EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Duele decirlo, pero este 2012 termina, en lo taurino bastante mal, con un peso enorme de fallas, pendientes y otras circunstancias que harían posible, en otro momento su posible recuperación. Ya no estamos en tiempos de subdesarrollo, pero tal parece que quienes intervienen y participan directamente en su “puesta en escena”, se empeñan en mostrar el “cobre” en forma por demás descarada.

   La tarde de hoy, en la plaza de toros “México”, última del año fue una especie de espejo de la realidad pues ante una pobre, muy pobre entrada parecían quedar muy bien reflejadas las maneras en que la empresa tiene creado ese “poder de convocatoria”, es decir: un puñado de gente que además salió profundamente molesta por ese balance en que lo disparejo de un encierro, su escasez de bravura y luego esos otros aspectos que daban al espectáculo tintes patéticos –como el hecho de que el segundo de la tarde, un inválido de marca, causara un tumbo frente a un jamelgo que no tenía condiciones para la lidia-. Pues bien, todo eso y otros detalles, parecían mostrarnos que una vez más la empresa capitalina y las empresas de provincia no quieren cumplir con el mínimo de calidad… ya ven, así les va. Este recuento es desolador y no se viene planteando a la sombra de amarguras y sordas o ciegas necedades, sino de la realidad tal cual es; y ha de ser ese balance del año que mañana se nos termina.

   Bien a las claras puede observarse que no han aprendido la lección, ni ellos, pero tampoco las autoridades, ni los ganaderos, ni la prensa (y no me refiero a todos en su conjunto, siempre habrá excepciones a la regla). Pero la media es y se ha convertido en denominador común de situaciones que dominaron el panorama a lo largo de los doce meses que han transcurrido.

   Hoy por ejemplo, llamó la atención el limitado desempeño de Lupita López que, si hay que tasarla en el mismo rasero que sus demás compañeros, es preciso decirle que no supo resolver su compromiso. Se dedicó a ser un “pegapases” más, como hay muchos, y que si no hay alguien detrás de ella, insistiendo, aconsejando como es y debe materializarse la tauromaquia, tendremos a una torera que, aunque favorecida por el elogio popular, este pronto se puede acabar, como sucedió en el desencanto en el segundo de su lote, por cierto el más potable de la tarde, y donde hasta perdió los papeles. Ya no supo cómo resolver el compromiso. Pues este mismo tipo de comportamiento no es privativo en la torera, sino en muchos que se visten de luces, y pasan a hacer de su quehacer una copia de la copia del otro que también viene a resolver la situación sin mayores cambios, como si su trabajo en el ruedo fuera hacer lo que indica un “scrip” o guión perfectamente aprendido de memoria. Por eso se parecen tantos entre unos y otros que por lo tanto, no se nota o no destaca la figura que desearíamos ver y que urge, de verdad.

   También, y sucedió esta misma tarde, vimos desfilar un encierro disparejo en tipo, presentación, y juego. No ha habido hasta ahora, salvo algunos ejemplares de un encierro de Los Encinos, lidiado domingos atrás, algo qué definir como buena presentación, lidia ejemplar, bravura que son atributos ganados hasta el sacrificio y que la afición termina reconociendo. Pero cuando salen al ruedo lo que aparentemente dicen que son toros, y si a esto agregamos con escasa dosis de bravura que muchos confunden con nobleza, tenemos una equivocada visión de las cosas. Y uno se pregunta: ¿qué el veedor no tuvo suficiente criterio para elegir los encierros? ¿La autoridad está limitada en capacidades de decisión para aceptar o rechazar toros o remedo de toros cuando estos no tienen, ni por asumo, la presentación que exige una plaza como la capitalina? ¿La empresa en qué medida influye o somete para que sucedan tantos desaguisados que no son nada deseables? Y la prensa, ¿dónde queda el papel de la crítica –dejemos a un lado la de informadores-, sí una honesta y deseable crítica que abone el terreno por y para la dignificación del espectáculo?

  Nosotros, aficionados nos convertimos una tarde sí, y otra también en víctimas de ese sistemático proceder que va a terminar en producir una fuerte e incómoda sacudida si se empeñan en seguir organizando espectáculos bajo tales procedimientos que parece ser, les funciona muy bien. Pero no se dan cuenta que, con entradas tan pobres como las de hoy una vez más, a la afición se le tomó la medida. Pero eso qué importa. Vendrán nuevas tardes, sobre todo las del próximo aniversario de la plaza “México”, y entonces los tendidos del coso capitalino se verán colmados de… espectadores, atraídos por el canto de las sirenas y dirán entonces que los aficionados, como siempre, estamos equivocados, que somos unos amargados y que somos los primeros en dañar la fiesta con nuestras actitudes. Ya lo dijo, y lo ha dicho bien el empresario capitalino: ¡Para qué queremos antitaurinos, con los taurinos tenemos!

   Esa lección nos tiene que enseñar a superar el subdesarrollo en que está metida la fiesta. Si así están bien, pues que con su pan se lo coman… pero la realidad sigue estando muy lejos de lo que para nosotros, los aficionados es un espectáculo digno de ser admirado, empezando por el toro. Si esta figura protagónica sigue corriendo el riesgo de que la conviertan en un desplazado más, seguiremos presenciando mentiras que parecen verdades… y así, ¡que siga la fiesta!

   No señores, no estamos dispuestos a seguir por esas falsas veredas, y más aún cuando siguen vigentes una serie de pretensiones por darle al espectáculo taurino la categoría de patrimonio cultural inmaterial, (PCI por sus siglas) que tanto trabajo ha costado articularlo en este país, donde ya es hora de que los gobiernos no “se tapen”, como ocurrió con el del sexenio pasado (que por fortuna ya se fueron) pero que no tuvieron la capacidad de involucrarse en circunstancias que tienen que ver con la memoria histórica de un pueblo. Hasta ahora, son todavía muy pocas las poblaciones o estados que han declarado en nuestro país a la tauromaquia como PCI, estando de por medio la increíble lentitud con que esto ocurre. Tales declaraciones deben generar, en automático compromisos y responsabilidades que, en consecuencia asumen todos los participantes directos o indirectos en el espectáculo, pretendiendo con ello legitimar y defender un legado, un patrimonio que no es tampoco una casualidad. Ha sido producto de siglos y acabárselo, como pretenden las fuerzas oscuras que siguen caminando a sus anchas y aparentemente sin ninguna preocupación, no saben, es como sentenciarlo a muerte.

   ¿Qué sucederá en 2013? Lo menos que esperamos es que vuelva a repetirse la triste historia del 2012.

30 de diciembre de 2012.

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