EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Al margen del sinfín de crónicas que las hubo, como resultado del festejo del domingo 20 de enero de 2013, y donde –como siempre-, una mínima parte se aproxima a una verdad más o menos relativa, y donde la mayoría tuvo que emplear los eufemismos y las subjetividades para hacer creer que estábamos ante un hecho absolutamente milagroso, traigo aquí una serie de aspectos puntuales en que el aficionado que se precia, es capaz de observar, sin necesidad de las luces de artificio ni el incienso.

   Es de lamentar que, independientemente del poder de convocatoria generado al solo anuncio de dos toreros catapultados cada quien en su respectiva trayectoria: Julián López “El Juli”, maestro consumado, y Diego Silveti, figura en cierne, la plaza mostrara un espectáculo que ya extrañábamos. Sin embargo, ambos espadas, se las entendieron con la combinación de dos procedencias: Fernando de la Mora y Montecristo, que mostraron igualdad de apariencia y juego. Justos en presentación, y con lamentable ausencia de casta, raza y bravura, lo que va siendo, de un tiempo a esta fecha, denominador común en muchas ganaderías, sobre todo aquellas que tienen como “favoritas” ciertos toreros agraciados con el “privilegio” de contar con la ventaja de escoger lo que mejor les apetezca.

   Cuando de todas esas “crónicas” o reseñas se destila tal cantidad de eufemismos y subjetividades, se forma al final un sedimento que lo único que anuncia son falsas verdades, con las cuales uno debe andarse con cuidado, evitando así no quedar seducido y mucho menos engañado de todo lo que allí se vierte, pensando que se encuentra la verdad en cuanto tal. En los toros, ya lo sabemos, se generan una serie de ideas que luego pasan a convertirse en algo donde la gente cree a pie juntillas y francamente, no estamos para eso. Debe conocerse, hasta donde es posible, el grado de veracidad, pero sobre todo, lo que nos consta para obtener como resultado un juicio de valores más o menos congruente con la realidad. No con la verdad.

   Entre los diversos detalles que llamaron fuertemente mi atención, al correr de la lidia, me parece importante destacar algunos aspectos. Por ejemplo, cuando Julián López citó por saltilleras a su primero, parecía que la suerte tiene, el añadido del sobresalto, pues cuando se arranca el toro, un último movimiento lo decide todo. Y ya nos había dejado saborear verónicas de desmayo a pies juntos. En su faena, mientras tanto, tuvo que adaptarla “El Juli” a las limitadas condiciones de codicia y fuerza del de Montecristo, desarrollando en cada espacio las porciones del arte del toreo.

   Hay otro aspecto: la suerte de varas, mal entendida y conceptualizada por las mayorías, no gusta, y gusta cada vez menos. Debe reconsiderarse en aras de que recupere sus valores esenciales. Nada más salir los del castoreño al ruedo implica un rechazo generalizado debido a una serie de causas, entre las que pueden estar el hecho de que no practican la suerte de conformidad a lo establecido por la costumbre. De inmediato, y al producirse el encuentro, deliberada o intencionalmente proceden a tapar la salida, lo que genera primero, en el ganadero, un natural desencanto pues de seguro, y a la espera de varios años para comprobar ciertos aspectos relacionados con la crianza, ese sólo momento se frustra con tal proceder, de ahí que sea necesario un reajuste. ¿Y cómo puede darse? Sabemos perfectamente que los señores de a caballo saben cómo realizar la suerte, primero porque allí están, segundo porque a lo largo de muchos años o han recibido de parte de los viejos picadores o de la propia experiencia, que dicha suerte debe ponerse en práctica siguiendo algunos procedimientos, pero si el propósito no culmina tal cual es, entonces se pierde la oportunidad de disfrutar ese momento, en el que toda la fuerza del toro se desplaza hacia la cabalgadura. Se sabe que en las plazas francesas esto se ha convertido en todo un espectáculo, ¿por qué no aquí? Además, ante el síntoma que se presenta en nuestros días, dicha suerte se ha reducido a la colocación de apenas un puyazo o hasta de un refilonazo. Han quedado atrás, muy atrás por fortuna, aquellas tremendas escenas de caballos destripados, en donde apenas la suerte se convertía en un incompleto propósito de mermar las fuerzas del animal. Luego, con la implantación del peto, esto redujo notoriamente aquel cuadro y cierta eficacia comenzó a funcionar. Lamentablemente también las modificaciones en el uso de ciertos materiales de protección en el peto, pero sobre todo, el peso que significaba o sigue significando como un factor más de carga en el caballo, supone que esto genera un mal planteamiento de la suerte, pues el caballo mismo se ve reducido de forma notoria a moverse con cierta libertad, y luego el peso y hasta las características de esa muralla defensiva producían, luego del impacto, severos traumas e incluso fracturas en los toros. Me parece, por tanto, que la importantísima suerte de varas puede recuperar muchos valores perdidos, e incluso volver a gustar y a convertirse en un momento crucial y destacado dentro de la lidia.

   Tanto Julián López como Diego Silveti, y esa es mi impresión, lucieron sus capacidades, pero se concretaron también a dos cosas: en el caso del español a tener que realizar en el tercero de la tarde toda su labor, meritoria por cierto, ante un ejemplar que perdió toda capacidad de embestir, era una auténtica mesa con cuernos. Esto no desmerece ni el riesgo ni nada, pero genera entre los aficionados una soporífera reacción de desilusiones, pues no se hizo presente el equilibrio de las fuerzas a dominar. Por un lado, el madrileño lo logró en forma espectacular, exponiendo su cuerpo a cada momento en que ante aquel marmolillo, veía pasar los pitones tan cerca de las carnes, pero faltándole a todo esto el ingrediente de la raza y la bravura en aquel ejemplar, tal arrebato pierde en intensidad. Diego Silveti, también enfrentó una situación similar, pero ambos, y aquí está el quid del asunto, tornaron a la faena estandarizada, esa que vende fácil, esa a la que todos, o la gran mayoría de los toreros nos están vendiendo como si fuera en realidad la panacea de la tauromaquia, por lo que volvemos una vez más a lo ordinario. No a lo extraordinario.

   Esa estocada de “El Juli” me deja un sobresalto, una duda: Si la ven ustedes con atención, tiene allí un tranquillo en el que citando a la manera clásica, echando los vuelos de la muleta al hocico, da un par de “pasitos” y, justo en el encuentro curvea el cuerpo en forma muy particular, hasta el punto en que cuerpo y espada forman casi un arco completo, lo que le significa eficacia a la suerte misma, aunque el acero quedara un poquito trasero. ¿Será o no un detalle técnico válido? ¿Será o no un acto de ventajismo que sólo, al compás del detalle se puede apreciar y entonces, esta suerte, denominada “suerte suprema” pierde valores, aún y cuando la ejecución de la misma tuvo los efectos fulminantes?

LA JORNADA_21.01.2013_p. 43

Disponible enero 23, 2013 en: http://www.jornada.unam.mx/2013/01/21/index.php?section=fotografia&gallery=deportes

La fotografía proporcionada por Notimex a La Jornada no puede ser más evidente…

   Finalmente, llaman la atención tres cosas relevantes, pero que se olvidan al calor de todas las emociones generadas en el curso del espectáculo.

1.-La vigilancia policial, por parte de la delegación Benito Juárez es mínima. El número de asistentes fue muy bueno, y su comportamiento no generó, hasta donde se sabe, conflicto alguno. Pasando la primera puerta de acceso a la plaza, se genera una revisión en bolsas y pertenencias, y hasta se practica un sencillo cateo corporal. Pero pasando al tendido, la mínima presencia d la fuerza pública debe poner, a cualquier autoridad que se precie en un auténtico predicamento. No quiero imaginar lo que podría pasar nada más se desaten las pasiones en serio. ¿Será suficiente el número de policías para contener una situación fuera de control?

2.-En el callejón, durante los intermedios entre toro y toro, diversas personas se movían a sus anchas hacia un punto específico del mismo, regresando a sus lugares con sendos vasos rojos desechables, colmados de ciertos líquidos. Si lo que se distribuye no es ninguna bebida embriagante, todo está bien. Pero si lo que se distribuye son bebidas alcohólicas, me parece que siendo ese espacio una zona muy peculiar, no solo laboral, sino donde los ocupantes, en tan particular espacio están expuestos a riesgos mayores en caso de que un toro salte al callejón, o de que cualquier artefacto –banderillas, vara de picar, cojines- también lo pueden ser, he ahí un inminente peligro que olvidan muchos, empezando por el juez de callejón o el inspector autoridad quien tiene, a mi parecer, todas las atribuciones para sancionar o eliminar ese efecto nocivo, si así lo fuera. Esperamos que en lo sucesivo se espere dicha autoridad designada para vigilar en ese mencionado espacio un mejor desempeño, además de todas sus otras obligaciones.

3.-Los vendedores. Hace años, recién implantado un reglamento taurino, se obligaba a los vendedores a suspender la venta de cualquier producto mientras se desarrollaba la lidia. Hoy ya no. Es un relajamiento absoluto y pasan, y vuelven a pasar y la venta se convierte en una auténtica monserga. Soy el primero en defender las fuentes laborales, pero existen normas, condiciones y hasta sentido común para que esto no ocurra. Veremos hasta cuándo la autoridad se tome la molestia de atender un caso de esta naturaleza y podamos todos los asistentes tener la oportunidad de disfrutar un espectáculo sin el incómodo y molesto paso de mercancías por aquí o por allá. Sólo faltaría que de pronto aparecieran por diversos puntos de la plaza, auténticos templetes improvisados donde la venta de este o aquel producto se produzca como en una plaza pública.

  ¿Nos hará caso la autoridad algún día?

23 de enero de 2013.

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