PAGO DE UNOS TOROS POR PARTE DE PABLO MENDOZA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Entre la vasta, vastísima producción de Armando de María y Campos que aportó a la fiesta de toros, me encuentro con un interesante artículo que publicó en la revista PREVISIÓN Y SEGURIDAD del año 1943 con el título “TRES GRANDES TOREROS MEXICANOS”. Bernardo Gaviño, “gaditano de origen, (que) se sentía mexicano en México y Cuba-”, el cual “olvidó por conveniencia lo bueno en su juventud aprovechó en la Península, toreaba según su leal saber y entender, abandonándose a su fantasía”. Los otros dos son Pablo Mendoza, torero del que está por hacerse una historia, aunque desgraciadamente los pocos datos que existen en torno a el están sumergidos en la noche de los tiempos y Ponciano Díaz, diestro que acumuló anécdotas, versos y romances populares que lo describen como un auténtico héroe, idolatría que vuelve a emerger a un siglo de su muerte.

El entorno en el que se desarrollaron lo sintetiza el autor de esta forma:

    Sin unidad, ni organización, ni protocolo, la lidia mexicana de toros bravos, grandes y con pitones, fincaba su interés en el arrojo de los toreros, criollos indolentes, audaces, sólo preocupados por escuchar aplausos en la plaza y merecer favores femeninos en la calle. Un generoso afán de divertir al público entusiasta que fácilmente los convertía en ídolos populares, los llevaba a ofrecer en los programas las más imprevistas e insospechadas “suertes” taurómacas y acrobáticas.

    Esto nos dice que la condición social y política alterada y sensible a cualquier cambio se acuñaba en todos los órdenes. Y el toreo fue vivo reflejo de las agitaciones decimonónicas. Se relajó el espectáculo no como símil del desorden que ya estaba implícito en todo el escenario, pero ocurrió porque en esa búsqueda de identidad tuvieron que darse estos comportamientos para lograr un objetivo: nacionalizar o mexicanizar las corridas de toros sin soslayar el postulado, la raíz española que arraigó tanto en la forma de vida, como en lo cotidiano, que se quedó entre nosotros, para lo cual nuestros antepasados le imprimieron carácter con sabor a estas tierras, para terminar convertido en una expresión híbrida, además fortalecida por

 La presencia en las plazas de toros de los altos mandatarios, brotados de algún cuartelazo, o vencedores de alguna asonada, que aún no se consideraban fuertes para convertirse en dictadores, alejándose del pueblo que los encumbraba, dio a la tauromaquia nacional de los años mexicanos del Presidente Comonfort a los primeros de la dictadura de don Porfirio, un interés y una animación inusitada. Cuando el general Ignacio Comonfort ascendió a la Presidencia en 1855 el pueblo mexicano disfrutaba del bárbaro y pintoresco espectáculo en dos plazas de toros, la llamada Plaza Principal de San Pablo y la del Paseo Nuevo y dos “capitanes” famosos recorrían al frente de sus cuadrillas las plazas del resto del país. Coincidían en México y, naturalmente, se repartían la atención del público que nunca logró verlos reunidos en la misma plaza.

 Gaviño sólo alternó con Benito Mendoza en 1866 en la PLAZA DEL PASEO NUEVO, D.F. el Domingo 4 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco. Toreó con Mariano “La Monja” y Benito Mendoza. El cartel se repite el 4 de noviembre siguiente. La abierta competencia que uno y otro establecieron: Pablo Mendoza, en la de san Pablo; Gaviño en la del Paseo Nuevo. Las dos plazas, escenarios magníficos -para la época- en donde una enorme cantidad de corridas efectuadas entre ambas, era el reflejo del interés marcado por las corridas enmarcadas como ya vimos, desde presidentes de la república o líderes siempre regidos por principios políticos abrazados al centralismo, al ala conservadora o a la liberal. También los hubo impulsados por la razón militar. Los altos principios nacionalistas se dejaban sentir en ocasiones tan especiales como particulares. Y tal es el caso de

 El día grande para la nación (que) era, entonces, el 27 de septiembre, y para tales ocasiones se reservaba la novedad de “manganear y jinetear potros cerreros, que tanto ha divertido al público las veces que se ha verificado, y Pilar Cruz no dejaba de banderillear a caballo”. Si se trataba de recordar a los héroes de la Patria y Gaviño se había adelantado a dedicar una en memoria de Iturbide, al domingo siguiente, Pablo Mendoza organizaba una, “en justo recuerdo del memorable 16 de septiembre de 1810; día en que fue proclamada la Independencia de este hermoso país por el ilustre cura de Dolores don Miguel Hidalgo y Costilla”, haciendo extensiva la dedicatoria a Allende, a Aldama y demás héroes de aquella época, no omitiendo gastos ni sacrificios para que la corrida resultara digna de tal objeto. No falta el Presidente Comonfort, y “dada la muerte al primer toro podrán bajar al círculo de la plaza las personas que gusten tomar las monedas y efectos de ropa que tenga el palo ensebado, que estará puesto con el objeto indicado”, como lo hizo el 4 de octubre de 1857. El éxito que logró con este festejo movió al capitán de toreros Pablo Mendoza a organizar otra a los ocho días “en celebridad de la entrada del Ejército Trigarante en esta capital por el inmortal Iturbide”; asiste el General Presidente, parte plaza una de las compañías del batallón que el señor General en Jefe de la Guarnición designe, se lidian cinco arrogantes y soberbios toros, no falta el palo ensebado, y en los de lidia formal intervienen “dos enanos, dos garzos, dos hábiles jóvenes en zancos, y dos hombres gordos de la India Oriental, montados en burros”.

    El orgullo patrio se exaltaba hasta esos niveles con tal de no perder ocasión de demostrar el bagaje artístico, acrobático y de ingenio -imaginería pura- que supieron darle todos aquellos quienes constituyeron la tauromaquia en el siglo XIX. La fiesta tuvo ese concepto que, en opinión de Jean Duvignaud es El juego del juego, ofrenda a la que termina preguntando: ¿No podría llamarse imaginario a ese juego que dispone libremente del espacio, del tiempo y de las formas, de la materia y de los dioses? Práctica de lo imaginario que es el juego, la fiesta, el toreo en suma. Y más aún: Todas aquellas representaciones se convierten en

 manifestaciones irrepetibles atravesadas por una iluminación que pone e tela de juicio la propia estructura de la sociedad en que se encuentra. Durante ese estallido súbito y momentáneo de las relaciones humanas establecidas, se rompe el consenso, se borran los modelos culturales transmitidos de generación en generación, no por una transgresión cualquiera, sino porque el ser descubre, a veces con violencia, una plenitud o una superabundancia prohibidas a la vida cotidiana.

   Lo cual no equivale a decir que la fiesta sólo sea desbordamiento, efervescencia, licencia, estallido de los deseos reprimidos. Hay más que eso y obedece a la propia naturaleza del fenómeno. En lo que hay que fijarse es en la intencionalidad, en la orientación colectiva y no en la que condiciona esa exaltación, condenada generalmente. Ahora bien, durante esa explosión -debería decirse, en el sentido etimológico de la palabra: ese “éxtasis”, un estallido del ser fuera del ser- el grupo alcanza ese estado de juego en el curso del cual puede hacer toda clase de apuesta por la vida que vendrá.

   Desde luego, la fiesta no dura. Es perecedera en su propio principio, puesto que se desprende en un segundo deslumbrante de la sucesión inevitable y biológica del tiempo. Se antoja como un momento a-histórico en la historia y a-estructural en las estructuras sociales. No desemboca en nada sino en sí misma. Jean Duvignaud: EL JUEGO DEL JUEGO. México, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 pp. (Breviarios, 328). Pág. 54-55.

    Todo esto en calidad de invenciones permanentes fue lo que experimentó el espectáculo taurino mexicano, cúmulo de lo deslumbrante a cada momento, en cada corrida, en más de algún año, en que llegaron a darse hasta 100 corridas, según la apreciación de Mathieu de Fossey quien en su Viaje a México, reseña de un viaje efectuado en 1844 nos dice

    Repítense cada domingo y todos los días de fiesta estas funciones, por manera que se cuentan hasta ciento al año. ¡Así deben ascender a quinientos o seiscientos el número de los toros que en ellas se degüellan, viniendo a ser de este modo el empresario de estas diversiones uno de los principales abastecedores de las carnicerías de la capital…!

 CARTEL_06.10.1844_SAN PABLO_BGyR_ATENCO Este es uno de los carteles de los muchos que se ofrecieron, especialmente el año de 1844.

    En todo esto, el papel de Gaviño fue decisivo. Y Pablo Mendoza, como lo manifiesta el autor no se quedó al margen, para lo cual esa riqueza se sublimó bajo el control de tan grandes actores y toreros a la vez. Podemos ver a través del cartel taurino cuanto nos dice la previa reseña de lo que serían testigos cientos, miles de aficionados. De ese modo la compañía formada por el

Capitán y primer espada, Pablo Mendoza

Primeros picadores:

Serapio Enríquez

Caralampio Acosta

Segundos picadores:

Teodoro Villaseñor

Joaquín Carretero

Diego Olvera

Antonio Rea

Segundo espada y banderilleros:

Pedro Córdoba.

Victoriano Guevara

Silverio Cuenca

Francisco Contreras

Félix Castillo.

Chulillo:

Eugenio Friact

Locos o payasos

José María Vargas

Tranquilino Fernández

Cachetero

Víctor Reyes

Lazadores

Antonio Leiva

Amado Guzmán

Estanislao Franco.

 se desbordaban en expresiones como

 (que) en los intermedios de la lidia se representan pantomimas: La Madre Celestina y la Redoma Encantada; en ocasiones “se hará una pantomima figurando el apoteosis de la segunda parte del gran drama Don Juan Tenorio, en el que se verá arder los sepulcros como lo pide el argumento”, o se representaba a lo vivo la lucha de valientes perros con un bravo toro, “cuya diversión se repite a petición de los infinitos concurrentes que la vieron y por otros individuos que la quieren ver por haber agradado mucho”. Otras tardes, “después que Fernando Hernández (segundo espada bien acreditado), hubiere dado muerte al segundo toro de la lid, se presentará una comparsa de negros de ambos sexos, imitando a la mayor perfección LOS TIPOS CUBANOS. Si la primera vez que en esta pieza se presentó la danza habanera, mereció el pláceme de la digna concurrencia, es indudable que en la tarde de hoy causará mucha más risa, en razón de que los negritos saldrán en ZANCOS a ejecutar con un bravo toro embolado, las suertes que les dicte su arrojo, en los cuales es muy regular que el toro les haga hacer algunas machincuepas. En esta corrida está dispuesto un torete bravo, que saldrá para que si alguno de los señores aficionados quisiere hacer algún relance”, etc., etc.

    Y en medio de aquel ambiente, el toreo salió de la plaza para incorporarse -faltaba más- al mismísimo GRAN TEATRO NACIONAL, precisamente la noche del viernes 4 de febrero de 1859 en que se

 puso en escena la pieza en un acto titulada “El aprendiz de torero” en la que “aparecerá una vistosa plaza de toros, en la que se lidiará un valiente toro de Atenco, por el simpático autor D. José Miguel, acompañado del acreditado torero D. Bernardo Gaviño y su cuadrilla, los que han tenido la amabilidad de prestarse generosamente en mi obsequio para amenizar esta función. De la misma plaza se elevará hasta el público, un bonito globo, el que a su tiempo se transformará en un vistoso templete, del que saldrán doce palomas, llevando en el cuello cada una de ellas un billete de la lotería, para obsequiar a los que tengan la suerte de cogerlas. Rifa de un toro. Se efectuará de uno espresamente escogido para esta rifa, el que estará adornado, y no será el que se lidie. Con cada boleto de entrada se dará un número de la rifa, siendo el agraciado el que se estraiga delante del público”.

    Hubo años más tarde -1863 y 1880- ocasiones semejantes también descritas por Armando de María y Campos. En aquel año y en el mismo escenario Mariano González intervino junto con su cuadrilla en la “gran función estraordinaria, dramática, de tauromaquia, sorteo de un hermoso y arrogante novillo que lidiará, banderilleará y picará” en la función denominada “El alcalde toreador”. Tal, ocurrió el 11 de enero. Y el 8 de marzo pero de 1880 y en el teatro Hidalgo, se representó “Bienaventurados los que lloran” obra a la que se sumó un cuadro de costumbres -juguete cómico- denominado “Una boda en Tlalnepantla”, jugándose, cuando el argumento lo pedía, “un bonito torete por la acreditada cuadrilla de los señores Pablo y Benito Mendoza”, ambos toreros entrados en años, y seguramente, en carnes.

Respecto al pago que hizo Pablo Mendoza de unos toros que adquirió en Atenco hacia 1869, 1862 y 1860, respectivamente (respetando el orden con el que fueron apareciendo los documentos, pero no el cronológico, por lo menos en el presente caso), estos informes proceden de la revisión que hice durante varios meses, en la Biblioteca Nacional de nuestra Universidad, al FONDO RESERVADO: CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, resultados que presento a continuación:

 CAJA Nº 6

 3)6/18.8

Recibí de Dn. Pablo Mendoza la cantidad de doscientos pesos ($200) que pagó importe de cuatro toros brabos cuya cantidad dejo cargada en la cuenta del Sr. Dn. José Juan Cervantes y es correspondiente al deudo de los abonos vencidos. Y para seguridad del interesado le doy el presente en Toluca a 2 de mayo de 1869.

Rafael Jaime (Rúbrica)

 CAJA Nº 22

 53)22/93 Lebrija, Agustín, carta a Da. Ana Ma. Lebrija de Cervantes en la ciudad de México, le informa de la salida de toros para corridas y de la cosecha de cebada y nabo.-Toluca 22 de noviembre de 1862. 2f.

   “…ayer recibí una carta de Pablo Mendoza que verás y ya los toros estavan en camino, por este otro incidente de que el mismo domingo me pidió una corrida para mañana jueves en esta ciudad para el Hospital de Sangre lo que estava ya temiendo mucho por el datil, mas aguardando el comunicado para afectarnos voy sabiendo que las horas son de Dce Rosa (?) con tal ocurrencia dispuse que ya no vinieran los de la hacienda pues para que la salida de los de Méjico que salen siempre el jueves y este día venían para esta ciudad, mandé que hoy salieran y no unos ni otros tanto que tube de venirme para (…) pero vayan el sábado porque se cayó esta venta, que en partes me alegro porque según supe querían toros a 20 pesos para la sangre de nuestros prójimos resultado que no hay para rayas y no hay recurso porque nadie compra nada, pues el que quería más lo quiere dado a 3 p.s por supuesto dije que no”.

CAJA Nº 40

 117)s/n Sr. D. José Juan Cervantes.

   Atenco mayo 10 de 1860.

   Conforme con lo que se sirva U. ordenarme en su at.a de 3 del presente, entregué a Pablo Mendoza cuatro toros que jugaron el domingo en Toluca y cuyo importe, a razón de 50 p.s cada uno, lo pagó después de la corrida: también se le mandaron los cuatro caballos de los cuales solo volvió tres, porque uno murió en la plaza.

   Ramón Ortiz y Arvizu (Rúbrica).

    Datos indicativos de la presencia de toreros que no podían sustraerse de la empresa que ellos mismos montaban, sobre todo en sitios tan inmediatos a las haciendas, por lo que Mendoza, al solicitar el ganado, era para lidiarlo unos días después en Toluca, como se apunta en los datos recogidos.

   Interesante relación que se daba y sigue dándose entre los toreros que visitan las ganaderías para escoger o instruir la selección de un encierro para ser lidiado en la fecha más próxima. Aquí contamos con lo registrado en tres años, en donde la presencia de Pablo Mendoza, todavía hace más interesante y curioso el episodio.

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