A 180 AÑOS DE LA REINAUGURACIÓN DE LA PLAZA DE SAN PABLO…

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 REINAUGURACIÓN DE LA PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO, EL 7 DE ABRIL DE 1833. 

I

    A unos cuantos días de este acontecimiento, El Telégrafo, Periódico Oficial del Gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, del miércoles (santo) 3 de abril de 1833, Nº 323, p. 4, todavía dejaba ver algunos conflictos previos que se dieron entre quienes  ya habían comprado o adquirido cuartones que integraban la plaza de toros de San Pablo que, unos días más tarde iba a reinaugurarse. 

 EL TELÉGRAFO_03.04.1833_p. 4

 Cuando la empresa se propuso repartir la Plaza de toros de S. Pablo por cuartones, no llevó otra mira que la de que el público disfrutase de la diversión al menor precio posible, sacrificando en su obsequio la parte de utilidad más que pudo quedarle vendiéndola por boletines. Desgraciadamente el éxito no ha correspondido a sus deseos pues se ha hecho granjería con los cuartones vendiéndolos y revendiéndolos con notable perjuicio del público y de la empresa.

   Aún de que esta tenga conocimiento de los individuos que han comprado aquellos y pueda deshacer las dudas y malas inteligencias que tengan, les suplica se sirvan estar el sábado de gloria a las 11 de la mañana, en sus respectivos cuartones, cuya compra acreditarán presentando el recibo respaldado por el que se los vendió, para de este modo evitar toda diferencia que podía suscitarse el día de la función.

   México, Abril 3 de 1833.

    Es decir, se puede ver a las claras que el negocio y la especulación estaban detrás de ese anunciado “repartimiento” del que la empresa, a la sazón, el General Manuel Barrera Dueñas, parece ser consentía y hasta entraba en extraña y sospechosa complicidad.

   Allá por los años de 1825 a 1845 aproximadamente surgió en la escena pública un personaje que acaparó la atención, pero también una serie de circunstancias en donde ejerció el poder, convirtiéndolo con mucha rapidez en un hombre influyente, con la capacidad de resolver sin fin de circunstancias. No sólo estaba al tanto de lo que eran las corridas de toros, espectáculo del que era asentista -o empresario, en la jerga moderna-. También lo era de los principales teatros, contrataba lo mismo navegantes aéreos, artistas que toreros; y hasta se metía en los terrenos repugnantes de la basura, desecho que también tuvo y tiene intereses de fondo.

   Me refiero al coronel primero; al general después, Manuel Barrera Dueñas. Este fue uno de esos hombres emprendedores, que, al involucrarse en asuntos de su personal interés, era capaz de llevarlo hasta sus últimas consecuencias

   Según declaraciones aparecidas en el periódico EL MOSQUITO MEXICANO (1834-1837), de la Barrera confesó más o menos en estos términos sus objetivos: “…me enriquezco porque yo soy el asentista universal”. “Todos los recursos los tengo yo”. 

 P. DE T. FIN VIRREINATO_COMIENZOS MÉXICO INDEPENDIENTE

   Tales palabras parecen pesadas sentencias de implacable espíritu ambicioso que lo llevó a ser temido y envidiado por todos aquellos quienes osaran estar cerca de él. Mis apreciaciones las refiero en un sentido, donde analizo no solo el papel crematístico, sino también todo aquello donde su presencia significara provocación, insinuación y ambición de poder que llegó a ejercer contundentemente.

   Este señor, todo un caso que debe estudiarse con reposo, ocupó diversos cargos políticos de importancia y ejerció influencias como las que ya hemos visto líneas arriba. Para 1829, Manuel Barrera Dueñas ostentaba el rango militar de coronel. Originario de la ciudad de México, donde había nacido alrededor de 1782 y murió en 1845, según los datos aportados por Ana Lau Jaiven, en un artículo que forma parte de su tesis doctoral que abarca la vida económica y política de Manuel Barrera.[1]

 Al igual que su padre se dedicó durante la Independencia a la venta de paños con lo que logró desde entonces, obtener contratas para la fabricación de vestuarios para el ejército, empresa lucrativa que mantendría hasta su muerte. En 1829 era Coronel de infantería retirado y poco después sería ascendido a General de Brigada. Empezó a acumular fortuna a raíz de los nexos que mantuvo con los personajes importantes de la política y de la economía, entre los cuales Anastasio Bustamante, su compadre, fue de los principales. Además de las contratas establecidas con el Ministerio de Guerra, fue el asentista de los teatros Provisional y del Coliseo. Ambas ocupaciones le proporcionaban ingresos suficientes para poder ofertar para adjudicarse los inmuebles y con ello extender su área de influencia hacia otras actividades mercantiles y de influencia política. Su fuero y su grado constituyeron un factor primordial que le permitió lleva a cabo los remates con amplia ganancia.[2]

    Y respecto a sus influencias, baste un ejemplo. Allá por los años veinte del siglo XIX, la Plaza Nacional de toros ¿o la de San Pablo? tuvieron un mismo destino: se quemaron. Fue el 9 de mayo de 1825, día de horrible calor, según Bustamante, que se incendió la Plaza de Toros “que la ha reducido a pavezas”. Un día después el autor del Cuadro Histórico de México apunta:

    Mucho da que decir y pensar el incendio de la Plaza de Toros: a lo que parece se le prendió fuego por varias partes, pues ardió con simultaneidad y rapidez. ¿Quién puede haver causado esta catástrofe? He aquí una duda suscitada con generalidad, y atribuida con la misma a los Gachupines para hacerlos odiosos y que cayga sobre ellos el peso de la odiosidad y persecución, opinión a que no defiero, no por que no los crea yo muy capaces hasta de freirnos en aceyte, sino por que ellos obran en sus intentonas con el objeto de sacar la utilidad posible, y de éste ninguna sacarían. Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero yo aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio. Se asegura que fueron aprendidos dos hombres con candiles de cebo: veremos lo que resulta de la averiguación (Encuadernado aquí el Impreso Poderoso caballero es don dinero. México, Oficina de D. Mariano Ontiveros, 1825, 4 p., firmado El tocayo de clarita) judicial que se está haciendo; por desgracia no tenemos luces generalmente de Letras sino de letras muy gordas y incapaces de llevar la averiguación acompañada de aquella astucia compatible con el candor de los juicios, ni hay un escribano como aquel Don Rafael Luaro que supo purificar el robo de Dongo en los primeros días de la administración del Virey Revillagigedo de un modo que asombró a los más diestros curiales.

   En el acto del Yncendio ocurrió la compañía de granaderos del número Primero de Ynfantería la que oportunamente cortó la consumación del fuego con la Pulquería inmediata de los Pelos el que pudo haverse comunicado al barrio de Curtidores: esta tropa al mando del Teniente Coronel Borja trabajó tanto que dexó inutilizadas sus herramientas. Del edificio no ha quedado más que el Palo de en medio donde estaba la asta bandera, e incendiado en la puerta, lo demás es un cerco de ceniza que aun no pierde la figura de la plaza. Desde el día anterior se notó que en la tarde procuraron apagar con el cántaro de agua de un vendedor de dulces el fuego que aparecía en un punto de la Plaza. Dentro de ella había quatro toros vivos, y tres mulas de tyro; todas perecieron, y ni aún sus huesos aparecen. De los pueblos inmediatos ocurrieron muchas gentes a dar socorro, pues creyeron que México perecía; tal era la grandeza de la flama que se elevaba a los cielos. El daño para el asentista es gravísimo, pues a lo que parece en la escritura de arrendamiento estipuló que respondía la Plaza si pereciese por incendio u otro caso fortuito. ¡Cosa dura vive Dios! que pugna con los principios de equidad y justicia. Además tenía contratada una gruesa partida de toros para lidiar al precio de 50 pesos al administrador del Condado de Santiago Calimaya de los famosos toros de Atengo. Todo esto nos hace sentir esta desgracia, y pedir fervorosamente al cielo no queden impunes los autores de un crimen de tanta trascendencia, y que envalentonará con su impunidad a los malvados a cometer otros de la misma especie.[3]

   Por otro lado me amparo en Enrique de Olavarría y Ferrari quien nos dice:

 En cambio las lides de toros sufrieron un rudo golpe con la completa destrucción de la Plaza Nacional taurina, que en la madrugada del 9 de Mayo (de 1825) comenzó a incendiarse, cebándose las llamas en aquella enorme construcción de apolillada madera, con tal actividad, que en poco tiempo quedó reducida a cenizas.[4]

    La confusión a que se expone el presente material es que se dice que estaba en servicio la plaza de San Pablo en 1824 (justo el 4 de enero, a pesar de que menciona a la de San Pablo), cuando sólo sabemos que era la Plaza Nacional de Toros (1821-1825), junto a las de don Toribio y Necatitlán, las que funcionaban por aquel entonces, a pesar de que como dice nuestro autor “Del edificio no ha quedado más que el palo de en medio donde estaba el asta bandera”, lo que complica nuestras perspectivas, pues solo la de San Pablo poseía tal ornato y no la “Plaza Nacional de Toros”, dato que se confirma del notable óleo sobre cartón que logró del escenario John Moritz Rugendas en 1833, donde aparece dicha columna rematada por la mencionada asta bandera. Asi que, ¿de cual plaza se trataba: de la de San Pablo o de la plaza nacional de toros la que definitivamente se quemó?

   Además, muy cerca de ahí se encontraba la famosa pulquería de “Los Pelos” y el barrio de Curtidores, que estaban inmediatos a la plaza de San Pablo, pues en ningún momento refiere que se tratara de la plaza ubicada en plena plaza mayor o de la “Constitución”.

   Independientemente de todo esto, las plazas de toros de San Pablo, junto a la Plaza Nacional de toros, don Toribio y Necatitlán dieran corridas en aquellas fechas, lo cual significa que la ciudad de México y su población, gozaban del espectáculo de manera por demás bastante frecuente.

   Así que la plaza incendiada resulta ser nuevamente la de San Pablo, inmueble que seguramente movió a fuertes disputas por su regencia, como se aprecia a la hora en que Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero y aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio-.

   La Plaza Nacional de Toros también de madera, seguramente cumplió el ciclo de su vida en ese mismo 1825, fecha que como ya vimos, nos facilita de pasada para información de su perecedera existencia; pues muchas de las plazas levantadas para celebrar corridas tenían una vida efímera al quedar inservible el material con que se construían y ambas plazas -ya desaparecidas en el mismo año- fueron sustituidas por otra que se levantó a un costado de la Alameda (en los rumbos de la Mariscala). Recordemos que en tiempos coloniales hubo alguna plaza que colindaba también con la Alameda y estaba a un lado del “quemadero” de San Diego (actualmente la Pinacoteca Virreinal). Años después, de nuevo funciona la de San Pablo (a partir de 1833), cuya vida se extenderá hasta 1864, año definitivo en que desaparece, no sin faltar otras interrupciones, como aquella de 1847, cuando la ciudad de México sufrió la invasión del ejército norteamericano y hubo necesidad de utilizar gran parte de tablas y tablones colocados en el coso para la defensa de dicha invasión, siendo formadas las trincheras por parte de los miembros del ejército nacional. Creo que el propósito por aclarar estos datos alcanza alguna luz, luego de separar la historia de cada plaza, que, por consecuencia se juntan en un momento muy cercano.

   Por cuanto hemos visto hasta aquí, encontramos que Manuel de la Barrera jugaba unos intereses bastante poderosos, al grado de verse amenazado de palabra y de hecho por la intriga y deseo de poder ejercidos por Andrés Castillo y Diego María de Garay que le hicieron la vida bastante difícil y pesada, hasta consumar sus ambiciones, mandando quemar la plaza de la que entonces era asentista este señor que llegó a afirmar, seguro de sí mismo: “…me enriquezco porque yo soy el asentista universal”. “Todos los recursos los tengo yo”. Ambas frases me han parecido oportuno repetirlas una vez más por el fuerte contexto con que están construidas y que señalan, de pasada, el radio de influencia que tuvo este señor en su momento.

    Como habrán podido percibir, estoy escribiendo la presente entrega sobre la inminente inauguración de la Real Plaza de Toros de San Pablo, hecho que ocurrió el 7 de abril de 1833. Ya en el plano de Diego García Conde del año 1793, aparecían, en la maravillosa traza de la entonces capital del virreinato, tanto la plaza del Volador como la antigua disposición ochavada de la de San Pablo, que había sido inaugurada cinco años antes. 

 PLANO DIEGO GARCÍA CONDE_1793_P. de T. VOLADOR y SAN PABLO

   Y para mayor detalle, nos acercaremos un poco más, en fingido vuelo de globo aerostático,  anhelo y pretensión que por aquellos años ya comienza a dar frutos en algunos aventurados émulos de Ícaro. 

 PLANO DIEGO GARCÍA CONDE_1793_P. de T. VOLADOR y SAN PABLO_DETALLE

He aquí la evidencia del “sobrevuelo”.

    Con los años, este mismo plano, sufrió algunas modificaciones o adecuaciones, como la que se presentó en 1830, cuando volvemos a ver la misma plaza, ahora bajo la circular disposición. 

 PLANO DIEGO GARCÍA CONDE_ILUMINADA_1830_P. de T. SAN PABLO

En la inscripción “Plaza de Toros antigua”, tal debe haberse plasmado bajo el criterio de que, estando fuera de servicio por el incendio de 1821 y que aquí se ha relatado, se conservaba el predio y la disposición de un foro que, al parecer funcionó de manera intermitente e irregular por aquellos años, hasta la fecha de su nueva refundación, la de 1833. 

II 

   Mathieu de Fosey, viajero extranjero y visitante distinguido, no deja pasar la oportunidad de retratar -literalmente hablando- los acontecimientos de carácter taurino que presencia en 1833 pero que aparecen hasta 1854 en su obra Le Mexique. El capítulo IV se ocupa ampliamente del asunto y recogemos de él los pasajes aquí pertinentes. Durante su tiempo de permanencia -que fue de 1831 a 1834- no dejaron de darse corridas, (especialmente en una plaza cercana a la Alameda) pero no había en él esa tentación por acudir a uno de tantos festejos hasta que

 Acabé por dejarme convencer; pero la primera vez no pude soportar esta escena terrible más de media hora… [Algún tiempo después volvío…] y acabé por acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes que tenía que resistir hasta el final del espectáculo…[5]

    En esa visión se encierra todo un sentido por superar la incómoda reacción que opera en Fosey quien, al ver esos juegos bárbaros, tiene que pasar al convencimiento forzado por “acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes” propias del espectáculo que presencia en momentos de intensa actividad “demoníaca” (el adjetivo es mío) pues es buen momento para apuntar justo el tono bárbaro, sangriento de la fiesta, mismo que se pierde en una intensidad de festivos placeres donde afloran unos sentidos que propone Pieper así:

 Dondequiera que la fiesta derrame incontenible todas sus posibilidades, allí se produce un acontecimiento que no deja zona de la vida sin afectar, sea mundana o religiosa.[6]

 No nos priva de un retrato que por breve es sustancioso en la medida en que podemos entender la forma de comportamiento entre protagonistas.

  A veces actúan toreros españoles, pero no son superiores a los mexicanos, ni en habilidad ni en agilidad. Estos están acostumbrados desde la infancia a los ejercicios tauromáquicos, en los campos de México, igual que los pastores de Andalucía en las praderas bañadas por el Guadalquivir, y saben descubrir como ellos en los ojos del toro el momento del ataque y el de la huida. A caballo lo persiguen, le agarran la cola y lo derriban con gran facilidad; a pie, lo irritan, logran la embestida y lo esquivan con vueltas y recortes. Este juego casi no tiene peligro para ellos…[7]

    De esto emana el propósito con el que la fiesta torera mexicana asume una propia identidad, nacida de actividades que si bien se desarrollan con amplitud de modalidades cotidianas en el campo, será la plaza de toros una extensión perfecta que incluso permitirá la elegancia, el lucimiento hasta el fin de siglo con el atenqueño Ponciano Díaz, sin olvidar a Ignacio Gadea, Antonio Cerrilla, Lino Zamora y Pedro Nolasco Acosta, fundamentalmente.

   Los prejuicios van de la mano con nuestros personajes quienes no ocultan -unos-, su desaprobación total; y otros diríase que a regañadientes aceptan con la mordaza debida el festivo divertimento, porque una “nefasta herencia española” lastima el ambiente por lo que fue y significó la presencia colonial “desarraigada” pues, como dice Ortega y Medina:

 los sedimentos hispánicos son sacados a la superficie (por esta suma de viajeros y otros que cuestionan las condiciones del México recién liberado), expuestos a la luz crítica de la razón liberal protestante y extranjera para ser abierta o veladamente censurados como muestra de un pasado histórico y espiritual antediluvianos, antirracionales; es decir, de un pasado que mostraba huellas de animosidad, de oposición, de manifiesta tendencia a ir contra la corriente.[8]

    El espíritu crítico seguirá siendo la manera de su propia reacción[9] y ya no se detendrá para seguir acusando una fobia que por progresista no se adecua a primitivos comportamientos de la sociedad mexicana que aun no se deslinda de toda una estructura, consecuencia del rechazo o, para decirlo en otros términos es esa visión de pugna entre lo liberal y lo conservador, terreno este que se somete a profundas discusiones puesto que entenderlo a la luz de una razón y de una perspectiva concreta, es llegar al punto no de la pugna como tal; sí de una yuxtaposición, de esa mezcla ideológica que se detiene en cada frente para proporcionarse recíprocamente fundamentos, principios, metas que ya no reflejan ese absoluto perfecto pretendido por cada grupo aquí mencionado desde su génesis misma.

   Aquí, la descripción completa[10] de nuestro “visitante”:

    Tiene su entrada el paseo de la Viga por la plaza de San Pablo, en la cual está construida la plaza de toros. Se acabó ésta en 1833, y la función que hubo el día de su apertura, fue la primera que presencié en mi vida: aunque hacía ya dos años que vivía en México, no había caído en la tentación de ir a ver estas diversiones bárbaras, bien que hubiese una función todos los domingos en otra plaza cerca de la Alameda. Por fin, me dejé llevar de la corriente; pero la primera ocasión no pude aguantar este espectáculo más de media hora: volví a casa entregado a un sentimiento de horror con que me había llenado la vista de la sangre derramada. Más tarde volví a verlas; y aunque se mantuvo oprimido mi pecho todo el tiempo, al fin, sin embargo, me acostumbré bastante a las impresiones fuertes que me causaban, para poder esperar hasta que concluyesen, y aun para encontrar un cierto deleite cuando salía más enfurecido el toro y aumentaba el peligro.

 EL TELÉGRAFO_22.03.1833_p. 4

Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 127. Reproducción de El Telégrafo del 22 de marzo de 1833.

    En resumen, no es por efecto de una rareza que me es peculiar; al contrario es un efecto natural y fácil de explicarse. Si sale malo el toro, esto es, si es pacífico, corren menos riesgo los toreadores, es verdad; pero también no se presencia sino el martirio del bruto. Viéndola atormentar y luego degollar, si no media ningún otro interés que haga superar el disgusto que se experimenta, no se tiene delante otra cosa sino una escena de carnicería, de la cual se retira uno con el alma lacrada.

   Si al contrario está embravecido el toro; si arroja rayos por los ojos; si patea el suelo, levantando el polvo con sus manos y llenando el aire con sus siniestros mugidos; si atentos a sus movimientos los toreadores giran en torno de él más expuestos y circunspectos; si, con una embestida inopinada, está pronto un banderillero a recibir la muerte, o si la evita con una treta hábil, y que resuenen por la plaza estruendosos palmoteos, entonces queda como suspensa la vida en aquellos momentos; llega a lo sumo el interés, desapareciendo la sensibilidad del espectador bajo la poderosa emoción que le infunde esta lid de la muerte a las manos con la destreza.

   Repetidas veces se han descrito estas corridas; así es que las plazas de toros de España han sido fuentes abundantes de episodios para los noveladores; con todo me parece bien trazar en este lugar un bosquejo de las de México, procurando darlo en breves palabras por huir del fastidio anexo a toda repetición, cuando es oscura la pluma que va describiendo.

   Honraba los toros aquel día con su presencia el señor presidente de la República, y con motivo tan plausible me llevaron algunos amigos a ver la función, asegurándome que sería excelente. Estaba la ciudad toda alborotada, pues antes de las cuatro de la tarde se veían numerosos grupos de aficionados dirigiéndose hacia San Pablo, y de consiguiente era inmensa la concurrencia de espectadores; así es que no bajaba de ocho mil su número en aquella ocasión, bien que podían caber aún más en el anfiteatro, construido de madera por el estilo de los de Madrid y Sevilla. Es capacísima su plaza enteramente circular, por manera que la de Nos sería una miniatura en comparación; pero es verdad que estaba destinada a una clase de lides que no exigía mucha plaza, muy distintas de las evoluciones tauromáquicas, que tanto más lucidas son cuanto mayor es la escala por la cual se celebran.

   Está cerrado su recinto con una valla de unos cinco pies de alto, la que salvan los toreadores de a pie perseguidos del bruto: detrás de ésta le da la vuelta redonda un corredor que la separa de las gradas, detrás de las cuales se levantan tres hileras de palcos ocupando la mayor excentricidad del circo.

   Llenaba los palcos del lado de la sombra la gente principal de México, ostentando las señoras sus vestidos de gala, con mantillas de blonda blanca y ornado el pelo con flores. Las gradas del mismo lado estaban también ocupadas todas por hombres bien vestidos, de suerte que esta primera mitad del recinto presentaba una vista hermosísima, que hacían mágicas las tamañas dimensiones del circo y la elegancia y lujo de los vestidos. Pero muy distinto era el aspecto del lado opuesto, donde se veían en derredor de la valla y en los terceros palcos un mar de gentío cuyas últimas filas se arrojaban en las primeras, contrastando su miseria y desaseo con el lujo asombroso de los demás concurrentes.

   Al entrar el presidente tocó una sinfonía la música del cuerpo de artillería, que era la mejor de México; y los que debían correr los toros desfilaron dos en dos, precedidos de cuatro locos, especies de payasos insulsos. Visten los toreadores, como Fígaro, con calzones y almilla de raso de color, medias de seda blancas y garbín, el verdadero vestido andaluz, a la vez lucido y cómodo para los lidiadores, cuyos movimientos en nada estorba.

   Entre éstos suelen encontrarse algunos toreadores de España; pero no se aventajan a los mexicanos ni respecto a la destreza ni en punto a agilidad, porque acostumbrados éstos a torear desde su infancia en los campos de México, así como los vaqueros de Andalucía en las praderas regadas por el Guadalquivir, saben lo mismo que ellos reconocer en los ojos del toro cuándo se debe acometer y cuándo conviene huir de él. A pie lo persiguen, lo agarran de la cola y lo vuelcan con la mayor facilidad; y luego a caballo lo hostigan hasta que se abalance a ellos, y lo evitan dando una vuelta o contravuelta que lo deja burlado, en tal conformidad que este juego casi carece de peligro para ellos. Pero en la plaza ya es otro cantar, pues no siempre son felices sus retiradas, mayormente cuando empeñados en merecer los aplausos se ponen en condición por lograrlos.

   Cuando llegó la cuadrilla de toreadores al centro de la plaza, hizo la venia al presidente dispersándose en seguida; entonces resonó la trompeta dando la señal y todas las miradas se dirigieron hacia la puerta del toril. Ábrese ésta y un toro negro con manchas blancas se arroja brincando por la plaza. Atónito con el estampido de la música y de los palmoteos, pausa para reconocer el terreno, y paseando la vista por todo lo que lo rodea, parece indeciso sobre lo que va a hacer; en esto andan los toreadores en derredor de él excitándolo con la voz, y haciendo fluctuar delante de él unas capas coloradas; pero adivinando su peligro el bruto, no trata sino de evitarlo, y al efecto, huyendo por las paredes de la valla, busca una salida. ¡Vana esperanza! le queda cerrada la retirada, chasco que manifiesta dando un mugido afligidísimo.

   Sin embargo, su ademán fiero y sus ojos avivados y chispeando dejan traslucir que va a vender cara la vida. Azótase los ijares con la cola preparándose a la venganza, al tiempo que un chulillo, acercándose a él hasta cuatro pasos, con su capa en la mano, parece en ademán de ofrecerse en sacrificio: al instante embiste a este débil oponente; pero sabiendo éste como lo ha de parar a tiempo, no obstante la corta distancia que lo separa de él, le abandona su capa y, mientras sacia su coraje en este velo y lo pisotea, se escabulle el toreador, supliendo su lugar otro.

   De repente suelta su inútil presa el toro, corriendo sobre su nuevo agresor, que también se le va al mismo momento en que, agachando la cabeza, va a darle el golpe mortal, y sólo hieren el aire sus astas al levantarla. Irritado más y más, menea los ojos en su órbita arrojando centellas. Mira como calculando el medio de saciar su venganza en otra cosa que no sea una visión, y arranca de nuevo; pero le atajan el camino los chulillos, e incontinenti se retiran; luego le vuelven al encuentro, burlando así durante algún tiempo los esfuerzos de su enemigo; mas, al fin, un lance raro vino a parar en mal para uno de ellos, lo que dio lugar a un arrebatamiento de alegría por todo el anfiteatro. Éste, huyendo del toro, se acogió detrás de la valla; pero lo seguía con tanta furia el bruto que no le valió, pues no bastó a contenerlo ésta y, habiéndola salvado, cayó al corredor sobre aquel desgraciado, a quien sacaron fuera con la cabeza ensangrentada y el cuerpo abrumado.

   Causó este brinco inesperado una retrocesión en las gradas, vaciándose el corredor en un abrir y cerrar de ojos delante del toro que siguió su carrera por aquel estrecho pasadizo hasta llegar a una puerta de la plaza, la que se le abrió.

   Habiendo dado fin a esta primera parte de la función otro floreo de la trompeta, armáronse los toreadores de banderillas, especie de venablos largos de dos pies, a los cuales se afianza un cohete, adornándolos listas de papel de color. Salió el primer banderillero dando brincos delante del toro; lo llamaba silbando; y agachando el toro la cabeza, arremetió con el agresor, el que, cuando lo iba a alcanzar, hizo una gentil treta clavándole detrás de la oreja sus dos banderillas; pasó su piel el encorvado venablo y, por más que sacudió su cabeza el bruto, quedó firmemente afianzado en ella: reventando de sopetón el cohete, sus chorros de fuego duplicaban su tormento y su rabia; forcejeaba, brincaba y prorrumpía en sordos gemidos; cuando de repente lleno de furor se arrojó a acometer sin dar tregua, con tales extremos que por un momento sólo trataron los combatientes de evitarlo.

   No obstante, arrostró su bravura un joven banderillero que se había hecho notar por la precisión de sus movimientos y, en el momento en que temblaban todos por su vida, le clavó la rosa (placa redonda de papel recordado a imitación de esta flor, se afianza ésta por medio de una tachuela rematando con un gancho) en medio de la frente, dando un cuarto de vuelta que lo salvó. Resonó el anfiteatro con los gritos de viva y víctores de toda clase, estremeciéndose el toro con tanta humillación.

   Ya se habían presentado muchos banderilleros uno tras otro con igual suerte, cuando cambió ésta con ellos: uno recibió una cornada que, bien que ligera, lo inutilizó por aquel día; y el otro, a quien primero derribó el toro, fue cogido en peso y arrojado a más de ocho pies de alto, de cuya elevación vino a dar de bruces en el polvo. Estaba perdido, si no hubieran conseguido sus compañeros, por medio de sus velos colorados, distraer al vencedor encarnizado en su venganza. Con todo jadeaba el gallardo bruto, chorreando por sus ijares, humeando y lacerados, la sangre y el sudor, pues se meneaban en su martirizada piel más de veinte banderillas.

   A la sazón llamó a la lid otra tercera señal a los picadores, vestidos estos nuevos combatientes como los charros de tierra adentro, esto es con calzoneras, chaqueta de cuero y botas vaqueras; van armados de una garrocha, con la cual pican al toro sobre la cabeza o en el pescuezo cuando se abalanza a ellos, obligándolo así a tomar otra dirección. Esta clase de lid es menos peligrosa para los hombres que para los infelices caballos, que salen horriblemente maltratados, pues a menudo quedan despanzurrados uno o dos en cada función. A veces tienen que taparles los ojos porque, aleccionados por la experiencia a temer la embestida del toro, huyendo él cuando se acerca, al paso que ignorando el peligro, se encaminan atrevidos hacia donde los guían sus jinetes. Pero las más veces van estos nobles animales a la lid sin llevar esta precaución y, viendo a su enemigo sin temor, corren a su encuentro lleno de ardor.

   Salió mal el primer picador que se presentó, ya porque no acertase a clavar su garrocha, o ya porque él mismo no estuviese listo; lo cierto es que no pudo evitar la embestida del toro y fue con su caballo a rodar por el polvo. Ni uno ni otro estaba herido; pero volvió el toro a cargarlos cuando estaban los dos todavía aturdidos de la caída, y antes que los demás picadores hubiesen logrado alejarlo a garrochazos, ya había despanzurrado el caballo, al que llevaron fuera de la plaza arrastrando tras sí las entrañas.

   Contribuyeron al lucimiento de la función otros dos lances iguales; y no cabe duda que nuevas exequias hubieran precedido las del toro si hubiese durado más tiempo la lid a caballo; pero tocó a degüello la trompeta, y el primer matador salió con la espada desenvainada a saludar la lumbrera del presidente.

   Desde luego no quedaron en la plaza más que dos campeones, el toro y el matador; pero esta vez la pelea era de muerte; así es que cautivó del todo la atención de los concurrentes esta vista que, aunque la más bárbara, es la que excita el mayor interés.

   Habiendo cubierto la espada con su capa, dirigióse el matador hacia el toro, procurando una posición favorable al ataque: dos ocasiones lo embistió el toro, y otras tantas veces blandió en sus manos la flamante espada; pero obligándolo el inminente peligro en que estaba, renunció por entonces a darle, con intención de aprovechar mejor la ocasión.

   Sin embargo, no por eso desmayó el ardor en la pelea, pues apenas se vio fuera del alcance del toro cuando le volvió a salir al encuentro; lo excitaba silbando y mantenía sin pestañear los ojos clavados en los de su víctima, la que, ataviada con los mil colores de las banderolas, por tercera vez se arrojó al sacrificio; pero había de ser la última, pues en ésta tropezó con el hierro exterminador, el que, hiriéndola en la cruz, se hundió hasta seis pulgadas del áliger, y le atravesó los bofes.

   Le clavó su estocada con tanta rapidez y destreza que todavía dudaba yo si le había acertado a dar al bruto, cuando, con la espada, chorreando sangre, volvió el matador a saludar al presidente, el que recompensó su destreza con una bolsa llena de pesos, que se le tiró a la plaza. Entre tanto el infeliz toro, herido de muerte, forcejeaba con el desfallecimiento que iba apoderándose de sus miembros, y echaba apagados gemidos que salían de su pecho con torrentes de sangre; dio algunos trémulos pasos más, y cayó de rodillas; entonces le dieron una cuchillada en la nuca y exhaló al instante el postrer aliento.

   Habiendo tocado el clamoreo de su muerte, salió a la plaza un tronco de tres mulas hitas empenachadas; engancharon el toro de sus tiros y, echando a correr a galope, se llevaron el cuerpo inerte de aquel hermoso bruto, poco antes tan brioso y tan temible.

   Apenas hubieron los mozos cubierto con polvo las manchas de sangre que surcaban la plaza, cuando soltaron otro toro tan formidable como el primero, pero más joven y por lo mismo más incauto. Por largo rato parecía estar retozando más bien que lidiando; después de haber dado una carrera, paraba posando con ademanes raros y de estudio, siguiendo con la vista a los toreadores que caracoleaban en derredor de él. Al hacer ánimo de embestir, su piel, de un gris oscuro, se fruncía en su ancho pecho, manifestando a los que lo miraban toda la pujanza que le cabía a este atleta del desierto. Dejaba a sus agresores muy poco campo y muy pocas probabilidades de éxito el descomunal tamaño de sus astas, encorvadas hacia adelante; no obstante alegraba el notar esta ventaja en las armas, pues se había cautivado el interés general en tanto grado que poco faltaba por llevarse los votos con detrimento de los que lo acosaban.

   Sin embargo, a pesar de todo lo que se anticipaba, sólo quedó muerto un caballo y derribado ileso un banderillero en las varias embestidas que dio. En esta ocasión le tocó la espada tauricida a un matador de a caballo; su empeño era dos veces más arduo y peligroso; pero luego que se acertó que existía entre el jinete y su caballo simultaneidad de voluntad y de acción, luego que se le vio trabajar volteando con el acierto más brillante y la mayor desenvoltura, se conjeturó bien pronto cuál sería el resultado de este segundo duelo, proclamando de antemano al víctor. Efectivamente, en la primera embestida, herido en el mismo corazón, cayó el toro a los pies de su diestro vencedor, como si el rayo lo hubiese tocado; y fue acogido el triunfo de aquél con el debido tributo de víctores a que era acreedor.

   Ya se habían inmolado sucesivamente cinco más víctimas cuando tocaron el martirio del toro embolado, esto es, cuyas astas están afianzadas en unos bolos que atemperan lo peligroso de sus cornadas, y por otra parte siempre lo escogen de entre los más pacíficos. Después de haberlo así hecho inofensivo, lo entregaron al populacho que, afluyendo por todos lados, salvaron el vallado, e inundando la plaza empezaron la parodia de los lances que acaban de declarar. Cuélganse unos de la cola del bruto; otros se montan en él, y otros se hacen volcar en el polvo; pero no por eso deja esta diversión de tener fatal desenlace para el desgraciado bruto, pues es fuerza que sea degollado como los demás, después de haber sido atormentado de mil modos. Es rudísimo este último acto, así es que jamás he visto de él más que sus preludios.

   Concluyó con fuegos artificiales esta función en la que quedaron heridos cuatro hombres y despanzurrados seis caballos; y en seguida se retiraron todos satisfechos con el número de las víctimas, y muy complacidos con lo buena que había salido la corrida. 

 LA ANTORCHA_07.04.1833_p. 4

La Antorcha, Distrito Federal, del 7 de abril de 1833, p. 4.

    Repítense cada domingo y todos los días de fiesta estas funciones, por manera que se cuentan hasta ciento al año. ¡Así deben ascender a quinientos o seiscientos el número de los toros que en ellas se degüellan, viniendo a ser de este modo el empresario de estas diversiones uno de los principales abastecedores de las carnicerías de la capital…! 

III 

   Tres hermosas láminas, recrean exterior e interior de la plaza en épocas que se aproximan a sus composiciones. La primera de ellas es de John Moritz Rugendas, quien nos deja un óleo sobre cartón denominado “Corrida de Toros en la Plaza de San Pablo”, mismo que se encuentra fechado en 1833, por lo que es muy probable que haya sido testigo de aquella reinauguración aquí referida.

   Rugendas quedó seducido, como muchos otros viajeros de aquella visión tan natural y espontánea del México que le toca admirar, un México apenas emancipado y cuyo reflejo se queda para siempre en sus diversos cuadros y apuntes que realizó en diversas regiones del nuevo estado-nación. Por eso, la pequeña obra,        que hoy día puede admirarse en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec es una maravillosa escena donde puede apreciarse el caos a que estaban sujetas las cotidianas puestas en escena de la tauromaquia mexicana durante el primer tercio del siglo XIX, lo que nos permite entender el estado de cosas que guardaba el toreo por entonces.

005_PH_BGyR He aquí a John Moritz Rugendas llevando un poncho sudamericano, punto que incluyó su periplo, tras su viaje por México. 

 006_PH_BGyR

El golpe de vista que causó la corrida de toros presenciada por el genial pintor.

    Una escena más es la que recreó Heredia: 

012_PH_BGyR Heredia ilustró, Cumplido publicó. Escena fascinante de la REAL PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO. La fiesta poco a poco va mostrando signos de lo que ya es para la tercera década del siglo XIX. Fuente: Colección del autor. 

 011_PH_BGyR

MÉXICO PINTORESCO. COLECCIÓN DE LAS PRINCIPALES IGLESIAS Y DE LOS EDIFICIOS NOTABLES DE LA CIUDAD. PAISAJES DE LOS SUBURBIOS. L. 1853. INTRODUCCIÓN POR FRANCISCO DE LA MAZA. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1967. X + 46 p. Ils. Exterior de la plaza de toros de San Pablo, hacia 1853, veinte años después de los acontecimientos que aquí se han recordado.

CONCLUSIONES.-

    Tras este largo ensayo o reportaje, quedan algunos puntos por aclarar. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de saber quién o qué toreros participaron en aquella jornada. Lamentablemente no hay ningún dato que afirme, con nombre y apellido la presencia de este o aquel torero. Supondría dos escenarios:

1.-Que Bernardo Gaviño, del cual El Arte de la Lidia en 1884 afirma que este gaditano ya se encontraba en nuestro país desde 1829, haya sido uno de los participantes.

2.-Que quienes estuvieron presentes hayan sido los hermanos Ávila.

   El caso de los hermanos Ávila se parece mucho al de los Romero, en España. Sóstenes, Luis, José María y Joaquín Ávila (al parecer, oriundos de Texcoco) constituyeron una sólida fortaleza desde la cual impusieron su mando y control, por lo menos de 1808 a 1858 en que dejamos de saber de ellos. Medio siglo de influencia, básicamente concentrada en la capital del país, nos deja verlos como señores feudales de la tauromaquia, aunque por los escasos datos, su paso por el toreo se hunde en el misterio, no se sabe si las numerosas guerras que vivió nuestro país por aquellos años nublaron su presencia o si la prensa no prestó toda la atención a sus actuaciones.

   Sóstenes, Luis y José María (Joaquín, mencionado por Carlos María de Bustamante en su Diario Histórico de México, cometió un homicidio que lo llevó a la cárcel y más tarde al patíbulo) establecieron un imperio, y lo hicieron a base de una interpretación, la más pura del nacionalismo que fermentó en esa búsqueda permanente de la razón de ser de los mexicanos.

   Un periodo irregular es el que se vive a raíz del incendio en la Real Plaza de Toros de San Pablo en 1821 (reinaugurada en 1833) por lo que, un conjunto de plazas alternas, pero efímeras al fin y al cabo, permitieron garantías de continuidad.

   Aún así, Necatitlán, El Boliche, la Plaza Nacional de Toros, La Lagunilla, Jamaica, don Toribio, sirvieron a los propósitos de la mencionada continuidad taurina, la que al distanciarse de la influencia española, demostró cuán autónoma podía ser la propia expresión. ¿Y cómo se dio a conocer? Fue en medio de una variada escenografía, no aventurada, y mucho menos improvisada al manipular el toreo hasta el extremo de la fascinación, matizándolo de invenciones, de los fuegos de artificio que admiran y hechizan a públicos cuyo deleite es semejante al de aquella turbulencia de lo diverso.

   De seguro, algún viajero extranjero, al escribir sus experiencias de su paso por la Ciudad de México, lo hizo luego de presenciar esta o aquella corrida donde los Ávila hicieron las delicias de los asistentes en plazas como las mencionadas. De ese modo, Gabriel Ferry, seudónimo de Luis de Bellamare, quien visitó nuestro país allá por 1825, dejó impreso en La vida civil en México un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con la intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del “monte parnaso” y la “jamaica”, de las cuales hizo un retrato muy interesante.

   En el capítulo “Escenas de la vida mejicana” hay una descripción que tituló “Perico el Zaragata”, el autor abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, para llegar finalmente a la plaza.

 Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciuda

   Y tras la descripción de la plaza de Necatitlán, el “monte parnaso” y la “jamaica”,

 (…)El populacho de los palcos de sol se contentaba con aspirar el olor nauseabundo de la manteca en tanto que otros más felices, sentados en este improvisado Elíseo, saboreaban la carne de pato silvestre de las lagunas. -He ahí- me dijo el franciscano señalándome con el dedo los numerosos convidados sentados en torno de las mesas de la plaza, lo que llamamos aquí una “jamaica”.

    La verdad que poco es el comentario por hacer. Ferry se encargó de proporcionarnos un excelente retrato, aunque es de destacar la actitud tomada por el pueblo quien de hecho pierde los estribos y se compenetra en una colectividad incontrolable bajo un ambiente único.

   De todos modos, lo poco que sabemos de ellos es gracias a los escasos carteles que se conservan hoy en día. Son apenas un manojo de “avisos”, suficientes para saber de su paso por la tauromaquia decimonónica. Veamos qué nos dicen tres documentos.

   13 de agosto de 1808, plaza de toros “El Boliche”. “Capitán de cuadrilla, que matará toros con espada, por primera vez en esta Muy Noble y Leal Ciudad de México, Sóstenes Ávila.-Segundo matador, José María Ávila.-Si se inutilizare alguno de estos dos toreros, por causa de los toros, entonces matará Luis Ávila, hermano de los anteriores y no menos entendido que ellos. Toros de Puruagua”.

 Domingo 21 de junio de 1857. Toros en la Plaza Principal de San Pablo. Sorprendente función, desempeñada por la cuadrilla que dirigen don Sóstenes y don Luis Ávila.

    “Cuando los habitantes de esta hermosa capital, se han signado honrar á la cuadrilla que es de mi cuidado, la gratitud nos estimula á no perder ocasión de manifestar nuestro reconocimiento, aunque para corresponder dignamente sean insuficientes nuestros débiles esfuerzos; razón por lo que de nuevo vuelvo a suplicar á mis indulgentes favorecedores, se sirvan disimularnos las faltas que cometemos, y que á la vez, patrocinen con su agradable concurrencia la función que para el día indicado, he dispuesto dar de la manera siguiente:

   Seis bravísimos toros, incluso el embolado (no precisan su procedencia) que tanto han agradado á los dignos espectadores, pues el empresario no se ha detenido en gastos (…)”.

   Aquella tarde se hicieron acompañar de EL HOMBRE FENÓMENO, al que, faltándole los brazos, realizaba suertes por demás inverosímiles como aquella “de hacer bailar y resonar a una pionza, ó llámese chicharra”.

   Al parecer, con la corrida del domingo 26 de julio de 1857 Sóstenes y Luis desaparecen del panorama, no sin antes haber dejado testimonio de que se enfrentaron aquella tarde a cinco o más toros, incluso el embolado de costumbre. Hicieron acto de presencia en graciosa pantomima los INDIOS APACHES, “montando á caballo en pelo, para picar al toro más brioso de la corrida”. Uno de los toros fue picado por María Guadalupe Padilla quien además banderilló a otro burel. Alejo Garza que así se llamaba EL HOMBRE FENÓMENO gineteó “el toro que le sea elegido por el respetable público”. Hubo tres toros para el coleadero.

 “Amados compatriotas: si la función que os dedicamos fuere de vuestra aprobación, será mucha la dicha que logren vuestros más humildes y seguros servidores: Sóstenes y Luis Ávila”.

    Todavía la tarde del 13 de junio de 1858 y en la plaza de toros del Paseo Nuevo  participó la cuadrilla de Sóstenes Ávila en la lidia de toros de La Quemada.

   Destacan algunos aspectos que obligan a una detenida reflexión. Uno de ellos es que de 1835 (año de la llegada de Bernardo Gaviño) a 1858, último de las actuaciones de los hermanos Ávila, no se encuentra ningún enfrentamiento entre estos personajes en la plaza. Tal aspecto era por demás obligado, en virtud de que desde 1808 los toreros oriundos de Texcoco y hasta el de 58, pasando por 1835 adquirieron un cartel envidiable, fruto de la consolidación y el control que tuvieron en 50 años de presencia e influencia. 

 DOS MOMENTOS EN SAN PABLO

Ayer y hoy. Estas serían dos estampas comparativas sobre la situación en que se encontraba la plaza de toros de San Pablo y lo que en nuestros días se puede percibir circulando por esos rumbos del barrio de San Pablo mismo.

    Otro, que también nos parece interesante es el de su apertura a la diversidad, esto es, permitir la incorporación de elementos ajenos a la tauromaquia, pero que la enriquecieron de modo prodigioso durante casi todo el siglo XIX, de manera ascendente hasta encontrar años más tarde un repertorio completísimo que fue capaz de desplazar al toreo, de las mojigangas y otros divertimentos me ocuparé en detalle más adelante. 

   Los Romero, que en realidad son cinco: Francisco y sus hijos: Juan Gaspar, José, Pedro y Antonio, representaron la raíz y el primer tronco del toreo estimado como de a pie, y que cubrió un periodo de 1725 a 1802. Además, la etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

   Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes.

   Otro aspecto que llama poderosamente la atención, es el hecho de que la empresa, o el asentista, pretendiendo seguir y adoptar el método antiguo de “vender la plaza por cuartones, como se hacía en las fiestas que se llamaban reales, y después nacionales”, puso a disposición de los interesados los cuartones de que estaba formada la plaza. Lamentablemente un síntoma de especulación y reventa, así como los excesos que esos manejos fueron generando, terminaron en un desagradable y amargo desenlace, apenas resuelto la víspera, cuando hubo necesidad de citar a los que realizaron tal operación, con objeto -y esto es muy probable-, de estabilizar y tranquilizar la incómoda situación que se presentó tras el anuncio de la venta de los mencionados “cuartones”.

   Finalmente, sobre el ganado tampoco hay ninguna noticia cuya certeza permita afirmar de dónde fueron los toros lidiados en esa y otras jornadas posteriores a la reinauguración. También la especulación lleva a suponer que pudo haberse tratado de un encierro de Atenco, que por esos años se encontraba en uno de sus mejores momentos, o también de los de Sajay de la Cueva o también de Molinos de Caballeros, fracción de la misma hacienda atenqueña.


[1] Ana Lau Jaiven: “Especulación inmobiliaria en la ciudad de México. La primera desamortización. El caso de Manuel Barrera”. En: Las ciudades y sus estructuras. Población, espacio y cultura en México, siglos XVIII y XIX. Sonia Pérez Toledo, René Elizalde Salazar, Luis Pérez Cruz, Editores. México, Universidad Autónoma de Tlaxcala. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 1999. 275 p. Ils., maps., cuadros., p. 171-180.

[2] Op. cit., p. 172.

[3] Bustamante, Carlos María de: Diario Histórico de México. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1982. 168 pp. Tomo III, Vol. 1. Enero-Diciembre de 1825., p. 72-3.

 Además:

 PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO

    Bien sabido es, que por el dinero, y con el dinero se ha plagado el mundo de delitos, miserias y desgracias: por él se han suscitado las guerras, y con él se han emprendido, dándose al saqueo las ciudades, y a la destrucción los imperios: por el dinero se matan los hombres, y con el dinero viven y se engrandecen los oscuros y despreciables: por el dinero se levantan las más negras calumnias, y con el dinero se cubren y quedan sin castigo los crímenes más horrorosos: por el dinero se pierde la quietud, y con el dinero se corrompe el corazón. Esto, y muchísimo más, puede el dinero en grande; veamos como obra, respectivamente, en chico.

   El déspota particular con mucho dinero, de nada carece y cuanto quiere alcanza: acostumbrado a hacer su gusto en todo, se felicita y complace en la ejecución de sus más vergonzosas pasiones y soberbios caprichos, pues cuenta siempre con la ciega obediencia de los seres degradados que lo adulan.

   Así el hombre venal, orgulloso y dominador, si es rico, aunque se vea lanzado del alto asiento que usurpaba, y destituido del poder absoluto que ejercía sobre los demás, conserva una superioridad tan altanera, que casi se identifica con el mismo absoluto poder que ha perdido. De aquí pueden hacerse aplicaciones muy exactas con referencia a los casos que han acontecido y están aconteciendo desde nuestra emancipación política: hágalas, si gusta, el juicioso lector, y luego encárguese del objeto a que se dirige este papel para fallar imparcialmente, llevando por delante aquel refrán que asienta: por lo poco, se pasa al conocimiento de lo mucho.

   Después que por motivos bastante notorios estuvo sin ejercicio el coliseo de esta corte una porción de tiempo, los cómicos proyectaron y consiguieron su apertura, quedando responsables de mancomún al arrendamiento de la finca, y cuando habían dado muchas funciones, que el público vió con aprecio, regresó de la Habana en junio de 824 el gran cantador Andrés del Castillo, convencido de que no podía lograr colocación ventajosa fuera de este suelo que le dio tantos miles de pesos.

   Admitido nuevamente al teatro por la generosidad de sus arrendatarios, tuvo la desvergüenza de decirnos por medio de un manifiesto (tratando cohonestar su punible fuga) que se ausentó con el fin de ilustrarse y volver á servirnos con nuevas y selectas operas que había adquirido. Nos dio tres o cuatro en cansadas repeticiones de doble paga, y cátese agotado todo el tesoro de sus piezas cantables; bien, que cubrió esta falta con el trágico galán Diego María Garay, que vino en su compañía a probar fortuna.

   Nosotros estábamos bien hallados con nuestros antiguos y hábiles empleados en el teatro, recibiendo por uno de ellos, desde las tablas según costumbre, el aviso de la función que debía hacerse en la noche siguiente, cuando extendida la noticia de la llegada del hombre trágico, unos pocos de la luneta, no permitiendo que se diese la cita, pidieron a gritos por más de tres noches al señor Garay que al fin se colocó en el modo y términos que están en conocimiento del público (No se habla aquí de Fernández y Patiño, protegidos por Garay, porque éstos, sin plaza efectiva, solo nos atormentaban con sus bramidos declamatorios las noches en que trabajó el padrino).

   Concluida la temporada del año próximo anterior, y puesto el teatro en pregón para la del corriente, se presentaron Castillo y Garay, haciendo postura después de que recibieron el amargo desengaño de que no podían quedarse con la finca a la sordina; y se dice (no sé si con fundamento) que estos dos amigos, sostenidos por algunos de sus paisanos pudientes, llevaban la idea de tolerar a los cómicos del país solo el primer año, y al segundo dejarlos en la calle, pues entonces ya tendrían surtido el teatro de extranjeros, tanto para las plazas principales de representado, canto y baile, como para las de mites ó domésticos.

   Presentóse en la palestra el digno mexicano coronel Manuel Barrera (dueño hoy de la empresa) que adivinando los fines de ambición y parcialidad que impulsaban esta negociación, celebró su remate por cinco años en cantidad que no tiene ejemplar, y deshizo los planes.

   Aquí entra el título de este papel como el dedo al anillo: poderoso caballero es don dinero:  ¡quién lo creyera!… Castillo y Garay, contando con el fuerte apoyo de sus protectores, revolucionaron en términos, que habiendo introducido la desunión en las compañías, arrancaron del teatro a algunas de sus primeras habilidades, y estas siguiendo indiscretamente la suerte de los cabecillas, andan ahora fuera de la capital separadas de sus familias: ya sentirán las resultas, y quizá cuando no haya remedio; pues aunque la construcción de un segundo coliseo en México les asegure un por venir lisonjero, podrá suceder… ¡quien sabe!

   Por lo poco se pasa al conocimiento de lo mucho: esta es una verdad bien acreditada. Si para el solo negocio teatral se han interpuesto tantos miles de pesos… ¿cuántos más se derramarían para volvernos a uncir al carro español si esto estuviera al arbitrio del que lo ocupa y bajo las fuerzas de sus agentes?… ¡Cuidado, compatriotas, que las trepidaciones políticas no se han acabado!

   (…)

   Por parte del dueño de la empresa, hay un grande y decidido empeño en servir a este público respetable, pues sin contar con las habilidades que lo abandonaron, está haciendo muchísimo más de lo que debía esperarse; y pagando sueldos de alto peso, e invitando a cuantos sean aptos para los ramos de que se compone el teatro, ha probado de una manera nada equívoca su deseo de agradar. Este lo llevó, ciertamente, a la (al parecer) temeraria empresa de ofrecer la operita del tío y la tía, y ya se vio que fue más que regularmente desempeñada: en la función que dio el sábado 23 de abril en honor de Jorge IV, rey de la Gran Bretaña, echó el resto, pues hizo adornar el teatro con todo el buen gusto y lujo que jamás se había visto. Diráse que soy un mercenario apologista; mas esto no será verdad, pues nunca he tenido, ni tengo, ni espero tener relaciones de confianza con el empresario. Oigo hablar mil despropósitos que distan muchísimo de los hechos, y he aquí el único motivo que tuve para publicar este papel: si lo dicho no basta, tírense pedradas, pero entiéndase que las rechazará con la rodela del desprecio.

El tocayo de Clarita.

[4] Enrique de Olavarría y Ferrari: Reseña histórica del Teatro en México por (…). 2ª edición, México, Imprenta, Encuadernación y papelería “La Europea”, 1895. Tomo I. 383 p., p. 222.

[5] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 128.

[6] Josef Pieper: Una teoría de la fiesta. Madrid, Rialp, S.A., 1974 (Libros de Bolsillo Rialp, 69). 119 p., p. 44.

[7] Lanfranchi, op. Cit.

[8] Juan Antonio Ortega y Medina; México en la conciencia anglosajona II, portada de Elvira Gascón. México, Antigua Librería Robredo, 1955. 160 p. (México y lo mexicano, 22)., p. 73.

[9] Benjamín Flores Hernández: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México)., p. 86. A cada paso se encuentran, pues, en las reseñas toreras de aquellos viajeros, expresiones de horror ante la barbarie de la fiesta y de suficiencia al pretender explicarla como lógica consecuencia de toda una manera de ser en absoluto desacuerdo con las reglas de comportamiento dictadas por la modernidad.

[10] Mathieu de Fossey: Viaje a México. Prólogo de José Ortiz Monasterio. México, CONACULTA, 1994. 223 pp. (Mirada viajera). Cap. V, p. 129-137.

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