EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   ¿Qué son los toros, como espectáculo sino una gran lección de vida, enfrentada con la muerte, habiendo de por medio toda una simbología, una puesta en escena de significados y circunstancias rituales los que, aún en nuestro tiempo y con la multiplicidad de sus sociedades en franca convivencia con la modernidad, les resulta difícil a muchas de ellas entender toda esa carga de elementos que provienen del pasado?

   ¿Qué, la presencia de un toro en el ruedo como tótem vinculado a una expresión que lleva bajo sus hombros anacronismos fuertemente revestidos de elementos estéticos o técnicos que le dan, por consecuencia su verdadera dimensión, la realidad concreta a la que se somete su enigmática representación?

   Dos preguntas, sólo dos que pueden ser motivo de hondas justificaciones, nos llevan hoy a reflexionar en medio de esta larga tribulación, la que enfrenta la tauromaquia en un conflicto que no es nuevo para ella, que surge desde el momento en que ciertos elementos de las sociedades discrepan con los significados de su representación y la cuestionan, en el entendido de que no se corresponde con su manera de ser o de pensar, pero que pervive en medio de incómodas desavenencias por el solo hecho de ser resultado de viejas prácticas, que pueden remontarse al momento mismo en que el hombre ya integrado en sociedad, incluyó en sus formas de ser o de pensar, la de un culto, ligado eminentemente a ciclos agrícolas, lo que significaba destinar entre otros elementos, ciertas razas animales para una consagración específica que significaba, y sigue significando la mejor forma de ofrendar con la sangre y con la vida lo que podía ser la consolidación de profundas aspiraciones por darle certeza al hecho de que el ciclo agrícola en cuanto tal se diese en las condiciones previstas desde el culto mismo.

   Pues bien, ese espectáculo ancestral, que se pierde en la noche de los tiempos es un elemento que no coincide en el engranaje del pensamiento de muchas sociedades de nuestros días, las cuales cuestionan en nombre de la tortura, ritual, sacrificio y otros componentes como la técnica o la estética, también consubstanciales al espectáculo, procurando abolirlas al invocar derechos, deberes y defensa por el toro mismo.

   La larga explicación de si los toros, además de espectáculo son: un arte, una técnica, un deporte, sacrificio, inmolación e incluso holocausto, nos ponen hoy en el dilema a resolver, justificando su puesta en escena, las razones todas de sus propósitos y cuya representación se acompaña de la polémica materialización de la agonía y muerte de un animal: el bos taurus primigenius o toro de lidia en palabras comunes.

   Bajo los efectos de la moral, de “su” moral, ciertos grupos o colectivos que no comparten ideas u opiniones con respecto a lo que se convierte en blanco de crítica o cuestionamiento, imponen el extremismo en cualquiera de sus expresiones. Allí está la segregación racial y social. Ahí el odio por homofobia,[1] biofobia,[2] por lesfobia[3] o por transfobia[4]. Ahí el rechazo rotundo por las corridas de toros, abanderado por abolicionistas que al amparo de una sensibilidad ecológica pro-animalista, han impuesto como referencia de sus movimientos la moral hacia los animales. Ellos dicen que las corridas son formas de sadismo colectivo, anticuado y fanático que disfruta con el sufrimiento de seres inocentes.

   En este campo de batalla se aprecia otro enfrentamiento: el de la modernidad frente a la raigambre que un conjunto de tradiciones, hábitos, usos y costumbres han venido a sumarse en las formas de ser y de pensar en muchas sociedades. En esa complejidad social, cultural o histórica, los toros como espectáculo se integraron a nuestra cultura. Y hoy, la modernidad declara como inmoral e impropio ese espectáculo. Fernando Savater ha escrito en Tauroética: “…las comparaciones derogatorias de que se sirven los antitaurinos (…) es homologar a los toros con los humanos o con seres divinos [con lo que se modifica] la consideración habitual de la animalidad”.[5]

   Es cierto que desde épocas remotas, el toreo ha sido cuestionado y puesto en el banquillo de los acusados debido a la fuerte carga de elementos que posee en términos de lo que los contrarios califican como “crueldad”, “tormento” o “barbarie”. En todo caso, nosotros, los taurinos, entendemos el significado de este espectáculo como una ceremonia en la que ocurre un “acto de sacrificio”; o más aún: “inmolación” u “holocausto”, que devienen sacrificio y muerte del toro. Todo ello, independientemente de las otras connotaciones que suelen aplicársele al toreo, ya sea por el hecho de que pueda considerarse un arte, e incluso deporte.

   Sacrificio y muerte que, por otro lado cumple con aspectos de un ritual inveterado, que se ha perdido en el devenir de los siglos, pero que se asocia directamente con hábitos establecidos por el hombre en edades que se remontan varios miles de años atrás. Esa forma de convivencia devino culto, y el culto es una expresión que se aglutinó más tarde en aspectos de la vida cotidiana de otras tantas sociedades ligadas a los ciclos agrícolas, a la creación o formación de diversas formas religiosas que, en el fondo de su creencia fijaban el sacrificio, el derramamiento de sangre o se materializaba la crueldad, término que proviene del latín crúor y que significa “sangre derramada”. Y esa sangre derramada se entendió como una forma de demostrar que se estaba al servicio de dioses o entes cuya dimensión iba más allá de la de cualquier mortal. Eso ocurrió lo mismo en culturas como la egipcia, la mesopotámica, la griega, la romana, e incluso las prehispánicas que todos aquí conocemos. Precisamente durante dicho periodo, las formas de control y dominio incluyeron prácticas de sacrificio aplicada a todos aquellos guerreros que eran tomados como prisioneros por los grupos en conflicto. Muchos de ellos terminaban en la piedra de los sacrificios, mientras el sacerdote abría su pecho extrayendo el corazón del “condenado”.

   Considero que si debemos empezar a entender porqué un espectáculo tan anacrónico como es el de los toros convive en este ya avanzado siglo XXI, lleno de modernidad, confort, globalización y demás circunstancias, es porque ha trascendido las más difíciles barreras y pervive porque diversas sociedades lo aceptan, lo hacen suyo y por ende, se conserva porque no sólo es un espectáculo más. Es rito, práctica social, acto festivo que ha logrado recrearse en miles, en cientos de años hasta ser lo que hoy día conocemos de él. También habría que valorar que cuando se maneja el concepto de la “recreación” este significa cambio, transformación, interpretación y renovación. Eso ha sido también la tauromaquia que, al llegar de España inmediatamente después de la conquista (a partir de 1521) se estableció como un espectáculo el que, al cabo de los años se amalgamó, pasó por un proceso de mestizaje que lleva la carga espiritual de uno y otro pueblo. No es casual que al paso de los casi cinco siglos de convivir entre nosotros, se consolidara la tauromaquia como cultura popular lo mismo en el ámbito rural que en el urbano. todo eso, hoy sigue vigente.

   Entre muchas, tres son las herencias que quedaron de 300 años de dominio español en México: la burocracia de Felipe II, la religión católica y las corridas de toros. Herencias buenas o malas, no se trata aquí de aplicar un juicio sumario cargado de maniqueísmos o prejuicios, sino volver a entender cómo esos valores permearon, penetraron hasta la entraña de nuestro pueblo al grado de que perviven esas “herencias” por lo que para el próximo de los domingos en que se tenga prevista una corrida de toros más, ésta se sumará al largo historial de profundas tradiciones generadas desde esa fuente secular que todos conocemos como la fiesta de toros, la corrida de toros o simplemente como tauromaquia.

   Creo que estamos dispuestos a defender ese patrimonio vulnerable, hoy día sometido a diversos riesgos. Si no realizamos las acciones pertinentes lamentaremos profundamente su desaparición.

   Empeñados en defender un anacronismo en el presente, nos olvidamos del futuro. Y es que en estos tiempos de modernidad galopante, que lo mismo nos vemos afectados o beneficiados por la globalización que por el cambio climático o la hiperindustrialización que pronto nos pondrá ante una nueva generación de elementos donde la nanotecnología se moverá a sus anchas, la fiesta de los toros debe seguir vigente. Por eso, entre todo ese maremágnum de condiciones a que nos vemos sujetos, es preciso aclarar que también existen las corridas de toros. Y ese existir es como la supervivencia de un pasado que convive, se dirá que un poco incómodo con nuestro presente. Quienes nos hemos comprometido a la conservación, preservación y difusión de la fiesta de los toros, absolutamente convencidos de lo que hacemos y decimos, planteamos además que se trata de un espectáculo, una diversión, pero también de un ritual que pervive en apenas ocho países que por fortuna lo hacen suyo.

   No cabe pensar aquí más que de una manera en la cual se requiere información práctica para confirmar la fe de los creyentes y atraer a todos aquellos que, en principio tienen curiosidad e incluso, sienten animadversión por un misterioso fenómeno que posee la vigorosa razón del enfrentamiento de un ser racional con un animal. Y más aún. Ya dominado el toro se produce un espectacular como traumático desenlace que ocurre con el sacrificio y muerte de ese mismo animal.

   Este ritual sujeto a una fuerte carga de elementos simbólicos se desarrolla además, matizado de razones técnicas y estéticas que le otorgan significado peculiar. Pero, y aquí la pregunta: frente a todas las embestidas que ahora se producen contra los toros, ¿tiene este espectáculo garantías de pervivencia por el resto de los tiempos?

   Ahora bien, me valgo de algunas opiniones que provienen precisamente de un libro que no es de toros. Se trata de la novela El último encuentro[6], escrita por Sándor Márai. La distancia de 41 años hace que se recupere en términos no muy gratos la profunda amistad de tres personajes esenciales, dos militares y una tercera, ausente, pero que influyó en buena medida sobre el destino de aquellos dos jóvenes que construyeron unos lazos entrañables los cuales, por azares del destino se dispersaron misteriosamente. No contaré la historia de un maravilloso trabajo. Los invito a que hagan la gozosa lectura.

   Avanzada su lectura, encontré varias razones que explican algunos aspectos en los cuales hoy se encuentra muy activa la polémica, más en contra que a favor de los toros, pero que los elementos allí tratados, sirven para justificar muchos de los significados del espectáculo.

   Nos dice Márai que reunidos Konrád y su esposa Kirsztina en Egipto, donde pasaban su luna de miel, fueron alojados en la casa de una familia árabe. En cierto momento, al llegar unas visitas “todos hombres, señores con sus criados” el ambiente de aquel hogar cambió radicalmente.

   Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó un cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar… Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista… Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre… según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar un arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber (afirma Konrád). El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno del fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar. Es extraño, pero en húngaro, estas dos palabras, matanza y besos, ölés y ólelés, son parecidas y tienen la misma raíz…

   Ahora bien, sorprende una afirmación que Konrád, en la pluma de Márai, plantea la visión que me parece no es de rechazo, sino de clara comprensión del hecho presenciado que analiza en estos términos:

    Somos occidentales, o por lo menos llegados hasta aquí e instalados. Para nosotros, matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral. Nosotros también matamos, pero lo hacemos de una forma más complicada; matamos según prescribe y permite la ley. Matamos en nombre de elevados ideales y en defensa de preciados bienes, matamos para salvaguardar el orden de la convivencia humana. No se puede matar de otra manera. Somos cristianos, poseemos sentimiento de culpa, hemos sido educados en la cultura occidental. Nuestra historia, antigua y reciente, está llena de matanzas colectivas, pero bajamos la voz y la cabeza, y hablamos de ello con sermones y con reprimendas, no podemos evitarlo, éste es el papel que nos toca desempeñar. Además está la caza y sólo la caza. En las cacerías también respetamos ciertas leyes caballerescas y prácticas, respetamos a los animales salvajes, hasta donde lo exijan las costumbres del lugar, pero la caza [como los toros] sigue siendo un sacrificio, o sea, el vestigio deformado y ritual de un acto religioso ancestral, de un acto primigenio de la era del nacimiento de los humanos. Porque no es verdad que el cazador mate para obtener su presa. Nunca se ha matado solamente por eso, ni siquiera en los tiempos del hombre primitivo, aunque éste se alimentara exclusivamente de lo que cazaba. A la caza la acompañaba siempre un ritual tribal y religioso. El buen cazador era siempre el primer hombre de la tribu, una especie de sacerdote. Claro, todo esto perdió fuerza con el paso del tiempo. Sin embargo, quedaron los rituales, aunque debilitados.

    Finalmente, y para el propósito de esta recomendación que ya se ve, trae bastante sustancia para la reflexión, aparece un importante párrafo que amplía los significados de la caza, como sigue:

 Los pájaros se ponen a cantar, un cervatillo corre por el sendero, lejos, a unos trescientos pasos de distancia, y tú te escondes entre los arbustos y pones allí toda tu atención. Has traído el perro, no puede perseguir al venado… el animal se detiene, no ve, no huele nada, porque el viento viene de frente, pero sabe que su final está cerca; levanta la cabeza, vuelve el cuello tierno, su cuerpo se tensa, se mantiene así durante algunos segundos, en una postura magnífica, delante de ti, como paralizado, como el hombre que se queda inmóvil ante su destino, impasible, sabiendo que el destino no es casualidad ni accidente, sino el resultado natural de unos acontecimientos encadenados, imprevisibles y difícilmente inteligibles. En ese instante lamentas no haber traído tu mejor arma de fuego. Tú también te detienes en medio de los arbustos, te paralizas, tú también, el cazador. Sientes en tus manos un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, la pasión más fuerte, un impulso que no es ni bueno ni malo, el impulso secreto, el más poderoso de todos; ser más fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa.

    Hasta aquí con estas consideraciones que permiten un fiel de la balanza para entender cómo, desde una visión ajena, que no necesariamente se acerca a explicar lo soterrado del toreo, nos lo aclara a partir de estos pasajes que a mí me han parecido claves en esta obra para traerlos hasta aquí, ponerlos a la consideración de los lectores para que ustedes también puedan realizar el mismo ejercicio de análisis. No importa si son aficionados a los toros o contrarios a este espectáculo. Me permito sugerir que se trata de poner en práctica algo tan sencillo que se llama “sentido común” de las cosas, para tratar de entender lo que ha sido el papel de la humanidad desde los tiempos más primitivos en el que el hombre, ya consciente de sus actos, con el raciocinio de por medio, comenzó a definir el destino de lo que hoy somos. Y el hombre, enfrentado a sus necesidades tuvo que desarrollar y practicar la caza con el objeto preciso de la “disposición para matar” (“la disposición a la muerte” que decía José Alameda). Por eso tuvo que matar, y no para cometer un acto indebido, sino para materializar el “sentido sagrado y simbólico de matar” –como ocurre entre los hombres de Oriente-, mientras que para el hombre occidental “matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral”. Entramos pues en un territorio que otras culturas han cuestionado en uno u otro sentido, lo que ha provocado una polarización o deformación del significado original que ha producido las reacciones encontradas de nuestros días.

   Me parece que la oportuna lectura de Sándor Márai viene en un buen momento para mostrar razones y no desvaríos o simples impulsos pasionales e irracionales que no siempre traen por consecuencia buenos resultados. Es preciso que usted, lector, traslade las circunstancias relatadas en El último encuentro y las deposite en el ámbito taurino. Encontrará semejanzas representativas que no son ajenas al texto de nuestro autor. Enfrentadas dos sociedades, pero también integradas en el devenir que la humanidad ha mostrado en el curso de muchos años, permite entender que el entrecruzamiento cultural habido siglos atrás, nos deja ver el múltiple mestizaje que hoy somos como sociedades modernas. No hacerlo nos condena a vivir ajenos a esa circunstancia.

25 de abril de 2013.


[1] Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

[2] Rechazo a los bisexuales, a la homosexualidad o a las personas bisexuales respectivamente.

[3] Fobia a las lesbianas.

[4] Odio a los transexuales.

[5] Fernando Savater: Tauroética. Madrid, Ediciones Turpial, S.A., 2011, 91 p. (Colección Mirador)., p. 18.

[6] Sándor Márai: El último encuentro. Barcelona, 2ª edición. Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A., 2010. 187 p. (Letras de Bolsillo, 97), p. 110-114.

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