EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Ahora que la maquinaria de ciertas ferias en el país están echadas a andar con toda su fuerza, la de Texcoco, y próximamente en Aguascalientes, conviene que se haga un balance previo, pero también cuando culminen, para saber en qué medida siguen convertidas en centro de atención de un amplio sector de aficionados, así como de los medios de comunicación, por un lado. Pero también de todo aquel resultado que derive de ellas, por el otro, para entender si los comportamientos tienden a ser los mismos de otros años, o si en verdad se perciben diferencias importantes que dejen ver una mejoría, o también un reciclado de vicios y de abusos que acusen una muy mala señal de que todo podría ir de igual a peor.

   Cuando José Alameda  decía –y no le faltaba razón- aquello de “prefiero la catedral a las capillas”, es porque sus preferencias se decantaban en el privilegio de gozar un espectáculo más formal en las grandes capitales del país y no en los poblados de provincia, donde privaban las informalidades. Ese común denominador ha cambiado con el tiempo, y ahora resulta que en ciertas plazas, consideradas como de primera, se da espectáculo de tercera, mientras que en aquellas otras la buena organización comenzaba viento en popa con la sola y digna presentación del ganado. Lo demás, ya sabemos, viene por añadidura.

   Lamentablemente es hora de que ciertas empresas todavía no tienen claro el hecho de que lo que organizan es un espectáculo taurino, lo cual significa, por encima de todo, ofrecer calidad, y eso está en función del ganado que se adquiere previamente, luego de una rigurosa selección en el campo. Los toreros, en su gran mayoría, junto con sus apoderados deben encontrarse más que dispuestos a ser contratados, siempre y cuando ese procedimiento se lleve a cabo de manera digna (un caso reciente en cierta plaza del estado de Morelos deja ver el enrarecido ambiente en que ha caído la empresa, que en varias ocasiones ha mostrado el cobre, y desde luego, las entradas que se reflejan en tendidos semivacíos). Por tanto, en la medida en que esos empresarios no se empeñen en ofrecer un espectáculo digno, el poder de convocatoria no trascenderá hasta en tanto no se ofrezcan garantías de calidad. A la gente, al aficionado, ya no puede seguírsele engañando.

   Por lo menos, en los últimos 20 o 25 años se tiene un balance poco alentador en ese sentido, lo cual es sumamente preocupante pues ferias van y ferias vienen y sus respectivos balances tienen una pesada carga de mentiras, aún a pesar de que los empresarios ofrecen “las perlas de la virgen”, y terminan trocando todo aquello en collares de bisutería que además cobran a precios que no se corresponden con la realidad. Este panorama nos preocupa porque en el reciente empeño que se viene trabajando para considerar a la tauromaquia como Bien de Interés Cultural (BIC, por sus siglas) o Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI, por sus siglas) con vistas a obtener, de manera integral, y a favor de ocho países del orbe,  la declaratoria que, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se pretende formalizar ante la UNESCO. Y digo que es preocupante, pues si no se hace un intento por entrar dignamente en el concierto de las naciones, sobre todo en unos momentos que, como los que transcurren, en que lo demandante de una calidad está llegando a cimas muy elevadas, estaremos condenados a seguir presenciando un espectáculo menor, sin escrúpulo de ninguna especie, cargado de mentiras, como cierto sector de empresarios sigue en su equivocada idea de seguir pensando que así, las cosas pueden ir “a su aire”. No. Esos tiempos ya pasaron, y eso lo tienen que entender perfectamente. La estructura y organización de una corrida o novillada, de una feria o una temporada es muy compleja. Suponemos que al frente de tal empresa se requiere de profesionales, de gente que conozca a fondo el “tejemaneje” de todas sus circunstancias para poner al servicio de aficionados y público en general un primer resultado que es ofrecer ganado de las mejores procedencias, con la edad y peso reglamentarios, por un lado. Toreros, de a pie y a caballo por el otro, a sabiendas de que estos elementos en su exacta conjunción, han de ser la mezcla exacta de una tarde que, como muchas otras, se pretende inolvidable.

   Hasta hace unos años, este servidor pensaba la posibilidad de que la tauromaquia se sometiera al riesgoso límite de la calidad total, con certificación ISO9000-2000. Sin embargo, poco a poco iba dándome cuenta de que en una puesta en escena tan peculiar como la corrida de toros es imposible aplicar tales rigores, en función de varias condiciones en que su dinámica no lo permite. Pero es en otras aristas donde tales propósitos pueden proceder. Aún así, el peso de los usos y costumbres domina en forma contundente. Lo obvio, lo elemental es que se aplique el reglamento, pero sobre todo que quienes desempeñan funciones de autoridad cumplan a satisfacción con sus obligaciones. Desde hace muchos años, la ausencia de la autoridad de la autoridad se hace notar en forma muy clara en las plazas. O el juez ya se sometió a la empresa, o se pliega a los caprichos de otros tantos intereses lo que deja ver su parcialidad a las claras, quedando el público en condición de desamparo total, y a veces teniendo que aceptar en forma cómplice ciertos fallos que son resultado de un sesgo descarado a la hora en que el propio “juez” vierte su balance desde el palco donde preside el festejo. Con frecuencia, sospechamos que esas decisiones no son suyas, son de la empresa. 

28 de marzo del 2013.

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