PONCIANO EL TORERO CON BIGOTES, DE ARMANDO DE MARÍA y CAMPOS.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

COMENTARIOS AL LIBRO: PONCIANO EL TORERO CON BIGOTES, DE ARMANDO DE MARÍA y CAMPOS.

    Hoy, 23 de mayo es bueno recordar, en una efeméride más, a Armando de María y Campos, quien nació un día como hoy, pero de 1897. (Su muerte ocurrió en 1967).

    Armando de María y Campos, prolífico autor, con cerca de 100 libros en su haber, dedica poco más de una docena de ellos a los toros. El resto es para el teatro, la literatura, el quehacer en la radio y para la reunión de conferencias. Sus archivos son inmensos, materiales a su disposición los hay de distinta índole e incluso llegaron a sus manos papeles de la colonia y del siglo XIX. Del como se hizo de ellos, fue su labor. Las historias que borda en torno a sinfín de documentos son verídicas e incluso las acompaña de imágenes como carteles, grabados, impresos, fotografías, planos, viñetas y otros. A pesar de todo este esfuerzo hay un detalle de parte del “Duque de Veragua”. Asume una condición de historiador positivista en el sentido de que ofrece los datos en algún sentido, los analiza pero no llega a más. No se compromete y como que parece decirnos: ahí están los informes, se los dejo para que ustedes los revisen, los estudien. Recurre a la anécdota, siempre válida, pero no es el elemento suficiente para reconstruir un pasado frente a nosotros.

   En las publicaciones donde escribió está, entre otras el ECO TAURINO de la que fue director e infatigable colaborador. En todos sus trabajos queda impreso un esfuerzo pero también un gusto por dejarnos entrar a compartir con los mismos protagonistas lo que él nos cuenta a partir de sus fuentes. Es de lamentar su esfuerzo al no consolidar los trabajos con un mejor sentido de las cosas.

   Son de él los siguientes títulos con tema taurino:

 1921                GAONERAS (Ensayo sobre estética taurina).

LOS LIDIADORES. Pról. Ignacio Sánchez Mejías. Proemio por Ricardo de Alcázar. Apuntes por Ernesto Cabral.

1924                DON VALOR FREG, por el Alcalde de Zalamea. seud. (Ilustr. con varias fotografías inéditas de faenas de Luis Freg en plazas de España y México).

                        GAONA EL GRANDE, por el Alcalde de Zalamea.

                        GAONA SE VA…, por el Alcalde de Zalamea

1925                LO QUE CONFIESAN LOS TOREROS (Entrevistas), por el Duque de Veragua. seud.

1934                HISPANOAMERICANISMO DE LOS PERIODICOS TAURINOS (Conferencia).

1938                LOS TOROS EN MEXICO EN EL SIGLO XIX. 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura.

1940                BREVE HISTORIA DEL TEATRO EN CHILE Y DE SU VIDA TAUROMACA.

1943                PONCIANO, EL TORERO CON BIGOTES (Biografía).

                        VIDA Y MUERTE DE ALBERTO BALDERAS (Biografía).

1953                IMAGEN DEL MEXICANO EN LOS TOROS.

1958                VIDA DRAMATICA Y MUERTE TRAGICA DE LUIS FREG (Confesiones y recuerdos).

1960                MEMORIAS DE VICENTE SEGURA. De niño millonario a matador de toros.

    En toda esta visión sobre periodistas o escritores que se ocupan de la historia no buscó satanizar ni criticar su papel ante los hechos del pasado taurino, pero sí de revalorar y reinterpretar lo que han dejado escrito, apreciaciones que en su momento plasmaron convencidos tras un análisis a fondo de las situaciones, pero que hoy deben ser revisadas con atención, puesto que lo cambiante de una época con respecto a otra induce a buscar nuevas explicaciones. Sin sus trabajos creo que sería bastante difícil entender lo que fue y significó el toreo de otros siglos, hoy en día lejos de toda inteligibilidad.

    Antes de reflexionar sobre el protagonista de esta reseña: Ponciano Díaz, es preciso detenerme a entender el perfil sobre el enigmático, pero no por ello polémico autor capitalino: Armando de María y Campos.

   Nació, como ya dije, en la ciudad de México el 23 de mayo de 1897. Pretendió seguir la carrera de Derecho, pero

 Preferí -dice-, entrar al periodismo e iniciarme en tal disciplina a examinarme de segundo curso de Leyes. Desde esa fecha he vivido del, para y por el periodismo. No he ganado para vivir del producto de mis crónicas y libros, pero mi profesión de escritor me derivó hacia otros logros económicos que me permitieron ganar dinero sin enriquecerme.

    María y Campos, “el Olavarría y Ferrari del siglo XX” como lo designó Salvador Novo, o el “Goethe mexicano” que asimismo me atrevo a calificarlo, es un prolífico autor, con cerca de 100 obras publicadas, desde 1916, con GEMAS DE PRIMAVERA, hasta 1994 con Las peleas de gallos en México.[1]

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El autor aquí reseñado. Fot. Melhado. Col. del autor.

    Sin embargo, “El Duque de Veragua”, seudónimo que adoptó Armando de María y Campos, desempeñó un excelente papel como escritor, confundido con el del historiador.

   Existen “historiadores” autodidactas que han sido capaces de entregarnos auténticos compendios sin haber de por medio un sustento académico que no siempre es condición para trascender este ejercicio, pero sí una llave elemental que nos permite abrir otros senderos de interpretación, así como del uso y manejo de las herramientas con que se desenvuelven los adoradores de Clío.

   Bien lo ha dicho Benedetto Croce en su obra fundamental LA HISTORIA COMO HAZAÑA DE LA LIBERTAD:

 (…) están los aficionados y recopiladores de libros de anécdotas, que se encuentran en el nivel espiritual de los soñadores de aventuras y asuntos de amor; todos ellos han contribuido a formar una especie de producción literaria que se llama historia y a veces se toma equivocadamente por historia, cuando es, de hecho, cosa que en ocasiones conmueve y excita, pero no agradable para el que busca la verdad, y que se ha de distinguir cuidadosamente de los tratados en que domina la severidad del pensamiento y no una imaginación patriótica o un propósito didáctico. (Recordemos que Polibio se burlaba de los que componían tragedias, sacándolas de la historia).

    O como afirma Edmundo O´Gorman en su Crisis y porvenir de la ciencia histórica:

    De ahí a que nadie está obligado a escribir historia, pero quien la escriba, como quien pinte cuadros, componga poemas y música, idee sistemas metafísicos, invente formas de gobierno o funde religiones, es decir, como todo aquel que se sienta avocado a expresar algo, hágalo de tal suerte que reconozca que de no hacerlo, verdaderamente no vive, y que haciéndolo, en ello le va la vida, y quítese de temas, fuentes, bibliografías y otros fantasmas dogmáticos y rituales que no son sino lindos subterfugios que sirven para usurpar el honor de haber cumplido con fidelidad la única tarea verdaderamente significativa que le es dable desempeñar al hombre: expresarse con autenticidad.

    Seguramente fue el caso de Armando de María y Campos. Sin embargo, sus obras padecen la falta de rigor, la falta del aparato erudito, acompañadas de un criterio positivista que parece decirnos: “aquí están los datos, los interpreto en lo indispensable, pero no me comprometo a una auténtica valoración de fondo”.

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Esta es la portada a la edición de 1943.[2]

    Ante esta circunstancia, no quiero caer en el juego de la sentencia del historiador Jacob Burckhardt quien dijo: “No regañemos a los muertos. Entendámoslos”. Pero es un hecho que María y Campos incurrió en faltas que a nosotros, los historiadores nos ponen en un aprieto, puesto que el hecho histórico en cuanto tal es esa suma de acontecimientos sometidos permanentemente a la interpretación. En la medida en que se entiende mejor una época y toda su circunstancia, en esa misma medida tenemos frente a nosotros la posibilidad de reafirmar el pasado a la luz del presente.

   Pero vayamos a la obra que hoy nos congrega. María y Campos tuvo oportunidad de hacer acopio de una rica colección de carteles e impresos, con los que construyó biografías como las de Ponciano Díaz. Sin embargo, y vuelvo a citar a Croce por lo siguiente:

 (…) el estado actual de mi mente constituye el material, y, por consiguiente, la documentación de un juicio histórico. La documentación viva que yo llevo dentro de mí. Lo que suele llamarse, en sentido histórico, documentación, ya sea en escritos, esculturas, retratos o esté aprisionada en discos de gramófono, ya exista en objetos materiales, esqueletos o fósiles, todo esto no llega a ser documentación efectiva, mientras no estimule y asegure en mí la memoria de estados de conciencia que son míos.

    Y es que la cita del historicista italiano, lleva el propósito de decirnos que, a pesar de tener a la mano todos los elementos posibles, si estos no se emplean adecuada y correctamente para cimentar una historia, la historia de un personaje o de un acontecimiento en cuanto tal no se alcanzará la plenitud del objetivo.

   Ahora bien, en su inteligible y personal idea por lograr la biografía sobre Ponciano Díaz, María y Campos presenta un panorama previo, un marco histórico que en su “Ruedo Nacional” adquiere resonancia sobre todo aquello que fue el pasado como escenario previo a la aparición del torero de Atenco. El pasado colonial, con sus matices criollos y también mestizos propician el clamor de un grito: ¡Yo no soy español, soy americano! He allí el lema del liberalismo, por lo que el México independiente significó la puerta de entrada a la enorme posibilidad de que emergiera un propio ser, como entidad.

   El mestizaje como fenómeno histórico nace en el siglo pasado y con la independencia, buscando “ser” “nosotros”. Esta doble afirmación del “ser” como entidad y “nosotros” como el conjunto todo de nuevos ciudadanos, es un permanente desentrañar sobre lo que fue; sobre lo que es, y sobre lo que ha sido la voluntad del mexicano en cuanto tal.

   Históricamente es un proceso que, además de complicado por los múltiples factores incluidos para su constitución, transitó en momentos en que la nueva nación se debatía en las luchas por el poder. Sin embargo, el mestizaje se yergue orgulloso, como extensión del criollismo novohispano, pero también como integración concreta, fruto de la unión del padre español y la madre indígena.

   Conforme avanza el siglo XIX, el proyecto de patria provoca que el mexicano vaya buscando y encontrándose así mismo, con todas sus utopías, pero también con todas sus realidades que limitadas o no, viables o no en ese nuevo estado en el que ahora conviven y convivimos, hacen de ese siglo una de las aventuras más fascinantes, por complicadas, bajo tiempos difíciles entre la inercia del intento por vivir en el progreso; porque lo único que encuentran es un regreso o estancamiento que parece no identificarse con una meta que, entre otras cosas, busca símbolos de lo nacional, sin soslayar herencias de tres siglos coloniales.

   Durante los años centrales del siglo que dentro de muy poco será antepasado, sobrevino el caos, la anarquía, el deseo irrefrenable del poder. Pero en el ambiente taurino aconteció -plaza adentro- algo similar a lo que ocurría -plaza afuera-, sin que surgiera el riesgo de que la tauromaquia se dejara influir de fuerzas extrañas y ajenas. Fue capaz de ser dueña de su propio destino en esto de concebir su carácter, que también hizo suyo Ponciano.

   Ponciano Díaz, como apunta María y Campos se debe, en gran medida a Bernardo Gaviño, un gaditano que conocemos, gracias al manejo eficaz que hizo de los carteles nuestro autor (recordando a Croce “…todo esto no llega a ser documentación efectiva, mientras no estimule y asegure en mí la memoria de estados de conciencia que son míos”). Gaviño influyó en la torería nacional con un poder impresionante de mando y control, por lo que Pablo Mendoza, Mariano González “La Monja”, Ignacio Gadea, entre otros, orbitaron alrededor del diestro de Puerto Real.

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Portada de la edición de 1979.[3]

    María y Campos al detenerse a explicar los datos biográficos de Ponciano incurre en un primer error. “Nació Ponciano Díaz y Salinas, el 19 de noviembre de 1858”. Claro, no es del todo error suyo. LA MULETA Nº 5 del mes de junio de 1887, así como la obra HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO, de Domingo Ibarra, publicada en abril del mismo año dan esa fecha. Hasta hace algún tiempo corroboré que no fue 1858, sino 1856 el verdadero año
de su nacimiento. Ponciano había muerto de cirrosis hepática el 15 de abril de 1899 y la sospecha que saltó a la vista, sin ser médico, lo digo por mi cuenta, es que se trataba de un paciente joven, de ahí que buscara su fe de bautizo. Pero no fue sino hasta un año después, en 1857, cuando comenzó a funcionar el registro civil. Dicha fe nunca fue localizada, solo su acta de defunción.

   Ahora bien todo el cúmulo de sus andanzas infantiles y de primera juventud, es suma de anécdotas que, con toda seguridad fueron recogidas gracias a testimonios orales o a las fuentes de donde abreva: la del propio Ibarra, del periódico de Eduardo Noriega o los escritos de Carlos Cuesta Baquero, soslayando la obra de Enrique de Olavarría y Ferrari RESEÑA HISTÓRICA DEL TEATRO EN MÉXICO que consulta pero no cita.

   El resto del recuento de las hazañas y las gestas del torero con bigotes hace del libro un delicioso relato biográfico, falto del juicio de valor que supo remontar con excelente estilo literario Armando de María y Campos, autor a quien no reprocho su esfuerzo. En todo caso, establezco, desde una perspectiva crítica a un personaje que coqueteó con la historia, pero que no pudo dominar un enorme defecto, hacer de la historia lo que E. H. Carr califica de aquel que la intenta construir con “tijeras y engrudo”. Por cierto, Roque Armando Sosa Ferreyro en alguna de las célebres y recordadas reuniones de hace diez años en el seno de este grupo, nos platicaba, en tono anecdótico la forma en que llegó a ser conocido María y Campos por sus contemporáneos. No sólo era el “Duque de Veragua”. También era “Don Tijeras”, por aquello de que su amplia y rica información sufrió el rigor de las mutilaciones.

 PERFIL DEL TORERO-CHARRO PONCIANO DIAZ SALINAS.

    Ponciano Díaz Salinas nació el 19 de noviembre de 1856 en la famosísima hacienda de Atenco. Hijo de D. Guadalupe Albino Díaz González “El Caudillo” y de Da. María de Jesús Salinas. Pronto se dedicó a las tareas campiranas propias de su edad y de una ganadería de reses bravas. El 1° de enero de 1877 tiene para su haber la primera actuación que se puede considerar como profesional en Santiago Tianguistenco. Sus primeros maestros en el arte propiamente dicho son Bernardo Gaviño y José María Hernández “El Toluqueño”.

   Imprescindible en los carteles se le contrata para estrenar la plaza de “El Huisachal” el 1° de mayo de 1881. Torea por todos los rincones del país y hasta en el extranjero pues en diciembre de 1884 actúa en Nueva Orleans (E.U.A.) y entre julio y octubre de 1889 lo encontramos en Madrid, Puerto de Santa María, Sevilla. En Portugal,  Porto y Villafranca de Xira. Semanas más tarde, en diciembre torea en la plaza “Carlos III” de la Habana, Cuba. Precisamente en Madrid, y el 17 de octubre recibe la alternativa de matador de toros siendo su padrino Salvador Sánchez “Frascuelo” y el testigo Rafael Guerra “Guerrita” con toros del Duque de Veragua y de Orozco.

   Entre México y otros países sumó durante su etapa de vigencia y permanencia 713 actuaciones registradas y comprobadas luego de exhaustivas revisiones hemerográficas, y a otras fuentes de consulta aunque esa cifra es muy probable que aumente como resultado de que muchos periódicos de la época o desaparecieron o simplemente no dejaron testimonio de su paso por lugares diversos de la provincia mexicana.

   Estrena su plaza “Bucareli” el 15 de enero de 1888. Nunca alternó con Luis Mazzantini más que en un jaripeo privado el 20 de enero de 1888 en la misma plaza.

   Fue el torero más representativo de lo nacional, mezclando sellos de identidad con los aceptados desde tiempos de Gaviño y luego con la llegada de otros españoles desde 1885, puesto que vestía de luces y mataba al volapié o hasta recibiendo, pero me parece que no quiso aceptar derrota alguna, a pesar de la campaña periodística en su contra y con una pérdida de popularidad que ya no volvería a recuperar jamás.

   Existen, hasta hoy 73 diversas muestras de versos en poesía mayor y menor, todas las cuales giran para celebrar o idolatrar a este personaje popular de fines del siglo XIX. Zarzuelas y juguetes cómicos tales como: “¡Ora Ponciano!”, “Ponciano y Mazzantini”, “La coronación de Ponciano”, “¡Ahora Ponciano!’, “A los toros”, son otras tantas evidencias de la fuerza de que gozó el atenqueño. Bueno, hasta su nombre impreso en etiquetas servía para darle nombre a una manzanilla importada de España con la “viñeta Ponciano Díaz”. Manuel Manilla y José Guadalupe Posada después de burilar sus gestas y sus gestos, se encargaban de apresurar en las imprentas la salida de “hojas volantes” donde Ponciano Díaz era noticia, quedándose mucho de estas evidencias en la historia que lo sigue recordando.

   De este personaje sui géneris se tienen un conjunto de historias que nos acercan a entender a un hombre de carne, hueso y espíritu lleno de conflictos internos, pero también lleno de esos otros conflictos que por sí mismo generó alrededor del espectáculo, puesto que su tauromaquia llegó a saturarse frente al nuevo estado de cosas que se presentó a partir del año 1887, momento de la reanudación de las corridas de toros en la capital, momento en que un grupo de diestros españoles comenzó lo que vendría a considerarse como la etapa de “reconquista” taurina, encabezada, fundamentalmente por Luis Mazzantini. Para Ponciano, este acontecimiento marcó una sentencia definitiva, y aunque abraza aquel concepto establecido, prefiere no traicionar sus principios nacionalistas, llevándolos -hasta sus últimas consecuencias, como una mera enfermedad o deformación- hasta el momento mismo de su muerte, convirtiéndose en último reducto de esas manifestaciones. Pero además, ante todo aquello ostentó una capacidad como empresario que trajo consigo solo tragos amargos, lo cual acelera el repudio de sus ya pocos partidarios en la capital del país. Y uno más de los asuntos que también afectaron su carrera, “haciendo cosas malas que parecían buenas”, fue comprar ganado sin una procedencia clara, el cual terminaba lidiándose en su plaza de “Bucareli”. Dichos toros, o remedos de toros, eran mansos, ilidiables, pero también bastante pequeños de tamaño, lo que puso en evidencia la buena reputación que Ponciano había logrado luego de varios años de ser considerado el torero más querido de la afición mexicana, de ser un “mandón”, el cual tuvo que refugiarse en plazas provincianas para seguir haciendo de las suyas por aquellos rumbos. Lástima que su fama se convirtiera en infortunio, y lo que pudo ser una trayectoria llena de pasajes anecdóticos de principio a fin, solo se conservó fresca durante sus primeros 12 o 13 años. Luego, todo se dejó llevar por esas incongruencias en las que cayó, probablemente, víctima de su propia fama, o de su propio deseo por demostrar que un torero de su naturaleza podía efectuar, además, como empresario o como contratista de toros.

   Muere como ya se sabe, el 15 de abril de 1899.

   Felicidades a Ponciano, desde luego con un ¡¡¡Ora Ponciano!!!, grito de batalla y exaltación lanzado por los aficionados de su época, que estremecían las plazas donde se presentaba.

   ¿Qué mas agregar cuando Ponciano Díaz nos rebasa por el solo hecho de estar convertido en un personaje, para el que no han bastado los intentos de biografía, tanto de Manuel Horta como de Armando de María y Campos, e incluso la que he terminado hace un año luego de intensa y exhaustiva revisión, y que aún permanece inédita?

 EL ECO TAURINO

Armando de María y Campos, fue director de El Eco Taurino, entre 1925 y 1939.

    Armando de María y Campos autor de una amplia producción bibliográfica no descuidó a este protagonista por el que se suele tener una vaga idea, mientras no nos acerquemos a conocer su tiempo. Lamentablemente lo abordó en un sentido más anecdótico que crítico, por lo que ciertos vacíos siguen ocultando su verdadera personalidad.


[1] El presente texto, se remonta al año de 1999. N. del A.

[2] Armando de María y Campos: Ponciano, el torero con bigotes. México, ediciones Xóchitl, 1943. 218 p. fots., facs. (Vidas mexicanas, 7).

[3] Armando de María y Campos (reed.): Ponciano, el torero con bigotes. (Edición Facsimilar de la de 1943), a cargo de Dionisio Victoria Moreno. Toluca, estado de México, Gobierno del Estado de México, Fonapas, Libros de México, 1979. XVIII-218 p. Facs. (Serie Juana de Asbaje. Colección Letras).

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