JOSÉ GUADALUPE POSADA EN LOS TOROS. XXI.

EL ARTE… ¡POR EL ARTE!

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 MANUEL MANILLA: UN CAPÍTULO DE LA ILUSTRACIÓN TAURINA EN MÉXICO.

 Graciosos y finos rasgos, que deslizan el buril por la firme plancha, ya de madera, ya metálica, hasta formar el curioso grabado, concluyen aquel trabajo con el tiraje de los carteles anunciadores para las corridas de toros más inmediatas. Estos hermosos y frágiles documentos, fueron ilustrados por uno de los más importantes grabadores del siglo XIX mexicano, contemporáneo de José Guadalupe Posada, otro artista genial. Me refiero a Manuel Manilla, protagonista del presente homenaje que este autor dedica, a su vez al creador entre otras múltiples obras, de la infantil OCA TAURINA, que detalla pormenores del fascinante espectáculo decimonónico.

    Hoy merece un lugar especial la contraparte, pero también el complemento de Posada: Manuel Manilla.

   A diferencia de la extensa bibliografía dedicada a José Guadalupe Posada, la que se ha destinado a Manuel Álvarez Manilla es más bien breve. Los trabajos de Manilla, al cabo de una exhaustiva revisión resultan numerosos, y de ellos, una buena cantidad está destinada al ámbito taurino. Se sabe que nuestro personaje nació en 1830 y murió apenas poco tiempo después de iniciado el siglo XX. Sus primeros grabados aparecen en una publicación destinada a la cultura infantil: La edad feliz (1873) y desde entonces, sus líneas características, matizadas con esa peculiar influencia, permiten distinguirlo del trabajo de Posada mismo, e incluso de Rangel y J. Lagarza, contemporáneos suyos. Buena parte de las planchas que trabajó, destinadas para enriquecer las cabeceras de infinidad de carteles no solo taurino, sino teatrales, o de publicidad quedaron registradas sin su firma o monograma, lo que ha generado confusión, atribuyéndoselo otros sin empacho alguno.

   Así que desde épocas tan señaladas como la octava década del siglo XIX, sus grabados ilustran infinidad de elementos taurinos, logrando interpretar con su buril las suertes de una tauromaquia a la mexicana, y años más tarde, aquella que quedó asentada definitivamente en nuestro país, y que establecieron bajo el espíritu de una “segunda conquista” un grupo de diestros españoles quienes depositaron aquella maravillosa acumulación de experiencias, que terminó aceptando la afición. Basta con ver en detalle su “Oca Taurina” para entender que se trataba de un buen aficionado, que entendió y asimiló perfectamente lo que pasaba en su época, desmenuzando una corrida de toros, de principio a fin, conforme a los patrones establecidos en una época en la que predominaba lo que se considera la madurez de la independencia taurina mexicana.

   Diversas imprentas dieron paso al trabajo de Manuel Manilla en su época de vigencia, e incluso ya fallecido, hemos encontrado otros materiales suyos en carteles taurinos entre los años 20 y 30 del siglo XX, lo que supone un intento por trascender un arte en la frontera de la extinción, cuando otras técnicas, como el de la incorporación de la fotografía, de la pintura, eran ya de uso común para las épocas señaladas. Probablemente también se trataba de un trabajo que, desde el punto de vista económico resultaba eficaz, puesto que cumpliendo el mismo fin de difusión no alteraba los propósitos de dar a conocer con anticipación la forma en que se estructuraba un cartel con toros, toreros, cuadrillas, pero también con un conjunto de aderezos que daban colorido a la corrida anunciada. Tal es el caso donde ilustra acróbatas, malabaristas, payasos, ascensiones aerostáticas o escenas teatrales. Pero esto es también resultado del reciclaje con el que Manilla utilizaba sus propios grabados, lo que es señal de que las tallas elaboradas hayan alcanzado un número importante que después se dispersaron por imprentas de la capital y de la provincia.

   Manuel Manilla, aunque enfrentó directamente su trabajo con el de José Guadalupe Posada, también lo compartió fundamentalmente en la imprenta del editor Antonio Vanegas Arroyo, personaje que se encargó de publicar cientos, quizá miles de carteles y otras hojas impresas (conocidas como “hojas de papel volando”) que hoy adquieren un gran valor estético debido a la apreciada técnica de ambos artistas populares, técnica de un marcado sabor artesanal. Ante esta propuesta, las palabras de Helia Emma Bonilla Reyna parecen darnos la razón:

 La obra de Manuel Manilla pone de manifiesto diferentes problemáticas: las relaciones entre tradición e innovación, entre los procesos culturales y económicos del centro y los de la periferia, la asimilación de modelos visuales y técnicos, la complejidad de definir lo popular, etcétera. Asimismo, plantea la necesidad de entender las imágenes en el contexto de los impresos para los que se crearon, pone de relieve la especificidad de los géneros ilustrativos, la existencia de una especialización de tareas entre los ilustradores y una división del trabajo en los talleres. Además, revela la estrecha vinculación que Manilla tuvo con José Guadalupe Posada, expresa en la obra de ambos de múltiples formas. 

 EL MONITOR DEL PUEBLO_27.05.1888_p. 7_MM

Uno de los peculiares grabados de Manilla, aparecido en El Monitor del Pueblo. Distrito Federal, 27 de mayo de 1888, p. 7.

    Los Manilla, padre e hijo dieron fulgor al grabado en una época que coincide con el porfiriato mismo. Pero no sólo es el grabado en madera, metal, madreperla y carey, sino letreros pintados para comercios. Realizaban trabajos donde aseguraban electrotipar (sic) estereotipos con extrema perfección y especializarse en fachadas de edificios, además de grabar sellos en goma y metal, y diseñar estampillas y monogramas, lo que lleva a concluir que su trabajo gozaba de la “rentabilidad de la especialización, pues su taller coexistió con los talleres litográficos, y quizá fotolitográficos o de fotograbado, gracias a una demanda suficiente” (Bonilla Reyna).

   En suma, Manuel Álvarez Manilla, junto con su hijo, entraron en un ámbito de publicidad que supieron explotar acertadamente, siendo el taurino uno de los mejores beneficiados. La selección de imágenes que acompaña estas líneas es apenas un pequeño repertorio, pero también un gran homenaje a este notable personaje que también dejó buena parte de su obra en las peculiares cabezas de algunos de los periódicos taurinos que circularon a finales del siglo XIX (como es el caso de “El estoque”). También incursionó en otras publicaciones como: “La Broma”, “Gil Blas”, “El Popular”, “El Mero Valedor”, “El Hijo del Ahuizote”, “El Monitor del Pueblo” y “La Casera”, periódico que el artista editó por su cuenta.

   La del grabado puede resultar hoy, frente a la enorme dimensión de otras técnicas artísticas empleadas en la cartelería taurina, un anacronismo. Pero el hecho es que recuperan vigencia en la medida en que conocemos y descubrimos más y más del trabajo elaborado por un grabador de altos vuelos, que dejó lo mejor de su obra en el último tercio del siglo XIX, y que, a más de cien años de su muerte (1902) sigue deslumbrándonos, además de deleitarnos con ese su inconfundible sello, que buriló por cientos con la famosa firma de MANILLA.

CONTINUARÁ.

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