UN JARIPEO EN URUAPAN. 1934.

FRAGMENTOS y OTRAS MENUDENCIAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Mi amigo y también historiador Enrique Martínez, acaba de hacerme un obsequio que agradezco enormemente, mismo que da motivo para compartirlo con ustedes.

   Se trata de un cartel de toros. O al menos, eso es lo que parece.

   Todo cartel taurino es un documento muy preciado, puesto que es el complemento publicitario del festejo por venir. Y no sólo eso. También en su contenido aparece, aunque no lo parezca, un discurso perfectamente establecido, en el que la empresa o los protagonistas despliegan un adelanto de lo que, en esencia, podría consistir la función. Desde la segunda mitad del siglo XIX mexicano, la cartelería se convirtió en parte esencial de infinidad de festejos, ya que en esos anuncios o avisos, se anticipaban a mostrar la “fascinación” que, transformada en una auténtica puesta en escena se convertiría en la representación más aproximada a esa realidad.

   Pues bien, de este cartel del que les hablo, los hechos ocurrieron en Uruapan, Michoacán la tarde del domingo 14 de enero de 1934. Su composición es la de un rectángulo, donde a la izquierda quedó representada la figura de un torero, que no es otro que Luis Mazzantini, lo que indica que todavía para esa época se seguían utilizando planchas y modelos de todo aquello que produjo la etapa de la “reconquista vestida de luces”, es decir, cuando un auténtico “frente de lucha” hispano se encargó de modificar las estructuras técnicas y estéticas del toreo que se practicaba entonces en nuestro país. De ahí que entre muchas de esas planchas, la que admiramos, es una de ellas, como lo fueron también de la creación de Manuel Manilla o José Guadalupe Posada, que anduvieron itinerando por aquí y por allá.

   Sin embargo, en este cartel pesa una enorme influencia del toreo a la mexicana, aquel que detentaron los charros, con diversas suertes que entonces practicaban sus más esforzados representantes, quienes para dicha época se sabían identificados plenamente con una expresión que iba colocándose en el territorio del “deporte nacional” por antonomasia: la charrería. Así que “intrépidos charros de Parácuaro”, en combinación con los “Charros Tapatíos” serían los encargados de jugar con 4 hermosos toros y 5 yeguas brutas, realizando o practicando suertes tan peligrosas como “El Brindis” o “El pase de la muerte”. 

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   Como fin de fiesta, o al menos es lo que se deduce de la lectura, se encuentra la participación del “conocido novillero” Agustín Espino. Pero el protagonismo y toda la atención generada, estaba bajo la presencia de todos aquellos charros participantes, siendo uno de ellos, el Sr. Luis Gutiérrez, quien además “tomará parte activa en este jaripeo, con su famoso caballo EL APACHE”.

   Si vemos en estas últimas palabras, lo que fue a representarse en aquella apacible tarde uruapense fue ni más ni menos que un jaripeo, representación rural muy arraigada en esa zona occidental del país y que, hasta la fecha sigue defendiéndose como parte de una especie de patrimonio inmaterial que pasa de padres a hijos y de generación en generación.

   Parece que la ¡Gran Tarde Mexicana! tendría, para esos momentos todo un concentrado de valores que se afirmaron o reafirmaron gracias a la presencia espiritual de un nacionalismo que los gobiernos posrevolucionarios fueron recuperando para consolidar el imaginario colectivo. No sólo fueron estas las acciones más entrañables, las que tocaban las fibras sensibles de un campo mexicano que se convirtió en blanco de disputas y disensos luego de que planes como el que impulsó Emiliano Zapata, el famoso “Plan de Ayala” no terminaron materializándose del todo, y los propósitos centrales de la revolución mexicana se desviaron por otros senderos, habiendo un saldo dolorosísimo de un millón de muertos que dejó, a su paso aquel tremendo capítulo de una guerra interna, guerra de intereses de la que surgieron caudillos, primicia de partidos políticos… mientras la democracia se volvía un asunto utópico pero necesario. Cercano pero inalcanzable en sí mismo.

   Creo que, por estas y otras razones, la gente del campo se refugiaba en viejas prácticas que formaban parte y de manera intensa en sus vidas cotidianas. Por eso, los habitantes de Uruapan rescataban, recreaban y practicaban como una costumbre inveterada el jaripeo, invitando en alguna de sus partes a la torería para que se efectuara aquel episodio de “un toro a muerte”, tal y como nos lo cuenta el cartel que hoy viene hasta nosotros en forma de memoria viva.

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