EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Voy pergueñando estas notas mientras ya ocupo mi lugar, una vez más y por 44 años consecutivos, en esta plaza de toros “México”. y lo hago trayendo en las manos el ejemplar de La Jornada del 5 de enero de 2013, donde en su página 12, Ilán Semo muestra su sentir en una “Opinión” que intitula como “Otra refutación de la tauromaquia”. Semo, reconocido historiador, búlgaro de nacimiento, aunque con muchos años en el país, manifiesta una serie de apreciaciones en donde establece su visión, por cierto novedosa en la medida en que trae al tapete de las discusiones, elementos vertidos por Thomas Hobbes en el Leviatán, obra que escribe el filósofo de origen inglés hacia mediados del siglo XVII.

   Establece el natural deslinde que habría entre seres racionales e irracionales, entre seres humanos y la raza animal en su conjunto, cuya condición, al paso de los siglos ha quedado perfectamente definida en cuanto a lo que significa la entidad de cada ser.

   Veamos qué dice Semo sobre lo que Hobbes afirmaba en su época:

 En el Leviatán (Hobbes), atribuye a los animales capacidad de sentir y defenderse, incluso una “potencia para comunicar”, pero “no responden con un lenguaje” –se afirma en el libro-, “no se puede discernir conjuntamente con ellos”, por lo que ese (su) “mundo” nos está vedado. A más de tres siglos y medio de distancia, esta afirmación suena inocente o simplemente enigmática. (Ya lo era, en cierta manera, en su época). El adiestramiento, la domesticación, la convivencia hablan de la existencia de lenguajes en los que humanos y animales pueden comunicarse (incluso llegar a acuerdos) perfectamente. Hoy sabemos también, gracias a la zoolingüística, que cada especie desarrolla lenguajes particulares que le permiten vivir en comunidades. En otras palabras: una cosa es afirmar que los animales no “hablan”, otra que no hayamos logrado decodificar la forma en que lo hacen.

   “Acaso lo que está en juego en la definición de Hobbes (que acabaría siendo la dominante en el mundo moderno) no es tanto lo que es propio al “mundo animal”, sino el concepto de animal, es decir, la forma en que la sociedad occidental construyó la idea de un ser desprovisto de sensibilidad comunicable que hiciera sentir a esa sociedad culpable o responsable frente a su maltrato. Finalmente, eso que entendemos por “animal” no es más que otra construcción social, que se ha modificado radicalmente en las últimas décadas. En el fondo del concepto que vacía de afecciones a toros, serpientes y tigres se encuentra en realidad una visión del ser humano sobre sí mismo: la “bestia” sería aquella cuya afección –o muerte, en última instancia- no nos responsabilizaría, no nos produciría un duelo, un pesar duradero.

    A continuación, el propio Ilán Semo da una visión que concentra, desde su punto de vista (el de un historiador, como lo soy yo, y en esa formación coincidimos) al respecto de qué piensa sobre ciertos significados que da al interpretar, desde su perspectiva, la corrida de toros. Veamos.

    Y es precisamente la fiesta brava la que convierte a esta visión no sólo en un “arte”, sino en la apoteosis de su celebración. Si una lid fatal contra un animal se celebra, ¿por qué no entonces celebrar la caída de eso otro sobre el cual se ha cernido la metáfora de la “bestia”? Ejemplos sobran. Hay en la desafección frente a la crueldad que se ejerce contra los animales, el principio de otra desafección más severa aún: la crueldad en potencia que se puede ejercer contra el otro.

    Hasta aquí esta otra cita.

   Ahora bien, ya puede afirmarse que, contra lo galopante de la modernidad no hay forma de establecer un equilibrio. Esto viene a cuento porque precisamente, las sociedades modernas, más que pensar en la constitución del pasado como forma de todo lo que somos en el presente, mira, y con mucha arrogancia, en lo que es y debe ser el futuro. Por eso es que en nuestros días, se intensifica la idea de que espectáculos como el taurino, con todo el conjunto de factores que lo constituyen, debe desaparecer, ya que se trata de la forma de organizar una representación que culmina en la plaza misma, con el sacrificio y muerte de un toro, expresión ritual que ha sido una de las diversas formas en que otras tantas sociedades, sobre todo las del pasado, y la nuestra, claro está, aceptaron y aceptan este tipo de aberraciones (en opinión de los contrarios), sin faltar sus naturales oponentes, representados por importantes personajes o por las instituciones políticas o religiosas. El caso emblemático del siglo de las luces es clarísimo si se quiere entender cómo, un conjunto de sociedades quiere escalar del antiguo al nuevo estadio de pensamiento, y en eso, los ilustrados influyeron en forma por demás contundente, afectando de pasada, el destino de la fiesta taurina que entonces se desarrollaba en las plazas. Aún así, el cambio devino una nueva puesta en escena, donde el pueblo hizo suyo el espectáculo y evolucionó, en cierta medida orientándose hacia el toreo de a pie, anhelo de otros protagonistas que, con el paso de los años lograron profesionalizar y dar una forma más ordenada (incluso reglamentada) a la corrida de toros.

   Sus ideas –las de Semo-, están contagiadas de ese optimismo de la modernidad (al fin y al cabo sus raíces búlgaras no dejan de mostrar aquí un fondo de pensamiento que, en tanto europeo tendría otras razones para mirar al resto del mundo). Como historiador, nos hace entender el pensamiento de Hobbes para saber que, entre el hombre y el animal existe una frontera perfectamente establecida (uno es el ser humano; otro el “mundo animal”). Además, no deja de coincidir con algunas de las ideas de las que me valgo para explicar la convivencia o la forma en que el hombre y los animales cohabitaron en épocas primitivas, y donde el primero domesticó al segundo.[1]

   Sin embargo, a donde va Ilán Semo es al hecho de señalar al que denomino “frente de lucha”, y que son todos aquellos grupos o asociaciones, perfectamente articulados y preparados para dar la gran batalla ante lo que para ellos significa en su filosofía, la defensa del animal y la desaparición de la fiesta en razón de que “es precisamente la fiesta brava la que convierte a esta visión (la del maltrato) no sólo en un “arte”, sino en la apoteosis de su celebración”. Pero da más razones, y estas forman parte del escenario planteado por organizaciones tales como:

-México unido por el respeto a los animales;

-Entralacemos las Garras;

-Arte por los Animales, y

-Plataforma Meta (México ético en el trato a los animales).

   Volviendo a esas “razones” de fondo, cinco son las de mayor peso:

a)Las corridas de toros han dejado de ser una tradición. Día a día pierden aficionados, y los turistas que antes acudían a ellas, están (o salen de ellas) más horrorizados que sus antiguos fans. La economía de la tauromaquia se sostiene más en el erario que en su propia demanda.

b)En encuestas realizadas en los últimos tres años, 70 por ciento de los capitalinos estaría a favor de abolir los espectáculos taurinos. Sería fácil poner a prueba la veracidad de esa estadística, pero nuestra enclenque democracia no cuenta todavía con el derecho a referendo.

c)Quien crece en una cultura donde la crueldad contra los animales no es vista precisamente como crueldad, se forma en un ambiente de potencial violencia. Por cierto, todavía se permite el ingreso de niños a las corridas.

d)Se perderían cientos o miles de empleos, afirman quienes defienden la tradición de las corridas. Es fácil. Un centro comercial o recreativo produciría todos esos empleos en unos cuantos meses.

e)Los toros de lidia requieren de vastas extensiones de pastizaje. Son zonas agrícolas ociosas que podrían emplearse en otros cultivos.

   Las proporciones de las fracciones políticas –sigue diciendo Ilán Semo- en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal cambiaron notablemente a raíz de las elecciones de 2012. A la coalición de izquierda, si se incluye en ella al Partido de la Revolución Democrática, le sería más fácil que antes pasar la iniciativa. Falta por supuesto voluntad política. Pero sería sin duda una contribución a la vida de civil de una ciudad que de por sí ya se ha esmerado en mostrar que puede bregar en contra de todas las tendencias nacionales.

   Hasta aquí con Ilán Semo que, por otro lado, se ve fuertemente influido por los grupos antes mencionados, pero sobre todo, por el cúmulo de propuestas que, a lo que se ve, no han sufrido cambio en cuanto a sus planteamientos, lo que significa que inamovibles como son, no ven más allá de la realidad, “su realidad”, lo que hace muy difícil de entrar en un diálogo e intercambio de ideas que permita flexibilizar sus posturas o posicionamientos. Sin embargo, todo lo anterior es una muestra de que, al “tenernos en la mira”, ven, estudian y analizan lo vulnerable que es, hacia afuera y hacia adentro el espectáculo taurino en este país, por lo que ante la debilidad de sus estructuras, en cualquier momento pueden actuar en consecuencia. Por tanto, el texto de Carlos M. López, y luego la condición actual de nuestra fiesta en México, nos dejan en profunda reflexión. Ya lo decía François Zumbiehl: Si la fiesta va a morir, dejémosla que muera tranquilamente (y aún más, como sugería José Alameda, cuando hablaba del temple: El “temple” no lo descubrió Belmonte, sino Goethe: “Como el astro: sin apresuramiento, pero sin retraso”.). Por tanto, la fiesta tendría que morir “como el astro, sin apresuramiento, pero sin retraso” y no sometida a juicio sumario alguno, ni a la eutanasia ni al suicidio forzoso. Dejadla que muera de muerte natural… es todo lo que necesita.

9 de enero de 2013.


[1] José Francisco Coello Ugalde: .-“Ambigüedades y diferencias: Confusiones interpretativas de la tauromaquia en nuestros días”. Ponencia presentada en el II Coloquio Internacional “La fiesta de los toros: Un patrimonio inmaterial compartido”. Ciudad de Tlaxcala, Tlax. 17, 18 y 19 de enero de 2012.

 He aquí algunas ideas allí planteadas:

    El uso del lenguaje y este construido en ideas, puede convertirse en una maravillosa experiencia o en amarga pesadilla.

   En los tiempos que corren, la tauromaquia ha detonado una serie de encuentros y desencuentros obligados, no podía ser de otra manera, por la batalla de las palabras, sus mensajes, circunstancias, pero sobre todo por sus diversas interpretaciones. De igual forma sucede con el racismo, el género, las diferencias o compatibilidades sexuales y muchos otros ámbitos donde no sólo la palabra sino el comportamiento o interpretación que de ellas se haga, mantiene a diversos sectores en pro o en contra bajo una lucha permanente; donde la imposición más que la razón, afirma sus fueros. Y eso que ya quedaron superados muchos oscurantismos.

   En algunos casos se tiene la certeza de que tales propósitos apunten a la revelación de paradigmas, convertidos además en el nuevo orden de ideas. Justo es lo que viene ocurriendo en los toros y contra los toros.

   Hoy día, frente a los fenómenos de globalización, o como sugieren los sociólogos ante la presencia de una “segunda modernidad”, las redes sociales se han cohesionado hasta entender que la “primavera árabe” primero; y luego regímenes como los de Mubarak o Gadafi después cayeron en gran medida por su presencia, como ocurre también con los “indignados”, señal esta de muchos cambios; algunos de ellos, radicales de suyo que dejan ver el desacuerdo con los esquemas que a sus ojos, ya se agotaron. La tauromaquia en ese sentido se encuentra en la mira.

   Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética, también consubstanciales al espectáculo, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

   La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

   Peter Singer primero, y Leonardo Anselmi después, se han convertido en dos importantes activistas; aquel en la dialéctica de sus palabras; este en su dinámica misionera. Han llegado al punto de decir si los animales son tan humanos como los humanos animales.

   Sin embargo no podemos olvidar, volviendo a nuestros argumentos, que el toreo es cúmulo, suma y summa de muchas, muchas manifestaciones que el peso acumulado de siglos ha logrado aglutinar en esa expresión, entre cuyas especificidades se encuentra integrado un ritual unido con eslabones simbólicos que se convierten, en la razón de la mayor controversia.

   Singer y Anselmi, veganos convencidos reivindican a los animales bajo el desafiante argumento de que “todos los animales (racionales e irracionales) son iguales”. Quizá con una filosofía ética, más equilibrada, Singer nos plantea:

   Si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

   Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

   Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

   Superados los traumas de la conquistas, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos.

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