de la fiera.

   Picar a caballo levantado.-El mérito de esta suerte consiste en terciar el caballo un poco a la izquierda, esperar que el toro llegue a vara, y en el mismo instante hacer que el caballo levante las patas al dar el toro el hachazo. Este modo de picar se ejecuta hoy muy pocas veces, siendo indispensable para esta suerte dos circunstancias, sin las cuales será deslucida y muy expuesta. La primera, mucha destreza en el picador, y la segunda, un caballo de buena boca y muy avisado.

   El célebre Corchado y Pablo de la Cruz, se distinguieron notablemente en esta dificilísima suerte.

   De los picadores.-Los picadores se pondrán delante del toro a la distancia que le indiquen las piernas de la res obligando al toro por derecho. Picarán por orden riguroso y en el sitio que el arte exige, esto es, en el morrillo.

   Están obligados a salir hasta los tercios del redondel en busca del toro, cuando las condiciones de éste así lo exijan a juicio del espada.

   No podrán adelantarse al caballo del picador ningún peón cuando aquel vaya a ejecutar la suerte. El peón podrá avanzar hasta el estribo izquierdo.

   El picador que desgarre la piel del cornúpeto, le punce en la cabeza y no guarde el turno prevenido, será castigado convenientemente.

   Lo será también, si abandona el caballo antes de que éste sea herido.

   Cuando saliese un toro de mucho brío y los picadores comiencen a dar vueltas por el circo siguiendo la dirección del toro para no encontrase con él, serán castigados con el mayor rigor.

   Suerte de capa.-Se llama suerte de capa todo lo que se hace para engañar al toro con el auxilio del capote.

   Las propiamente tales son verónica, navarra o chatre.

   Suerte a la verónica.-Situado el lidiador de frente y en línea recta con el toro a una distancia proporcionada, le citará, dejándole aproximar por su terreno hasta que llegue a jurisdicción, le cargará la suerte, y al hallarse el bicho fuera y esté en su terreno tirará los brazos para sacar el capote, quedando al practicarla en aptitud de poderla repetir.

   Verónica por detrás o aragonesa.-Se realiza esta suerte del mismo modo que la anterior, con la diferencia de que el torero se coloca de espaldas al toro con la capa puesta por detrás rematándola con una vuelta.

   Suerte a la Navarra.-Se efectuará situándose el diestro lo mismo que para la verónica, siendo indispensable que tenga el toro todas sus piernas enteras y poniéndose corto, lo citará, y cuando envista y vaya fuera humillando, le arrancará con rapidez la capa por bajo del hocico, dando al mismo tiempo una media vuelta, viniéndose a quedar otra vez frente al toro y en la misma actitud para repetirla si fuere necesario.

   Hay algunas suertes más de capa pero en realidad no son otra cosa que accesorios, tales como: de tijerilla, suerte al costado, de frente, por detrás, galleos, cambios y capear entre dos.

   De la suerte de banderillas.-Se llama banderilla o rehilete un palo de un dedo de grueso y 70 centímetros de largo, adornado generalmente con caprichosos recortes de papel y con un hierro en figura de arpón en un extremo.

   Existen varias maneras de colocar banderillas: al cuarteo, a media vuelta, al sesgo, recibiendo, (vulgo a topa-carnero), al recorte, al relance y dando el quiebro.

   Banderillas al cuarteo.-Esta suerte es la que se practica con más frecuencia, quedando muy lucida si la res es boyante y sencilla. Puesto el diestro de cara para el bicho, arrancará aquel de fuera a adentro hasta llegar al terreno del toro; cuarteará en la cabeza, le meterá los brazos para clavarle los rehiletes en el momento de la humillación, y ejecutando tomará su terreno procurando salir por pies si fuere preciso.

   Banderillas a media vuelta.-Esta suerte se ejecuta especialmente con toros de sentido que rematan en el bulto o que tienen querencia. El diestro procurará irse al toro por detrás y citarle para que se vuelva, al hacerlo se cuadra con él y le meterá los brazos.

   Banderillas al sesgo.-Esta suerte se ejecuta con los toros casi aplomados en querencia o entablerados.

   Para practicarla es preciso que el toro esté parado, yéndose el diestro a él con todos los pies por detrás y al lado del toro, y sin que éste se fije en él, y al llegar a la cabeza le colocará los rehiletes saliendo por los pies. 

(Continuará).

Deja un comentario

Archivado bajo GLOSARIO - DICCIONARIO

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una vez más, el ejemplo viene de fuera, pero no de dentro. Hace unos días, y en Madrid, se hizo el anuncio de la declaración a la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial (PCI, por sus siglas).

Disponible septiembre 30, 2012, en: http://www.altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=13416

   Sabiendo cómo andan las cosas por la zona euro, y particularmente en España, donde la crisis se ha apoderado de todos los ambientes sociales y políticos de este país hermano, ahora en desgracia, resulta que las autoridades del Ayuntamiento de Madrid se han tomado un momento en medio de sus intensas actividades, para consumar tal declaratoria, con el aval del Partido Popular, bajo el argumento de que “la Fiesta es la esencia de las Bellas Artes en España…. así como destacando la importancia que los toros tienen en el ámbito económico, dados los ingresos que generan en esta ciudad capital, además de fomentar el turismo y el comercio en general”, tal y como lo declaró la concejala Paloma García Romero.

   Evidentemente tal medida es un modelo a seguir en estos tiempos en que se necesita afirmar cada vez más no sólo esos factores de importancia, sino consolidar sus significados, los que justifican la viva presencia del espectáculo como una forma de expresión ancestral, insertada en plena modernidad, lo que ha venido a significar una auténtica confrontación entre las sociedades de nuestro tiempo y lo que vendría a convertirse en la conservación de un legado que acumula siglos de integración; que en nada resulta una casualidad y que, por tanto, merece no sólo este tipo de consideraciones. También es susceptible de encaminarlo a la declaratoria más anhelada: la de patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, otorgada por la UNESCO.

   Sin embargo, en nuestro país parece ser que todavía no existe la suficiente cultura, ya no digo entre los aficionados, que cada vez van concientizándose en estos argumentos, sino entre sus autoridades. En algunos sitios del país se han venido preparando diversas estrategias para blindar el toreo, ya sea en su expresión municipal o estatal. Pero los tiempos que corren y han corrido por lo menos en este 2012, reflejan una especie de confusiones, derivadas de estos bien o mal habidos tiempos políticos, donde también sus efectos han sido capaces de “polarizar” o generar un cambio de actitud entre diversas autoridades obligadas a cumplir con esos mandatos, labor que bien podrían consolidar, puesto que para generar dichas declaratorias cuentan con el respaldo y asesoría de diversos grupos de aficionados, mismos que deben estar mostrando todos los elementos posibles para un razonado encaminamiento a dicho objetivo. Pero entre que son tiempos políticos de transición, entre que existe también una presencia ideológica y de peso generada por grupos contrarios y hasta el temor al “qué dirán”, pues esto, en su conjunto parece dejar claro que mientras menos compromisos se generen, menos ruido habrá al respecto de conseguir las tan justificadas como necesarias declaratorias que tanto requiere la que para nosotros es la representación histórica, estética y técnica colmada de otros elementos de que se nutre y ha nutrido a lo largo de varios siglos.

   Cuando se habla o se tiene que hablar sobre la diversión popular de los toros, de inmediato se encienden las luces preventivas, esas que ponen a todos en una situación de tener que cuidar el lenguaje para evitar entrar en verdaderas batallas campales. Y entonces los “toros” se vuelven ingrediente bélico. Pero quienes crean polémica olvidan en muchas ocasiones que ese espectáculo se ha constituido de muchos otros elementos en el que hoy la historia, la antropología, la filosofía, la sociología y otras ciencias que estudian y analizan los hechos del hombre a lo largo de los tiempos no les permite contemplar que ese tejido ha ido siendo bordado gracias a la intervención de otras tantas sociedades que, en tanto participantes, contribuyeron a su engrandecimiento. Incluso también tuvieron que hacerlo en aras de una constante evolución, evolución que no alcanzó los grados efectivos por lo que fue adquiriendo grados importantes de anacronismo, un anacronismo válido en nuestro tiempo, a pesar de que la modernidad es verdaderamente avasallante y desmedida.

   Nunca debemos olvidar que la contribución al enriquecimiento de la tauromaquia ha sido compartida, donde han intervenido diversas culturas y, en el caso americano en lo general, pero del mexicano en particular, se registró un mestizaje en el que la presencia de culturas prehispánicas y las más recientes, ya constituidas e integradas, han ido dándole una serie de condiciones cuyas características no se alejan de los principios originarios con que la tauromaquia se expresó y sigue expresándose. Por tanto, vuelvo a insistir: la de los toros no es una fiesta o diversión fruto de la casualidad. Posee una carga secular importante, con un conjunto de elementos que en su puesta en escena, deja ver la amalgama perfectamente articulada, de ahí que en lo personal me parece un absurdo el que ciertas autoridades sigan en su empeño de no apoyar las iniciativas de PCI, no sé si por prurito o por un temor desmedido y exagerado al “¡qué dirán…!” o porque ya fueron convencidos por las posturas antitaurinas.

   Urgen en este momento más y más declaratorias de PCI en México, no sólo a nivel municipal o estatal. También a nivel nacional, y en esos tres niveles existen ya diversas propuestas en donde sólo falta una respuesta de parte de la autoridad. Claro, me parece que era más importante pulverizar las pocas posibilidades que tendrían hasta hace unos días los trabajadores, ahora que se acaba de autorizar la reforma laboral. Pero también es importante, entre otras muchas cosas, el que un PCI como lo es la tauromaquia sea contemplado por las autoridades, no es el sólo voto a favor o en contra del espectáculo en cuanto tal. También es toda esa infraestructura, la visual y no visual, la que se percibe en el ámbito urbano, pero que también se inscribe en el rural, e incluso hasta en el orden industrial. Esperamos mejores posicionamientos de la autoridad y no muestras de debilidad y mucho menos de cambios ideológicos sobre la marcha. 

30 de septiembre de 2012.

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2012

LECTURAS y RECOMENDACIONES. LA FIESTA DE TOROS EN CELAYA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 CELAYA: RINCON DE LA PROVINCIA Y SU FIESTA DE TOROS DURANTE CUATRO SIGLOS. (De la edición de 2002).

    Así como las grandes ciudades nos tienen reservadas un conjunto de grandes sorpresas, cuyo registro se acumula en el testimonio histórico que evoca pasajes y episodios relevantes para el acontecer de un país, así también existen pequeñas poblaciones que con su sola presencia en el escenario son capaces de decirnos cuán importante puede ser su pulso, para detenernos a escucharlo con el mismo interés de aquellas, y entender que no podemos ignorar su presencia.

   Celaya, importante rincón provinciano perteneciente al estado de Guanajuato, acude a esta cita y nos cuenta sus historias…, y si estas son de sabor taurino, pues entonces este trabajo se matiza con un colorido de suyo especial.

   Contar la historia del toreo en Celaya, durante el curso de más de cuatro siglos, 430 años para ser exactos, es la intención de este trabajo, probablemente el primero con ese propósito, si consideramos que para concebirla son determinantes todas las fuentes a nuestro alcance -sobre todo en el terreno hemerográfico- sin desatender los trabajos de Luis Velasco y Mendoza, Rafael Zamarroni Arroyo y Abigaíl Carreño de Maldonado, libros que han dedicado importante espacio a estos acontecimientos propios de la vida cotidiana.

   Tampoco pueden ignorarse los valiosos testimonios orales recogidos en voz de protagonistas y testigos, que procuraron hacer intensa una fiesta que permanece, a pesar de una frecuencia donde el calendario de festejos no es del todo numeroso durante el año. Sin embargo, la espera de una corrida, de una novillada causaba y sigue causando expectación inusitada.

   Por todas estas razones, Celaya y su fiesta de toros nos convoca hoy a reconstruir un pasado, gracias a que sin fin de diestros, desde los que llegaron a la cumbre hasta los que apenas trazaron leve huella en el camino, dejaron testimonio perenne de sus hazañas, sus glorias, y hasta de sus tragedias.

   Quiero manifestar aquí, que debo en gran medida la elaboración de este trabajo a la memoria de mi abuelo, Pedro Coello Urenda, nativo de Celaya, aficionado a los toros si los hubo, al que siguieron sus hijos. Uno de ellos, Jesús Gustavo Coello Ramírez -mi padre- fue otro entusiasta devoto del “arte de Cúchares” Gracias a sus recuerdos, pero sobre todo a sus enseñanzas, hoy escribo estas líneas, porque también me considero aficionado que busca explicarse el curso de la fiesta de toros en México en lo general. De Celaya, en lo particular.

   No puedo dejar de mencionar a “Pancho” Bonilla, forjador de esperanzas toreras, a Antonio Sabater, el “zar del Bajío” por sus incalculables testimonios, a José Luis Rodríguez “El güerito”, redactor de “El Sol del Bajío”, José Betancourt Durán, Arnaldo Muro, Jesús Resendiz y Guillermo Ernesto Padilla. A todos ellos mi reconocimiento por su colaboración desinteresada para reunir un conjunto de vivencias que ahora toman forma en este trabajo.

   A Ricardo y Esperanza Coello Ramírez, hermanos de mi padre que guardan, entrañable, el recuerdo de una gran familia.

   Agradezco, finalmente el interés y la confianza de José San Martín quien ha puesto su empeño para atender uno de los compromisos de mayor responsabilidad en el espectáculo taurino: la empresa, territorio por donde transitan jóvenes dispuestos a convertirse en toreros y en figuras también que de seguro, pasarán por Celaya para sumar -esos son nuestros deseos-, triunfos y salidas por la “puerta grande”.

   Veamos pues, enseguida la siguiente historia, interpretada con los datos a nuestro alcance, seguro de que serán motivo para el recuerdo de muchos y grato descubrimiento de quienes se sienten ligados a su “matria”. No prometo hacer una historia ambiciosa. No. Faltan muchos datos, lo reconozco. Sin embargo procuraré mostrar los rumbos tomados por la fiesta de toros, por más de cuatrocientos años en la que actualmente es una ciudad del bajío mexicano, metida en el progreso:  Celaya.[1]

Maestro en Historia

José Francisco Coello Ugalde

México, diciembre de 1999 

   Lo anterior viene a cuento debido al hecho de que tengo preparada una edición corregida y aumentada, misma que ofrezco de manera muy particular, a las autoridades municipales o a las instituciones universitarias celayenses, con objeto de que se intereses por esta nueva versión.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Celaya: Rincón de la provincia y su fiesta de toros durante cuatro siglos. Celaya, Gto., Instituto Tecnológico de Celaya, Centro Cultural “Casa del Diezmo”, Y Bibliófilos Taurinos de México, A.C., 2002. 168 p. Ils., fots., retrs., maps. Presentado el 16 de diciembre de 2002 en el “Panteón Taurino” de Celaya, Gto.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. Nº 41.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CUATRO FOTOGRAFÍAS EN DOS TIEMPOS DISTINTOS Y UNA GRAN SEMEJANZA.

    Siempre ha habido personas con las que nos confunden, o que las confundimos, debido a las enormes semejanzas en rasgos físicos. De seguro, hasta hemos caído en la terrible situación de saludar a Juan, cuando en realidad es Pedro. El asunto viene a cuento, porque en el proceso de documentación con que se soportan estos “Revelados taurinos”, fueron cruzándose cuatro diferentes imágenes, en dos tiempos distintos, pero con una gran semejanza.

   Me explico mejor.

   Las dos primeras, aunque ocurren en España, las distancias de tiempo que las separa es mucha. Más de cincuenta años. En una vemos a Rodolfo Gaona, colocando el famoso “par de Pamplona” inmortalizado por Rodero la tarde del 8 de julio de 1915, y en la otra al efímero, pero no por ello mal torero Felipe González, hoy en día responsable de los destinos de la Unión Mexicana de Picadores y banderilleros, quien actuó en una de las corridas de la feria de San Isidro en 1993. Al emparejar las dos fotos, se observan, en principio, dos pequeñas diferencias: el ángulo desde donde fueron tomadas y la fracción de segundos que separa el desarrollo y evolución que adquiere la culminación del encuentro, ocurrida en ese momento emocionante donde un par de banderillas provoca una carretada de ovaciones

   En resumidas cuentas, el de Pamplona y el de Madrid son un mismo par. El donaire y salero de Gaona armonizan aquí con la perfecta ejecución de González. Ambos se “están asomando al balcón”, y aunque Rodolfo saliera después del cuarteo por el lado derecho, y Felipe por el izquierdo, el centro gravitacional, el que llama la atención para desmenuzar ambas imágenes, nos lleva a concluir que el detalle de este pequeño momento se deposita en una gran semejanza.

   Rodolfo Gaona y Felipe González toreros de distintas épocas nos muestran la buena escuela, subrayada también por la elegancia.

   Por otro lado, están otras dos imágenes, fundadas también en el preciso instante en que una de las cuatro dimensiones o tiempos del toreo de muleta (citar, templar, mandar y ligar) discurren aquí sin ambages. Se trata del segundo tiempo: el temple en el pase natural con la izquierda. Uno es Juan Belmonte actuando en el “Toreo” el 22 de enero de 1922. El otro, Mariano Ramos, quien toreó en la plaza “México” el 27 de febrero de 1994. De hecho, también unas fracciones de segundo separan la ocurrencia de la ejecución en el pase. Belmonte se encuentra justamente en el centro de aquel momento, en tanto que Mariano inicia el proceso de “mandar”.

   Si observan, ambos tienen el pie izquierdo, el de la salida convertido en eje preciso de fijación que podría considerar como el mando o la imposición definitiva que ejerce el torero al momento de apoderarse del control sobre el toro. El pie derecho, ligeramente apoyado en la punta de los dedos hace las veces de refuerzo giratorio, para ayudar a una mejor operación de movimiento. Belmonte lleva el estoque por delante, Mariano lo apoya en la cadera, dejándose ver que cada cual expresa de particular manera el pase natural. El “pasmo de Triana”, aprovechando la embestida del enemigo lleva la muleta -raro para su época- a una altura que aún no define un toreo que se manifiesta más bien por arriba, para darle salida o respiro al toro. El “torero de Mixcoac” empuña la franela casi a media altura, seguramente porque el toro en ese momento no se prestó a esa búsqueda que la tauromaquia ha conducido hasta los niveles de expresión que hoy se declaran notoriamente evolucionados. Desde que se ha manifestado la inquietud por parte de los mejores diestros por depurar la tauromaquia, llevada incluso a la redacción de importantes tratados, las intenciones han sido las de mejorar y perfeccionar, tratando de poner la técnica al servicio del arte o viceversa. Técnica y arte se dan la mano, a pesar de que cada una transita en caminos distintos; afortunadamente paralelos.

   En esta disección, que no ha buscado ser una cátedra -nunca ha sido mi fuerte-, parecen encontrarse, eso sí, varias muestras que representan lo que nuestra memoria se empeña en recordar, gracias a las imágenes, o en muchos casos también, gracias a la posibilidad de poder presenciar un acontecimiento que de inmediato lo ubicamos en las semejanzas con hechos del pasado.

   Por supuesto, de una cosa debemos estar seguros: el toreo, cada vez que tiene la ocasión de revelarse en diferentes interpretaciones, tiene al menos, un leve parecido con lo que haya ocurrido en el pasado inmediato o en el pretérito puesto que siempre se encuentra en una constante renovación, aunada a la perfección.

   No nos explicamos cómo es posible que suceda la “renovación” en algo que, per se es anacrónico. Concluyo diciendo que no amenazo con sumergirme en el conflicto de la explicación que todo aficionado pretende darle a una expresión estética o técnica que mueve, como siempre, a la polémica, al desacuerdo. Vayan pues, solo como un ejemplo más de lo mucho que puede provocar la tauromaquia, la presentación de las cuatro imágenes que dejamos para su deleite…, y reflexión. ¿Por qué no?

Deja un comentario

Archivado bajo IMÁGENES

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El jueves 29 de septiembre de 1864, estaba en la ciudad de León, Guanajuato el emperador Maximiliano de Hasburgo. En tal día, la población de aquel sitio provinciano tuvo la oportunidad de presenciar un espectáculo taurino organizado para celebrar semejante acontecimiento. Contar en el terruño con semejante visitante no era cualquier cosa. Maximiliano tenía algunos meses de haber llegado a México, con objeto de cumplir con una serie de propósitos que se fabricaron desde años atrás y que se consumaron no sólo en Miramar… También en Querétaro.

 CUANDO MAXIMILIANO ESTUVO EN MÉXICO (1864-1867).

    Con la Guerra de Reforma y la suspensión de pago de la deuda a Francia, España e Inglaterra, a partir de 1861, queda claro que la guerra fue perdida por los conservadores con la consiguiente victoria de los liberales, y la presencia de un brevísimo gobierno de Juárez en bancarrota total. ¿Cuál era el México en el momento de la moratoria? Esto fue motivo para que los países europeos (Francia, España e Inglaterra) iniciaran la intervención.

   José Manuel Hidalgo convence a Napoleón III de apoyar la monarquía con príncipe extranjero (al parecer fue al contrario. Que Napoleón movió los hilos y encontró en Hidalgo al personaje idóneo para promover la monarquía entre la corte francesa). Almonte fue uno de los que pusieron objeciones a aquel propósito. Por lo tanto, se concebía ese propósito como un imperio latino en América bajo el estímulo del expansionismo norteamericano.

   El elegido por Napoleón III fue Maximiliano de Habsburgo, perteneciente a la monarquía más antigua en Europa.

   Había que convencer a Maximiliano para que aceptara.

   Alianza tripartita: por no pago, Inglaterra y Francia envían fuerzas armadas, en principio a los puertos marítimos para asegurarse en las aduanas, el pago de los adeudos. España, al verse marginado del acuerdo quiso apostar otros grupos armados. (Convención de Londres y llegada de las fuerzas intervencionistas).

   Desembarcó (8 diciembre 1861) la escuadra española comandada por Juan Prim. En enero siguiente fondeaban los buques ingleses con Dunlop al frente, así como el comisionado diplomático Charles Wyke y otros personajes clave: Graviere (contra almirante) y el comisionado Saligny (estos con 3000 soldados). 10 enero de 1862: proclama por el pago de reclamaciones económicas. El papel de Prim fue muy interesante pues lo que interesaba era el cobro de la deuda, pero los franceses tenían otros propósitos intervencionistas. Como las condiciones de clima y enfermedad no eran buenos en esos momentos, las tropas conjuntamente avanzaron hacia tierra adentro. Manuel Doblado (ministro de Relaciones en el gobierno de Juárez) intentó evitar el avance de las fuerzas intervencionistas. Prim y Doblado firmaron los “Preliminares de la Soledad” (las fuerzas extranjeras, previo permiso ocuparon Córdoba, Jalapa y Orizaba, pero sólo como un gesto). La bandera mexicana ondeó en todos los edificios que ocuparon las fuerzas intervencionistas (esto lo decían los “Preliminares”). Sin embargo, fueron los franceses quienes rompieron la alianza, presentando como monto de la deuda cuyo reclamo era de 12 millones, cifra exagerada, lo que indignó a Prim y a Wyke. Juan N. Almonte llegó a Veracruz acogido por los franceses, Almonte había salido tiempo atrás exiliado. Otros mexicanos en la misma circunstancia también fueron regresando al país. Las fuerzas francesas aumentaron en marzo siguiente con la llegada de 5000 soldados más, bajo el mando de Lorencez. Juárez expide la ley del 25 de enero de 1862 misma que condenaba a muerte a todos aquellos que se unieran a los invasores o conspiraran contra la soberanía nacional. Prim y Wyke al darse cuenta de las intenciones intervencionistas de Saligny, decidieron abandonar el país, esto a fines de abril. Por tanto, sólo los franceses no sólo se quedaron, sino que avanzaron hacia El Fortín, donde ocurrió el primer enfrentamiento, que ocurrió el 19 de abril de 1862. El 27, en Acultzingo enfrentaron a las fuerzas comandadas por Ignacio Zaragoza, quien intentó contener a los invasores, mismos que obligaron a que las fuerzas nacionales se desplazaran a San Agustín del Palmar. Zaragoza decide esperar a los franceses en la ciudad de Puebla, misma que fue fortificada a marchas forzadas. El telegrama de Lorencez (“Tenemos sobre los mexicanos…”). Sin embargo, este personaje, esperaba el apoyo del ejército conservador, mismo que no llegó a tiempo, mientras las fuerzas de Zaragoza se apostaban estratégicamente. El amanecer del 5 de mayo comenzó con el fragor de la batalla, sobre todo en el cerro de Guadalupe con Berriozabal y Lamadrid al frente. Loreto y Guadalupe fueron dos sitios más donde se desarrollaron otras tantas acciones bélicas. Mientras tanto, Lorencez hacía lo suyo. Aún así, el ejército mexicano dio muestras de debilidades e irregularidades, pero nunca de desistir, y menos en momentos claves para la defensa de la patria. Por tanto, el triunfo de aquel 5 de mayo reanimó, y dejó ver que esto podía quedar superado. En Francia la noticia causó indignación. “Las armas mexicanas se cubrieron de gloria…”

Retrato del emperador Maximiliano, en el que aparece al pie del mismo su firma autógrafa.

   El triunfo de la Intervención se consumó un año más tarde, en 1863, aunque las numerosas fuerzas galas arribaron a nuestro país desde agosto de 1862. Lorencez queda destituido y es Forey quien comienza a preparar un nuevo ataque en Puebla. Muerto Zaragoza el 8 de septiembre de 1862 de tifoidea, el nuevo comandante del ejército de Oriente será Jesús González Ortega quien al resistir por dos meses el sitio, se rinden el 17 de mayo de 1863. La caída de la ciudad de Puebla indicaba que la ciudad de México quedaba a merced de las fuerzas francesas. Por tal causa, Juárez decide salir con rumbo a San Luis Potosí, no sin faltar la declaración de que los poderes nacionales y el gobierno marcharían con él, convocando a una guerra de guerrillas para resistir a los invasores.

   El 10 de junio de 1863 ocurre la entrada de los ejércitos franceses y conservador mexicano a la ciudad de México. Juárez seguía huyendo hacia los estados del norte. Forey establece un gobierno provisional o regencia, mientras quedan Almonte y Salas al frente. El 3 de octubre de 1863, una comisión mexicana se presenta en Miramar ofreciendo el trono directamente a Maximiliano. El 10 de abril de 1864, el monarca acepta encabezar el imperio. (Tratados de Miramar, acuerdos entre Napoleón III y Maximiliano con acuerdos abusivos que se inclinaban sobre el pendiente de la deuda, así como el pago de la manutención de los soldados franceses en México). “El Pacto de Familia” (Francisco José presiona a Maximiliano a que firme la renuncia de derechos sucesorios).

   Los “Tratados de Miramar” establecían la fecha de retorno de las fuerzas francesas a su territorio. Sin embargo Napoleón ordena un retorno por adelantado. Aquí interviene Carlota.

   El ejército francés se comprometió, también a través de los “Tratados” mantener el imperio hasta 1867, siendo ese año el marcado para la formación de un ejército imperial mexicano que nunca se formó (posibles militares de rango como Márquez, Miramón y Mejía, conservadores) fueron relegados por Maximiliano, lo cual impidió ese propósito de formar el ejército. Sin embargo Bazaine es la sombra de Maximiliano y este odia a aquel.

   El 28 de mayo de 1864 el emperador Maximiliano llega al puerto de Veracruz.

   La guerrilla republicana se convierte en un dolor de cabeza frente al ejército francés. Coexistían dos gobiernos en nuestro país. Maximiliano ratificó la reforma liberal. Él mismo sentenció que el imperio mexicano estaba condenado al fracaso. Al término de la guerra de secesión en E.U.A., el gobierno de este país se inconformó por la presencia del imperio y de soldados franceses en México. En Europa comenzaba la guerra franco-prusiana, lo que significaba que Napoleón tenía guerra en casa, lo que lo obligó a llamar a sus tropas para enfrentar ese conflicto que comenzó en realidad hasta 1871. Al ser retirado el ejército francés, los mexicanos interpretaron que la salida de Carlota se convertía en la retirada. Algunos militares liberales formaron ejércitos mejor articulados. Napoleón advirtió a Maximiliano abdicar al trono, pero los conservadores recomendaron y convencieron al monarca a quedarse prometiendo apoyarlo en la creación de un ejército imperial mexicano.

Al iniciar 1867 el ejército francés abandona México. En el país comenzaron los enfrentamientos entre fuerzas liberales con el ejército imperial mexicano. Este ejército parte de la ciudad de México con rumbo a Querétaro siendo esta su única movilización importante. Mariano Escobedo mientras tanto, organiza un importante ejército liberal. Maximiliano y sus allegados deciden resistir el sitio, mismo que pierden al ser aprehendidos, y llevados a juicio que los condena a muerte.

   Con esta apretada visión de los hechos, sobre todo el capítulo de aquel fallido imperio, volvemos a la apacible ciudad de León, Guanajuato.

   Esa tarde de finales de septiembre, se lidiaron cinco hermosos toros, tres de ellos a muerte por parte de la cuadrilla de Juan Núñez del que apunta Heriberto Lanfranchi, se trataba del popular “Capitán” potosino de mediados del siglo XIX. Se retiró, viejo y achacoso, en 1870. En la misma “troupe” se encontraba, con toda seguridad su hijo Ignacio Núñez, “banderillero potosino que estuvo en la cuadrilla de su paisano Pedro Nolasco Acosta de 1874 a 1887, cuando se retiró a vivir a Saltillo, Coah., donde murió en 1908”.[1]

   No existe más evidencia de esa efeméride que un cartel, reproducción que por fortuna puede ubicarse en aquel emblemático número de Artes de México (ARTES DE MÉXICO. El toreo en México. N° 90/91, año XIV, 1967, 2a. época.)

 
   Hoy, por fortuna, el mismo documento decimonónico ya se encuentra en la colección del Dr. Marco Antonio Ramírez. He aquí la reproducción del mismo, tal y como se encuentra en el Artes…:

   Imposible olvidar que el propio “Max”, al que las malas lenguas conocía como el “Empeorador”, escribió, durante su paso por España una serie de apuntes donde deja mostrar su admiración, su fascinación por aquella fiesta, la cual presenciaba por primera vez y de lo cual, Armando de María y Campos se ocupó ampliamente en diversos textos, haciendo despliegue de aquel recuento que, de puño y letra legó a la literatura taurina universal.


 [1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., Vol. II., p. 660.

Deja un comentario

Archivado bajo EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. JOSELILLO. IN MEMORIAM.

JOSÉ RODRÍGUEZ “JOSELILLO” IN MEMORIAM.

 Joselillo, el tercero de aquel martirologio de 1947. (1947 – 2012)

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Eran los momentos de mayor felicidad, cuando se avizoraba un posible futuro lleno de esperanzas. Fotografía: Carlos González. Col. del autor.

    Hasta el momento, la mayoría de las apreciaciones hechas para esta obra, son fruto de una contemplación imaginada, cuyo sustento es la lectura de múltiples obras, periódicos, escritos y testimonios de diversa índole. Para conformar el perfil de cada uno de los protagonistas ha sido necesaria una imparcialidad a la que se le ha marcado la sana distancia con las pasiones encontradas. Y es que un novillero como Laurentino José López Rodríguez, mejor conocido como Joselillo, fue capaz -en su corta aparición en escena-, de provocar pasiones encontradas debido al personal discurso que propuso, basado en una tauromaquia profundamente dramática, escalofriante, donde al parecer se desquiciaban todas las normas de la tauromaquia que quedaban sujetas al riesgo y a la emoción del vértigo.

   Laurentino José López Rodríguez, había nacido en el pueblo de Nocedo de Curueño, provincia de León, España el 12 de julio de 1925. Apenas un adolescente en cierne, llega a nuestro país en el verano de 1932, quien junto con su hermano José Luis atenderían diversos negocios en una tienda de abarrotes. A finales de 1944 Laurentino viste por primera vez el traje de luces en Tepeji del Río, estado de Hidalgo, aunque fuera solo para permanecer la mayoría del tiempo detrás del burladero.

   José, seguramente quiso someter la técnica y la estética con un estilo que iba camino de la madurez, aunque para eso fuera necesario más tiempo, y no pudo ser. Tuvo que ponerse al tú por tú con una buena cantidad de novillos, a los cuales aprovechó hasta donde pudo, empleando métodos poco escolásticos pero convincentes y tanto, que la popularidad de su quehacer y su figura pronto se ganaron lugar destacado en el ambiente taurino mexicano, por el cual pasó en fugaz trayectoria entre los años de 1944 y 1947. Lamentablemente, en la mayoría de sus apariciones, sufría más de un susto o percance, de ahí que Rodolfo Gaona dijera de él: “No le he visto aunque por lo que me han dicho, parecer ser un chico muy valiente, que sin embargo está casi siempre a merced de los toros…”[1].

   Joselillo estaba absolutamente convencido de lo que quería: convertirse en una gran figura del toreo, aunque para ello le fuera la vida. Y así fue. Cada lance, cada pase elevaban la tensión ya por lo arriesgado, ya por el drama consumado en permanentes percances. Y en medio de esos vaivenes, la alternativa estaba planeándose para que Luis Procuna fuera su padrino, ocurriendo tal acontecimiento en la próxima feria del Señor de los Milagros, precisamente para el 19 de octubre de 1947 en la plaza de “Acho”, en Lima, Perú. Calificado de “fenómeno” en más de una crónica, fue capaz, con su sola presencia de convocar a la afición de diversas latitudes, provocando llenos y pasiones en medio de una trayectoria cubierta de irregularidades, aunque destacando en aquellas donde el triunfo era legítimo. Pero por otro lado, “Don Martín”, escribía en el Excelsior del 22 de septiembre de 1947:

 “Para el sensacional Joselillo hay una exigencia cruel y un ambiente de hostilidad que no se justifica. A su toro lo saludó con verónicas limpias, citando desde largo, y en su faena de muleta hubo destellos de arte, de valentía, de aguante como en esos derechazos profundos y en esas manoletinas en que envolvió todo su cuerpo en caricias de la muerte. Mató de media estocada en todo lo alto y mientras la mayoría aplaudía con fervor, los eternos reventadores chillaban de lo lindo. ¡Cuántos quisieran ver al ídolo ensartado entre los cuernos como un pelele trágico! Pero Joselillo ya está aprendiendo el oficio y no quiere ser carne de enfermería”[2].

    El percance del 28 de septiembre de 1947 en la plaza “México”, cuando Ovaciones de Santín le pegó una cornada fue en principio muy grave. El buen desempeño del cuerpo médico lo ponían lejos de todo peligro, aunque no los dejara tranquilo la presencia de una infección mayor. Los días de recuperación pasaron sin mayores complicaciones. Lamentablemente una complicación cardiaca segó amargamente la ilusión del toreo y de la afición en un momento que esta seguía padeciendo las tremendas sacudidas que estaban ocasionando las recientes muertes de “Manolete” y de “Carnicerito de México”, presencias las dos que no era posible aceptar como ausencias de una manera tan violenta, tan rápida, sin permitir tomarse apenas un respiro, y ahora un nuevo golpe llegaba con la noticia amarga de que Joselillo también se marchaba el 14 de octubre, cerrándose de momento aquel martirologio.

   En su figura más bien delgada se agitaba no un guerrero. Más bien todo un ejército, dispuesto a mantenerse en la línea de fuego. Que una acción más rápida del enemigo obligara esa terrible derrota, pudiera parecer un acto normal en medio de lo que para muchos es simplemente la guerra.

   Joselillo, a los 65 años de su desaparición sigue siendo un icono entrañable, a pesar de lo fugaz y efímero de su presencia, y de que se convirtió -lamentablemente- en una esperanza frustrada.

   Vuelvo a recoger los versos, poemas y otros textos dentro del marco poético que se escribieron en torno a esta tragedia, y que se encuentran reunidos en mi “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”.

 1947

Triunfo y apoteósis de “Joselillo”

 A José Rodríguez “Joselillo” en el

día de su presentación.

 

Nervios de plata caliente

de Federico García.

Nervios de plata que bordan

lances de milagrería.

 

¡Qué poema extraordinario

el gran gitano le haría

al capote desmayado

de tu ardiente fantasía!

Fiebre de crispadas ansias

a la tarde estremecía.

Y el lucero de la noche,

asombrado, descendía.

 

El viento frandulero

de estupor enmudecía,

y quieto quedó, tan quieto,

que un sepulcro parecía.

 

Silencio de adoraciones

a las almas recogía.

Y en tu ser alucinado,

un astro resplandecía.

 

Derechazos, naturales

sedientos de eternidad.

Lentejuelas que palpitan

sin prisa en la obscuridad.

 

Enloquecido, el tendido

la muerte pídete ya

de aquel toro, que embrujado

en tu capote se va.

 

Pero en tu frente hay promesas

y anhelos de inmensidad.

Y en tus labios hay frescura

ardiente de manantial.

 

La Virgen gitana llora

azucenas de cristal.

Y San Gabriel te protege

con el nardo de su afán.

 

Córdoba peina sus crenchas

y ya la Giralda está

aromando la corona

que tu frente ceñirá.

 

Mas no olvides que en la arena

de esta fiel Tenoxtitlán (sic)

cien mil corazones locos

tu retorno aguardarán.

 Gloria Noriega.

 
 1947

 Gloria y Muerte de “Joselillo”

 Has muerto, José, y no has muerto,

Pues tu gloria vivirá

Como una rosa de luz

Y sangre en la eternidad.

 

¡Qué noche de soledades

Bajo el cielo se extendía!

¡Qué noche bañada en lágrimas

Sobre tu nombre caía!

 

Tus arterias gimen rotas

Sin reproche a la impiedad

De aquellos que no lograron

Tu corazón doblegar.

 

Tempestad de savia joven,

De inspiración y verdad.

Herida que se desangra

Cuando no puede llorar.

 

Sobre el sol brilla tu nombre;

Tu nobleza, sobre el mar.

A inmolarte fueron pocos,

A llorarte muchos más.

 

El lucero que una tarde

De octubre resplandecía,

De emoción, cuando al conjuro

De tu nombre descendía;

 

Como un cirio doloroso,

Llorando melancolía

Sobre tu sepulcro, en noche

De octubre también ardía.

 

Has muerto, José, y no has muerto,

Pues tu gloria vivirá

Como una rosa de luz

Y sangre en la eternidad.

 Gloria Noriega.

 1949

 JOSELILLO

 -¡Ay, rapaz! Una amapola

yo la vide sobre el mar.

 

-No era amapola, mi padre,

y el mar muy lejos está.

Era el sol que se escondía

para no verte llorar

y vertió su sangre de oro

en las platas de un cendal.

 

No llores, padre, que rosas

en mi huerto crecerán.

una estrella va en mi hatillo,

que para mi brillará.

 

¡Mira padre, aquel lucero!

En su espejo me verás

cuando la noche en tus noches

te rondará en tu velar.

 

No llores, padre, que vamos

caminando cara al mar,

y tras el mar, ilusiones

mi ilusión florecerá.

Que llevo, en mi hatillo, estrellas

envueltas en flor de azahar

y las estrellas con flores

aromas de luz darán.

 

¡No llores, padre, que vamos

caminando cara al mar!

 

-¡Ay, que vide una amapola!

¡Ay, que la vide, rapaz!

Mejor será que a Nocedo

volvamos los dos en paz,

que amapolas traen sangre

y yo no la tengo ya

y ha de ser tuya, mi hijo,

la sangre que correrá.

 

Y el mozo dejó a Nocedo.

Y el padre volvió al hogar.

Y el lucero llevó triunfos,

nuncios de marcha triunfal.

Claveles rojos prendían

en el pecho del rapaz.

Oro, sedas y caireles.

Y, entre dos soles, amar.

Y rosarios de rubíes

colgados de un alamar.

 

El sol lloraba de miedo

viendo a José torear.

 

Pero el mozo, bello y rubio,

jamás miraba hacia atrás;

que frente tenía al toro,

y detrás del toro, el mar,

y detrás del mar, Nocedo,

donde crecía un rosal

que sembrara en una tarde

en que comenzó a soñar.

 

Y fue un día… un ¡ay! Quebróse

después de un ¡olé! Triunfal.

Y en azabaches, rubíes

comenzaron a cuajar.

 

¡Ay, que el rosal que plantares

ya nadie lo regará!

 

¡Que en Nocedo ya no hay rosas

desde que murió el rapaz!

 

¡Una amapola de sangre

florece en ese rosal:

¡La amapola que el buen padre

viera una tarde rondar!

 

Hoy, Joselillo, las rosas

te las vengo yo a ofrendar

¡que yo también un buen día,

camine de cara al mar!

anónimo.

 

1951

ROMANCE DE “JOSELILLO”

 Su sangre quiso la gloria

de florecer en la arena

y ya no se resignaba

a seguir oscura, presa

entre las mallas sutiles

de la red de sus arterias.

Y llamó a su corazón

que abrió a la muerte sus puertas

cuando el sol de la fortuna

le colmaba de promesas.

“Joselillo”: la balanza

de las dos plazas toreras

esperaba los quilates

tuyos. Donde tú estuvieras

con tu valor y tu arte

cedería la bandeja,

redondel con todo el peso

de tu graciosa presencia.

No pudo ser. Dos pupilas

serán para siempre ciegas

la “México” y “El Toreo”

te llorarán con tristeza

un largo llanto de públicos

negros cual lágrimas negras

que rodarán por las tristes

mejillas de nuestra tierra.

El niño que perdió España

fue ganado por América,

hasta que en trágica tarde,

hecho un hombre lo perdiera.

¡Qué honda la plaza de México!

¡Qué profundas sus arenas!

Nunca vi abismo más negro

ni embudo que así sirviera

para trasegar con sangre

tanta hiel de amarga pena,

Murió en pleno mediodía

el astro que en su carrera

sólo con luces de aurora

iluminara la fiesta.

 

 “Joselillo”: los volcanes

no dejan ver que te elevas.

Blanco es tu vuelo, tan blanco

como sus nieves perpetuas.

Manuel Altolaguirre

¡Gloria a este torero caído en la batalla!

   El desenlace sobrevino el 14 de octubre siguiente, cuando José sufrió una embolia pulmonar.

NOTA: Las reproducciones que acompañan el presente homenaje, pertenecen a uno de los números del ESTO, del 15 de octubre de 1947, y que pertenece a la colección del autor.


 [1] José Ramón Garmabella: Joselillo. Vida y tragedia de una leyenda. México, Panorama, 1993. 168 pp. Ils., fots., p. 137.

[2] Op. cit., p. 136.

Deja un comentario

Archivado bajo FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 1703 (Concluye).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En la entrega anterior, además de publicar un material mecanuscrito de antigua elaboración (entre 1987 y 1988), este fue resultado de un primitivo texto con el que en 1984 dicté mi primera conferencia –justo en la casa de la cultura “Juan Rulfo” en el Distrito Federal-, tiempos aquellos en que comenzaba a tomar formar la creación del grupo Bibliófilos Taurinos de México. Tal agrupación tuvo en el Lic. Julio Téllez su pieza principal, debido a que fue él quien hace 28 años convocó desde la tribuna de su programa “Toros y Toreros” a la creación de este cenáculo. Allí estuvimos un grupo de amigos del que hoy quedan algunos de sus fundadores. Uno de estos días compartiré esos viejos recuerdos.

   Pues bien, con el objeto de tener un panorama sobre lo que fueron y significaron las fiestas taurinas durante aquel 1703, me he valido de las ideas planteadas en ese texto, el cual a su vez, recoge una valiosa imagen del códice “Chapa de Mota” gracias a la participación  de una mano indígena que, al intervenir en la integración de aquel documento, pudo traducir con sus trazos burdos, pero que se comprenden a la luz de una válida recreación, lo que significó la pacificación de los “chichimecas” por un lado. La siempre grata posibilidad de aprovechar un receso en lo militar para materializarlo en uno de disfrute y arrojo a la vez, por el otro.

   Vienen a continuación las partes complementarias de aquella primera entrega de hace unos días y que con gusto pongo a su consideración…

   Creo que todavía en una próxima entrega, habrá algunas novedades más relacionadas con hechos ocurridos durante aquel mismo año de 1703.

   Esperen noticias.

Deja un comentario

Archivado bajo EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS