Archivo mensual: abril 2013

NOVEDAD DEL PASADO… TAURINO.

MUSEO GALERÍA-TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Novedad del pasado… o volver presente el pasado taurino, y en especial el de México, tiene como objeto traer al presente lo ya ocurrido con objeto de entenderlo y así darnos una idea más clara y precisa sobre la manera en que aquellos sucesos o personajes dejaron huella o lo fueron debido a una influencia externa, aspectos que, en su conjunto deberán analizarse con cuidado muy especial, evitando con ello una mala interpretación.

   Sin embargo, es de llamar la atención que en este 2010, que en breve llegará a su fin, en términos del contexto del Bicentenario el balance relacionado con el toreo en México fue mínimo en actividades y análisis, lo que es de lamentar, ante una riqueza documental, iconográfica e histórica muy abundante. Un espectáculo a la baja como el de los toros refleja hoy día, un alto grado de crisis que a pocos interesa y a muchos les confiere altas posibilidades de arremeter contra él sin misericordia alguna. De ahí que la embestida catalana de agosto pasado dejara sentado un precedente muy particular. Es el principio del fin dijeron unos, tiene los días contados, sentenciaron otros. Tal circunstancia fue en todo caso la muestra condenatoria más delicada que haya recibido la fiesta de toros en muchos años, de ahí que siga siendo urgente el respaldo, pero también el análisis no solo de aficionados o intelectuales. También de las instituciones. Por motivos como el señalado aquí, representa para un servidor la forma de responder con análisis y reflexiones no solo dirigidas al sector de aficionados tradicionales. Me interesa, y mucho, orientar dichos quehaceres hacia el conjunto de generaciones emergentes que cada vez se interesan menos por una expresión de esta naturaleza. La cultura ecológica impartida desde los primeros años de su educación genera en los niños efectos de sensibilidad más congruente con los tiempos que corren, plagados de fenómenos globales como el cambio climático, por ejemplo. De ahí que entre el conjunto de temas que, como fibras sensibles se discuten abiertamente, el de los toros se convierta en uno de los de mayor tensión; o tema incómodo al fin y al cabo. 

 F679

Hace ya 14 años que la Lotería Nacional dedicó un concurso en memoria de Ponciano Díaz.

   El toreo en México no es obra de la casualidad. No es de ayer. Tiene ya casi 500 años entre nosotros, de ahí que sea conveniente una lectura detenida a cada uno de los principales pasajes que lo han constituido. Por eso, en esta ocasión, he decidido centrar mi atención en un importante personaje de finales del siglo XIX. Me refiero a Ponciano Díaz Salinas. Quizá una buena parte de la población actual sepa algo de él porque existen algunas calles que llevan su nombre. Sin embargo estamos ante un personaje, que por sí solo ocupa un capítulo importante en esta revisión.

   Ponciano Díaz viene al mundo el 19 de noviembre de 1856, por lo que bien vale la pena celebrar el 157 aniversario de su nacimiento, mismo que ocurre en la hacienda ganadera de Atenco, enclavada en el Valle de Toluca. Sobre Ponciano se han tejido diversas historias que se tiñen de un romanticismo que raya en la chabacanería, y con eso es preciso terminar, pero también aclarar, evitando en la medida de lo posible que se siga deformando su perfil en tanto ser humano de carne, hueso y espíritu.

   Es cierto que Ponciano se forma en un medio eminentemente rural y allí forja buena parte de lo que significó como charro, conviviendo entre toros y caballos, expresiones que luego trascendería en el espacio urbano. Para 1876 comenzó su andar por plazas, acompañando a sus coterráneos Tomás Hernández “El Brujo”, y sus hijos Felipe y José María Hernández quienes hicieron suyos los consejos del torero español Bernardo Gaviño y Rueda, mismo que con notable frecuencia acudía a seleccionar ganado atenqueño para lidiarlo más tarde en distintas plazas del centro del país.

   El 1º de enero de 1877 nuestro personaje actúa en Santiago Tianguistenco, México como “Capitán de gladiadores”, término que se daba por aquella época al primer espada de una cuadrilla. Dos años más tarde, y en Puebla, Gaviño, le concede el 13 de abril una alternativa apócrifa, por la sencilla razón de que Bernardo no había obtenido ese privilegio en España, habiendo salido de su patria a edad muy temprana. En el libro de mi autoría lo defino así: Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Y es que este personaje ejerció un radio de influencia sin precedentes, ya que se convierte en un auténtico “patriarca” o “mandón” del toreo. Sin embargo, no contaba con alternativa. Pero esto, para él, era lo de menos. Varias generaciones de toreros “aborígenes”, término con el que la prensa de la época definía a los nuestros, abrevaron de la experiencia de aquel “maestro” quien influyó no sólo entre la gente de coleta. También se codeó lo mismo con presidentes de la república que con el pueblo llano. Tales circunstancias, permitieron a Gaviño el control absoluto de la tauromaquia en México de mediados del siglo XIX, y entendió que con el ganado de Atenco tenía garantizada la construcción de un “imperio” que luego devino “dictadura” pues imponía, fijaba línea, levantaba o tiraba muros, habiendo momentos en que su decisión estaba por encima de todo.

   El Bernardo Gaviño que he estudiado por muchos años, fue un torero que, según el rastreo de todas sus actuaciones, alcanza las 725 no sólo en nuestro país. También en Uruguay, Cuba, Venezuela y Perú, y aunque haya algunos autores que no le den la importancia que merece, todos esos años por ruedos nacionales y extranjeros significan no una casualidad. Sí un hecho concreto de realidades para entenderlo como una gran figura que legó, en este caso a nuestra tauromaquia los cimientos elementales que permitieron la adquisición de un espíritu que, en sus manos no podía ser ni nacionalista ni tampoco hispano, y menos en unos momentos de definición para el nuevo país que empezaba a ser México. En todo caso se puso en práctica un nuevo mestizaje taurino, cuya puesta en escena fue un in crescendo fascinante tarde a tarde. Gaviño además, fomenta un espectáculo de ricos matices parataurinos cuya concepción va de la lidia convencional de varios toros, pasando por agregados como mojigangas, jaripeos, manganeos, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos de artificio… y todo en una misma función. Esto se repitió intermitentemente hasta el punto de que aquellos pasajes se desgastaron tanto que ya no fue posible mantenerlos porque llegó el momento en que el gaditano envejeció y ya no pudo mantener su imperio. Una colateral importante en su periplo fue el torero atenqueño Ponciano Díaz.

   Recuperado el hilo de la conversación en Ponciano Díaz, debo mencionar que tuvo el privilegio de ser poseedor de una summa del toreo, misma razón que sirvió para que su fama escalara unos niveles sin precedentes, hasta convertirlo en ídolo popular. La anécdota que a continuación se incluye, es el mejor ejemplo de aquella circunstancia.

   En los días de mayor auge del lidiador aborigen, el sabio doctor don Porfirio Parra decía a Luis G. Urbina, el poeta, entonces mozo, que se asomaba al balcón de la poesía con un opusculito de “Versos” que le prologaba Justo Sierra:

 -Convéncete, hay en México dos Porfirios extraordinarios: el Presidente y yo. Al presidente le hacen más caso que a mí. Es natural. Pero tengo mi desquite. Y es que también hay dos estupendos Díaz -Ponciano y don Porfirio-: nuestro pueblo aplaude, admira más a Ponciano que a don Porfirio.

 Y aquí una curiosa interpretación:

 En aquellos felices tiempos, comenta Manuel Leal, con esa socarronería monástica que le conocemos, había tres cosas indiscutibles: La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apam…

    Su fama sube como la espuma del mar y como gran personaje le dedican versos, corridos; su figura queda registrada en grabados, cromolitografías. Lo cantan en marchas y zarzuelas. El 15 de enero de 1888, al inaugurar su plaza, la de “Bucareli”, tal ocasión se convirtió en un festejo inenarrable, ya que, entre otras cosas, su pecho fue cruzado por bandas tricolores, y su cabeza coronada por laureles. De los cielos descendió Joaquín de la Cantolla y Rico, y al bajar de la canastilla, este “poncianista furibundo” le dio un fuerte abrazo. Y Ponciano, tanto a pie como a caballo hizo las delicias esa tarde, como ocurriría en muchas otras jornadas. El 17 de octubre de 1889 y en la plaza de Madrid, recibió la alternativa de Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita”. Pero tal fecha parece haberse convertido en el parteaguas de su destino. Y es que Ponciano habiendo sido el pendón del nacionalismo taurino por varios años, hasta antes de la alternativa, por el sólo hecho de recibirla en España, tal circunstancia representó para él, pero sobre todo para la afición incondicional, el momento de la traición. Así que regresar a México y volver a torear ya no fue lo mismo. La afición le dio la espalda y Ponciano tuvo que refugiarse en provincia con afanes de recuperar viejas glorias. Pero ya nada fue igual. A este acontecimiento debe sumarse el hecho de que se convierte en empresario, y buen empresario para eso de los dineros, pero malo, muy malo para eso de los resultados en el ruedo. Adquiere ganado de dudosa procedencia y su plaza, la de “Bucareli” fue blanco de la furia popular en más de una ocasión. Pero allí no para todo. Al “torero con bigotes” le dio por la bebida y al morir, el 15 de abril de 1899, precisamente de cirrosis hepática muere también el último reducto de aquellas manifestaciones híbridas, tanto a pie como a caballo de las que fue particular exponente, y guerrero en más de cien batallas frente a un ya bien consolidado ejército que detentaba el capítulo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, al parecer su máximo enemigo. Como dato curioso Debo agregar que en otra investigación de mi autoría denominada: Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI, trabajo que, en forma paralela realicé junto al de la hacienda de Atenco y a la biografía de Bernardo Gaviño y Rueda, concluyo que de las 713 actuaciones contabilizadas hasta este momento, Ponciano Díaz se enfrentó en 78 ocasiones a toros de Atenco, datos por demás interesantes, y que nos dan una idea de la dimensión adquirida por este personaje, a quien se le prodigaron decenas de versos como los que a continuación reproduzco y que se publicaron en 1887: 

DÍSTICOS.

 Eres humilde artista mexicano

Cual fue valiente Cuauhtemoc, tu hermano.

 

México bate palmas glorificando a su hijo,

Que eclipsa los laureles del bravo Lagartijo.

Ni Cara-ancha, ni el Gallo, ni Espartero

Te superan a ti como torero.

 

Héroe en la plaza, simpático al lidiar

Eres perfecto amigo, un ángel en tu hogar.

 

Brilla en tu frente la audacia y el valor

Nadie te iguala, sereno matador.

 

No hay más allá, ni más certera mano

Al matar, que la diestra de Ponciano.

 

Viva siempre el diestro mexicano

Emulo digno del torero hispano.

 

Te aplaudimos contentos, placenteros,

Orgullo de tu patria, rey de los toreros.

 

Es tu gloria escuchar al mexicano

Entusiasta gritar: ¡¡Ahora Ponciano!!

 

En el valiente suelo mexicano

Nació para la lid el gran Ponciano.

                                            Anónimo.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   ¿Qué son los toros, como espectáculo sino una gran lección de vida, enfrentada con la muerte, habiendo de por medio toda una simbología, una puesta en escena de significados y circunstancias rituales los que, aún en nuestro tiempo y con la multiplicidad de sus sociedades en franca convivencia con la modernidad, les resulta difícil a muchas de ellas entender toda esa carga de elementos que provienen del pasado?

   ¿Qué, la presencia de un toro en el ruedo como tótem vinculado a una expresión que lleva bajo sus hombros anacronismos fuertemente revestidos de elementos estéticos o técnicos que le dan, por consecuencia su verdadera dimensión, la realidad concreta a la que se somete su enigmática representación?

   Dos preguntas, sólo dos que pueden ser motivo de hondas justificaciones, nos llevan hoy a reflexionar en medio de esta larga tribulación, la que enfrenta la tauromaquia en un conflicto que no es nuevo para ella, que surge desde el momento en que ciertos elementos de las sociedades discrepan con los significados de su representación y la cuestionan, en el entendido de que no se corresponde con su manera de ser o de pensar, pero que pervive en medio de incómodas desavenencias por el solo hecho de ser resultado de viejas prácticas, que pueden remontarse al momento mismo en que el hombre ya integrado en sociedad, incluyó en sus formas de ser o de pensar, la de un culto, ligado eminentemente a ciclos agrícolas, lo que significaba destinar entre otros elementos, ciertas razas animales para una consagración específica que significaba, y sigue significando la mejor forma de ofrendar con la sangre y con la vida lo que podía ser la consolidación de profundas aspiraciones por darle certeza al hecho de que el ciclo agrícola en cuanto tal se diese en las condiciones previstas desde el culto mismo.

   Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética, también consubstanciales al espectáculo, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

   La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

   Bajo los efectos de la moral, de “su” moral, ciertos grupos o colectivos que no comparten ideas u opiniones con respecto a lo que se convierte en blanco de crítica o cuestionamiento, imponen el extremismo en cualquiera de sus expresiones. Allí está la segregación racial y social. Ahí el odio por homofobia,[1] biofobia,[2] por lesfobia[3] o por transfobia[4]. Ahí el rechazo rotundo por las corridas de toros, abanderado por abolicionistas que al amparo de una sensibilidad ecológica pro-animalista, han impuesto como referencia de sus movimientos la moral hacia los animales. Ellos dicen que las corridas son formas de sadismo colectivo, anticuado y fanático que disfruta con el sufrimiento de seres inocentes.

   En este campo de batalla se aprecia otro enfrentamiento: el de la modernidad frente a la raigambre que un conjunto de tradiciones, hábitos, usos y costumbres han venido a sumarse en las formas de ser y de pensar en muchas sociedades. En esa complejidad social, cultural o histórica, los toros como espectáculo se integraron a nuestra cultura. Y hoy, la modernidad declara como inmoral e impropio ese espectáculo. Fernando Savater ha escrito en Tauroética: “…las comparaciones derogatorias de que se sirven los antitaurinos (…) es homologar a los toros con los humanos o con seres divinos [con lo que se modifica] la consideración habitual de la animalidad”.[5]

   Es cierto que desde épocas remotas, el toreo ha sido cuestionado y puesto en el banquillo de los acusados debido a la fuerte carga de elementos que posee en términos de lo que los contrarios califican como “crueldad”, “tormento” o “barbarie”. En todo caso, nosotros, los taurinos, entendemos el significado de este espectáculo como una ceremonia en la que ocurre un “acto de sacrificio”; o más aún: “inmolación” u “holocausto”, que devienen sacrificio y muerte del toro. Todo ello, independientemente de las otras connotaciones que suelen aplicársele al toreo, ya sea por el hecho de que pueda considerarse un arte, e incluso deporte.

   Sacrificio y muerte que, por otro lado cumple con aspectos de un ritual inveterado, que se ha perdido en el devenir de los siglos, pero que se asocia directamente con hábitos establecidos por el hombre en edades que se remontan varios miles de años atrás. Esa forma de convivencia devino culto, y el culto es una expresión que se aglutinó más tarde en aspectos de la vida cotidiana de otras tantas sociedades ligadas a los ciclos agrícolas, a la creación o formación de diversas formas religiosas que, en el fondo de su creencia fijaban el sacrificio, el derramamiento de sangre o se materializaba la crueldad, término que proviene del latín crúor y que significa “sangre derramada”. Y esa sangre derramada se entendió como una forma de demostrar que se estaba al servicio de dioses o entes cuya dimensión iba más allá de la de cualquier mortal. Eso ocurrió lo mismo en culturas como la egipcia, la mesopotámica, la griega, la romana, e incluso las prehispánicas que todos aquí conocemos. Precisamente durante dicho periodo, las formas de control y dominio incluyeron prácticas de sacrificio aplicada a todos aquellos guerreros que eran tomados como prisioneros por los grupos en conflicto. Muchos de ellos terminaban en la piedra de los sacrificios, mientras el sacerdote abría su pecho extrayendo el corazón del “condenado”.

   Considero que si debemos empezar a entender porqué un espectáculo tan anacrónico como es el de los toros convive en este ya avanzado siglo XXI, lleno de modernidad, confort, globalización y demás circunstancias, es porque ha trascendido las más difíciles barreras y pervive porque diversas sociedades lo aceptan, lo hacen suyo y por ende, se conserva porque no sólo es un espectáculo más. Es rito, práctica social, acto festivo que ha logrado recrearse en miles, en cientos de años hasta ser lo que hoy día conocemos de él. También habría que valorar que cuando se maneja el concepto de la “recreación” este significa cambio, transformación, interpretación y renovación. Eso ha sido también la tauromaquia que, al llegar de España inmediatamente después de la conquista (a partir de 1521) se estableció como un espectáculo el que, al cabo de los años se amalgamó, pasó por un proceso de mestizaje que lleva la carga espiritual de uno y otro pueblo. No es casual que al paso de los casi cinco siglos de convivir entre nosotros, se consolidara la tauromaquia como cultura popular lo mismo en el ámbito rural que en el urbano. todo eso, hoy sigue vigente.

   Entre muchas, tres son las herencias que quedaron de 300 años de dominio español en México: la burocracia de Felipe II, la religión católica y las corridas de toros. Herencias buenas o malas, no se trata aquí de aplicar un juicio sumario cargado de maniqueísmos o prejuicios, sino volver a entender cómo esos valores permearon, penetraron hasta la entraña de nuestro pueblo al grado de que perviven esas “herencias” por lo que para el próximo de los domingos en que se tenga prevista una corrida de toros más, ésta se sumará al largo historial de profundas tradiciones generadas desde esa fuente secular que todos conocemos como la fiesta de toros, la corrida de toros o simplemente como tauromaquia.

   Creo que estamos dispuestos a defender ese patrimonio vulnerable, hoy día sometido a diversos riesgos. Si no realizamos las acciones pertinentes lamentaremos profundamente su desaparición.

   Empeñados en defender un anacronismo en el presente, nos olvidamos del futuro. Y es que en estos tiempos de modernidad galopante, que lo mismo nos vemos afectados o beneficiados por la globalización que por el cambio climático o la hiperindustrialización que pronto nos pondrá ante una nueva generación de elementos donde la nanotecnología se moverá a sus anchas, la fiesta de los toros debe seguir vigente. Por eso, entre todo ese maremágnum de condiciones a que nos vemos sujetos, es preciso aclarar que también existen las corridas de toros. Y ese existir es como la supervivencia de un pasado que convive, se dirá que un poco incómodo con nuestro presente. Quienes nos hemos comprometido a la conservación, preservación y difusión de la fiesta de los toros, absolutamente convencidos de lo que hacemos y decimos, planteamos además que se trata de un espectáculo, una diversión, pero también de un ritual que pervive en apenas ocho países que por fortuna lo hacen suyo.

   No cabe pensar aquí más que de una manera en la cual se requiere información práctica para confirmar la fe de los creyentes y atraer a todos aquellos que, en principio tienen curiosidad e incluso, sienten animadversión por un misterioso fenómeno que posee la vigorosa razón del enfrentamiento de un ser racional con un animal. Y más aún. Ya dominado el toro se produce un espectacular como traumático desenlace que ocurre con el sacrificio y muerte de ese mismo animal.

   Este ritual sujeto a una fuerte carga de elementos simbólicos se desarrolla además, matizado de razones técnicas y estéticas que le otorgan significado peculiar. Pero, y aquí la pregunta: frente a todas las embestidas que ahora se producen contra los toros, ¿tiene este espectáculo garantías de pervivencia por el resto de los tiempos?

   Ahora bien, me valgo de algunas opiniones que provienen precisamente de un libro que no es de toros. Se trata de la novela El último encuentro[6], escrita por Sándor Márai. La distancia de 41 años hace que se recupere en términos no muy gratos la profunda amistad de tres personajes esenciales, dos militares y una tercera, ausente, pero que influyó en buena medida sobre el destino de aquellos dos jóvenes que construyeron unos lazos entrañables los cuales, por azares del destino se dispersaron misteriosamente. No contaré la historia de un maravilloso trabajo. Los invito a que hagan la gozosa lectura.

   Avanzada su lectura, encontré varias razones que explican algunos aspectos en los cuales hoy se encuentra muy activa la polémica, más en contra que a favor de los toros, pero que los elementos allí tratados, sirven para justificar muchos de los significados del espectáculo.

   Nos dice Márai que reunidos Konrád y su esposa Kirsztina en Egipto, donde pasaban su luna de miel, fueron alojados en la casa de una familia árabe. En cierto momento, al llegar unas visitas “todos hombres, señores con sus criados” el ambiente de aquel hogar cambió radicalmente.

   Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó un cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar… Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista… Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre… según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar un arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber (afirma Konrád). El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno del fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar. Es extraño, pero en húngaro, estas dos palabras, matanza y besos, ölés y ólelés, son parecidas y tienen la misma raíz…

   Ahora bien, sorprende una afirmación que Konrád, en la pluma de Márai, plantea la visión que me parece no es de rechazo, sino de clara comprensión del hecho presenciado que analiza en estos términos:

    Somos occidentales, o por lo menos llegados hasta aquí e instalados. Para nosotros, matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral. Nosotros también matamos, pero lo hacemos de una forma más complicada; matamos según prescribe y permite la ley. Matamos en nombre de elevados ideales y en defensa de preciados bienes, matamos para salvaguardar el orden de la convivencia humana. No se puede matar de otra manera. Somos cristianos, poseemos sentimiento de culpa, hemos sido educados en la cultura occidental. Nuestra historia, antigua y reciente, está llena de matanzas colectivas, pero bajamos la voz y la cabeza, y hablamos de ello con sermones y con reprimendas, no podemos evitarlo, éste es el papel que nos toca desempeñar. Además está la caza y sólo la caza. En las cacerías también respetamos ciertas leyes caballerescas y prácticas, respetamos a los animales salvajes, hasta donde lo exijan las costumbres del lugar, pero la caza [como los toros] sigue siendo un sacrificio, o sea, el vestigio deformado y ritual de un acto religioso ancestral, de un acto primigenio de la era del nacimiento de los humanos. Porque no es verdad que el cazador mate para obtener su presa. Nunca se ha matado solamente por eso, ni siquiera en los tiempos del hombre primitivo, aunque éste se alimentara exclusivamente de lo que cazaba. A la caza la acompañaba siempre un ritual tribal y religioso. El buen cazador era siempre el primer hombre de la tribu, una especie de sacerdote. Claro, todo esto perdió fuerza con el paso del tiempo. Sin embargo, quedaron los rituales, aunque debilitados.

    Finalmente, y para el propósito de esta recomendación que ya se ve, trae bastante sustancia para la reflexión, aparece un importante párrafo que amplía los significados de la caza, como sigue:

 Los pájaros se ponen a cantar, un cervatillo corre por el sendero, lejos, a unos trescientos pasos de distancia, y tú te escondes entre los arbustos y pones allí toda tu atención. Has traído el perro, no puede perseguir al venado… el animal se detiene, no ve, no huele nada, porque el viento viene de frente, pero sabe que su final está cerca; levanta la cabeza, vuelve el cuello tierno, su cuerpo se tensa, se mantiene así durante algunos segundos, en una postura magnífica, delante de ti, como paralizado, como el hombre que se queda inmóvil ante su destino, impasible, sabiendo que el destino no es casualidad ni accidente, sino el resultado natural de unos acontecimientos encadenados, imprevisibles y difícilmente inteligibles. En ese instante lamentas no haber traído tu mejor arma de fuego. Tú también te detienes en medio de los arbustos, te paralizas, tú también, el cazador. Sientes en tus manos un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, la pasión más fuerte, un impulso que no es ni bueno ni malo, el impulso secreto, el más poderoso de todos; ser más fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa.

    Hasta aquí con estas consideraciones que permiten un fiel de la balanza para entender cómo, desde una visión ajena, que no necesariamente se acerca a explicar lo soterrado del toreo, nos lo aclara a partir de estos pasajes que a mí me han parecido claves en esta obra para traerlos hasta aquí, ponerlos a la consideración de los lectores para que ustedes también puedan realizar el mismo ejercicio de análisis. No importa si son aficionados a los toros o contrarios a este espectáculo. Me permito sugerir que se trata de poner en práctica algo tan sencillo que se llama “sentido común” de las cosas, para tratar de entender lo que ha sido el papel de la humanidad desde los tiempos más primitivos en el que el hombre, ya consciente de sus actos, con el raciocinio de por medio, comenzó a definir el destino de lo que hoy somos. Y el hombre, enfrentado a sus necesidades tuvo que desarrollar y practicar la caza con el objeto preciso de la “disposición para matar” (“la disposición a la muerte” que decía José Alameda). Por eso tuvo que matar, y no para cometer un acto indebido, sino para materializar el “sentido sagrado y simbólico de matar” –como ocurre entre los hombres de Oriente-, mientras que para el hombre occidental “matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral”. Entramos pues en un territorio que otras culturas han cuestionado en uno u otro sentido, lo que ha provocado una polarización o deformación del significado original que ha producido las reacciones encontradas de nuestros días.

   Me parece que la oportuna lectura de Sándor Márai viene en un buen momento para mostrar razones y no desvaríos o simples impulsos pasionales e irracionales que no siempre traen por consecuencia buenos resultados. Es preciso que usted, lector, traslade las circunstancias relatadas en El último encuentro y las deposite en el ámbito taurino. Encontrará semejanzas representativas que no son ajenas al texto de nuestro autor. Enfrentadas dos sociedades, pero también integradas en el devenir que la humanidad ha mostrado en el curso de muchos años, permite entender que el entrecruzamiento cultural habido siglos atrás, nos deja ver el múltiple mestizaje que hoy somos como sociedades modernas. No hacerlo nos condena a vivir ajenos a esa circunstancia.

25 de abril de 2013.


[1] Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

[2] Rechazo a los bisexuales, a la homosexualidad o a las personas bisexuales respectivamente.

[3] Fobia a las lesbianas.

[4] Odio a los transexuales.

[5] Fernando Savater: Tauroética. Madrid, Ediciones Turpial, S.A., 2011, 91 p. (Colección Mirador)., p. 18.

[6] Sándor Márai: El último encuentro. Barcelona, 2ª edición. Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A., 2010. 187 p. (Letras de Bolsillo, 97), p. 110-114.

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PRESENTACIÓN DEL GANADO DE ATENCO EN EL EXTRANJERO.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Como un recurso indispensable para la construcción o reconstrucción del pasado, debe uno apoyarse en obras como la que, en 2006 nos legó el Lic. Luis Ruiz Quiroz. Me refiero a  EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS_LRQ

    En la pág. 111 refiere que el 25 de abril de 1897 la ganadería de Atenco lidia en La Habana su primer corrida en el extranjero que torea Juan Jiménez El Ecijano.

   Pues bien, en el anexo de uno de mis trabajos más ambiciosos: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 16: “ATENCO: LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS MÁS IMPORTANTE DEL SIGLO XIX. ESPLENDOR Y PERMANENCIA”, pude fijar esta serie de datos que, por otro lado, aunque coinciden, no son los primeros. Veamos.

 1895: CORRIDA VERIFICADA EN LA EXPOSICIÓN DE ATLANTA, ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA. 2, 3, 4, 5, 6 y 7 de diciembre.

 Las corridas entre los primos.

Programa curioso.

    El Sr. Manuel Caballero y su famosa cuadrilla, provista con elegantes y vistoros trajes, bien enjaezados caballos, etc.

   Nombres de la cuadrilla.-Matador, Manuel Caballero.-Banderilleros: Rafael Muñoz, Mochilón, Margarito de la Rosa, Miguel Bello, Enrique Gabardón.-Picadores y Lazadores: Crescencio Rodríguez, Amado de la Vega.

   Bravos, salvajes y feroces toros, han sido importados a todo costo de los famosos ranchos de Cruces y Atenco, cerca de la ciudad de México.

   (. . . . . . . . .)

   Aseguren sus billetes en los siguientes puntos: Hotel Aragón, Hotel Alcázar, Tienda de Cigarros de Harry Silverman y en la Plaza de toros.

   Entrada: 50 centavos.-Asientos reservados 75 centavos.[1]

    Algunos datos más de los encierros de Atenco lidiados en el extranjero.

 1897: PLAZA DE TOROS “CARLOS III”, LA HABANA, CUBA.-Domingo 25 de abril. Por primera vez se lidiaron toros mexicanos en el extranjero y fueron 2 de Atenco que estoqueó Juan Jiménez “El Ecijano”. Esta afirmación corresponde a Heriberto Lanfranchi.[2]

 1898: PLAZA DE TOROS DE REGLA, LA HABANA, CUBA. 30 de enero. Existe el registro en verso de la corrida.

PLAZA DE TOROS DE LA HABANA, CUBA. El Toreo, Madrid, del 28 de febrero de 1898, p. 4, aparece el siguiente e interesante dato:

    Habana.-De la corrida que se celebró el día 20 del actual se nos comunica por cablegrama el siguiente dato:

   “Se lidiaron tres toros de Miura y tres de Atenco, que no dieron buenos resultados.

   La corrida fue organizada por la colonia vasco-navarra.

   “Mazzantini, que mató los seis toros, logró cumplir. (En realidad, alternó con él José Centeno).

   “Al quinto lo banderilleó, siendo muy aplaudido”.

 1907: PLAZA DE TOROS EN GUATEMALA. En El Toreo, Madrid, del 25 de febrero de 1907, p. 4, aparece la interesante nota que a continuación reproduzco:

 Guatemala 17 de febrero.

   Los toros de Atenco (4) fueron buenos y despenaron seis caballos.

   “Saleri” lanceó muy bien de capa los cuatro toros, escuchando palmas.

   A dos de ellos les puso banderillas al quiebro, siendo ovacionado.

   Y, por último, mató los cuatro bichos con tanta habilidad, que el público le sacó de la plaza en hombros, hasta dejarlo en el carruaje que le había de conducir al hotel.

    Por cierto, el índice de la obra a la cual me refería al principio de estas notas, es como sigue:

 INTRODUCCIÓN

 CAPÍTULO I

LA HACIENDA GANADERA DE ATENCO.

 ORÍGENES DE LA HACIENDA DE ATENCO Y DE LA GANADERÍA EN MÉXICO.

Su ubicación geográfica y población.

Encomienda.

Los Gutiérrez Altamirano y su descendencia.

Desarrollo y actividades al interior de la ganadería de toros bravos de Atenco.

Ganados que se establecieron en la Nueva España.

La tesis de Nicolás Rangel

Agricultura y ganadería de 1821 a 1900.

Conclusiones.

 CAPÍTULO II

ALGUNOS ASPECTOS DEL ESPECTÁCULO TAURINO EN EL MÉXICO DEL XIX.

a)El toreo antes y después de la independencia.

b)El toreo a partir de “su” Independencia.

c)Otras manifestaciones del espectáculo.

d)La presencia de Atenco: aliento fundamental en la fiesta taurina decimonónica.

e)Conclusiones.

 CAPÍTULO III

ESPLENDOR Y PERMANENCIA DE ATENCO, BAJO LA INFLUENCIA DE BERNARDO GAVIÑO.

a)Esplendor y permanencia en Atenco: 1815-1900.

Volumen, método y eficacia: tres instrumentos que calibran la dimensión de esta hacienda en cuanto a ganado bravo se refiere.

b)Bernardo Gaviño: Influencia definitiva.

c)Los aspectos cualitativos y cuantitativos que garantizaron la presencia de esta hacienda en el espectáculo taurino durante el siglo XIX.

d)Conclusiones.

 CAPÍTULO IV:

a)Criterios para la selección del ganado. La crianza: nueva palabra en las tareas campiranas.

b)Diestros influyentes en la selección del ganado atenqueño.

c)El toro español y su influencia en Atenco.

d)Surgimiento de una ganadería “profesional” bajo el control de la familia Barbabosa a fines del siglo XIX.

e)Cambios y perspectivas para la ganadería de Atenco en el siglo XIX.

f)Conclusiones generales.

 BIBLIOGRAFÍA

 ANEXOS

 Anexo Nº 1: Archivos y colecciones particulares. Biblioteca Nacional (Fondo Reservado). Fondo: Condes Santiago de Calimaya.

Anexo Nº 2:

1.-documentos proporcionados por el Sr. Jaime Infante Azamar.

2.-datos sobre la última etapa de control de la familia Cervantes en sus principales propiedades.

3.-datos sobre la “cerca” o el “cercado” que se levantó en Atenco a mediados del siglo XVI.

4.-algunas ideas e imágenes sobre los latifundios en México.

Anexo Nº 3: Semblanza de San Diego de los Padres y entrevistas.

Anexo Nº 4: Glosario de términos especializados.

Anexo Nº 5: Sección de imágenes, cuadros y gráficas.

Anexo Nº 6: Apuntes anecdóticos de Juan Corona, picador en la cuadrilla de Bernardo Gaviño cuando este se asomaba a la gloria.

Anexo Nº 7: Las primeras lecturas llegadas a México desde España. La irrupción de la prensa taurina. Otras tauromaquias reeditadas en México. Domingo Ibarra. El centro taurino “Espada Pedro Romero”, las obras de Rafael Medina.

Anexo Nº 8: Participación del ganado bravo de Atenco durante el siglo XIX Mexicano (de 1815 a 1915).

    De este último anexo proceden los datos que ahora comparto, cuyo balance final que resultó complicado debido al hecho de que al cubrir un siglo exacto, era necesario justificar cada uno de los 1155 datos arrojados. De ello planteo las conclusiones así:

   Al concluir este extenso trabajo, la sensación que queda al respecto, es la de considerar a la hacienda de Atenco como una de las unidades de producción, agrícolas y ganaderas más importantes en el curso del siglo XIX en este país. Tal cantidad de encierros que corresponde al número de 1155 deja claro el nivel de importancia, pero sobre todo de capacidad en cuanto al hecho de que, al margen de los tiempos que corrieron, y de las diversas circunstancias que ocurrieron a lo largo de esa centuria, sea porque se hayan presentado tiempos favorables o desfavorables; ese espacio fue capaz de enfrentar condiciones previstas o imprevistas también.

   Por tanto, y aquí concluyo, es bueno destacar lo significativo del asunto. No estamos ante una casualidad. En todo caso, Atenco se convirtió en toda una realidad y con todo el recuento logrado de manera puntual y a detalle, queda más que comprobada su hegemonía y trascendencia.

TOROS DE ATENCO

Revista El Toreo, año III Nº 78, del 17 de noviembre de 1920, p. 2 a.


[1] El Toreo. Semanario ilustrado. Año I, México, Diciembre 16 de 1895, Nº 5, p. 3.

[2] Heriberto Lanfranchi: Historia del toro bravo mexicano. México, Asociación Nacional de criadores de toros de lidia, 1983. 352 p. ils., grabs., p. 43.

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EL CHARRO: SELLO NETAMENTE NACIONAL, PERFIL QUE SE DEFINE EN EL CAMPO Y PRESENCIA DEL “NARCISO MEXICANO” EN LA PLAZA.

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

     Durante la corrida celebrada el domingo 7 de noviembre de 1993 sucedieron dos hechos que llamaron poderosamente mi atención: Una de ellas durante el paseíllo. La otra, con un personaje de la pintura.

   Si ustedes recuerdan, se unieron en un momento determinado y encabezando el desfile de las cuadrillas tres hombres de a caballo que, sin tener un papel protagónico tanto el alguacil como el charro, sí lo tuvo en esa tarde desafortunada el rejoneador, ajuareado a la usanza portuguesa. Claro, en épocas remotas el alguacil, fuerza pública que intervenía desde el reinado de Felipe IV para reprimir o controlar movilizaciones públicas tumultuarias en la plaza mayor, fue acomodándose al cabo del tiempo en una fiesta que ya ordenada los reclamaba como figura simbólica; ya no de control. Aunque todavía en España, a fines del siglo pasado y comienzos de este, se les indicaba un grado de autoridad haciendo las veces de un actual juez de callejón.

   El charro, de sello netamente nacional, perfil que se define en el campo, sigue su ascenso con la presencia de Ponciano Díaz y continúa en manos de personajes que no soslayan su quehacer torero con el de las tareas de pialar y manganear o de poner banderillas desde el caballo. Así, el mejor ejemplo de todo ello sigue siéndolo el torero charro de Atenco.

   ¡Ora Ponciano! 

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José Luis Cuevas. SINAFO_31302

    El segundo hecho que me atrajo fue la presencia del “Narciso mexicano” en la plaza. El asunto de que un pintor acuda a los toros no es ningún acontecimiento notable, puesto que los vemos como aficionados comunes que somos todos en el tendido, receptor este de la democracia sin más. Pero el hecho de que José Luis Cuevas fuera invitado para acompañar los comentarios por televisión ese domingo 7 de noviembre mueve a diversidad de anotaciones.

   Por estos días de abril de 2013, el nombre del artista se ha visto envuelto en una desagradable circunstancia que va de enterarnos, lamentablemente de un mermado estado de salud a la polémica sostenida entre varios integrantes de su familia.

   Goya, Picasso, Ruano Llópis. Casimiro Castro, Rugendas, Orozco, Rivera y ahora, Cuevas. Discutido como artista y personaje juntos.

   “¡José Luis Cuevas ese toro pinta como usted: de la *&Ç!”, fue el grito expresivo se le envió desde las alturas, como puyazo artero luego de comparar su arte con un toro de pésima lidia que le correspondió al rejoneador. Grito vox populi. Sin embargo, el artista, eje de la ruptura con el muralismo y punta de lanza en el arte pictórico de hoy no escapa a la crítica ni a las envidias. Su protagonismo intelectual en medio de posmodernismos y “performances”, pero sobre todo, en medio de marcada pobreza intelectual, escala alturas que muy pocos ascienden y logran mantener. Ni hablar. Es como de pronto recordar el capítulo de los “mandones” en el toreo, para depositarlo en figura tan connotada del medio intelectual. 

 MANOLO MARTÍNEZ_ESTO_18.11.1975

Manolo Martínez en una de sus evocadoras actuaciones. ESTO, 18 de noviembre de 1975. Col. Roberto Mendoza Torres.

    Por cierto, para eso de los “mandones” nada mejor que andar a la caza del excelente libro de nuestro buen amigo Guillermo H. Cantú y que recomendamos. Se trata de: Manolo Martínez, un demonio de pasión. México, Diana, 1990. 437 pp. ils.

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¿TODO TIEMPO PASADO, FUE MEJOR?

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

¿TODO TIEMPO PASADO, FUE MEJOR? VISIONES AL ALIMÓN CON MIGUEL ESPINOSA “ARMILLITA”.

 NOTA: Traigo hasta aquí el presente texto que escribí hace 18 años y que, por razones de contenido parece no haber perdido actualidad. Léanlo, se los recomiendo.

    De este y del otro lado del mar, la fiesta de toros, amén de ser un espectáculo ponderado por cuanto significa para las culturas de ambos continentes, es un fenómeno que alcanza ya los niveles de un acercamiento sin precedentes, por parte de los medios masivos de comunicación como hacía mucho no se registraba. Vivimos una época favorecida -quizás en exceso- por la prensa escrita, radio y televisión, cada una proyectándose en sus distintas modalidades. Hablemos un poco de esa prensa cuya presencia ha fomentado la presencia de nuevos esquemas de difusión, traducidos en revistas de vanguardia, con un formato interesante, atractivo y con la presencia de plumas que están en el candelero o las de otros autores quienes, además, ven publicados sus trabajos en forma de folletos o libros, los más de ellos en esas presentaciones artesanales o de corte francamente económico bajo tirajes limitados.

   Es satisfactorio que ocurran estos hechos, pues ello demuestra que ha quedado atrás un anquilosado sistema, siempre sostenido por un pequeño grupo hegemónico que además de no permitir fácilmente el acceso a la frescura de ideas nuevas, se aferraba a ser el eje del poder, dominante en todo momento; a riesgo de ser siempre los mismos y de atraer, también, a ese grupo de aficionados, cuya doctrina aprendida y aprehendida caía en el peligroso pantano de los lugares comunes.

   Las condiciones en que se desarrollaba la fiesta hasta hace unos años reflejaban un comportamiento feudal: poderoso, pero dominando un territorio que se autoabastece, puesto que todo lo que produce el feudo se consume allí mismo y no existe, en consecuencia un intercambio. Como consecuencia, corre el riesgo de marginarse en sí mismo. Por eso, la llegada de vientos nuevos comienza a purificar el sentido y concepto del espectáculo en su conjunto. Así, uno de los argumentos de siempre solicitados es aquel que sentencia: se siguen lidiando toros chicos, por lo que, para justificar tamaña expresión, surge aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Es lícito pensar que en la historia del toreo se han lidiado toros chicos y toros grandes también. Cuando escuchamos la expresión de que “todo tiempo pasado fue mejor” es porque algo tuvo la fiesta para significar tanto o definitivamente había mejores toreros y toros hechos y derechos.

   Saber que con esta frase, Jorge Manrique solo recordaba a su padre muerto y parece ser, nunca buscó o intentó darle otra intención a su ya inmortal verso.

   Los toros como espectáculo, al cabo del tiempo se transforman pero el mito del toro y su presencia gozan de privilegios especiales.

   Durante el esplendor de “Lagartijo” y “Frascuelo” se opinaba del toro pequeño. Arreciaron las críticas cuando el “Guerra” era el amo y con “Joselito” y Belmonte, los públicos ciegos de pasión, los expulsaron de más de alguna plaza por lidiar pequeñeces. Así ocurrió  la víspera de morir José en Talavera de la Reina en la guadaña de BAILAOR, otro toro chico, aunque se afirma que José acudió a Talavera al comprometerse con Gregorio Corrochano, oriundo de aquella provincia para torear en una plaza que años antes había sido inaugurada por su padre Fernando “El Gallo”.

   Los tiempos continuaron y antes de la guerra civil española se lidió el toro en toda su plenitud y toda su expresión. Luego de la guerra el panorama fue desolador, aunque se envolvió de nuevas y más severas consecuencias.

   En México los toros, de menor catadura que el español, gozaban del buen aprecio de la afición, aunque eran marcados el trapío de unos con respecto a los otros. Pero hubo también muestras evidentes que hacían dudar de la edad y las fotografías no nos dejarán mentir. Se han lidiado toros sin respetarse criterios del reglamento ni lo establecido por la costumbre. No dudamos de la reputación de Señores Ganaderos, de ayer y hoy. Es cierto, en nuestro tiempo las transformaciones, la selección, terrenos reducidos casi al concepto de ejido obligan a los criadores tomar otro tipo de solución; no siempre la mejor, pues ello va en detrimento de la fiesta.

   Salen a la plaza toros cada vez más propicios a la faena moderna, pero pocos, muy pocos son los que aun con su presencia y fiereza nos dan idea de ¿un pasado que fué mejor?

   Queda una conciencia de dirigir las opiniones por el punto donde nos encontramos más cerca con la realidad. El tema no se ha desmitificado, está allí, incólume, pero aun queda mucho por hacer y definir para lograr claridad más que cambio en la fiesta de los toros. Y eso depende, entre otros, de los medios impresos así como de la radio y la televisión.

   Tras esta visión, caben aquí las apreciaciones que ha hecho Miguel Espinosa “Armillita” al diario “La Jornada” Nº 3879, del 26 de junio de 1995 p. 24 y 33 (entrevista de Marlene Santos A.). El diestro convalece de un gravísimo percance ocurrido en la más reciente feria de san Isidro en Madrid, y que lo tuvo al borde de la muerte. Lo que destaca de esta entrevista es su profunda reflexión humana sobre el sentido de un espectáculo que no puede ser parte de una crisis (quizás las rachas, las malas rachas son suficientes para identificar y etiquetar un mal momento), pero el hecho de una permanencia temporal tan grande como 470 años no significa una casualidad.

   Menciona que hace 100 años se vienen diciendo las mismas cosas sobre la crisis en la fiesta. Entonces, ¿la crisis es permanente? o la crisis ¿de siempre ha formado parte del espectáculo? Es probable que la fiesta se haya desprendido de su imagen romántica o que el romanticismo la haya creado como una figura ideal. 

 FOTOGRAFÍA DE LOS INICIOS DE M. E. ARMILLITA_EL ESTO_11.08.1977

Miguel Espinosa Armillita en los comienzos de su carrera profesional ya mostraba tales virtudes. ESTO, del 11 de agosto de 1977. Este y otros materiales de riquísima importancia hemerográfica, pertenecen a la colección del Sr. Roberto Mendoza Torres.

 ¡No hay crisis en la fiesta!

    Con vehemencia Armillita chico rechaza que haya crisis en la fiesta brava, en todo caso -expone- “siempre ha estado en crisis. Y si tú ves periódicos de mil ochocientos y pico, verás que también se criticó lo mismo. Así que eso pueden decirlo todos los días sin que signifique nada. Yo he oído ese comentario desde hace muchísimo tiempo, entonces, imagínate, tenemos en México la fiesta de los toros desde hace casi 500 años, ¿qué tal si no estuviera en crisis?

   “La fiesta siempre ha tenido momentos buenos, malos, regulares, pero nunca crisis. Aquí no se puede tener siempre un nivel alto, ni bajo, ni medio. No es estático, está viva, por eso existe, y porque es diferente a cualquier espectáculo.

-Entonces rechazas definitivamente la afirmación de que ha caído en la monotonía, de que con frecuencia se ven faenas aburridas…

-Totalmente rechazada. Porque, si no, imagínate llenar la Plaza México, qué tal si de veras hubiera crisis. Yo creo que los que están en crisis en ese momento son los periodistas, sobre todo porque muchos hablan tonterías de algo que no conocieron. La única fiesta que conocen es la que estamos viviendo y como no saben valorar lo que hay, pues prefieren añorar y decir, sin conocimiento real, que lo de antes fue mejor. Y te vas para atrás y encontrarás que también se dijo que estaba en crisis y total que es lo mismo.

   “Es muy fácil juzgar a la ligera, es cosa de sensibilidad, se sabe ser un poquito más respetuoso de lo que se ve, y no por tener una pluma en la mano ya se pueden decir muchas tonterías, como suele ocurrir.

   “Cuando recibo una crítica destructiva, sin fundamento, sé que es la opinión personal de alguien que escribe, no de la afición, y nunca me ha inquietado, mucho menos ahora con el tiempo que ya tengo en esto. Creo que lo mío está ya muy claro ante la afición y ante cualquier profesional, entonces una crítica que quiera destruir o alabar muchas veces, está por demás, porque uno sabe perfectamente qué hizo y qué dejo de hacer en la faena”.

   Hasta aquí Miguel Espinosa.

  EL HERALDO DE MÉXICO_11.08.1977

Miguel comenzó su trayectoria “cobijado” o “arropado” con personajes como su mismísimo padre, Fermín Espinosa Armillita. Del otro lado, su apoderado, Enrique Vargas. EL HERALDO DE MÉXICO, del 11 de agosto de 1977. Col. Roberto Mendoza Torres.

    Sus declaraciones son todas ellas interesantes, en la medida en que habla el hombre, habla el torero, muchas veces entendido solo a partir de su expresión en el ruedo, con toda su “música callada del toreo” que trae dentro, como un miedo, como una impotencia que de pronto estallan ante la vista de miles y miles de personas que atestiguan el acontecimiento, reducido a un instante, reducido a lo efímero que puede ser el arte contenido a su vez en el grito de la tragedia. Y en fin… de esta manera se pueden seguir construyendo muchas, muchas metáforas para entender el quehacer taurómaco. Pero el torero, el hombre, habla y dice lo que piensa, es válida su visión.

   A veces, los aficionados solemos equivocarnos pues damos rienda suelta a nuestras pasiones, encerrándonos en sí mismos, sin darnos cuenta del error, hasta mucho tiempo después. Me explicaré mejor. Cuando ocurre un hecho, no lo cambiamos por nada o lo rechazamos también, pero con el tiempo nos damos cuenta de que nos impresionó más de lo debido. Vamos, la sensación del momento es muy fuerte y atender a la razón es punto más que imposible. Todo ello va creando un ambiente que idealiza o que cuestiona la realidad presente, confrontada con un pasado que ya ocurrió y con el que no pueden enfrentarse hechos que a veces son tan idénticos ahora como los del ayer.

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JOSÉ GUADALUPE POSADA EN LOS TOROS. (XXII).

NOTA DEL AUTOR: Con la presente colaboración, y según registros que me proporciona el esquema de administración a que está inscrito el presente blog (WordPress.com), se han alcanzado las 700 colaboraciones, mismas con las que, desde el 13 de diciembre de 2010, hace dos años, cinco meses y varios días, APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS DE MÉXICO salió a la luz. En el archivo PDF que viene añadido aquí, podrán encontrar ustedes y a detalle, todos y cada uno de los materiales, mismos que han quedado a disposición, consideración y juicio de la comunidad con objeto de que sirvan para constituir el tejido de una nueva visión histórica que proviene de una inquietud personal por lograr que este aporte se convierta también, en una reinterpretación.

LOS 700 EN EL BLOG_AHTM

EL ARTE… ¡POR EL ARTE!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hasta aquí, se ha hecho una revisión pertinente a la obra de nuestro personaje. Así que tanto el material de amplia difusión, como aquel otro cuya búsqueda e identificación precisa de mayor tiempo y reflexión, han pasado a enriquecer la iconografía, pero sobre todo el paso representativo de José Guadalupe Posada.

   Jean Charlot, Leopoldo Méndez, Diego Rivera, Antonio Rodríguez, Aurelio de los Reyes y más recientemente, Helia Emma Bonilla Reyna o Rafael Barajas han legado una serie de visiones, cada una respetable, cada una polémica en sí misma, al respecto del artista que hoy rememora este aporte, que también pretende sumarse “en atrevidos vuelos”, a la larga lista de interpretaciones y evocaciones. 

 

Secretaría de Cultura D.F. “Homenaje a José Guadalupe Pasada. Carteles originales que resguarda el Archivo Histórico del Distrito Federal “Carlos de Sigüenza y Góngora”.

    La imagen anterior es de las pocas evidencias que nos permiten encontrar la armonía de un grabado de Posada mismo que se incorpora al cuerpo general de un cartel taurino, que corresponde a la celebración de un “Lucido jaripeo”, festival de caridad organizado por Alfonso E. Bravo y Emilio Roqueñi.

   Existen otros tantos carteles, pero no muchos que espero incluir en sección aparte de este trabajo.

   Ahora bien, se debe a Carlos Haces y Marco Antonio Pulido un nuevo acercamiento de Posada con los niños. Claro, esto ocurría en 1985. Sin embargo, la publicación, que se editó por miles, tuvo la fortuna de llegar a muchos afortunados. Hoy, a casi 30 años de esa edición puede entenderse que la revaloración de los elementos allí reunidos tuvieron tanta relevancia que es imposible no detenerse ante el asombro que produce, entre otros 

LA ARMONÍA DE UNA “T” –OBRA DE JOSÉ GUADALUPE POSADA-, DOMINA EL EQUILIBRIO DEL ESPACIO. 

 

001_LOS TOROS_JOSÉ GUADALUPE POSADA  

   Este es uno de los capitulares más bellos que he visto, y vaya que he revisado infinidad de fuentes donde el capitular es un objeto de arte de la tipografía que por siglos ha adornado bellas ediciones salidas de las más reconocidas imprentas, que de sencillos talleres. 

 007_LOS TOROS_JOSÉ GUADALUPE POSADA

José Guadalupe Posada. Bellísimo capitular de un cartel taurino. Grabado en relieve de plomo. Carlos Haces y Marco Antonio Pulido. LOS TOROS de JOSÉ GUADALUPE POSADA. México, SEP-CULTURA, Ediciones del Ermitaño, 1985.

    Con José Guadalupe Posada no fue la excepción. La armonía de esa T enorme, gallardamente rematada, domina el equilibrio del espacio donde ha sido plasmada. No conforme con haber tomado como modelo el tipo correspondiente a este elemento tipográfico, José Guadalupe, que se descubre aquí una vez más como un estupendo aficionado a los toros, no dudó en enriquecer el motivo con un planteamiento taurino, donde el diestro destocado agradece la ovación, mientras yace a sus plantas el toro recién liquidado por esa espada, símbolo de la culminación exacta y certera de la “suerte suprema”. No faltaron los peculiares sombreros, como el jarano, el de piloncillo, el bombín y la chistera, con que iban tocados aquellos aficionados asistentes a las corridas de entre siglos (finales del XIX y comienzos del XX), a las que con frecuencia, Posada abrevó y dibujó apenas algún esbozo en el cuadernillo de apuntes que habría llevado consigo, que luego acababa dándole vida y forma a su estilo en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, sita en Calle de Santa Teresa Nº 1.

   El artista aguascalentense dejó una larga saga de grabados taurinos, que aún no se tiene idea exacta y cabal de su dimensión, puesto que se encuentran dispersos la mayoría de ellos en las muchas publicaciones donde colaboró. Otro tanto está en poder de particulares que, celosamente guardan en sus colecciones muchos desconocidos. El resto, se perdió en medio de la destrucción o en la falta de sentido común de quienes no supieron valorar ni la obra, ni tampoco el documento. Sin embargo, quedan evidencias tan extraordinarias como el Capitular de un cartel taurino que viene a dar “sabor al caldo”. 

CONTINUARÁ.

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BREVES DATOS SOBRE LAS “FIESTAS VOTIVAS” CELEBRADAS EN LA NUEVA ESPAÑA.

FRAGMENTOS Y OTRAS MENUDENCIAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El año de 1775, el Sr. Visitador, a la postre, don José de Gálvez, hizo al Cabildo un curioso encargo:

 Billete del Illmo. Sr. visitador para que esta N. C. le informe el origen de las fiestas votivas, año de 1775, en 1 f.[1]

 Que años más tarde, en diferente acervo o ramo, se plasma en esta forma:

 Billete del Sr. Visitador (José de Gálvez) para que esta N. Ciudad le informe el origen de las fiestas votivas, que celebra anualmente, cuyo establecimiento no consta por ordenanza. 6 f.[2] (2)

    En realidad se han tenido bastantes dificultades para dar con el paradero de tales fiestas, pero si como “votivas” se entienden a las fiestas expiatorias, de ofrecimiento o de dedicación, estamos frente a aquellas que, por su índole o carácter religioso, que las hubo, y muchas durante el virreinato, se celebraron constantemente, siendo su origen el milagro, y en México, el milagro principal que viene celebrándose es el de la aparición de la virgen de Guadalupe, aparte de los efectos “milagrosos” ofrecidos por un conjunto importante de imágenes que se utilizaron para paliar inundaciones, sequías, epidemias y otras calamidades. Ahí está el caso de la Señora de los Remedios, como uno de los casos más evidentes de “salvación”. De igual forma, el “Santo señor de Chalma”, era otra de las figuras centrales que resultaban importantes para atenuar estas contingencias naturales. Sin embargo, pocas son las relaciones de fiestas que se ocupan en atender el caso, y menos las que refieren concretamente la condición de “fiestas votivas”, de las cuales encontramos mencionada alguna de ellas en la larga lista levantada por José María de Cossío en su monumental enciclopedia LOS TOROS. TRATADO TÉCNICO E HISTÓRICO.[3]

   En algún momento me ocupé de realizar un trabajo de las mismas características.[4] Allí tuve oportunidad de reunir alrededor de 100 diferentes citas de todo el periodo virreinal, pero por ahora llama la atención un par de ellas, fuera de ese contexto, que también trabajé en un anexo que lleva el título: EN BÚSQUEDA DE LO QUE NO ESTÁ PERDIDO. RELACIONES TAURINAS NOVOHISPANAS: DE LA SORPRESA A LOS NUEVOS HALLAZGOS. Me refiero a las fiestas celebradas en 1579 y 1668:

1579

Morales, Pedro de

 Carta del Padre Pedro de Morales de la Compañía de Jesús Para el Muy Reverendo Padre Everardo Mercuriano, General de la misma Compañía. en que se da relación de la Festividad que en esta insigne Ciudad de México se hizo este año de setenta y ocho, en la colocación de las Santas Reliquias que nuestro muy Sancto Padre Gregorio XIII, les embió. (…) Con licencia en México. Por Antonio Ricardo, Año 1579.[5]

 1668

Ramírez de Vargas, Alonso

 Descripción de la alegre venida y vuelta de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios a esta Ciudad de México el año de mil seiscientos sesenta y ocho, por causa de la gran sequedad y epidemia de viruelas, &. C. Sácala a luz en esta nueva impresión D. Joseph de Barreda. Cádiz. Impresa por Jerónimo Peralta, 1725.[6]

ORACIÓN PANEGYRICA... Disponible abril 20, 2013 en:

http://bibliotecadigitalhispanica.bne.es/view/action/singleViewer.do?dvs=1366519063509~33&locale=es_MX&VIEWER_URL=/view/action/singleViewer.do?&DELIVERY_RULE_ID=10&frameId=1&usePid1=true&usePid2=true

    En la información que arroja el ACERVO revisado, se encuentra la cita que podría darnos el complemento para estas “breves notas…”, puesto que se menciona a la Cofradía de N. S. de los Remedios, corporación que debió atender la organización no solo de los encargos producidos por las circunstancias de la naturaleza y su correspondiente cumplimiento, otorgando a los solicitantes no solo el auxilio espiritual, sino que además incorporaban a tales movilizaciones la figura de bulto de la milagrosa Señora de los Remedios, figura connotada que en muchas ocasiones reparó el daño, alejando las lluvias, o convocándolas; trayendo salud al común de los enfermos en una epidemia de grandes dimensiones y siendo el principal punto de atención para realizar, después de reparadas las demandas, las suntuosas fiestas, como la que se celebró en el año de 1668.

   Por su parte Araceli Guilaume-Alonso apunta:

 Del mismo modo, con ocasión de la fiesta votiva de un santo, la procesión de la mañana y los regocijos de la tarde serán (sobre todo durante los dos primeros tercios del siglo XVI –en España-) las dos caras de la celebración, los componentes indisociables de la fiesta. Entre estos regocijos, una vez más, los taurinos ocupan lugar destacado. Se encuentran en las relaciones ejemplos tan numerosos de ello que resulta difícil resumirlos: traslados de una imagen de la Virgen de una iglesia a su ermita, o de la reliquia de un santo o del Santísimo Sacramento, construcción de una iglesia, etc.[7]

    Sin más datos que proporcionar, creo haber reunido los datos más destacados al respecto de las “fiestas votivas”. No sé si en su momento, haría lo mismo el Cabildo y de esto exista algún documento dentro del mismo Archivo Histórico del Distrito Federal. Probablemente la respuesta se encuentre revisando el acervo correspondiente al “Santuario de Nuestra Señora de los Remedios”, que abarca el periodo de 1579-1865, y donde seguramente también podrían encontrarse algunas otras noticias sobre fiestas celebradas en torno a dicha figura. 389 expedientes, distribuidos en 22 volúmenes pueden resultar una aventura inimaginable.


[1] ARCHIVO HISTÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL. ACERVO: INVENTARIO GENERAL DE LOS LIBROS, AUTOS Y PAPELES DE CABILDO DE ESTA N. C. DE MÉXICO, SU MESA DE PROPIOS, JUNTA DE PÓSITO, COFRADÍA DE N. S. DE LOS REMEDIOS, EXISTENTES EN EL ARCHIVO Y ESCRIBANÍA MAYOR.

EJECUTADO Y EXTENDIDO POR EL LIC. Dn. JUAN DEL BARRIO LORENZOT, ABOGADO DE LA REAL AUDIENCIA DEL ILUSTRE REAL COLEGIO CONTADOR SUBTITUTO DE PROPIOS, QUIEN LO OFRECE A LA MISMA N. C. PERIODO: 1798. VOLÚMEN: 1 VOL: 430ª, Autos de visitas y providencias dadas en su virtud, f. 140.

[2] Op. cit., ACERVO: VISITA DE GÁLVEZ. PERIODO: 1766-1807. VOLUMEN: 1 VOL.: 2294, 41 EXPEDIENTES. Año de 1790, exp. N° 11.

[3] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1998. 12 v. Vol. 2: APÉNDICE I. RELACIONES DE FIESTAS, p. 560-578.

[4] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2).

[5] Guillermo Tovar de Teresa: Bibliografía novohispana de arte (Primera parte) Impresos mexicanos relativos al arte de los siglos XVI y XVII.  Prólogo de José Pascual Buxó. México, Fondo de Cultura Económica, 1988. 382 pp. Ils., facs., p. 35.

[6] Dalmacio Rodríguez Hernández: Texto y fiesta en la literatura novohispana (1650-1700). Prefacio de José Pascual Buxó. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 1998. 280 p. (Estudios de Cultura Literaria Novohispana, 13), p. 175.

[7] Araceli Guilaume-Alonso: La tauromaquia y su génesis (Siglos XVI y XVII). Lectura combinada con un texto en francés: NAISSANCE DE LA CORRIDA (XVIe-XVIIe siècles). Prólogo/Préface de Bartolomé Bennassar. Bilbao, ediciones Laga, 1994. 255 pp. Ils. (Colección “Almadía” de biografía y ensayo), p. 45.

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ACTUACIÓN DE BERNARDO GAVIÑO EN LA PLAZA DE SAN PABLO, UN 19 DE ABRIL DE 1835.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Actuación de Bernardo Gaviño en la plaza de toros de San Pablo, un 19 de abril de 1835.

   Comparto estos datos que provienen de mi libro recién publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León: 

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   Me sorprende -de entrada- una afirmación hecha por Leopoldo Vázquez en su libro América Taurina (…) en el sentido de que Bernardo Gaviño “el más ilustre y afamado de los lidiadores de México, era español, pues nació a los 20 días de Agosto del año 1812, en el lindo pueblo de Puerto Real, distante dos leguas del Obispado de Cádiz”.[1] Lo destacado de esta cita es que lo afirma con una doble nacionalidad, más mexicana que española, que fue ganándose lentamente hasta su muerte misma. ¿Qué lo orilló a quedarse en nuestro país por cerca de 50 años? En principio debemos pensar en el espíritu de aventura al que se vio sujeto desde que abandona la península (perseguido por la justicia, una justicia que parece ser exclusivamente familiar, que fue encargada a D. Francisco Javier Cienfuegos, “virtuoso obispo” de la capital gaditana y tutor de Bernardo), dado que durante los años en que comienza a lograr un sitio, este se pelea las palmas con dos diestros que luego fueron grandes en su patria. Me refiero a Francisco Arjona CÚCHARES y Francisco Montes PAQUIRO, alumnos sobresalientes de la Real Escuela de Tauromaquia en Sevilla. Asimismo, el cúmulo de toreros que peleaban un sitio, era numeroso. Encontramos, entre otros a: Juan León y a Manuel Parra. Juan León, según Bedoya, en esta época prometía ser un buen matador de toros, estimulado por Hernández el Bolero, que tampoco disgustaba en estos años. Juan León López LEONCILLO fue el que agarró al cuerno izquierdo del toro que en Ronda mató a CURRO GUILLEN. Otros diestros que destacaban entre los últimos años de la segunda y tercera década del siglo XIX eran: Manuel Romero Carretero, Antonio Calzadilla, Pedro Sánchez, Roque Miranda, Jorge Monge EL NEGRILLO, Antonio de los Santos.

   Bernardo fue hijo de don Bernardo Gaviño (el acta de defunción dice José Gaviño) y de doña María de las Nieves Rueda. Pariente lejano del famoso matador sevillano Juan León LEONCILLO quien le enseñó las primeras lecciones del arte de torear tanto en los mataderos de Cádiz como en el de Sevilla. Más tarde se puso a las órdenes de Bartolomé Ximénez, matador de toros gaditano quien comienza a figurar en los carteles desde 1789, cuando apuntaba como banderillero y media espada al lado del matador de toros Pedro Romero. Hizo lo mismo con Francisco Benítez Sayol -también de Cádiz- y de oficio panadero. Gaviño y Benítez Sayol estoquearon toros en varias ocasiones, así como lo hizo -con toda seguridad- al lado de Francisco Montes PAQUIRO. Este dijo de LEONCILLO: “Pocos se ponen junto a don Juan, pero ninguno adelante”. Así que con todo ese bagaje GAVIÑO pondrá en práctica el conjunto de experiencias a su llegada a un nuevo mundo que significó renunciar a su patria para hacer otra vida en estas tierras.

   Durante aquellos años España sufría el embate de varias nuevas naciones americanas que logran su independencia, desligándose del control político y económico que impuso la corona en similar número de colonias durante tres siglos. Todo esto creaba en América un nuevo espíritu de libertad y pensamiento bajo un deseo de emancipación que permitió el desarrollo de destinos en sus más diversas variedades de carácter político, social y económico. México no fue la excepción. Ya nos detendremos a entender algunos de estos pasajes que trastornaron el devenir de una nueva nación envuelta en el caos que en nada aseguraba su destino

   Tuvo que morir Fernando VII (1833)

 para que el gobierno español finalmente reconociera la independencia de México. Cuando esto ocurrió, el 28 de diciembre de 1836, la actitud hacia España en los discursos conmemorativos cambió radicalmente. La península no sólo dejaba de ser una amenaza sino que pasaba a ser motivo de aflicción debido a las cruentas luchas internas por la sucesión del trono (guerras carlistas).[2]

    Por eso, una opinión que nos define el sentir de aquella nueva experiencia dejamos que nos la explique José María Lafragua, quien el 27 de septiembre de 1843 afirma

 …la España de Isabel III… no es la España de Carlos V; y hartas desgracias ha sufrido y sufre esa nación heroica, en expiación tal vez de sus antiguos errores, para que nosotros, hijos de la libertad y del progreso, echemos en rostro a nuestros hermanos de hoy las faltas de nuestros padrastros.[3]

    En desordenada visión me apresuro un poco a los hechos, ya que es importante analizar la condición del marco histórico por donde va a moverse Bernardo Gaviño, durante los últimos años de permanencia en España y los primeros en América. Pero no adelantemos vísperas. Vayamos a conocer algunos datos de su infancia que nos aporta, de nuevo, Leopoldo Vázquez.

    Nos dice el autor que

    Huérfano de padre al cumplir un año de edad, acogióle bajo su amparo el virtuoso obispo de aquella capital D. Francisco Javier Cienfuegos, procurándole la primera educación. Algunos años después pasó Su Ilustrísima á ocupar el sillón Arzobispal de Sevilla, llevando consigo al huérfano, que lo fue también de madre antes de cumplir el segundo lustro de su vida. Colocado en el seminario para ir ampliando sus estudios, empezó por el año 1825 a demostrar su inclinación al arte del toreo, lidiando las reses menores que se mataban en los corrales del palacio para el consumo, y sobresaliendo en la faena, entre los demás colegiales. Presintiendo que su porvenir pudiera encontrarlo en la práctica de este arte, huyó de las clases para satisfacer sus inclinaciones en el Matadero, y apadrinado por el célebre espada Juan León, al que cayó muy en gracia la viveza de Bernardo, se engolfaba sorteando reses y viendo los jugueteos y recortes que otros ya más aventajados practicaban.[4]

   Como podemos ver en estos primeros rasgos del famoso torero español, siempre mostró una actitud rebelde que no quedaba sujeta ni siquiera a los principios familiares (sobre todo, del hermano de su madre, D. Francisco de Rueda), o a los del ya conocido D. Francisco Javier Cienfuegos, “virtuoso obispo” de la capital gaditana y tutor de Bernardo, de ser encarcelado o sometido a disciplinas que el rechazaba huyendo de aquel acoso. La opción fue fugarse de la casa de su protector para ingresar a una cuadrilla de toreros, presentándose por primera vez en público en la plaza de San Roque, con un espada llamado Benítez (BENITEZ SAYOL, Francisco, EL PANADERO) y toreando después en los circos de Algeciras, Vejer y Puerto Real, su pueblo.

    Nos dice Jorge Gaviño Ambríz, descendiente directo de Bernardo que

 de muy pequeño le gustaba ir a los toros y se colaba como ayudante de banderilleros para estar en un lugar privilegiado. Era crítico, les decía “en su cara” a los toreros de profesión sus aciertos y desaciertos.

En alguna ocasión, teniendo apenas 12 años, al estar practicando con un toro de lidia, recibió un pitonazo en la pierna derecha. Al impacto, rodó por el suelo quedando inmóvil en el piso frente al toro, para que no le atacara, pues cada vez que se movía, el animal amenazaba con embestir. Instantes después, un viejo caporal lo auxilió para que saliera del corral.

 -Pero “mozuelo”- le dijo sorprendido,

“¿Quién te autorizó a estar jugando con los animales?, Qué no tienes miedo?, te hubiera matado”-, a lo cual el pequeño contestó:

-”Estoy practicando, pues voy a ser el más famoso torero que haya tenido España”-, y soltando una sonora carcajada, el caporal le dijo, mientras le ayudaba a sacudirse:

-”Está bien, pero recuerda que lo importante en una caída es levantarse y levantarse a tiempo, no antes ni después”.[5]

    Así pues, conforme avanzamos en el conocimiento del nuevo perfil de nuestro personaje, nos damos cuenta de una idiosincrasia sumamente alejada de principios establecidos. En todo caso, es él quien los quiere imponer en medio de aquella autonomía.

   El espíritu de aventura hizo emprender en Bernardo el proyecto de embarcarse a una América rica en posibilidades. La decisión que toma para hacer un viaje que se tornó definitivo, puesto que ya no volvería a ver nunca más su Cádiz maternal, está sustentada en dos posibilidades que a continuación enuncio.

   Una de ellas es la de que encontrándose dispuesto a abrazar tan difícil profesión, ésta se hallaba fuertemente disputada por otros tantos diestros que, además, alcanzaban renombre a pasos agigantados. ¿Cómo poder lograr un lugar de privilegio frente a PAQUIRO o frente a CÚCHARES, si ambos toreros gozaban del apoyo del pueblo al verlos este como parte de la REAL ESCUELA DE TAUROMAQUIA DE SEVILLA; y todavía más: como alumnos favoritos del longevo torero, PEDRO ROMERO?

   Otra es la que se fundamenta en el espíritu de conquista que Bernardo Gaviño decide, con la certeza de que América es un “filón de oro” y en ella no abundan los toreros españoles, menos aún cuando están ocurriendo los acontecimientos que cimbran el alma toda de poblaciones en reciente estado de independencia.

   Decidido a enfrentar aquel nuevo afán, embarca hacia ese nuevo capítulo de su vida y llega a Montevideo, Uruguay en 1829 donde comienza a proyectar lentamente su fama, misma que trascenderá en la isla de Cuba, hasta llegar a México.

   Poco se sabe de sus actividades en el hermano país sudamericano, obstruido por las constantes fluctuaciones de carácter político que emergen en una de las naciones independientes del nuevo continente. Lo que sí es un hecho es que no habiendo un terreno firme que pisar, pasa a la Habana, como doméstico del señor Obispo don Juan José Díaz de Estrada. Este fue el sitio donde tiene lugar su presentación ante el público el día 30 de mayo de 1831. De alguna de sus actuaciones nos dice José Ma. de Cossío

 Es curioso el anuncio que, en 1832 y con el título de “Corrida sobresaliente y divertida”, aparece en el diario habanero El Noticiero y Lucero. “Juan Gutiérrez -comenta- dará el gran salto por encima del toro y en otro pondrá las banderillas de nueva invención desde lo alto de un taburete.

   “El beneficiado (Bernardo Gaviño) matará el segundo toro sujetándose los pies con un par de grilletes y en otro se burlará de su fiereza bailando la cachucha sobre una mesa al compás de la música con castañuelas.

   Antonio Fernández montará el tercer toro a pelo”.

   Una nota luctuosa. El 28 de junio de 1845 murió en La Habana, víctima de cogida, el novillero José Díaz Mosquita.[6]

    La nota sobresaliente que marca este acontecimiento se descubre al ejecutar suertes como la de “sujetarse los pies con un par de grilletes” y la de bailar “la cachucha sobre una mesa al compás de la música con castañuelas”, mismas que vemos reproducidas -con más o menos semejanza- en los geniales apuntes de Francisco de Goya y Lucientes al dejar para la posteridad, retratando al célebre MARTINCHO. En la TAUROMAQUIA del gran “Paco, el de los toros” quedan registrados los diferentes modos en que un pueblo manifiesta su sentir al afinar cada vez más, y con un objetivo concreto, los destinos de la tauromaquia moderna. Entonces, al finalizar el siglo XVIII y despertar el XIX la fiesta de los toros está convertida en un caldo de cultivo, en el que caben todas las posibilidades de invención, mismas que acompañaron durante un buen número de años al espectáculo hasta que adquiere una personalidad propia, más profesional y venturosa frente a las nuevas generaciones que van haciendo suyo un divertimento al que matizan de un carácter propio gracias a todas esas formas de expresión que se vivieron en épocas del esplendor goyesco, pasando a manos de Bernardo Gaviño quien desde Montevideo y Cuba las transporta a México, sitio en el que compartirán la tauromaquia -con todo su dejo de relajamiento e invención- luego de su llegada, en 1835, hasta su muerte misma, en 1886. Un dato que debe quedar sentado, es que de 1829 a 1886, Bernardo Gaviño estuvo activo en América 57 años, 31 de los cuales (por registro que encontraremos en el complemento del capítulo Nº 4) al menos, los consagró a México. Casó con Guadalupe Salgado, en el oratorio de la casa núm. 19 de la calle de la Cadena, en enero 27 de 1840 (Archivo del Sagrario). Este matrimonio tuvo un hijo, Antonio. Tanto doña Guadalupe como Antonio murieron antes que Bernardo Gaviño.

   Durante su estancia en la isla, tuvo oportunidad de verlo un paisano suyo: D. Juan Corrales Mateos y al juzgar su trabajo, marca su tipo como lidiador, calificándole de

 torero de genio que ejecutaba las suertes según las circunstancias en que consecutivamente se encontraba; de corazón sereno y de una gracia singular; (…) que como conocedor del toreo de Juan León y otros contemporáneos, no se vició en cuanto al arte, conservando en medio de unos toreros extravagantes, el sello de lidiador andaluz, así en el método de torear como en el vestir.[7]

    Más adelante veremos la forma de comportamiento relajado, displicente y mágico con que se desarrollaron los festejos taurinos en los ruedos de nuestro país a mediados del siglo XIX.

   José Díaz Mosquita fue compañero de cuadrilla de Bernardo, con el que se presentó desde 1831, en compañía también de los ya conocidos Rebollo, Bartolo Megigosa, así como con el mexicano Manuel Bravo con quien coincide y alterna en los ruedos de la gran Antilla.

   Manuel Bravo es el

 Primer espada mexicano, que fue el más popular en la ciudad de México de 1825 a 1835. Dicho año hizo un viaje a Cuba y logró convencer a Bernardo Gaviño para que se viniera a torear a la plaza de “San Pablo” de la capital.[8]

    Bravo, en compañía del Cónsul mexicano en Orleans, José Álvarez quien de paso por la Habana, vio torear al diestro gaditano contratan a Gaviño, quedan admirados de las maravillas con que el diestro demostraba sus facultades taurómacas. El gaditano se traslada a México para presentarse por vez primera el 19 de abril de 1835 en la plaza de toros de “San Pablo”.

   Manuel Bravo en compañía de los hermanos Ávila, Luis, Sóstenes y José María se van a convertir, por entonces, en las figuras que aclama el pueblo mexicano, mismo que aceptará con agrado a un español y con el que se desentenderán de los posibles prejuicios de que se vio saturado el ambiente político de un país que no alcanzaba a despertar de la pesadilla de su independencia, y ya se encontraba frente a otra, traducida en la lucha del poder por parte de los distintos grupos que lo desean.

   Bernardo Gaviño y Rueda, como ya vimos, se presenta por primera vez en México el domingo de Pascua de Resurrección. Formaban su cuadrilla: Juan Gutiérrez y José Rivas, banderilleros. Como picador: Pedro Romero El Habanero.[9] Por entonces, el tipo de toreo practicado por los mexicanos es más bien de orden intuitivo, mismo que representa la forma de ser y de pensar de nuestros antepasados.

   Durante el siglo XIX, el género de la diversión taurina se hallaba provisto de una riqueza sustentada en innovaciones e invenciones que permiten verla como fuente interminable de creación cuya singularidad fue la de que aquellos espectáculos eran distintos los unos de los otros. Ello parece indicar la relación que se vino dando entre los quehaceres campiranos y los vigentes en las plazas de toros. Sociedad y también correspondencia de intensidad permanente, con su vivir implícito en la independencia, fórmula que se dispuso para el logro de una autenticidad taurómaca nacional.

   Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, y como consecuencia de acontecimientos que provienen del XVIII, concentraba valores del siguiente jaez:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[10] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[11] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres.[12]

   Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

   Coincidió por diferencia de algunas semanas la presentación de Bernardo Gaviño con la del aeronauta francés Eugenio Robertson, personaje a quien el público de la capital no veía con buenos ojos luego de los constantes intentos a que se expuso Adolfo Theodore con sus ascensiones fracasadas en 1833. La presencia de Robertson revivió el anhelo de los mexicanos que mal guardaban su incontenible expectación de ver volar a un hombre. El día 12 de febrero del mismo 1835 ocurrió la primera ascensión del galo E. Robertson teniendo como escenario la Real Plaza de toros de San Pablo.[13] Más adelante participó en dos más, una el 22 de marzo de 1835, misma que se pospuso hasta el 5 de abril y otra el 13 de septiembre “con un recorrido que no lo apartó mucho de la ciudad de México”.[14]

   Los capitalinos tenían muy fresco dicho acontecimiento y ahora se encontraban frente a otro que resultaba absolutamente novedoso, la presentación de Bernardo Gaviño de la cual no hay un solo dato al respecto.


 

[1] En LA ILUSTRACIÓN SEMANAL, D.F., del 26 de enero de 1915, p. 5, encontré los siguientes y reveladores datos:

EFEMÉRIDES. BERNARDO GAVIÑO RUEDA.

   Bernardo Gaviño, hijo de José y María de las Nieves Rueda, nació en Puerto Real (Cádiz), el 20 de agosto de 1812 (no 1813, como consta en algunas biografías), siendo bautizado en la Iglesia Prioral de San Sebastián, según consta en su libro de Bautismos número 322, folio 282.

[2] Enrique Plasencia de la Parra: Independencia y nacionalismo a la luz del discurso conmemorativo (1825-1867). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991. (Regiones), p. 70.

[3] Op. cit., p. 71.

[4] Leopoldo Vázquez: América Taurina por (…) Con carta-prólogo de Luís Carmena y Millán. Madrid, Librería de Victoriano Suárez, Editor, 1898 p. 9 y ss.

   Bernardo Gaviño, el más ilustre y afamado de los lidiadores de México, era español, pues nació á los 20 días de Agosto del año 1812, en el lindo pueblo de Puerto Real, distante dos leguas de Cádiz.

   No hay para qué decir, si este proceder enojaría al buen Arzobispo; baste consignar que para curarle de una afición, que el ilustre prelado consideraba funestísima, hubo de encerrar por quince días al incipiente lidiador; mas no bien salió éste de la prisión y fanatizado por su afición a los cuernos, fugóse de la casa de su protector e ingresó desde luego en una cuadrilla de toreros, presentándose por primera vez en público en la plaza de San Roque, con un espada llamado Benítez, conocido por el apodo del Panaderillo y toreando después en los circos de Algeciras, Vejer y Puerto Real, su pueblo.

   Enterado un tío suyo, hermano de su madre, D. Francisco de Rueda, le amenazó con meterlo en la cárcel si continuaba sus excursiones taurinas, y harto ya el mozuelo de tantas contrariedades, se embarcó para Montevideo en 1829, empezando a seguida en esta capital a ejercer la profesión de lidiador.

   Dos años después pasó Bernardo a la Habana, presentándose al público el día 30 de mayo de 1831, e inaugurándose desde aquel día una era de triunfos para él.

   Durante tres años toreó alternando con el esforzado espada Rebollo, natural de Huelva, con Bartolo Megigosa, de Cádiz, con José Díaz (a) Mosquita y con el mexicano Manuel Bravo, matadores todos que disfrutaban de merecido prestigio en la capital de la gran Antilla.

   Llevóse, no obstante, las palmas Gaviño, pues su agilidad portentosa, su vista, la holgura con que practicaba todas las suertes y su pasmosa serenidad en el peligro, cautivaron al público habanero.

   Repercutiendo su fama y hechos en otras regiones americanas, fue solicitado para pasar a México en el año 1834 y desde que pisó el territorio mexicano, puede decirse que Bernardo empezó a captarse simpatías y a entusiasmar al público, que le proclamó torero sin rival, considerándole como hijo adoptivo de aquella hermosa tierra y asociándose él de corazón a todas las alegrías y pesares del pueblo mexicano.

   Fue allí el amigo de todos, el maestro de cuantos se dedicaron al toreo y fuera de la órbita de su profesión, tomó parte activa en las revueltas políticas, combatió contra fuerzas formidables de indios comanches en pleno desierto y salió victorioso, si bien acribillado de heridas y con pérdidas sensibles de las fuerzas que mandaba, haciéndose acreedor a que el gobierno condecorase su pecho con la cruz del “Héroe de Palo Chino” (o Palo Chico, que de las dos maneras se conoce), en recompensa a su denuedo.

[5] Jorge Gaviño Ambríz: “Semblanza de un torero en el siglo XIX” (Trabajo Académico Recepcional en la Academia Mexicana de Geografía e Historia). México, 1996. (pp. 353-375), p. 356.

[6] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974, T. 6, p. 724.

[7] Juan Corrales Mateos (El Bachiller Tauromaquia): El por qué de los toros y arte de torear de a pie y a caballo por el (…) Habana, imprenta de Barcina, 1853, p. 142-3.

[8] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978., T. II., p. 656.

[9] Cossío: Op. cit., T. 3, p. 834.

ROMERO (Pedro), el Habanero. Picador de toros, nacido en Los Palacios (Sevilla), según un cartel de la plaza de Madrid correspondiente al año 1845, el cual dice: “…natural de los Palacios, provincia de Sevilla, nuevo en esta plaza, y que ha trabajado con la mayor aceptación en La Habana y en diferentes capitales de Andalucía…”. El lector, pues, comprenderá fácilmente el origen de su mote. En 1842 se presenta en Madrid como picador en corridas de novillos, gustando mucho su labor. Además de las citadas temporadas, trabajó en Madrid las de 1846, 47, 48, 49, 50 y 56. De buenas condiciones para la lidia, su trabajo contaba con muchos admiradores y era apreciado sobremanera en Madrid. Sánchez de Neira dijo de él: “Buen picador, duro y de castigo. No era bonito a caballo, pero montaba admirablemente, y dice que era una especialidad para enlazar reses”.

[10] Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México), p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[11] Armando de María y Campos: Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. En la mayoría del texto encontramos diversas referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

[12] Flores Hernández: op. cit., p. 47 y ss. Basto es el catálogo de “invenciones” que se instalaron en torno al toreo.

-Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de Santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representan sentidos extraños.

[13] Roberto Moreno de los Arcos: “Los primeros aeronautas en México: Adolfo Theodore (1833-1835) vs. Eugenio Robertson (1835)”, en: TEMPUS, revista de historia de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, otoño de 1993, Nº 1, p. 100-102.

[14] Op. cit.

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LOS PRIVILEGIOS AL OCUPAR UN LUGAR EN LA PLAZA DE TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Desde hace varios días viene haciéndose un curioso anuncio, para el festejo que se celebrará el próximo 27 de abril en Tlaquepaque. Aquí el cartel: 

 COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS DEL VIRREINATO...

Disponible abril 18, 2013 en: http://www.altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=15364 

   Sin embargo, lo anterior no es nada nuevo, si ponemos la mirada en aquellos acontecimientos ocurridos en el periodo virreinal, cuando por lo menos, en la capital de la Nueva España, al celebrarse diversos festejos, la autoridad generó un curioso repartimiento que luego se convirtió en costumbre, y más tarde en una obligación, que hasta llegó a haber cierta época donde tal “privilegio” devino en disputas. Tal repartimiento era el de las “lumbreras”, concesión otorgada a las principales autoridades civiles y religiosas, así como de algunas instituciones académicas, lo que significaba la forma en que finalmente ocupaban sus lugares en diversos sitios de las plazas. Como hubo en ciertas temporadas la omisión de esta o aquella autoridad, de inmediato pusieron “el grito en el cielo”, hasta que fue resarcida tal medida y los señores volvieron a ocupar sus lugares que la costumbre representaba a favor de ellos.

    En ocasiones, el privilegio llegó a ser tan parecido a lo que sucederá en Tlaquepaque, cuando los ocupantes eran atendidos con refrescos, dulces, nieves de diversos sabores (nieve que por cierto era traída directamente desde el Popocatépetl) y otras golosinas. En esta ocasión, será una marca tequilera la que se encargue de tales atenciones. Todavía al comenzar el siglo XIX, este caso seguía provocando diversos conflictos, de lo cual se han podido apreciar detalles precisos en una de las últimas entregas en este blog (véase: https://ahtm.wordpress.com/2013/04/06/a-180-anos-de-la-reinauguracion-de-la-plaza-de-san-pablo/). Con el tiempo, este beneficio, si así puede considerarse, se convirtió en lo que hasta nuestros días es el “derecho de apartado”, con sus muy particulares cambios, que dan al interesado la posibilidad de disponer de su lugar o lugares en el tendido numerado, por lo menos como ocurre en la plaza de toros “México”.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El quehacer del historiador tiene, si se le sabe aprovechar con énfasis y convicciones personales, virtudes y privilegios. Eso depende de su formación profesional y de sus inquietas reflexiones o cuestionamientos, mismos que sea capaz de formular con vistas a generar investigaciones, ensayos o libros bajo la idea de todo el contenido de un protocolo de investigación (que ya se verá en detalle más adelante).

   Adherido a ese compromiso, en 1996 obtuve el grado de Maestro en Historia, y desde 2006 ostento la candidatura al doctorado en Historia por la UNAM, bajo la idea de hacer míos los principios de esta hermosa y fascinante profesión, con la cual he convivido y trabajado intensamente, ocupándome de la historia del toreo en México, ya que esta es, y sigue siendo una historia paralela a la historia misma de nuestro país, y por tanto, tiene todas las posibilidades de alcanzar altas cotas de relevancia, como antes no lo tenía.

   Constantemente hay que revisar hechos, procesos históricos, personajes y demás circunstancias que, por ninguna razón se convierten en elementos aislados. Esto significa asumir el compromiso de adentrarse y llegar a la médula del asunto, permearse de él, a través de todas las fuentes posibles. Generar luego un cúmulo de especulaciones que nos lleven –en muchas ocasiones-, a sentir una inconformidad la presencia austera o abundante de las fuentes mismas, para procurarnos actitudes tan descabelladas como pretender acercarnos a los personajes o protagonistas, sentarlos en el banquillo (a veces de los acusados o simplemente para platicar), y consultar imaginariamente a cada uno de ellos, con objeto de entender sus hechos o decisiones. Estamos también frente a hombres de carne, hueso y espíritu, capaces de generar diversos grados de comportamiento, dependiendo del estado de cosas, el ambiente, la condición social, acciones y reacciones que se producen como resultado de idénticas circunstancias de otros hasta generar una cadena, ese enlace que se produce teniendo a nuestra vista tal cantidad de eslabones que, entrecruzados con otros generan tal complejidad. En ese tejido, el trabajo del historiador tiene que ingresar a los terrenos más vulnerables, evitando caer en las tentaciones del rigor o la pasión; lo mismo que de debilidades y sinrazones. Es el equilibrio y es la razón sus mejores antídotos.

   Luego, y aquí es donde se produce el esquema estructural de un auténtico protocolo, se deben cumplir con una serie de premisas, a saber:

-Justificación del tema.

   La justificación del tema tiene como base la identificación y selección adecuada del mismo y éste es el primer paso para la elaboración del protocolo de investigación, para lo que se deben considerar los siguientes aspectos:

 Interés personal, el tema que sea de mayor agrado.

  • Preferentemente sobre el área en que se tenga mayor conocimiento.
  • Temas viables para investigar.
  • Considerar algunas lecturas, experiencias, comentarios, exposiciones de clase, etcétera, que hayan causado curiosidad, inquietud o interés.
  • La selección del tema debe estar basada en una lectura general de la literatura (una primera revisión de lo que hay sobre el tema).
  • Los sujetos a analizar o la población (muestreo) deben ser accesibles.
  • Considerar el tiempo que se tiene para realizar el estudio o investigación.

 -Planteamiento del problema.

   El planteamiento del problema de investigación requiere de un mayor conocimiento del tema que se pretende estudiar, ya que es el eje conductor de la investigación y lo que se va a probar a través de todo el proceso. El problema se debe plantear de manera clara y objetiva, y considerar que se puede auxiliar planteando preguntas de investigación. Por lo tanto, este rubro debe resolver dudas disciplinares o profesionales y vincular las variables necesarias para hacer claro, objetivo y conciso el planteamiento.

-Objetivos.

   Los objetivos de la investigación son las metas a las que se quiere llegar con la investigación y al redactarlos se debe considerar lo siguiente:

 Se redactan comúnmente con verbos en infinitivo.

  • Los objetivos establecen lo que pretende la investigación o estudio.
  • Los objetivos deben estar en concordancia con la delimitación del tema y el planteamiento del problema de investigación, es decir con las preguntas de investigación.
  • Los objetivos son las guías hacia las cuales se dirige la investigación o estudio.
  • Los objetivos deben ser alcanzables luego de realizar la investigación o estudio.
  • Al finalizar el estudio o la investigación, los objetivos tienen que cumplirse.

 -Hipótesis.

   La hipótesis es la suposición o probable respuesta al problema de investigación y es el postulado que se pretenderá probar a lo largo de la investigación. Se pueden formular una o más hipótesis dependiendo del planteamiento del problema de investigación y de los objetivos propuestos. Al elaborar las hipótesis se debe considerar que:

 Son las guías de investigación.

  • Son las proposiciones tentativas para dar respuesta a las preguntas de investigación planteadas.
  • Son una explicación anticipada, basada en los datos obtenidos de investigación y los objetivos, ya que son una posible respuesta a las preguntas que nos hemos planteado.
  • Las hipótesis expresan las relaciones entre dos o más variables o propiedades cuya variación puede ser medida de alguna manera (lo que sería propiamente el desarrollo de la investigación).

 -Marco teórico.

   El marco teórico es aquel que contiene las teorías, corrientes y análisis de estudios de la misma naturaleza que los planteados en el problema de investigación. Es la teoría que va a sustentar el trabajo de investigación y puede elegirse una o basarse en un grupo de teóricos, analizando sus diversos puntos de vista y asumir uno de ellos para efectos de la investigación.

   La postura que asume el investigador debe considerar la lectura analítica de toda la bibliografía reciente sobre el tema, y vincular su objeto de estudio con la teoría o corriente elegida.

-Marco de referencia.

   El marco de referencia permite contextualizar la investigación, es decir que en este apartado se va a describir la situación que circunda el problema de investigación. Este marco es tan fundamental como el primero porque permite conocer la situación real en que se desarrolla el problema y así llevar a cabo la investigación, cuyos resultados deberán vincularse al marco referencial y al teórico.

-Metodología

   Es el procedimiento que se va a seguir para llevar a cabo la investigación. En este apartado se indica paso por paso lo que se va a realizar, indicando:

 El tipo de investigación que se va a realizar.

  • El método que se va a utilizar.
  • La población y muestra (si procede en el tipo de investigación seleccionado).
  • El instrumento que se aplicará.
  • El procedimiento que se seguirá.

 -Finalmente habrá una tabla tentativa de contenido.[1]

    Haber planteado todo lo anterior, tiene por objeto compartir esta gozosa aventura, la que el historiador puede tener con hechos del pasado que pueden traerse al presente, e incluso ya no solo establecer perspectiva, sino prospectivas, presupuestando el futuro. Y en todo ello, el tema de la tauromaquia tiene, como ya se viene comprobando tanta “miga” como no se imaginan.

17 de abril de 2013.


[1] Ha servido para ayudarme en la presentación de este proceso, la “Guía para la estructuración del protocolo de investigación bibliotecológica”. UNAM, Colegio de Bibliotecología y Estudios de la Información, realizado por el Dr. Juan José Calva González y la Mtra. Lina Escalona Ríos.

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