TIMOTEO RODRÍGUEZ: DE ATLÉTICA BLUSA Y PANTALÓN DE GIMNASTA A UN TRAJE DE LUCES.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Muerte de Timoteo Rodríguez el 13 de marzo de 1895.

    A raíz del percance que sufrió Timoteo Rodríguez en la plaza de toros de Durango, la tarde del 10 de marzo de 1895, y que consistió en una cornada en la pantorrilla la que, en principio no parecía tener la importancia, pero que no fue atendida debidamente, ocasionó un desenlace fatal. El torero mazatleco, nacido en 1860, falleció tres días después. En emotivo homenaje por un lado, y por otro, con la cuestionable situación de un herido por asta de toro, que no tuvo los cuidados de la ciencia en su momento, fue a convertirse, como se dirá, en negligencia médica, junto a la incapacidad cómplice de la autoridad, así como del pésimo y abandonado asunto de que los Reglamentos no contemplaban, o si lo hacían, no se cumplía con el rigor de contar con instalaciones apropiadas para atender a buen número de heridos, que los hubo y muchos, como nos cuenta la prensa de la época. Por fortuna, esa circunstancia, si no del todo, está bastante superada.

    Timoteo Rodríguez es el antecedente directo de Jorge de Jesús “Glison”. Antes de dedicarse a torear, se integró desde fecha tan temprana como la del año de 1880 a las diversas compañías de este o aquel circo para efectuar una de las suertes con que logró cierta fama: la de los “trapecios leotard”, donde subiéndose en un trapecio realizaba movimientos acrobáticos que sorprendían a chicos y grandes.

   Esos circos que tuvieron como hoy, épocas o temporadas buenas y malas encontraron en el de Chiarini y Buislay el modelo a seguir. Pero, ¿qué pasaría por la mente de Timoteo para cambiar de un circo a otro? ¿Qué pasaría por su mente para dejar de llevar aquella ajustada y atlética blusa y pantalón de gimnasta por un traje de luces como el que luce para la fotografía que se mandó hacer allá por 1885 o 1890?

   Unas y otras compañías rondaban por estos circos, el de elevadas lonas, sostenidas por largos mástiles, y el circo con un ruedo circundado por los tendidos de sol y sombra. Ya habían pasado los tiempos en que su derecho estaba impregnado de una exclusividad feudal y alguna capacidad mejor sintió el arriesgado Timoteo Rodríguez para poder lucirse. No era otro que el riesgo combinado con la valentía. Así que ¡adiós!, suerte “leotard”, venga capa, espada y muleta y a triunfar por aquí y por allá.

   Timoteo es un claro ejemplo de que la raza indígena con toda su pureza no estaba vedada en participar de aquella experiencia (más tarde lo sabría también Rodolfo Gaona). Pero Timoteo no descolló o no quiso descollar como él y la afición lo hubiesen querido. Suma esfuerzos e integra con María Aguirre “La Charrita Mexicana” una cuadrilla que, sobre todo cubrió el norte del país. Se casa con María, pero con su muerte prematura (a causa de un percance ocurrido el 10 de marzo de 1895, en la plaza de toros de Durango), se acabó todo aquel imperio de ilusiones.

   Sin embargo, y aquí conviene aclarar un misterio, ya que la prensa de la época registró así la tragedia, y hasta puso en evidencia descuidos imperdonables. Veamos que nos dice El Monitor Republicano, D.F., del 17 de marzo de 1895, p. 3:

 MUERTE DEL ESPADA TIMOTEO RODRÍGUEZ.-El domingo pasado se verificó en la plaza de toros de la ciudad de Durango, una corrida a beneficio de la “Charrita Mexicana”, María Aguirre de Rodríguez, esposa del espada mexicano Timoteo Rodríguez.

   Se lidiaban toros de Guatimapé y figuraba como primer espada Timoteo Rodríguez.

   Al pasar de muleta al segundo toro, el diestro fue cogido por la fiera y sufrió una cornada en una pantorrilla. Naturalmente quedó imposibilitado para seguir lidiando.

   Primero se creyó que no era de importancia la herida, pero después revistió cierto carácter de gravedad que se fue acentuando hasta el jueves en la noche en que falleció, según telegrama aquí recibido.

   Timoteo Rodríguez era un torero valiente, y quizá su arrojo fue el que lo llevó al sepulcro.

   En paz descanse.

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Timoteo Rodríguez antes de dedicarse enteramente al toreo anduvo como miembro del “Circo de la Independencia”, donde ejecutaba suertes en los “trapecios leotard”, allá por 1880. Casó con María Aguirre “La Charrita mexicana”. En: Revista de Revistas. El semanario nacional, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

    Pero más adelante, se supo que la causa de la muerte había sido otra, y muy delicada, que se llama negligencia médica junto a la incapacidad cómplice de las autoridades de entonces.

    El Nacional, D.F., del 30 de mayo de 1895, p. 2:

 ¡¡NO ES NADA!! ¡¡UN TORERO MUERTO!!

 A LAS AUTORIDADES EN GENERAL

Y a las empresas taurinas también en particular.

   El párrafo actual rinde un tributo de homenaje a un modesto espada mexicano, así como a todos los diestros que han tenido la desgracia de ser cogidos últimamente por algún toro en cualquier circo taurino de los Estados.

   Timoteo Rodríguez falleció en Durango el día 20 de Marzo, después de haber toreado en aquella capital el domingo 17, lidiándose ganado de Guatimapé.[1]

   ¿Qué tiene eso de particular, dirá el lector, aunque sea doloroso? ¿No ocurre esto diariamente en distintas plazas? ¿No SON PERCANCES DEL OFICIO?

   Ahí está precisamente lo raro, y lo que da lugar a la formación de este artículo, porque si se hubiera corregido el abuso o se hubiera remediado el mal, no tendríamos necesidad de remover de nuevo las cenizas del infortunado y olvidado matador; pero como en las cogidas habidas últimamente ha pasado lo mismo, queremos ver si consignando hechos tan lamentables en la Prensa, procuran las autoridades hacer cumplir sus obligaciones a esas empresas criminales.

   Si Timoteo hubiera fallecido como tantos otros, a consecuencia de la herida recibida o por complicaciones posteriores, entonces permaneceríamos callados. Pero hay en este triste suceso algo de raro y original que obliga al escritor taurino a protestar enérgicamente contra las referidas empresas, así como también contra esas autoridades que por su poca energía o por la amistad que tienen con los empresarios, permiten que éstos no cumplan con ningún artículo del Reglamento.

   Timoteo Rodríguez ha fallecido quizá por punible abandono del servicio sanitario de la Plaza de Durango, y esta coincidencia fatal nos obliga a lanzar una queja y llamar la atención de quien corresponda, para que si ya no es posible resucitar al muerto, sea a lo menos provechoso el remedio para los supervivientes.

   Conducido Timoteo a la enfermería en el mismo instante de la desgracia, se notó en dicha enfermería la falta de cama, botiquín y médico, siendo ésta la consecuencia probable de su muerte, supuesto que se estuvo desangrando cerca de tres horas y fue curado de mala manera por un médico que encontraron en la calle; no obstante que todo esto fue presenciado por la autoridad, ésta se mostró indiferente y no ha procurado corregir ese mal, supuesto que últimamente acaba de pasar lo mismo con el banderillero Enrique Merino (a) Sordo en la citada plaza; pero no crean mis lectores que sólo en Durango se ve esto, pues igual cosa pasó en Culiacán toreando Ponciano Díaz, y lo mismo sucedió en Guadalajara ahora que fue herido Zocato, pues recordarán nuestros lectores que uno de los periódicos de esta Capital dio la noticia “que no había lugar a propósito para curar al referido diestro, y que fue necesario ir a llamar un médico al teatro porque en la plaza no lo había”, y lo mismo que ha pasado en todas estas importantes poblaciones, aconteció en Guanajuato ha poco al ser herido el picador Barbi, encontrándose en un estado gravísimo.

   Ahora cabe preguntar: ¿De quién es la culpa de tan lamentable abandono? ¿No fue posible que se hubiese salvado la vida del infortunado Timoteo, o al menos se hubiese alargado, si con la prontitud y celo que el caso urgente requiere se le hubiese atendido instantáneamente?

   Aún siendo profano en medicina, puede asegurarse que cualquiera herida, por leve que sea, si no es atendida a su debido tiempo, puede tener un desenlace funesto; y si eso sucede con las leves, ¿qué no pasará con las graves?

   Por eso nosotros, que tenemos como primer deber el combatir sin complacencia ni consideración aquello que es perjudicial para la afición, y mucho más lo que puede traer consigo la pérdida de la vida, al par que rendimos un tributo al infortunado lidiador, pedimos remedio enérgico para evitar la repetición de sucesos tan lamentables-

   ¿Seremos escuchados? ¿Se pondrá el remedio o se seguirán autorizando estos abusos?

   Y con mayor energía insistimos en este punto, cuando sabemos perfectamente que en todas las plazas de los Estados se incurre en este abandono tan digno de reprobación.

   Bueno es que se cuide con esmero y escrupulosidad del reconocimiento del ganado, pues ha habido veces que hasta esto se olvida, supuesto que hemos visto en el redondel caballos enfermos de muermo.

   Pero, señores empresarios y presidentes, procúrese atender ante todo a lo que se refiere al servicio sanitario.

   ¡¡Seamos humanitarios!! Ya que el diestro expone con arrojo su vida, que no tenga también por enemigo, además de los pitones de la res, la negligencia de los hombres.

   Cuidar de lo lucido de la corrida es asegurar una ganancia legítima.

   DESCUIDAR LA CONSERVACIÓN DE LA VIDA ES PERDER LA PAZ DE LA CONCIENCIA PARA SIEMPRE.

   No demos la razón a los que califican de BÁRBARA FIESTA las corridas de toros, demostrándoles que la ferocidad del bicho ha llegado a tornar feroz también el corazón del aficionado.

   Porque si esto pasa, el anatema lanzado contra el espectáculo será razonable y la calificación justa.

   Y no tendremos tampoco derecho para quejarnos de la cobardía de los lidiadores, pues todos sabemos que el derecho a la vida es innegable y uno de los más sagrados.

   Y el que sabe que la va a perder sin remedio, al primer accidente que sufra hará muy bien en anteponer a su conservación todo sentimiento de dignidad profesional.

   Esperamos fundadamente que los hechos que dejamos confirmados en este artículo no se repetirán y que tanto las autoridades de México, como las de los Estados pondrán remedio a este mal, porque de no ser así, ellos serán los únicos culpables de sucesos tan lamentables como el presente.

   ¿Se habrán convencido ahora los señores Regidores de cuál es la causa que nos guiaba a todos los escritores taurinos independientes para protestar contra ellos cuando infringían cualquier artículo del Reglamento?

   Por hoy terminamos, pues, ofreciendo empero no dejar pasar en lo sucesivo nada de lo que se relacione con tan sagrado deber.

   ¡Que descanse en paz el alma del finado Timoteo Rodríguez, y elevemos una plegaria por su alma!

   ¡Rogad a Dios por él! ¡Que él ruega también por las almas de esos criminales que lo dejaron abandonado y no quisieron impartirle los servicios de la ciencia!

   ¡Quiera Dios que se ponga el remedio, para que no tenga yo que ocupar las columnas de EL NACIONAL con esta clase de acontecimientos!

Pata Larga.

   Por lo tanto, si no es la primera, sí es una de las primeras denuncias abiertas que quedaron manifestadas en la prensa, como resultado de una notoria negligencia médica, síntoma indicativo del atraso en que se encontraban, por entonces, los primitivos servicios “sanitarios” destinados a salvar la vida de toreros que, como Timoteo Rodríguez, se enfrentaron a un percance, con la consiguiente herida que, más tarde, y como ya se pudo comprobar, causó su muerte, una muerte que se aceleró por ese auténtico abandono al que quedaban expuestos muchos diestros de la época final del siglo XIX.

    Adiós, Timoteo, adiós.


[1] El percance en realidad ocurrió el 10 de marzo de 1895. N. del A.

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