EL CHARRO: SELLO NETAMENTE NACIONAL, PERFIL QUE SE DEFINE EN EL CAMPO Y PRESENCIA DEL “NARCISO MEXICANO” EN LA PLAZA.

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

     Durante la corrida celebrada el domingo 7 de noviembre de 1993 sucedieron dos hechos que llamaron poderosamente mi atención: Una de ellas durante el paseíllo. La otra, con un personaje de la pintura.

   Si ustedes recuerdan, se unieron en un momento determinado y encabezando el desfile de las cuadrillas tres hombres de a caballo que, sin tener un papel protagónico tanto el alguacil como el charro, sí lo tuvo en esa tarde desafortunada el rejoneador, ajuareado a la usanza portuguesa. Claro, en épocas remotas el alguacil, fuerza pública que intervenía desde el reinado de Felipe IV para reprimir o controlar movilizaciones públicas tumultuarias en la plaza mayor, fue acomodándose al cabo del tiempo en una fiesta que ya ordenada los reclamaba como figura simbólica; ya no de control. Aunque todavía en España, a fines del siglo pasado y comienzos de este, se les indicaba un grado de autoridad haciendo las veces de un actual juez de callejón.

   El charro, de sello netamente nacional, perfil que se define en el campo, sigue su ascenso con la presencia de Ponciano Díaz y continúa en manos de personajes que no soslayan su quehacer torero con el de las tareas de pialar y manganear o de poner banderillas desde el caballo. Así, el mejor ejemplo de todo ello sigue siéndolo el torero charro de Atenco.

   ¡Ora Ponciano! 

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José Luis Cuevas. SINAFO_31302

    El segundo hecho que me atrajo fue la presencia del “Narciso mexicano” en la plaza. El asunto de que un pintor acuda a los toros no es ningún acontecimiento notable, puesto que los vemos como aficionados comunes que somos todos en el tendido, receptor este de la democracia sin más. Pero el hecho de que José Luis Cuevas fuera invitado para acompañar los comentarios por televisión ese domingo 7 de noviembre mueve a diversidad de anotaciones.

   Por estos días de abril de 2013, el nombre del artista se ha visto envuelto en una desagradable circunstancia que va de enterarnos, lamentablemente de un mermado estado de salud a la polémica sostenida entre varios integrantes de su familia.

   Goya, Picasso, Ruano Llópis. Casimiro Castro, Rugendas, Orozco, Rivera y ahora, Cuevas. Discutido como artista y personaje juntos.

   “¡José Luis Cuevas ese toro pinta como usted: de la *&Ç!”, fue el grito expresivo se le envió desde las alturas, como puyazo artero luego de comparar su arte con un toro de pésima lidia que le correspondió al rejoneador. Grito vox populi. Sin embargo, el artista, eje de la ruptura con el muralismo y punta de lanza en el arte pictórico de hoy no escapa a la crítica ni a las envidias. Su protagonismo intelectual en medio de posmodernismos y “performances”, pero sobre todo, en medio de marcada pobreza intelectual, escala alturas que muy pocos ascienden y logran mantener. Ni hablar. Es como de pronto recordar el capítulo de los “mandones” en el toreo, para depositarlo en figura tan connotada del medio intelectual. 

 MANOLO MARTÍNEZ_ESTO_18.11.1975

Manolo Martínez en una de sus evocadoras actuaciones. ESTO, 18 de noviembre de 1975. Col. Roberto Mendoza Torres.

    Por cierto, para eso de los “mandones” nada mejor que andar a la caza del excelente libro de nuestro buen amigo Guillermo H. Cantú y que recomendamos. Se trata de: Manolo Martínez, un demonio de pasión. México, Diana, 1990. 437 pp. ils.

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