“VER TOROS” EN OPINIÓN DE CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS”. (CONCLUYE LA SERIE).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. PARTE XXIII.

 “VER TOROS” OPINIÓN QUE HACE POCO MÁS DE UN SIGLO TUVO EL PERIODISTA CARLOS M. LÓPEZ “CAROLUS” Y QUE HOY SE REVISA Y SE COMPARA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Ahora bien, vuelve a preguntarse Carlos M. López:

    ¿Qué se entiende por ver toros?

   Ver toros, es conocer la historia del arte de torear a pie y a caballo, desde el toreo a la jineta, del siglo XVIII, hasta nuestros días; saber por qué y cómo se abandonó el toreo a caballo por el de a pie, el arte de rejonear por el de capear y matar a estoque; saber quiénes fueron Pedro Romero y José Cándido y en qué consistieron sus dos escuelas, la rondeña y la sevillana.

   Ver toros, es haber estudiado las obras didácticas de Pepe Hillo, Montes, Sánchez de Neira, Carmena y Millán, Peña y Goñi, &. &., haber leído los periódicos técnicos que desde fecha remota se han venido publicando en España y en México, dando cuenta de las corridas celebradas en Madrid, Sevilla, San Sebastián, México, San Luis Potosí, Puebla, &. &. Entre las primeras ocupa lugar preferente La Lidia, porque además de su texto que contiene muchas enseñanzas, sus ilustraciones son un verdadero sistema objetivo, para perfeccionar éstas. Los periódicos mexicanos que deben traerse a la vista, son los que se publicaron en la época que podemos llamar del Renacimiento, de esta diversión en nuestro país, y son: El Arte de la Lidia (aunque no merece entera fe, porque siempre se distinguió como periódico de especulación, pero algo bueno tuvo, sin embargo). La Muleta, El Cencerro, El Zurriago, El Boletín Taurino (órgano del Centro Pedro Taurino) y algún otro. Estos periódicos, además de artículos doctrinales, traen algunas apreciaciones dignas de estudios y crónicas imparciales, en las que se pueden conocer a fuerza comparaciones el distinto juego de las ganaderías del país.

   Ver toros, es conocer a fondo el Reglamento de corridas, vigente en la localidad.

   Ver toros, es conocer todas las suertes del toreo, tanto las que se practican como las que se han echado en olvido; saber el mérito y las dificultades de cada una, y la oportunidad en que deben ejecutarse.

   Con este caudal de conocimientos y en posesión de esa cualidad de buen ojo taurómaco, de ese golpe de vista certero de que hablé, aun falta algo para saber ver toros.

   Ver toros, es ocurrir a los chiqueros y a los corrales de la Plaza, la víspera y el día de la corrida, para poder apreciar con toda calma y con las facilidades necesarias, el pelo de las reses, su encornadura, su color, sus carnes y su edad, si posible fuere: los defectos poco aparentes, como escasez de vista, fuerza de remos, nerviosidad, &. &. Procurar averiguar cuando han salido los animales de la desea, qué tiempo han hecho de camino, cómo han caminado –si por su pie o en cajones de ferrocarril- y en el primer caso, si mancornados o sueltos- y si se les ha dado alimento y lo han comido. El día de la corrida hay que averiguar cuáles han sido los procedimientos seguidos para enchiquerarlos y examinar cada uno de los chiqueros para saber en qué condiciones están y cuál de ellos le tocó a determinado animal de los que van a jugar.

   Otra de las observaciones que debe hacer el aficionado de que me ocupo, es la de las condiciones de los caballos destinados al piquete, para poder apreciar aunque sea aproximadamente, la resistencia que opondrán al empuje de los toros, y para decir con justicia, si el toro fue de poder, porque muchas veces se considera como muestra de gran empuje, lo que no fue otra cosa que excesiva debilidad del caballo, ya sea por sus pocas condiciones o por su mala alimentación.

   Todo esto influye en el juego de los toros y por lo mismo servirá de base para que el aficionado pueda saber si en caso de un éxito mediano o malo, toda la culpa es del torero o del toro o hay algún otro que la tenga.

   Ver toros, es hacerse cargo del tamaño de las puyas que van a usar los picadores, así como del tope que las limita. Si para la generalidad del público no tiene gran interés este detalle, para el que quiere apreciar las suertes con equidad y exactitud., lo tiene mucho, pues las más de las veces de esto depende el buen o mal juego del toro. Si por ejemplo, un picador detiene a un toro de Atenco con una puya de 15 milímetros de arista, lo probable es que lo maltrate de tal modo, que en los demás tercios, busque alivio en las tablas huyendo de toda pelea. En cambio, si la puya se usa más corta para un toro de Santín o de Guanamé [se entiende en las condiciones que antes tenían estos últimos] sus efectos serán casi nulos y el toro pasará al segundo tercio, en circunstancias difíciles para los banderilleros.

   Ver toros, es conocer, gracias a la práctica adquirida, la pelea especial de cada ganadería, pues aun cuando en todas hay toros de distintas condiciones, sin embargo, la regla se establece por el juego que ellos dan en lo general.

   Por ejemplo: la ganadería de Atenco, tuvo ciertas peculiaridades [no las conserva, por desgracia]. Han sido toros de corta estatura, de pocas libras, recios de carne, de color castaño en todos sus diversos matices, especialmente claro –que fue el de los progenitores- de pelambre hirsuta, casi siempre melenos, apretados de cuerna y astifinos; de mucha resistencia para el castigo de varas, pues eran pegajosos y recargaban demasiado [al grado que había que colearlos para separarlos] boyantes y sencillos. Su lidia tenía que ser rápida porque se fatigaban pronto, debido precisamente a sus excelentes condiciones de bravura.

   Los toros de Santín son de gran romana, pelifinos, bien encornados, de color castaño o negro, de gran poder y de muchos pies. Su lidia es difícil porque tienen mucho sentido y acaban colándose o cortando terreno.

   Los toros de Guanamé, son hermosos también, de buena romana; por lo general verdugos chorreados, de gran morrillo y mucho poder. Su lidia es también difícil, porque se defienden después del primer tercio. Por lo general no recargan en varas y se duelen al castigo. [Esta raza ha degenerado mucho, pero en su tiempo, fue de las mejores].

   Los toros de San Diego de los Padres, casi todos negros zainos, son de espléndido trapío, astifinos y en lo general mal encornados por ser cornicortos y caídos. Son de poder pero de poca ley, blandos al castigo y quedados.

   Los toros del Cazadero, cruzados ya con toros españoles y rivales en un tiempo de los de Atenco, son bellos ejemplares, pero han perdido por completo sus condiciones.

   Los toros de Cieneguilla y Venadero, son bravucones, corniveletos y de muchos pies, pero con pocas facultades para la lidia. Se huyen pronto y se defienden. Tienen todas las condiciones de los toros ladinos.

   Los toros de Piedras Negras, Espíritu Santo y San Nicolás Peralta, son hoy por hoy los llamados a remplazar a los anteriores; están cruzados con toros españoles, tienen excelente trapío y muchas facultades, distinguiéndose en el primer tercio por su voluntad y poder. Son toros que requieren una lidia muy inteligente para que no desmerezcan en el último tercio.

   El conocimiento de la brega especial de cada ganadería ayuda mucho para apreciar el trabajo de las cuadrillas, y si conveniente es saberla, para los buenos aficionados, para los toreros y para los cronistas es del todo necesario.

   Ver toros es abandonar la práctica; muy generalizada y viciosa de no poner toda la atención en la manera de ejecutar las suertes, sino en el resultado de ellas. Muy pocas son las personas que al entrar a parear un banderillero, se fijen en las condiciones del toro, en la manera acertada o desacertada de los peones para colocarlo en el terreno debido, en la salida del banderillero, en la manera de cuadrar y clavar. Lo común es atender solamente al sitio en que las banderillas quedaron clavadas, como si esto no se pudiera ver después.

   En la suerte suprema, es todavía más difícil ver toros. Lo que parece interesar a los concurrentes, es si entró la espada entera y en qué sitio, haciendo a un lado lo más importante de la suerte, que es el trabajo del diestro para perfilarse, citar, vaciar y entrar. Los ojos de los que quieren juzgar de acto tan lucido, no saben posarse sobre el brazo derecho del matador y sobre el morrillo del toro, sino sobre los pies de aquél y sobre su mano izquierda abarcando en lo posible la faena del brazo derecho, para ver si hubo arqueo o alguna chapuza fuera de las reglas del arte.

   Ver toros, por fin, es concentrar toda la atención en lo que está pasando en el ruedo, no perder detalle, no distraerse con pláticas, enterarse de todo –hasta del estado de salud de los diestros- y ser muy discretos en las opiniones que se dan, pues a lo mejor se puede meter la pata.

 CARLOS M. LÓPEZ. 

   Bien vale la pena volver a recordar la visión de un personaje que, a poco más de cien años contaba con un escenario que mucho no ha cambiado. En todo caso, ha habido una especie de estancamiento del que es preciso mover esas aguas para depurarlas, con el propósito de darles un significado más práctico. Hoy, ante las permanentes “embestidas” de los contrarios algo tenemos que hacer para la defensa de esta parcela, que cada vez se reduce más en posibilidades de su propia realización, porque aunque existen todos los elementos posibles para poner en marcha la maquinaria de este espectáculo, sus funciones, la de una gran mayoría, no son las adecuadas.

   Hoy que cierro esta pequeña serie de análisis, me encontraba con el interesante texto del historiador Ilan Semo, publicado en La Jornada:

 ILÁN SEMO_OTRA REFUTACIÓN DE LA TAUROMAQUIA

    Sus ideas están contagiadas de ese optimismo de la modernidad (al fin y al cabo sus raíces búlgaras no dejan de mostrar aquí un fondo de pensamiento que, en tanto europeo tendría otras razones para mirar al resto del mundo). Como historiador, nos hace entender el pensamiento de Hobbes para saber que, entre el hombre y el animal existe una frontera perfectamente establecida (uno es el ser humano; otro el “mundo animal”). Además, no deja de coincidir con algunas de las ideas de las que me valgo para explicar la convivencia o la forma en que el hombre y los animales cohabitaron en épocas primitivas, y donde el primero domesticó al segundo.[1]

   Sin embargo, a donde va Ilán Semo es al hecho de señalar al que denomino “frente de lucha”, y que son todos aquellos grupos o asociaciones, perfectamente articulados y preparados para dar la gran batalla ante lo que para ellos significa en su filosofía, la defensa del animal y la desaparición de la fiesta en razón de que “es precisamente la fiesta brava la que convierte a esta visión (la del maltrato) no sólo en un “arte”, sino en la apoteosis de su celebración”. Pero da más razones, y estas forman parte del escenario planteado por organizaciones tales como:

-México unido por el respeto a los animales;

-Entralacemos las Garras;

-Arte por los Animales, y

-Plataforma Meta (México ético en el trato a los animales).

   Volviendo a esas “razones” de fondo, cinco son las de mayor peso:

a)Las corridas de toros han dejado de ser una tradición. Día a día pierden aficionados, y los turistas que antes acudían a ellas, están (o salen de ellas) más horrorizados que sus antiguos fans. La economía de la tauromaquia se sostiene más en el erario que en su propia demanda.

b)En encuestas realizadas en los últimos tres años, 70 por ciento de los capitalinos estaría a favor de abolir los espectáculos taurinos. Sería fácil poner a prueba la veracidad de esa estadística, pero nuestra enclenque democracia no cuenta todavía con el derecho a referendo.

c)Quien crece en una cultura donde la crueldad contra los animales no es vista precisamente como crueldad, se forma en un ambiente de potencial violencia. Por cierto, todavía se permite el ingreso de niños a las corridas.

d)Se perderían cientos o miles de empleos, afirman quienes defienden la tradición de las corridas. Es fácil. Un centro comercial o recreativo produciría todos esos empleos en unos cuantos meses.

e)Los toros de lidia requieren de vastas extensiones de pastizaje. Son zonas agrícolas ociosas que podrían emplearse en otros cultivos.

   Las proporciones de las fracciones políticas –sigue diciendo Ilán Semo- en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal cambiaron notablemente a raíz de las elecciones de 2012. A la coalición de izquierda, si se incluye en ella al Partido de la Revolución Democrática, le sería más fácil que antes pasar la iniciativa. Falta por supuesto voluntad política. Pero sería sin duda una contribución a la vida de civil de una ciudad que de por sí ya se ha esmerado en mostrar que puede bregar en contra de todas las tendencias nacionales.

   Hasta aquí con Ilán Semo que, por otro lado, se ve fuertemente influido por los grupos antes mencionados, pero sobre todo, por el cúmulo de propuestas que, a lo que se ve, no han sufrido cambio en cuanto a sus planteamientos, lo que significa que inamovibles como son, no ven más allá de la realidad, “su realidad”, lo que hace muy difícil de entrar en un diálogo e intercambio de ideas que permita flexibilizar sus posturas o posicionamientos. Sin embargo, todo lo anterior es una muestra de que, al “tenernos en la mira”, ven, estudian y analizan lo vulnerable que es, hacia afuera y hacia adentro el espectáculo taurino en este país, por lo que ante la debilidad de sus estructuras, en cualquier momento pueden actuar en consecuencia. Por tanto, el texto de Carlos M. López, y luego la condición actual de nuestra fiesta en México, nos dejan en profunda reflexión. Ya lo decía François Zumbiehl: Si la fiesta va a morir, dejémosla que muera tranquilamente (y aún más, como sugería José Alameda, cuando hablaba del temple: El “temple” no lo descubrió Belmonte, sino Goethe: “Como el astro: sin apresuramiento, pero sin retraso”.). Por tanto, la fiesta tendría que morir “como el astro, sin apresuramiento, pero sin retraso” y no sometida a juicio sumario alguno, ni a la eutanasia ni al suicidio forzoso. Dejadla que muera de muerte natural… es todo lo que necesita.

   Finalmente, cabe incorporar en estas “características” o patologías de lo que es, al paso del tiempo la visión del “aficionado”, en sus diversas categorías, mismas que ha mostrado en una muy completa visión nuestro autor invitado. En ese sentido, una reciente visión de diversos estados de comportamientos, la encontramos sobre ese mismo sector multitudinario, en la que encuentra nueva, pero a la vez peligrosa actitud de sus comportamientos, Mario Brito, colaborador del portal taurino “TorosenelMundo.com” quien, en su reciente nota: “Sin barreras… ¿Ronaldinho en los toros?”,[2] repudia y cuestiona la actitud de un grupo perfectamente localizado en los tendidos de la plaza de toros “México”·de la siguiente manera:

 Sí, justamente eso, Ronaldinho, era lo que gritaban desaforados al matador de toros, Israel Téllez, un pequeño grupo de irrespetuosos, majaderos asistentes de la parte de sol en la Monumental Plaza de Toros México; hecho que constituye una verdadera falta de respeto a un torero que estaba exponiendo la vida, intentado torear a un toro en total indefinición. No se encontraba jugando con un balón.

Creo que es tiempo de que alguien les haga un llamado de atención a este ofensivo, aunque pequeño, grupo que se ha dado a la fácil pero reprobable tarea de ofender a los toreros, como si con ello buscara poder percibir alguna paga para no hacerlo, lo que a todas luces es ilícito, porque NO existe otra justificación para entender su majadera e irrespetuosa actitud.

Recuerdo que hace tiempo, cuando el héroe llamado Matador de Toros triunfaba, todo mundo le miraba con respeto, admiración y ni si quiera se atrevían a llamarle por su nombre. El respeto que imponía nos llevaba a decirle con veneración Maestro.

Estimado lector, ya basta de soportar a esa gente que consiguió introducirse a la gran plaza, como parásitos que esperamos no se multipliquen, sino por el contrario, se exterminen, porque con su presencia hacen mucho daño al espectáculo, y como reventadores que son, pueden equivocar la sana apreciación del respetable.

Estoy de acuerdo que cuando falla el ganadero enviando un pésimo ganado, se lo manifestemos, que cuando las figuras impongan animalitos se los hagamos notar, pero otra cosa es lo que está haciendo este grupito de gente, que con su presencia, ofensa, les falta sin tasa ni medida el respeto a la Fiesta que es de grandeza, y no de una medianía como lo es ese pequeñísimo grupo.

   ¿Cabe la posibilidad de defender lo indefendible y que, en este caso no es otra cosa que la tauromaquia en este país?

   La decisión es nuestra, de nadie más.

Ciudad de México, 5 de enero de 2013.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Ambigüedades y diferencias: Confusiones interpretativas de la tauromaquia en nuestros días”. Ponencia presentada en el II Coloquio Internacional “La fiesta de los toros: Un patrimonio inmaterial compartido”. Ciudad de Tlaxcala, Tlax. 17, 18 y 19 de enero de 2012.

He aquí algunas ideas allí planteadas:

    El uso del lenguaje y este construido en ideas, puede convertirse en una maravillosa experiencia o en amarga pesadilla.

   En los tiempos que corren, la tauromaquia ha detonado una serie de encuentros y desencuentros obligados, no podía ser de otra manera, por la batalla de las palabras, sus mensajes, circunstancias, pero sobre todo por sus diversas interpretaciones. De igual forma sucede con el racismo, el género, las diferencias o compatibilidades sexuales y muchos otros ámbitos donde no sólo la palabra sino el comportamiento o interpretación que de ellas se haga, mantiene a diversos sectores en pro o en contra bajo una lucha permanente; donde la imposición más que la razón, afirma sus fueros. Y eso que ya quedaron superados muchos oscurantismos.

   En algunos casos se tiene la certeza de que tales propósitos apunten a la revelación de paradigmas, convertidos además en el nuevo orden de ideas. Justo es lo que viene ocurriendo en los toros y contra los toros.

   Hoy día, frente a los fenómenos de globalización, o como sugieren los sociólogos ante la presencia de una “segunda modernidad”, las redes sociales se han cohesionado hasta entender que la “primavera árabe” primero; y luego regímenes como los de Mubarak o Gadafi después cayeron en gran medida por su presencia, como ocurre también con los “indignados”, señal esta de muchos cambios; algunos de ellos, radicales de suyo que dejan ver el desacuerdo con los esquemas que a sus ojos, ya se agotaron. La tauromaquia en ese sentido se encuentra en la mira.

   Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética, también consubstanciales al espectáculo, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

   La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

   Peter Singer primero, y Leonardo Anselmi después, se han convertido en dos importantes activistas; aquel en la dialéctica de sus palabras; este en su dinámica misionera. Han llegado al punto de decir si los animales son tan humanos como los humanos animales.

   Sin embargo no podemos olvidar, volviendo a nuestros argumentos, que el toreo es cúmulo, suma y summa de muchas, muchas manifestaciones que el peso acumulado de siglos ha logrado aglutinar en esa expresión, entre cuyas especificidades se encuentra integrado un ritual unido con eslabones simbólicos que se convierten, en la razón de la mayor controversia.

   Singer y Anselmi, veganos convencidos reivindican a los animales bajo el desafiante argumento de que “todos los animales (racionales e irracionales) son iguales”. Quizá con una filosofía ética, más equilibrada, Singer nos plantea:

   Si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

   Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

   Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

   Superados los traumas de la conquistas, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos.

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