CARTEL DE TRES FIGURAS DECIMONÓNICAS EN MÉXICO…

CARTEL DE TRES FIGURAS DECIMONÓNICAS EN MÉXICO: JOSÉ MARÍA VÁZQUEZ, MANUEL BRAVO Y ANDRÉS CHÁVEZ. ANTECESORES DE JESUS VILLEGAS Y POR SUPUESTO, DE PONCIANO DÍAZ.

MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO Nº 31.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Hasta hace algunos años se pensaba que Ponciano Díaz era el primer diestro mexicano cuyas actuaciones no sólo se concretaban a nuestro país, sino también al extranjero. Luego, al profundizar con más detalle se encontró que Jesús Villegas “El Catrín” realizaba campaña a mediados del siglo XIX en España. Después, las investigaciones nos daban el nombre de Ramón de Rosas Hernández “El Indiano” -natural de Veracruz- quien alternó con diestros hispanos a fines del siglo XVIII.

   La trascendencia del toreo mexicano fuera de sus fronteras estaba dada con estos tres personajes que, con el tiempo se han enriquecido gracias a la presencia de otros tres diestros: José María Vázquez, Manuel Bravo y Andrés Chávez.

De Manuel Bravo y de Andrés Chávez nos dice Heriberto Lanfranchi en su tomo II de LA FIESTA BRAVA EN MEXICO Y ESPAÑA, 1519-1969 lo siguiente:

 MANUEL BRAVO. Primer espada mexicano, que fue el más popular en la ciudad de México de 1825 a 1835. Dicho año hizo un viaje a Cuba y logró convencer a Bernardo Gaviño para que se viniera a torear a la plaza de “San Pablo” de la capital.

ANDRES CHAVEZ. Nació en Puebla, Pue., y actuó con regularidad a mediados del siglo XIX. estuvo con Bernardo Gaviño en 1844, y en 1851 ya era muy conocido, siendo contratado para torear en la ciudad de México, en la plaza de “San Pablo”. El 9 de noviembre de ese año, los programas anunciaban que debía matar un toro estando hincado en el suelo, y el 1º. de febrero de 1852, en la misma plaza debía matar otro toro estando sentado en una silla tras haberle clavado varios pares de banderillas de 3 pulgadas de largo. Luego estuvo varios años con Mariano González “La Monja” y Pablo Mendoza, hasta que en 1860 formó su propia cuadrilla y empezó a actuar de primera espada, sobre todo en Puebla, durante algún tiempo.

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 Imagen que pertenece a un cartel donde aparece el registro de la actuación de Andrés Chávez, el 11 de febrero de 1860, y donde este torero coloca banderillas, a la media vuelta con la boca. Col. del autor.

    De José María Vázquez el dato nos lo proporciona una verdadera curiosidad bibliográfica de origen peruano, obsequió de mi buen amigo Juan E. Miletich Berrocal: Exigencias. 50 AÑOS DE TAUROMAQUIA. ÁNGEL VALDÉZ “El Maestro” Y SU ÉPOCA. Lima, Empresa Editora “La Tradición”, 1919. 138 pp. ils., fots. Al mencionar las primeras andanzas del maestro peruano dice “Exigencias”:

 Con el diestro mejicano José María Vázquez trabó amistad allá por los años de 1856 y, entusiasmado con su toreo, a él pidió y de él recibió consejos y enseñanzas para iniciarse en el difícil y arriesgado arte taurino, habiendo adquirido ya en “La Granja” aquel profundo conocimiento de las reses que poseyó en grado superlativo.

El Mejicano conoció al instante las excelentes cualidades de Ángel, previó el lisonjero porvenir que se presentaba para el discípulo y se propuso sacar de él un buen estoqueador.

Dícese por algunos que a los catorce años, y acompañado de su maestro, brindó por primera vez la muerte de su primer bicho, berrendo en negro, de libras, boyante, etc., hecho que no he podido comprobar debidamente.

Corresponde pues al mejicano Vázquez la gloria de haber modelado el alma torera del genial lidiador peruano.

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 Del mismo impreso que el anterior, aquí se ilustra la suerte suprema, para lo cual, Andrés Chávez la pone en ejecución ayudándose de zancos. Col. del autor.

 No voy a detenerme en averiguar si Angel debió escoger otro maestro, pero juzgando la época y el lugar en que ello aconteció, hay que reconocer que el mejicano no era figura despreciable en el arte; que por aquel tiempo era aplaudidísimo y que con el mayor entusiasmo y buena fe puso especial empeño en formar sólidamente a su discípulo. Y aún en el supuesto de que Vázquez no valiera como torero, tiene bastante mérito con haber sido el maestro de “El Maestro”.

Evidentemente que si Valdéz hubiera visto y aprendido de Romero, Cándido o Paquiro, para no mencionar otros más, habría sido el primer lidiador de su tiempo; pero aquí, en Perú, dentro de un medio paupérrimo, no pudo esperarse que Ángel saliera para eclipsar a los más famosos toreros que han existido. Sin embargo, a pesar de esta pobreza y de las deficiencias de su maestro, Valdéz formó su escuela, ocupando siempre lugar preeminente entre la gente de coleta y el primero como estoqueador, venciendo fácilmente a todos los que con él intentaron competir.” La Lidia”.-Lima, 26 de enero de 1896.-Biografía de Ángel Valdéz “El Maestro”.

    Esta valiosa referencia nos remite al dato de que José María Vázquez poseía importantes adelantos en el arte de la tauromaquia, aprendidos, con toda seguridad en nuestra patria, e influido del espíritu de Gaviño y del alma nacional que se dejó sentir con intensidad durante los años de 1840 a 1855. ¿Cuándo llegó a Perú? ¿Allí se estableció? ¿Regresó después a México?

   Esos datos los desconocemos al perderse en la noche de los tiempos el destino de nuestro personaje, pero queda la evidencia de su quehacer que trascendió hasta Perú, para hacer de Ángel Valdéz al auténtico “Maestro” que recuerda la afición peruana en distintas biografías, pero que es en la fuente ya mencionada donde encontramos el primer dato que lo relaciona con un tutor para su trayectoria como torero.

   Gracias a esta referencia tenemos el dato de un torero más que se suma a la ya importante lista de personajes mexicanos que dejaron una huella fuera de nuestro país. Pero no sólo es su huella, sino su influencia. Ya lo vemos con Vázquez y Valdéz. En el caso de Chávez, este, aunque realiza su carrera sin salir del país, probablemente tiene la fortuna de ser visto por un viajero alemán, Brantz Mayer, quien llegó a México en calidad de secretario de la Legación norteamericana el 12 de noviembre de 1841. Aún y cuando tuvo una corta estancia (un año), ese tiempo fue suficiente para dejar en su obra México lo que fue y lo que es una reseña muy amplia de una corrida de toros ofrecida a Santa Anna que va así:

 CARTA XI

UNA CORRIDA DE TOROS

    Cuando llegué a México me dijeron que, de no quedarme aquí por algún tiempo, perdería probablemente las tres grandes “diversiones” mexicanas, a saber, una revolución, un terremoto y una corrida de toros. Los dos primeros espectáculos no tenía dificultad en dejarlos de ver; y en cuanto al último, la civilización había introducido recientemente la ópera, y las cadenzas de los cantantes italianos habían reemplazado a los bramidos del toro moribundo.

   Pero estaba escrito que habría de recibir el obsequio de una corrida de toros cuando menos.

   Inopinadamente se anunció una corrida en la plaza de toros, inmenso anfiteatro que se construyó en los tiempos en que este deporte se hallaba en México en su apogeo.[1]

Era domingo, y la gente no tenía nada que hacer. Los menos pudientes habían ahorrado durante la semana unos cuantos medios, sea trabajando, sea mendigando, sea robando; y, por lo que toca a los ricos, daba por seguro que les gustaría gozar de un espectáculo de que se habían visto privados durante largo tiempo.

   Siento gran repulsión por estas exhibiciones brutales; pero creo que es deber del hombre del ver un ejemplar de cada cosa durante su vida. En Europa presencié disecciones, y ejecuciones mediante la guillotina; y, fundado en este mismo principio, asistí en México a una corrida de toros.

   No quedaron defraudadas las esperanzas de los organizadores de la fiesta. Las dos terceras partes de los palcos y el redondel que ocupa la parte baja de este inmenso teatro estaban llenos hasta el mismo borde de la arena con no menos de ocho mil espectadores, entre hombres, mujeres y niños. La corrida iba a comenzar a las cuatro; hacía calor y el cielo estaba sin nubes; el sol resplandecía con todo su brillo sobre la abigarrada muchedumbre de trajes vistosos y variados. La parte del edificio expuesta a los rayos del sol se dejaba a la plebe; la otra mitad se reservaba para los patricios, es decir, para los que pagasen medio dólar, con lo cual adquirían el derecho al lujo de la sombra.

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 Aquí tenemos, ni más ni menos que a Andrés Chávez, cuya figura sugiere el uso de unos ropajes de distinta manufactura a los actuales, así como la disposición a ser “retratado” por la mano de un dibujante de la época, asumiendo para ello un continente muy apropiado. Col. del autor.

    Llegamos demasiado tarde para alcanzar a ver la entrada del primer toro; el animal estaba ya en la arena, y los picadores lo estaban aguijoneando con sus lanzas, mientras los seis matadores, ágiles y ligeros, vestidos con trajes de vivos colores, los provocaban con sus capas rojas, que hacían ondear a pocos pasos de los cuernos de la bestia; y cuando ésta embestía contra el trapo podían ellos lucir su agilidad, evitando los golpes mortales de los cuernos. Después de hostigar al animal durante diez minutos con capas y lanzas, sonó una trompeta; al punto le clavaron en el cuello doce banderillas, o lancetas adornadas de papel dorado y de flores, haciendo que el animal se precipitase con furia contra su agresor, al sentir cada nuevo pinchazo del arma cruel.

   Hecho esto, la cuadrilla se puso en círculo, y el otro quedó en medio bufando, escarbando la tierra, moviendo la cabeza a uno y otro lado, viendo por doquiera un enemigo armado que apuntaba hacia el su lanza, y bramando para que no se atreviesen a atacarlo. Pero a la verdad ya estaba domado.

   Otro toque de clarín, y dos matadores, apartándose del grupo, se adelantan con cautela y clavan en la piel del cuello del animal dos lanzas rodeadas de fuegos artificiales. Bufando, bramando, llameando y crepitando se puso el toro a dar brincos por la arena, azotándose con la cola y embistiendo a ciegas contra cuanto se le ponía por delante.

   Al tercer toque de trompeta, salió a la plaza el matador principal, que ahora se presentaba por primera vez, y se adelantó hacia el palco del juez para recibir la espada con que acabaría con el animal. Entre tanto se habían consumido los fuegos de artificio, y el animal estaba acorralado contra la barrera sur del teatro. Allí se le veía jadeando de cansancio, de rabia y desesperación. El matador, un andaluz (Bernardo Gaviño) y vestido de gala, con medias de seda y traje ajustado color de púrpura con bordados de abalorios, era hombre de contextura hercúlea; y su figura varonil, en la plenitud de la perfección del vigor y la belleza humana, formaba hermoso contraste con la enorme masa de huesos y músculos de la bestia.

   Enrolló su capa en la vara corta que llevaba en la mano izquierda, y se acercó al toro, empuñando en la diestra el afilado estoque. El toro, enfurecido a la vista de la capa roja, se precipitó hacia él. En el punto en que el animal se detuvo para embestirlo, el matador, saltando hacia la izquierda con brinco de ciervo, y recibiendo en la punta de su espada todo el choque del peso y del impulso del animal, se la enterró en el corazón, y sin ninguna convulsión lo dejó muerto a sus plantas. Ante el éxito del golpe, el público estalló en aplausos. El matador sacó del cuerpo del animal su espada ensangrentada, la envolvió en su capa y, haciendo un saludo a la multitud, la devolvió al juez.

   Sonó de nuevo la trompeta; ataron un cable a los cuernos del animal, hicieron entrar tres caballos con vistosos arneses, les engancharon los despojos, y, a otra señal de la trompeta, los hicieron partir a todo galope, arrastrando el cadáver fuera del coso. Sobre el charco de sangre desparramaron una paletada de tierra fresca; sonó de nuevo la trompeta; abrióse la barrera izquierda y el segundo toro saltó a la arena.

   Casi cegado por su brusca salida de la profunda oscuridad de su antro al pleno sol, y aturdido con los gritos y clamores del público, se precipitó al centro de la arena y allí se quedó inmóvil. Movió la cabeza de un lado a otro, como si buscase a donde ir. Escarbó la tierra con las pezuñas, se azotó los flancos con la cola y, en suma, se vio a las claras que era un fracaso.

   Al instante se le echaron encima los picadores con sus largas lanzas; y un segundo después dos de ellos rodaban por el suelo, atropellados por la bestia bravía. Esto provocó en la muchedumbre una tempestad de aplausos; y un honrado irlandés que estaba cerca de mí gritó a todo pulmón: “¡Bravo, bull!”

   Pero ya estaban los matadores junto al animal, con sus capas rojas, y apartando su atención a los picadores caídos, les dieron tiempo para levantarse y volver a montar; al menos a uno de ellos, ¡porque al caballo del otro le había metido el toro los cuernos en la barriga, y, al levantarse, las entrañas le arrastraban por el suelo!

Siguió adelante la rutina de costumbre con el animal, lo mismo que con el primero: y hasta que al cabo se dio la señal de trompeta para que el matador principal se presentase a recibir su espada.

   Pero esta vez el toro no era cosa de juego; el valiente andaluz se le fué acercando con precaución. Al llegarse al toro, la bestia se hallaba cerca de la barrera, echando espumarajos de rabia. Todavía le estaba ardiendo el pelo con la explosión de los fuegos artificiales. El andaluz le pasó la capa por delante de los ojos, y volviéndose a la derecha para herir en el momento que el animal diese el salto de costumbre, desdichadamente erró la estocada, y se encontró preso entre la barrera y el animal, a una yarda de distancia así de este como de aquélla. Se salvó saltando la barrera, mientras los cuernos del animal embestían contra los tablones, haciendo estremecerse el redondel y el recio maderamen.

   Mas ya estaba otra vez sobre la arena el intrépido luchador provocando a su enemigo. Otro salto, otro pase de capa por delante de los ojos de la bestia, y su espada penetró hasta la empuñadura en el cuello del animal, atravesando la piel y el pelo, para brillar al otro lado encima del hombro derecho. Pero la herida no era fatal, y la bestia se puso a brincar con más furia que nunca. Se le acercó un picador y lo revolcó en el polvo. Vino otro, y también arrojó al aire el caballo; más él, conservando el equilibrio, se mantuvo apoyado sobre los pies, y cuando se levantó el caballo, se alzó junto a él, sentado en la silla; al mismo tiempo, con pasmosa presencia de ánimo, arrojó su lazo, y logró coger por uno de los cuernos pero desdichadamente el lazo se escurrió. A pesar del malogro de su intento, el picador, por su sangre fría, su dominio del caballo y su donaire y pericia, recibió una salva de aplausos.

   Entretanto, el matador había recobrado el aliento y estaba listo para atacar de nuevo a su indómito enemigo; pero esta vez atacó sin armas. A pesar de lo furioso del animal, aguijoneado por las banderillas que llevaba clavadas por en los lomos, destrozada la piel y el arma metida en las carnes, el matador se le acercó intrépidamente; otra vez más arrojó la capa a los ojos del animal, y, dando un salto por encima de los cuernos, en el momento en que éste se detuvo, asió la empuñadura de la espada y la sacó chorreando de sangre.

   Hostigado y exhausto con la pérdida de sangre, ya las fuerzas del animal estaban casi por completo agotadas. Buscó la puerta de la barrera por donde había entrado en la arena. Allí se detuvo, manando sangre por la herida. A ojos vistas, se estaba muriendo; y al punto cesaron todos los ataques. Había luchado con tanta valentía, que los picadores, los matadores, los coleadores y toda la cuadrilla se pusieron en círculo en torno suyo, como para contemplar la agonía de un héroe. Todos parecían sobrecogidos de admiración; hasta los léperos de las galerías se callaron, sumidos en profundo silencio.

El toro se estuvo quieto un instante, como sin saber que hacer. Confieso que el infeliz me parecía tener entendimiento, un entendimiento lastimado por el sentimiento de la fuerza reducida a la impotencia por un enemigo inferior y despreciado.

   Sintió que se le debilitaban las piernas. Trató de correr; pero las piernas se negaron a moverse. Levantó convulsivamente las patas, agitó la cola, abrió los ojos como sacudido por un súbito temor nervioso y los clavó con fijeza feroz en la sangre que se le salía a torrentes. De nuevo se empeñó en correr; tambaleóse dos veces, pero recobró el equilibrio. Entonces se le acercó nuevamente un matador con su capa y una daga corta en las mano para poner término a esta penosa escena; pero al llegársele, el animal se tambaleó hacia delante, con el hocico hacia arriba y los dientes bañados de espuma; se estiró, quedando quieto y rígido como una estatua, y luego, de repente, bajando la cabeza para hacer un supremo y mortal esfuerzo, se echó de un salto encima del matador, y cayó muerto, sin fuerzas, sin aliento, sangrando y furibundo, hasta el final.[2]

Esta fué la mejor lucha[3] de la tarde. Sacaron a la plaza otros cinco toros; pero casi todos ellos resultaron cobardes. Y a pesar de eso, a ninguno dió muerte el matador a la primera estocada, lo que menoscabó la buena opinión que de sus habilidades tenía la chusma. A algunos animales los cogieron de la cola: los coleadores, inclinándose sobre el elevado arzón de la silla y deteniendo bruscamente sus caballos, hacían revolcarse en el suelo a los toros. Pero los así humillados eran los cobardes más consumados. A otros les enredaban el lazo en los cuernos o en las patas, lo que me dió ocasión de apreciar la pericia que alcanza la mayoría de los jinetes mexicanos en el manejo de tan útil instrumento. Uno de los toros saltó por encima de la empalizada para caer en medio de los espectadores, no lejos de donde yo estaba; pero el animal era tan para poco, que al parecer se sintió más contento de escapar de la muchedumbre que la muchedumbre de él. En vista de ello, lo sacrificaron de manera muy ignominiosa.

   Al acabarse los deportes, y aun antes de que se pusiese el sol, salió la luna con majestuosa calma, vertiendo su luz apacible sobre la multitud que llenaba el sangriento anfiteatro. Las torres de una iglesia situada al este cobijaban los muros de la plaza, y las campanas repicaban llamando a la gente para que de este espectáculo de carnicería de una noche de sábado pasase al cercano retiro de religión y de paz. Al volver a casa, no pude menos de preguntarme si había sacado algún provecho de las horas gastadas; y me respondí que ese contraste entre la vida y la muerte, ese pasar de un ser vivo de la salud activa y robusta y la plenitud del goce de todas las facultades físicas, a la muerte y el completo olvido, era un sermón y una lección. Mas ¿para cuántos? ¿Había acaso allí un sólo lépero que se retirase aleccionado, pensativo, moralizado?

   Debo confesar que no puedo asistir a fiestas semejantes sin sentir indefinible repulsión, así a causa del espectáculo en sí mismo como al pensar en la paulatina destrucción de los sentimientos elevados que deben causar estos espectáculos, repetidos delante de toda clase de gente.

   Cuando los romanos agotaron todos los recursos de los entendimientos naturales, inventaron los del circo; y, no contentos con la inmolación civilizada de los brutos, andando el tiempo, hicieron luchar a hombres contra bestias, y a hombres contra hombres. Era el supremo refinamiento, la cúspide de la prodigalidad lujuriosa, el límite de ese círculo vicioso de la sociedad, en que la civilización se hunde en la barbarie. Era también el prenuncio de la rápida caída de aquel poderoso imperio.

El presentar a modo de juego las escenas del matadero no tiende sino a fomentar la pasión brutal por la sangre. Las turbas se familiarizan con la muerte, como cosa de juego. Convierten en payaso al monstruo cruel. Lo hacen salir a la arena para los deportes dominicales, como si fuese un bufón; y al día que está destinado para descansar, y recordar, amar y dar gracias al Dios bendito, lo convierten en escuela de las peores pasiones que pueden afligir y excitar el corazón humano.

   Justo es decir que no es esto verdad respecto de todas las clases sociales. Digo, y lo repito, que aunque acuden todas las clases al circo, la mayoría del público se compone ciertamente de las más bajas, de las que más necesitan instrucción moral y que menos amigas son de razonar. Con gente como los léperos de México (hombres que apenas si se distinguen de las bestias con cuya muerte se gozan), estas escenas de asesinato, en que a menudo perecen indistintamente toros, matadores y picadores, no pueden servir para otra cosa que para fomentar las pasiones más depravadas, y para animar a los ruines e ignorantes a llevar al cabo las hazañas de la más atrevida criminalidad.

   Los mexicanos patriotas merecerán sinceros parabienes el día que desaparezca de su país este resto de barbarie, y los miles que cada año se gastan en corridas de toros en toda la República se inviertan en la educación o en el entretenimiento racional del pueblo.

    Regresando a Manuel Bravo, los pocos datos de sus actuaciones tanto dentro como fuera del país no nos permiten moldear un perfil de su carrera. La relación directa con Bernardo Gaviño en Cuba hace ver que sus influencias en México son de mucho poder. Bernardo debe haber sido para entonces una figura importante en Cuba y el nombre de México no fué ajeno a sus aspiraciones. Quizás vio en todo esto la posibilidad de incorporarse a un esquema de actividades estrictamente taurinas, a las que el pueblo mexicano no mostraba demasiada aversión, siendo este personaje de origen español. Recordemos las razones de la expulsión de los españoles de México a finales de la segunda década del siglo XIX. Según Reyes Heroles acepta que dicha expulsión fue antieconómica y repugnante para el modo de pensar de la presente generación. México se encontraba desgarrado entre los dos polos de su realidad: el orden colonial, del cual los españoles eran un recuerdo vivo, y el nuevo orden republicano. La expulsión de los españoles, según Reyes Heroles, tuvo entonces el objetivo de impedir la consolidación de una oligarquía económica, política y hasta social.

   Pero Bernardo Gaviño no afectaba estas condiciones. España reconoce la independencia de México hasta 1836. Gaviño es, en todo caso un continuador de la escuela técnica española que comenzaba a dispersarse en México como consecuencia del movimiento independiente, pero no un elemento más de la reconquista, asunto que sí se daría en 1887, con la llegada de José Machío, Luis Mazzantini o Diego Prieto “Cuatro dedos”.

   Manuel Bravo va a convertirse entonces en el puente, en el hilo conductor que permite el acceso a nuestro país de esta importante figura hispana, cuyas influencias se dejaron sentir durante 50 años cabales.

   Como se puede observar, la historia no se limita a presentarnos solamente a Ramón de Rosas Hernández, Jesús Villegas o Ponciano Díaz. Ya encontramos un capítulo aparte en estos otros tres personajes los que, en cada época donde lograron su desarrollo, permiten un ascenso al nivel de importancia que tuvo el toreo mexicano a nivel internacional. El fenómeno se incrementó al iniciar el siglo XX cuando Rodolfo Gaona concreta, materializa y universaliza el toreo. España ya no es la única nación apropiada del destino taurómaco. Ahora le toca el turno y la oportunidad a nuestro país que, para no decepcionar el ambiente presenta a la mejor de sus figuras, resultado de muchos años de formación, pero que logró trascender a niveles que ninguno otro había alcanzado años atrás: Ese es Rodolfo Gaona Jiménez, el “indio grande”, el “Califa de León”.


[1] La plaza del Paseo Nuevo se hallaba situada aproximadamente donde hoy se levanta el edificio de la Lotería Nacional e inaugurada el domingo 23 de noviembre de 1851. La ciudad de México también contaba con la plaza de toros de San Pablo.

[2] El aficionado y entendido de toros tendrá que disimular la ignorancia que manifiesta naturalmente Mayer en el relato; y no nos referimos a la diferencia de lidia, sino al sentido de lucha, que fué lo que únicamente pudo captar nuestro autor: bull-fight.

[3] Preferimos poner “lucha” (fight), que es lo que escribe Mayer y que ejemplifica lo que queremos expresar con nuestra nota anterior; y entiéndase la palabra lidia en su acepción taurina típica. Véase:

Brantz Mayer. MEXICO lo que fué y lo que es, por (…). Con los grabados originales de Butler. Prólogo y notas de Juan A. Ortega y Medina. Traducción de Francisco A. Delpiane. 1ª. ed. en español. México, Fondo de Cultura Económica, 1953. LI-518 pp. ils., retrs., grabs. (Biblioteca Americana, 23). (pág. 85-91).

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