EDITORIAL. VUELTA AL ENGAÑO…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Una vez más, ahora en la plaza de toros “México”, se consumó otro engaño, a la vista de miles de testigos que fueron presenciando la materialización de un fraude. ¡Novillos por toros! Evidentemente y como ya va siendo costumbre, no habrá examen post mortem, salvo que ahora apliquemos los aficionados o ciudadanos, la petición de dicha prueba científica a través, por ejemplo, del IFAI, en espera de que así se nos haga caso.

   Autoridades sin autoridad, manirrotas, sin ganas de aplicar el reglamento en vigor, ya sea porque este no tiene suficientes alternativas legales para darle poderes al juez de plaza, o es que esta figura se está viendo sometida por la autorregulación que impone la empresa.

   En ese sentido, diría uno en términos de la dignidad ausente que ¡no se vale! todo lo que vienen haciendo los principales actores, protagonistas o participantes que intervienen directamente en la celebración del espectáculo taurino en este país. Desde las más altas esferas y hasta el componente más marginal en nuestra sociedad, hoy día en que apenas se ha iniciado un sexenio más, la desilusión es uno de los factores que invaden nuestra percepción. Si lo que ha ocurrido o viene ocurriendo en los más recientes gobiernos es espejo de lo que pasa en lo más tangible o descarnado de nuestra realidad, esto nos llena de desaliento. Y tal efecto lo percibimos directamente en el ambiente taurino que no alcanza su auténtica madurez en este país. Recordemos que en el sexenio de Salinas de Gortari se pretendió posicionar a México en los países del primer mundo. Más tarde se reconocería que esto era imposible, de ahí que sigamos siendo, más para mal que para bien, un país subdesarrollado, y parece que ese comportamiento, dicha patología funciona a las mil maravillas en la cosa taurina.

   De verdad, ¡qué pena!

   ¿Qué pretenden todos los partícipes en la organización de los festejos taurinos en el país? ¿Desprestigio? ¿Condiciones precisas para ensoberbecer a los contrarios, y darles, por tanto elementos para consumar sus propósitos, que no son otros que acabar con las corridas de toros?

   A este paso, eso no tardará mucho.

   Es lamentable que los principales motores que mueven el espectáculo, y por tanto el negocio, los ingresos y los egresos. En una palabra: la dinámica financiera se mueva con una mentalidad que no corresponde con la realidad de unos tiempos como los que corren. Imperan diversos criterios establecidos por la modernidad, por la globalización. Y gusten o no, pero el hecho de que ahí están y se han convertido en la amenaza latente en muchas sociedades. Ya se sabe, la tauromaquia es una diversión popular con fuerte carga de elementos anacrónicos que, de quererlo, pueden convivir o cohabitar con el progreso. Pero buena parte de los hechos siguen viéndose manufacturados como si se tratara de aquello que ocurrió cobijado por la informalidad, el relajamiento y la mínima condición de pretender y acometer negocios malsanos, irregulares, truculentos y lo que es peor, asquerosos.

   Con esa forma de pensar o de actuar no se llega a ninguna parte y la única garantía es que el producto o sus resultados sigan siendo esta suma de irregularidades, muchas veces en la inminente frontera con el fraude, si no es que rebasan ese límite y ocupan sin mayor problema dicho territorio, en donde sin el menor miramiento sus involucrados parecen no enterarse de que han logrado cumplir con el desagradable propósito de no pretender, ni siquiera con un poquito de dignidad, hacer las cosas ya no digo con el profesionalismo teórico y pragmático más deseable, sino cobrando conciencia de que metidos en un negocio el hecho es mantener cautiva a una clientela, satisfecha por los buenos resultados. Y los buenos resultados no afloran por ningún lado, o estos son aislados.

   Por ejemplo, la plaza de toros “México” tiene años, sí años, de que no se llena hasta “la bandera”. La empresa ha procurado tener en los festejos en torno al 5 de febrero como su “tabla de salvación”, pero aún así no ha logrado llegar a ese punto, con todo y que acude un público que no es precisamente el taurino, pero que debería serlo en la medida en que se le ofrece un espectáculo que lo atraiga una vez y otra también. Si esos miles de potenciales y nuevos aficionados no acuden al siguiente llamado es porque no les interesa, de ahí que quienes seguimos asistiendo seamos esos sectores reducidos que intentamos no fallar y no traicionar nuestro espectáculo. Pero como puede observarse, a quienes sí nos traicionan son esas partes perfectamente ubicadas en el entorno de la organización del espectáculo, que siguen empeñadas en ofrecer lo que en México decimos: “kilos de a ochocientos gramos”.

   Y es que sólo estamos pidiendo que si anuncian toros, toros deben aparecer en el ruedo, sin que quepa el menor índice de duda. Las figuras, los matadores de toros que para eso están, son quienes deben enfrentarlos y entonces tendríamos el resultado de una fiesta en todo su esplendor. Pero cuando al anuncio de toros, aparecen novillos y al anuncio de matadores de toros estos tienen que rebajar su categoría profesional para convertirse en novilleros. Y lo que es peor, en consumar un engaño, eso es lo que ya no puede permitirse.

   Que las empresas tienen que hacer un esfuerzo y adquirir toros o novillos –según el tipo de espectáculo que organicen-, es su obligación. Que las autoridades deben aplicar las normas, el reglamento y todos los criterios pertinentes para que el desarrollo de la corrida de toros o la novillada sea el mejor es un deseo de muchos. Que la prensa debe cumplir un papel de información, de guía y tutela en plan absolutamente imparcial es también parte de ese proceso de lo deseable y no de la afinidad condicional que existe en muchos casos, lo que impide tener respeto hacia muchos de estos que debiendo ser periodistas, sólo son informadores.

   Que estamos a la espera de que los ganaderos ofrezcan la materia prima en toda su dimensión y no remedos. Ya vemos que el papel de los “veedores” es dañino y que habiendo toros en el campo lo que se ofrece en la plaza no corresponde con la realidad, pero tampoco con la dignidad y respetabilidad del “ganadero-señor” que todos quisiéramos. Son tan pocas las excepciones…

   ¿Hasta cuándo tendremos una maquinaria taurina que trabaje de manera más armónica, equilibrada, con capacidad suficiente de alejarse de todo mal?

   A las clara se percibe que hay muchas en este país, y que tienen una mentalidad emprendedora, positiva. En los toros, esos criterios parecen no existir.

12 de diciembre de 2012.

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