DOS VISTAS DOS, SENDAS OBRAS DE CASIMIRO CASTRO.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Vienen ahora hasta aquí, y como en un imaginario vuelo, dos fascinantes imágenes que recreadas por Casimiro Castro, adquieren fuerte carga de realismo pictórico, a un paso del fotográfico. Ambas escenas puede uno admirarlas en la obra monumental de Fernando Benítez: LA CIUDAD DE MÉXICO, en su tomo Nº 6 donde al pasar las páginas de dicho volumen, se reúnen aquellas escenas en que la vida cotidiana de esta urbe se desataba en fiestas y reuniones sociales de todo tipo. Lo mismo las corridas de toros en el “Paseo Nuevo”, que en otras representaciones de diversiones callejeras, en donde se llegó a tener registro de la exhibición de diversos cadáveres de lo que, con el tiempo se llamó la “muerte niña”, y no era otra forma –permitida por la autoridad-, en que los afligidos padres con ese propósito que podría entenderse bastante patético, servía para reunir algún dinero y así, poder dar cristiana sepultura al o a los recién nacidos.

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La ciudad de México en una hermosa panorámica desde las alturas. A lo lejos se alcanza a ver la plaza de EL PASEO NUEVO y muy cerca un globo aerostático, desde donde se podían contemplar las maravillas de una “Alameda”, escenario de historias, aventuras y desventuras del México decimonónico. Los toros como espectáculo se sumaban al desarrollo de la vida cotidiana. Obra de Casimiro Castro.

   Estas dos magníficas “vistas”, dan la impresión de un trabajo “fotográfico” y además, aéreo. Es decir, que Casimiro Castro, pudo haber aprovechado las ventajas de algún viaje aerostático dispuesto de manera específica para lograr, con tanta exactitud una visión de tal naturaleza, donde la apariencia de calles, edificios y la disposición exacta de unas y otros se encuentra perfectamente proporcionada, lo que es señal de que antes de culminar sus contemplaciones, hubo de tener ante sí algún tipo de imagen previa. Para lograrlas, fue necesario tener también un boceto de la perspectiva como para lograr de una manera tan idealizada ambas panorámicas, que no comprenden únicamente el desarrollo urbano que para entonces tenía la ciudad de México, sino lo que se podía contemplar a los alrededores, sobre todo las cadenas montañosas, y el espectáculo de un amanecer o un atardecer en el que parece se desarrollaron ambas miradas. En la imagen blanco y negro, puede apreciarse eso sí, un globo aerostático surcar tan cerca de la plaza de toros del Paseo Nuevo que bien podría tratarse de alguna de las ascensiones que hicieron época a finales de los años 50 del siglo XIX. En cuanto a la vista en que la paleta de colores se desplegó incontenible, también es un hecho que el globo pasó lo más cerca que se pudo de aquel cruce en la calzada de Bucareli que se puede admirar con lujo de detalles la propia plaza de toros ubicada en el Paseo Nuevo.

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Fuera de ese escenario -la Plaza del PASEO NUEVO– la vida mexicana palpitaba agitadamente, en medio de conmociones que causaban el natural desconcierto. La anhelada paz aún no llegaba. Solo guerras, solo invasores; o la presencia de un príncipe extranjero también. Y como contraste, seguía cabalgando Carlos IV a las afueras del coso, símbolo el suyo de la tradición colonial que no desaparecía; como los toros. Hasta que un día… Obra de Casimiro Castro.

Fuente: Fernando Benítez. LA CIUDAD DE MÉXICO, T. 6, p. 60 y 70-1, respectivamente.

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