INAUGURACIÓN DE LA PLAZA DE TOROS DE EL HUISACHAL: 1º DE MAYO DE 1881.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

PLAZA DEL HUISACHAL, EDO. DE MÉX. 1º de mayo. Cinco toros de Atenco para Ponciano Díaz, Felícitos Mejías “El Veracruzano” y Genovevo Pardo “El Poblano”. 

 448_CARTEL_01.05.1881_HUISACHAL_PDS_ATENCO

   Por su parte, El Monitor Republicano del mismo día dejaba ver en su página principal el siguiente apunte:

 Grandes carteles en las esquinas anuncian para hoy la inauguración, el estreno de una plaza de toros muy próxima a nuestra ciudad en los terrenos del rancho del Huisachal, junto a la hacienda de los Morales.

   Desde que ese espectáculo grandioso hubo de prohibirse por nuestras leyes, los toros a quienes arrojábamos por la quisieran entrar por la ventana. Con este fin, el Estado de México, es decir su gobernador que es menos escrupuloso que los legisladores del Distrito Federal, permitió que las plazas de toros se nos acercaran continuamente; primero fue en Cuautitlán, pero esto era muy lejos, cuatro leguas molestan a pesar de lo mucho que se goza mirando morir a un valiente bicho; acercáronse después los toros a Tlalnepantla, pero todavía esto era lejos, muy lejos, se necesitaba buscar algo más cerca, el límite último del Estado de México, su línea divisoria, el lugar en que parado un hombre pudiera tener un pie en el Estado de México y el otro en el Distrito Federal.

   Así ha sucedido con la nueva plaza de toros y a mayor abundamiento se va a construir un ramal de ferrocarril que toque hasta el redondel si es preciso; se calcula que en veinte minutos podrá la gente, cuando el ramal esté concluido, llegar al término de su jornada hasta la misma plaza, que según hemos oído decir se está construyendo ya de una manera sólida, no como los circos provisionales de Cuautitlán y Tlalnepantla.

   Los toros pues, y la civilización están de enhorabuena, anúncianse en esta vez una arrogante cuadrilla compuesta de veinte y seis individuos; un primera espada, dos segundas espadas, cuatro picadores y uno de reserva, cinco banderilleros, cinco capas, dos locos, dos lazadores, un cachetero, cuatro muleros. La compañía no puede ser más completa, se prometen los más escogidos bichos de la hacienda legendaria de Atenco, habrá toros embolados con monedas de plata en la frente para los aficionados, y muchos gritos y silbidos, y muchas naranjas y mucho pulque en el sol, y un calor de cincuenta grados.

   La civilización está, repito de enhorabuena, ha sido necesario que los ferrocarriles tomen cierto incremento entre nosotros a fin de que se construya una línea especial para una plaza de toros. De manera que los rieles, esas cintas que enlazan las poblaciones para llevarles la buena nueva, nueva del progreso, han servido en esta vez para hacer ilusoria una ley.

   Tan cierto es que por todos caminos se va a Roma.

    Ocho días después, en el mismo diario capitalino, Enrique Chávarri Juvenal, encargado de la Charla de los Domingos, hacía el repaso de lo ocurrido en la célebre ocasión inaugural, como sigue:

 El último domingo se inauguró la plaza de toros del rancho del Huisachal y puede decirse que se despobló México por ir a contemplar aquella diversión. Puede calcularse que, ir y venir por persona, costaba cerca de veinte reales económicamente, y no obstante la plaza se llenó al grado de no poder contener más gente, de agotarse los billetes, de ser necesario que muchos echaran lo que vulgarmente se llama el viaje del vidriero.

   Algunos desde la última estación hasta la plaza, andaban dos leguas de ida y dos de vuelta con la mayor frescura del mundo. Carretelas, ómnibus, diligencias, caballos, carretas, cuanto por medio de la locomoción se ha inventado tanto sirvió para conducir a los concurrentes a los toros.

   Hemos oído decir que la corrida estuvo inmejorable, que hubo quién sabe cuántos caballos destripados, quién sabe cuantos toreros lastimados; que los animales aquellos morían revolcándose en su sangre con sin igual furor y en medio de los aplausos de un público ebrio con la matanza, loco por el exterminio, entusiasmado por el inminente peligro a que se exponían todos los que retaban a la fiera.

   Y los toros van a continuar, el público ha quedado convidado, volverá al Huisachal y se sentirá halagado con que le presenten toros que maten caballos como si fueran hormigas.

   Los buenos mexicanos somos de furores; hoy están de moda los toros, y la gente que a ellos acude ha de olvidar todas las diversiones por acudir a esa que es su predilecta. La garrocha, la banderilla y la capa, hé aquí la última expresión del placer, hé aquí la quinta escuela del goce. Cúchares y Pepe Hillo hé aquí el númen que invocan los concurrentes al rancho del Huisachal.

    Como podrá apreciarse, estaba presente en el ambiente de las ideas, una fuerte carga de oposición que se matizaba en forma que hoy nos parecería un tanto cuanto correcta, con su ironía, pero sin el peso efectivo de un rechazo que se dejaba circular en ese “dejar hacer” de la vida en aquel entonces.

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