EL FAMOSO JUAN CORONA…

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Don Luis Ruiz Quiroz, en su imprescindible obra: EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS, refiere, en la pág. 91 el siguiente dato:

 29 de marzo.

1858.-El picador Juan Corona sufre grave cornada en la ingle por un toro de Queréndaro.

    Pues bien, intentando buscar todos cuantos datos permitieran corroborar tal efeméride, me encuentro con unos apuntes manuscritos del Dr. Carlos Cuesta Baquero, de los que traigo hasta aquí lo que sigue:

    Después trabajó (Juan) Corona desde 1850 a 1853 en la plaza de San Pablo, estrenada por segunda vez y de allí, la cuadrilla de Bernardo (Gaviño) pasó a trabajar a la plaza de Bucareli (la del Paseo Nuevo. N. del A.), en la que la tarde del 23 de mayo de 1853, sufrió Corona una terrible cogida, por un toro de Queréndaro, cuya asta entró al joven picador por la pierna derecha y atravesando el asta y saliendo la punta de la llave por el hígado. (sic).

   Como consecuencia de tan espantosa herida, Corona, duró enfermo casi un año, siendo durante este tiempo asistido con esmero por el Dr. Mallet.

   Repuesto Corona un tanto y habiendo gastado durante su enfermedad casi todos sus ahorros, tuvo necesidad de trabajar, logrando reunir una suma que, aunque insignificante, fue bastante para que Corona pudiera establecer una zapatería y comprar algunas vacas.

   Corona abandonó por completo el toreo y trabajando sin descanso y después de grandes privaciones con el honrado fruto de sus bastantes desvelos, compró la casa que hoy habita en Jamaica y donde tanto los viajeros notables, como la mayor parte de los mexicanos, hemos podido admirar un curioso museo al que tiene acceso el que lo solicite. 

JUAN CORONA Apunte de Juan Corona incluido en la curiosa edición de Domingo Ibarra: Historia del toreo en México.

    Hasta aquí las notas de Roque Solares Tacubac.

   Por lo tanto, el dato de Ruiz Quiroz no se corresponde con las apreciaciones de Cuesta Baquero, de ahí que sea importante, e imprescindible también el ajuste de aquellos datos que el pasado nos sigue aportando para seguirlo develando en el presente.

   Termino, por ahora, incluyendo los versos que, en 1851 se le dedicaron a este peculiar personaje, mismo que se convirtió en su momento, en auténtica leyenda viviente. 

El valiente Juan Corona

 El valiente Juan Corona

el de la vara de otate,

aunque la fiera lo mate

ha de picarlo sin mona.

 

De San Pablo en este día

la plaza se encuentra en ascuas,

porque se acercan las Pascuas

y el pueblo goce a porfía.

 

La Chole, por vida mía

no esquiva pisar la arena

de sangre toruna llena;

pues por complacer a todos,

ha de jugar de mil modos

con esas fieras, sin pena.

 

Porque su fama lo abona[1]

en el suelo mexicano,

dó se muestra muy ufano

de triunfar siempre de veras.

Y dominar a las fieras

con su brazo soberano.

 

Ha de haber monte Parnaso,

de muchas cosas provisto,

las que jamás habrás visto

aunque las tienes de paso.

 

Cien pantalones de raso

y otras muchas zarandajas,

entre cortantes navajas,

ha de tener en su mano,

para que saque ventajas.

 

El que busque distracción,

en San Pablo la hallará,

y no se arrepentirá

de ocurrir a esta función.

 

Allí no habrá tumultón

ni desorden, ni mal rato

el público hallará grato

cuanto en su obsequio ofrecemos,

pues todo precaveremos

porque haya gusto y no flato.

No es busca de novedades

corras pueblo a otras regiones,

porque las más ocasiones

encontrarás bojedades.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .)

Qué diversión más barata

puede buscar un galán,

para que con poco afán

quiera obsequiar a su chata.

 

La paga no es patarata,

esta vez se ha disminuido,

porque la empresa ha querido

dar muestras de su adhesión,

probando así a la sazón

que os vive reconocido. 

   Así que, ateniéndonos al principio de la precisión, hay que darle certeza y credibilidad al dato aportado por el Dr. Carlos Cuesta Baquero, sirviendo esto, además, para una posible enmienda en las siempre perfectibles efemérides que, como ha sido posible apreciar, siempre tienden a un mejor reacomodo y adecuación.


[1] La de Juan Corona.

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