DAVID, ¿POR QUÉ TE ABANDONASTE? NUEVE AÑOS SIN DAVID SILVETI.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XXI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    12 de noviembre de 2003, 12 de noviembre de 2012. Desde entonces han pasado nueve largos años, en que la ronda macabra llamó a su puerta, sin que nadie advirtiera que Juan Belmonte o “Nimeño II” vinieran en espíritu hasta Salamanca para reclamar compañía a ese ejemplo de virtud torera que fue David Silveti, pero que la gloria le negó el paso al territorio de los “mandones” dada la vulnerabilidad de su cuerpo. Esa fragilidad casi de cristal, que cuando quedaba rota, se resistía a ser echada de la escena, no pudo ahora con toda la consecuencia y acumulación de circunstancias ocurridas durante su accidentada carrera, en la que, a pesar de todo, pudo ser capaz de sumar 551 festejos toreados, lo que, para su estado físico resulta toda una hazaña.

   Tu toreo, tu toreo nos marcó con fuego de pasión torera, como pocas veces lo ha experimentado toda esa afición que nos entregamos a ese quehacer sumido en el embrujo en donde cada lance o cada pase tuyo, se convertían en lentos y mortales episodios de tragedia. Estábamos sumidos en tu propia angustia. Cada momento era el drama mismo. Sin embargo, el drama era un trasvase inmediato de belleza y de arte, que solo bastaba algo de ti –que era mucho, sin embargo-, para quedar exhaustos y agradecidos de que esa concesión estética, soportada en débil estructura física, se convirtiera en la experiencia pasional absoluta, que se nos fue hasta el fondo mismo de la memoria, a ese territorio donde los recuerdos brotan como manantial. No todo en el toreo es fácil recordarlo. Pero lo tuyo fue el recorrido privilegiado por un museo donde puede mostrarse de vez en cuando lo mejor de su colección. Y más aún, si ese recinto guarda las colecciones más importantes del arte en sus más diversas y enigmáticas manifestaciones.

DAVID SILVETICol. del autor.

    No he de preguntarte ahora qué te orilló al suicidio, cuando cada tarde morías un poco. Creo que al final, casi nada quedó de ti y aún así hubo dos tardes explosivas, rotundamente violentas que pusieron al descubierto el que puede ser tu último gran esfuerzo, telúrico, de estaturas inimaginadas, poseído por los duendes, y el aquelarre juntos.

   Lamento tu partida.

   De la primera de esas tardes, rescato de mi bitácora lo siguiente:

 (…)LA BREVEDAD MARAVILLOSA DE DAVID SILVETI QUE LOGRA RECUPERAR ALIENTOS EN UNA FIESTA SOMETIDA. Apuntes para la décima primera corrida de la temporada 2002-2003. David Silveti, Manolo Mejía y “Finito de Córdoba”, con seis toros de Fernando de la Mora, ocurrida el domingo 12 de enero de 2003, en la plaza de toros “México”.

 (…) Indudablemente David Silveti fue quien salvó la tarde de la inanición. Sus males óseos, su fragilidad recalcan aún más la que pudiera ser una deliberada puesta en escena, que además le va muy bien, pues se mueve como príncipe en palacio: con majestad y aires de “lord” inglés, cuya flema podría ser –para algunos-, harto chocante. Ya lo decía Artemio de Valle Arizpe, “cuando en mi casa estoy, rey me soy”. Pero eso, ¡qué importa!, pues viniendo del llamado “Rey David”, nada de esto parece incómodo a la afición que celebró su retorno a la plaza de sus anhelos. Es decir, de alguna manera, la plaza “México” recuperó a un torero con personalidad quien tuvo que lidiar a sus dos enemigos bajo cuidados extremos por parte de su cuadrilla, debido a que no contaba con la capacidad suficiente en sus piernas para moverse con tranquilidad y salvar cualquier apuro, cosa que ocurrió en varios momentos, los cuales no pasaron del sobresalto.

   Como intérprete de la “verónica”, hace gala de exquisitez. Se recrea y al hacerlo de este modo, dicho lance recupera su valor original, expulsando literalmente a los mercaderes que han tergiversado esa magistral interpretación, haciéndolo pasar como cualquier cosa, y no como dolorosa y bella expresión que recuerda a Verónica, esa mujer que se lanza –en la ruta del Calvario-, a enjugar el sudor y la sangre de un Jesús camino al martirologio con la cruz a cuestas. Y vaya momentos de intensidad, de belleza, de creación y de sentimiento, que en los brazos de Silveti, la “Verónica” no solo se mece, sino que adquiere perezosa dimensión, en por lo menos esos cuatro lances magistrales y la media con que remató tal portento durante los momentos iniciales de la lidia de su segundo “enemigo”.

   Esa circunstancia la valora a fondo la afición y se siente retribuida en algo de lo mucho que ha perdido la fiesta en su extrema estandarización, por mencionar apenas uno de esos factores que han atenuado sus principios a lo largo de muchas décadas.

   David Silveti nos permite recuperar el aliento que como aficionados hemos perdido en la noche de los tiempos… inútiles, donde ha transcurrido apenas una ligera insinuación de que sigue existiendo la fiesta, sometida, subordinada a los dictados y caprichos de ciertos y oscuros personajes que han manejado tamaños intereses que desvían de su curso original la nobleza de ese río histórico que no proviene de una casualidad, sino de una circunstancia concreta que dentro de 23 años exactos cumplirá el medio milenio de andanzas en este espacio llamado México.

   ¡Con qué aires de majestad se movió en escena David Silveti!

   Como ya vimos, no bastaron aquellos cuatro portentos y medio en la verónica. También con la capa logró en ambos ejemplares otros dibujados lances por gaoneras, tafalleras y por chicuelinas andantes.

   La faena de ese segundo que, en su conjunto fue una demostración limitada de recursos, sometida por el sobresalto, tuvo por momentos, esencia pura que la paciencia de cada uno de nosotros supo entender, ya que hacía mucho tiempo no gozábamos no tanto el prodigio de lo caudaloso; más bien eran apenas unas cuantas notas de imponente sinfonía la que, a la manera de Bruckner o de Malher nos conducen al sobresalto.

   No de otra manera, sino de esta es como se dio el reencuentro con lo sublime, con lo perfecto que quiere la vida de ciertas cosas y sucedió como un milagro. Ya en otro texto he plasmado mi principio declarándome agnóstico, porque creo en el misterio. Y a esto no le agrego –por ahora-, mi escepticismo, que al poner en duda el dicho misterio, desmorona la obra “llena de gracia, como el ave María”, que nos ofreció el milagro de la vida que se llama David Silveti.

   De regreso al quehacer de David Silveti, inconmensurable, fuera de toda dimensión, donde lo cuantitativo quedó rebasado por lo cualitativo. No era necesaria una faena de muchos pisos (de muchas series). Bastó con aquellas pinceladas surrealistas -¿acaso cubistas?- donde dichas obras en los lienzos por ejemplo- están recargadas no tanto en color, sino en idea, en construcción concreta, capaz de obligarnos a pensar con mucha mayor noción y no de pasar de largo ante ese mismo microcosmos estético. Eso produjo David que, con su misma debilidad no pudo rematar a sus ejemplares correcta y debidamente. Pero aún así, en el cuarto de la tarde fue obligado a salir al tercio y la vuelta al ruedo resultó merecida, muy merecida (…)

    A partir de este momento, todo el cúmulo de maravillas que desplegaste tendremos que revalorarlo de otra forma. Imposible no recordar ahora mismo la verónica en manos de David Silveti, lance que en tus manos adquirió una dimensión distinta, sobria y elegante, con un reposo, como el que requiere ese nombre para comprenderlo perfectamente a la luz de una tersura inexplicable en otras manos. Entre los elegidos, cumpliste con el cometido exacto y puntual de saber bordar ese lance sin los descompuestos estertores de otras manos y otros pies que no supieron valorar tamaña dimensión.

   ¡Qué forma de padecer en la vida! ¡Qué forma de padecer la muerte!

   Resulta difícil entre los toreros, la construcción de una impronta que los caracterice de por vida. Ya lo dijo el peculiar estilo de Rafael Avilés “Lumbrera chico”:

Fotografía: Alfredo Flórez. Col. del autor.

    Silveti estaba petrificado porque era incapaz de mover las piernas, extendía la muleta (prolongación de la mano) y la hacía girar en redondo y por abajo en pases de trazo corto pero de enorme emoción, porque todos sabíamos que en caso de un derrote, un extraño, una distracción del cornudo, sería empitonado y caería al suelo partido en muchos pedazos. Era un gesto de autoinmolación, como se supone que debe serlo en todo momento el toreo, que por eso es arte y no negocio de mercachifles.

   Y cómo le temblaba la mano izquierda cuando no la apoyaba contra la nalga para disimular su espanto, y cómo sonreía con pavor mientras el hocico del hico le arrojaba un chorro de aire caliente al corbatín y los pitones le rozaban los dibujos de la taleguilla. Pocos artistas de hoy, cualquiera que sea su disciplina y género, han manifestado con tanta fuerza la profunda insatisfacción de nuestra época, la enorme estafa que nos propone este siglo, la cristiana infelicidad a la que tratan cínicamente de resignarnos.

   Silveti luchó con todo lo que tenía a su alcance –un ego del tamaño del mundo (sin el cual jamás habría sido artista), un estoicismo ilimitado, un misticismo que a la hora de la hora pesó menos que su sentido de la dignidad –y con esas armas cayó peleando, pero una vez que se encontró vencido, en vez de aceptar la compasión general como homenaje, la cristiana resignación como recompensa, terció la muleta, entró a matar por derecho y dejó un estoconazo hasta los gavilanes en todo lo alto en su pobre espejo. A ver quien borra eso…[1]

    Y aunque tu tauromaquia haya estaba fundamentada por el sobrio lance a la verónica, y aquella otra brevedad consistente en la construcción estruendosa del quehacer muleteril, soportado por el natural y el natural ayudado, eran esas realidades de arriesgarlo todo, esos generosos y lucidos remates entre serie y serie; o lo que es lo mismo, ese toreo por la cara ya desaparecido, el sello de toda tu entrega. No podía pedírsete más, si ya el sacrificio se había consumado. Es más, sabiéndote poco certero con la espada, para qué exigir el fin de todo si con lo que habías sido capaz de concedernos, era suficiente para habernos sentido satisfechos, como cuando el pecador, tras haber recibido la comunión, percibe un descanso espiritual de volver a Cristo, tras haber sido tentado por Satanás, del que se ha liberado.

   Tu toreo, y para decirlo de una vez, “detuvo el tiempo”, frase que acuñó el desaparecido compositor Salvador Moreno, que algo de esto dijo cuando escuchó cantar a la memorable Monserrat Caballé en la sala Nezahualcoyotl hace ya algunos ayeres. Dice Moreno que al concluir aquel recital, toda la asistencia quedó atónita, fuera de sí, sin poder articular conscientemente su respuesta más inmediata y por tanto, eufórica: la ovación. Esta reacción ocurrió en el momento en que se dieron cuenta de lo que habían sido testigos. Del silencio misterioso, se pasó a una atronador aplauso, o lo que es lo mismo, regresaron a la realidad tras haber sido envueltos por el manto seductor de aquella voz indescriptible y única.

   En fin, David Silveti, has provocado en nosotros diversas y encontradas reacciones por tu muerte repentina. Ya no tiene caso hablar de ese momento amargo con el que recibimos la dolorosa noticia. Ahora, es necesario establecer los parámetros de “tu” propia tauromaquia de la que apenas hemos hecho algunos esbozos. Espero que el tiempo sea capaz de proporcionarnos los elementos y las herramientas indispensables para descifrar el contenido de tan soterrado misterio y entenderte como torero.

Entre el 12 y el 17 de noviembre de 2003.


[1] La Jornada, Nº 6906, del 17 de noviembre de 2003, p. 19a.

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