PERSPECTIVAS DEL TOREO EN MÉXICO EN ESTE 2013.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Una tradición secular difícilmente puede desaparecer. El toreo en México va a llegando a este 2013, a sus 487 años de desarrollo y evolución. Durante todo ese tiempo se han manifestado distintas expresiones que van del toreo a caballo al de a pie. El primero cubrió 289 años, de 1526 a 1815 (esto es, cuando en el invierno de 1814-1815 se celebran torneos de cañas y alcancías para celebrar el advenimiento de Fernando VII al trono de España), aunque comenzó a perder importancia tan luego los borbones se mostraron contrarios al carácter español y afectaron, en consecuencia a los nobles que detentaban el toreo de a caballo en sus dos expresiones: a la jineta y a la brida. Al sentirse afectados en su protagonismo que comenzó a desmembrarse desde el segundo tercio del siglo XVIII, entran a escena de manera más contundente los toreros de a pie. Un extraño deseo por evitar el desplazamiento fue el de aparecer como primeros actores en los carteles que se publicaron de la segunda mitad del siglo XVIII hasta el comienzo del XIX. Su necesidad de participación se trocó en el papel de varilargueros, de picadores de toros que es como ha quedado establecido en el orden de la lidia y en la estructura de las tauromaquias concebidas primitivamente desde la “Noche fantástica, ideático divertimento…” y luego en las dos columnas que levantaron José Delgado con ayuda de José de la Tixera; y de Francisco Montes lograda junto con Santos López Pelegrín “Abenamar”. Fueron dos momentos que compartieron la misma búsqueda bajo distinta interpretación. Una de 1796 continuada con la de 1836, concentran la evolución del toreo que dejó de ser primitivo para convertirse en profesional, y moderno en consecuencia.

   México no es ajeno a lo que pasa en España, absorbe las experiencias que nos llegan desde la península pero se les imprime un carácter que no sólo es español. También es mexicano. Es cuando el quehacer campirano se respira en las plazas pero sobre todo, es la abierta expresión de independencia que permite inventar y recrear la fiesta durante buena parte del siglo decimonónico.

   Todo esto es posible entenderlo si nos remitimos al momento atendiendo las circunstancias y el espíritu que imperaban entonces. Cuán divertida era la fiesta, explosiva como pocas, llena de invenciones y siempre dispuesta a las creaciones efímeras. Fue un momento en que se dio como un aislamiento de México con respecto a España hasta que fue posible ver un horizonte en el que comenzaron a aparecer figuras como Manuel Hermosilla, José Machío -primer modelo del torero con arte visto en México-, Antonio Díaz Lavi que, aunque fugaces, dejaron una estela de influencia. De Bernardo Gaviño y Rueda, ya lo hemos dicho muchas veces: terminó mexicanizándose, terminó siendo una pieza del ser mestizo y si no es por su nacionalidad hispana, en este momento lo estaríamos considerando como un mexicano más. Quizás hasta como una gran figura, anterior a Ponciano Díaz.

   Al llegar Luis Mazzantini los puntos de apreciación se modificaron radicalmente y él, como punta de lanza de un gran proyecto se enfrentó a Ponciano Díaz. El atenqueño intentó hacerle frente al güipuzcoano enarbolando una fuerza nacionalista que se hizo condescendiente al toreo recién instalado en México. Con el se dio la fiesta española a la mexicana. Sin embargo -Ponciano Díaz- con ese intento tuvo que materializarlo (y más que esto creo que tuvo que capitalizarlo) en alguna medida por lo que, navegando en él se fue a la deriva, siendo el olvido su refugio mejor.

   El toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna quedó fincado de por vida en nuestro país. Lo demás es esa maravillosa experiencia con episodios magistrales como Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa, Jesús Solórzano, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez, Luis Procuna, Rafael Rodríguez, Capetillo, José Huerta, Alfredo Leal, Manolo Martínez, “Curro” Rivera, Eloy Cavazos, Mariano Ramos, Jorge Gutiérrez, David Silveti, llegando hasta el momento con Manolo Mejía (ya retirado), junto a los “aires de renovación” como Diego Silveti, Arturo Zaldívar, “El Payo” y muy en especial, Fermín Rivera.

   Nuestra época, marcada y definida por las más avanzadas tecnologías no debe separarse de una tradición que permanentemente se promueve, y que forma parte ya de una programación televisiva y radiofónica muy importante. Toma, por lógica, distinto camino al que estábamos acostumbrados los aficionados hasta hace algunos años quienes seguíamos, y estábamos al pendiente de reducidos espacios de estos dos importantes medios de información y desde luego, a la prensa escrita, misma que también abarca en mayor dimensión la nota y la crítica. Lo que no debe descuidarse es que demasiado apoyo, en manos de diversas opiniones puede ser contraproducente, puede dispersarse, pues no siempre opinan los conocedores, sino también otras personas que por el entusiasmo con el que se dejan llevar, simplemente expresan su emoción, pero una emoción que puede ser superficial, alejada de todo razonamiento y conocimiento del que hacen gala aquellos que hoy se acercan al espectáculo para comentarlo en cualquiera de estos medios de comunicación.

   Un perfil que sigue haciendo falta es el de una enseñanza permanente que bien puede fundamentarse en historia, técnica, estética o moral como elementos básicos de aprendizaje. La televisión, con su poderoso influjo puede ser el instrumento eficaz para proyectar estos y otros temas, a partir de programas perfectamente estructurados, sin pretensiones académicas ni dogmáticas cuyo último fin sea el de enseñar, instruir, orientar y dirigir grupos masivos de aficionados que hoy acuden a la plaza con una ligera idea de lo que es, para ellos, el misterioso espectáculo de las corridas de toros, siempre lleno de embrujo, de encantos especiales. El respaldo técnico de los ordenadores debe aliarse al sustento bibliográfico, hemerográfico, así como de filmoteca o fonoteca con claras intenciones de realización y producción dirigidas, como hemos dicho, al grueso de un público -tele-espectador o radioescucha- interesado en seguir la secuencia de programas, series o temas especiales dedicados a la temática propuesta, y toda aquella que, por añadidura va resultando de encontrar en el camino nuevas inquietudes por resolver el amplio espectro de la tauromaquia.

   Un fenómeno nuevo pero tan añejo al que se enfrenta la televisión es el de establecer una tabla de valores, un racero que satisfaga una condición que antaño tardaba en darse. Me refiero al difícil aspecto de que los toreros, en general, son sometidos a un estricto juicio que los convierte en figuras potencialmente efímeras, si no dan el “ancho”, o en fenómenos fuertemente ponderados, pues los efectos de difusión son tan grandes, que en cuestión de horas se tendría resuelto el destino de un aspirante o el reinado de un matador, haya o no salido como producto de esfuerzos precedentes. Me explicaré mejor. Recordemos aquella sentencia de Rafael “el Guerra” que pronunció al retirarse: “No me voy. Me echan”. A casi cien años de su despedida, los públicos gozaron profundamente la labor profesional del “Califa”, pero se dieron cuenta que no podía eternizarse, pero tampoco eternizarlo. De ahí su respuesta cada vez más encontrada, en medio de discusiones. Por eso se dice que el público -monstruo de las mil cabezas- puede elevar, pero a la vez hundir según sus deseos, y un deseo colectivo es capaz de desatarse sin previo aviso. Raras formas de comportamiento son las que tiene la afición en masa. El torero que ayer levantaron en hombros, hoy sale a pie, por la puerta de cuadrillas en medio de fenomenal bronca o bajo el desaire del silencio.

   He ahí pues, otra forma interesante en la que interviene el poder de la televisión, instrumento de la comodidad que permite a muchos aficionados gozar, desde la tranquilidad de sus casas, una corrida buena o mala, pasada por agua o tal vez intrascendente. Desde los años 60 iniciaron una serie de transmisiones desde distintas plazas del país que favorecieron una afición doméstica, pero sin afectar los intereses de empresarios que seguían viendo llenos sus cosos. Fue en los años 70 cuando comenzaron a darse giros, surgiendo la protesta por el beneficio que no obtenían ciertos actores del espectáculo, por lo cual se vieron obligados a forzar una ruptura en la continuidad de las transmisiones, hasta que lograron la salida de cámaras y micrófonos. Poco a poco comenzó a revalorarse la situación, hasta que llegó el momento de la intervención de influencias muy poderosas y la plaza “México” se ha convertido de unos años acá en sitio atractivo de negocios que han puesto a funcionar una maquinaria (más bien parafernalia) con resultados que van de lo “muy bueno” a lo “pésimo”, resultados que se trazan en diversos puntos de la gráfica de un cambio que probablemente para ellos ya se dio; para la fiesta apenas se ha convertido en un repunte. La fiesta, el espectáculo de los toros, es una tradición secular a la cual parecen tratar como joven inexperto, cuyos destinos se encuentran en manos de unos cuantos, cuando es tan popular como cualquier otra actividad cotidiana. No menosprecio los esfuerzos, pero sobre todo TELEVISA imprime un poder de difusión “bárbaro” y tenaz, suficiente para llegar a cualquier rincón del país, e incluso, al extranjero mismo, proyectando una imagen que yo no sé si sea la más adecuada, la más digna entre otras contadas opciones, como CANAL 11, TELEVISION AZTECA, o MULTIVISION –y ahora una televisión de paga- que difunden masivamente un mismo acontecimiento, sumando cada cual resúmenes de otros festejos del país o del extranjero.

   Al verter opiniones de tal índole no es para reducir a su mínima expresión los esfuerzos que por años, han realizado diversas personas muy bien identificadas en el medio. En todo caso, se sugiere que surja entre ellos mismos una iniciativa para renovar el contenido de sus programas haciendo el uso adecuado de los medios masivos de comunicación como inyectores adecuados de una enseñanza que no puede limitarse a cuadros básicos de información. Las mismas transmisiones que en uno, u otro medio se hacen de corridas de toros son vehículos muy adecuados para transmitir conocimiento, amén de que todo el sucedido de los festejos sea un manantial de informaciones, siempre amenas e imparciales. Transmisiones como las de Alonso Sordo Noriega, Paco Malgesto o José Alameda aún no han sido superadas, al menos por la generación que hoy se encarga de hacerlo. Ponen todo su esfuerzo, sin embargo la época, el momento que nos toca vivir exige una serie de condiciones, una de ellas, quizás la más importante, es de que su imagen se proyecta en el ámbito nacional e incluso internacional y, de alguna manera, llega hasta el rincón más escondido donde puede haber un radio o una televisión, que le pertenece a alguien dispuesto a informarse de los hechos del momento.

   Durante 40 años el licenciado Julio Téllez García mantuvo su programa “Toros y Toreros” transmitido por canal 11, resuelto con inteligentes propuestas temáticas, desarrolladas, las más de ellas, a partir del apoyo de filmoteca, elemento suficiente de prueba a la hora de intentar demostrar la proyección de tal o cual torero. La imagen fue el secreto de su programa, apenas de 27 minutos, tiempo suficiente para balancear la información de actualidad, compaginada, como ya se ha dicho, con valiosas escenas recogidas por el cine.

   Creo, sin temor a equivocarme, que ya es el programa más antiguo de cuantos se dedican al tema. Y si antigüedad es un equivalente a madurez, entonces nos encontramos ante una muestra del esfuerzo por efectuar trabajos enfrentando limitaciones, pero dejando huella de planteamientos novedosos, de polémicas y de otros asuntos que siempre han navegado viento en popa en el curso de los años de este programa.

   Vayan pues, como parte de algunas reflexiones las que me he permitido compartir con todos ustedes. 

23 de febrero de 2013.

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