ANUNCIAN LA CONFIRMACIÓN DE ALTERNATIVA DE RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”.

EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XXI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

  Lo que  continuación leerán ustedes, pareciera tener visos de un hecho sólo entendido como una nota muy especial, de esas que circulan en el mero “día de los inocentes”. Sin embargo, como aconsejaba Santo Tomás, “…hasta no ver, no creer”.

   ¿Será este el anuncio del anuncio sobre la posible confirmación de alternativa concedida a Rodolfo Rodríguez “El Pana”?

   De acuerdo a una de las últimas noticias que se vienen dando a conocer por estos días, se ha mencionado que Rodolfo Rodríguez “El Pana”, un torero con todos los años de la vida debajo de su piel, alcanzará uno de sus más caros anhelos: confirmar su alternativa en la plaza de toros de Madrid. Apenas el domingo pasado, y en una más de sus anunciadas despedidas, lo hizo frente a la afición de Tijuana (domingo 26 de mayo de 2013. Véase: http://www.altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=15806), donde cosechó un triunfo rotundo, con el corte de dos orejas.

   Esta campaña, que ya se extiende desde su primera despedida y resurrección al mismo tiempo, hecho que ocurrió en la plaza de toros “México”, en aquella célebre jornada del 7 de enero de 2007, deja ver que sus propósitos de abandono se trocaron en un giro radical en su destino. De entonces acá, sus actuaciones –intermitentes, en medio de una sana e insana condición física, aunada al conflicto de sus tentaciones y vicios-, han sido un conjunto de también otras tantas ocasiones en que ha podido dar de sí una tarde sí, y otra también. Aunque no han faltado aquellas otras en que, simple y sencillamente ha salido del paso, o peor aún, con un nuevo “cate” que han hecho crecer el rastro de nuevas cornadas en su cuerpo. Entre una y otra tarde, de esas que lo elevan a la cima más anhelada por cualquier torero, aparece el infortunio de un derrumbe que lo lleva, una vez más hasta el delirio que lo pone en situación de la cual sólo puede desatarse tras una desintoxicación. Luego vinieron aquellos momentos en que su organismo, vulnerable ante semejantes excesos, quedaba al alcance de hospitales y médicos para salvarlo de otras tantas enfermedades…

   Sorprende que “El Pana” supere los escenarios más adversos y siga ahí, ensoberbecido, por lo que la nota que recién se ha publicado en el portal “OpiniónyToros.com” (véase: http://www.torosenelmundo.com/noticias.php?id_noticia=4395) sea el más rotundo testimonio de todas esas tribulaciones y sacrificios llevados hoy a su máxima aspiración.

                       NOTICIA CONFIRMACIÓN ALTERNATIVA EL PANA_30.05

   Lo demás, se confirmará, como su alternativa la tarde del 12 de octubre próximo, en la medida en que la empresa que le ha prometido semejante anhelo, cumpla su palabra. Aún faltan cinco meses para la materialización de semejante acontecimiento, el cual, y desde ahora, empieza a convertirse en una efeméride, en una anécdota, pues en el registro histórico, pocos son los casos en que un torero recibe, en el ocaso y no en el crepúsculo de su vida este privilegio, el cual se lo ha ganado a pulso. Veremos y diremos.

   Mientras tanto, y como en actitud torera, le brindo al “maestro”, a quien todos conocen como “el brujo de Apizaco” las siguientes notas que escribí hace algunos ayeres.

   ¡Va por usted, maestro!

 EL PANA… EN SEPIA.

    Abrí de pronto una revista de los años cuarenta del siglo pasado y no sólo me encuentro con los toreros allí reunidos, sino con la fresca y reciente puesta en escena interpretada por Rodolfo Rodríguez. Pareciera como si el diestro tlaxcalteca se hubiese escapado de aquellos tiempos idos, separados del peculiar color sepia para adquirir el color de nuestro tiempo, el que es posible admirar y lo atestiguamos el domingo 7 de enero pasado. Cada imagen, cada pase, cada suerte de las muchas que tiene guardadas en el arcón de los recuerdos El Pana, sin ningún empeño egoísta fue sacándolas una a una con lo que nos hizo retroceder en el tiempo pensando, de inmediato en toreros como Alberto Balderas “El torero de México” (etiqueta que hoy le cabría el honor de ostentar el fabuloso torero de Apizaco, Tlaxcala). Allí están también Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Luis Procuna, Andrés Blando, Carlos Vera “Cañitas”, Antonio Velázquez, “Joselillo”, el “Ranchero” Jorge Aguilar, el “Loco” Amado Ramírez…

   La lista es impresionante, pero el grado de admiración con el que ha recreado esas maravillas del toreo lo son aún más.[1] Y no es que se descubra el hilo negro, sólo que hacía falta quien lo rescatara, bordando con él las suertes con que la tauromaquia ha pervivido a lo largo de los últimos tres siglos, en que ha alcanzado grados de madurez. Contra el minimalismo, estos aires de renovación. Contra la apatía de los últimos tiempos, la apuesta de Rodolfo Rodríguez El Pana, quien en una sola tarde, (seguida ya de otra también espectacular en Moroleón, Guanajuato el 15 de enero siguiente y otra en San Juan del Río el 21 del mismo mes) ha provocado un auténtico parteaguas entre lo que significaba su discreta despedida en medio del mejor silencio posible y ésta reacción en potencia que redescubre el toreo en México a la luz de su mágico quehacer.

   Los aficionados que tenemos el privilegio de acudir permanentemente a cuanto festejo mayor o menor que se organice en la capital del país, nos dimos cuenta, a partir del 7 de enero, que aquel “domingo siete” se convirtió en el vuelco esperado, en el brusco golpe de timón que se necesitaba para sacudir hasta las entrañas mismas, a una tauromaquia en descomposición. Estoy convencido que hasta las cuatro de la tarde de aquel primer domingo de enero, la fiesta no sólo había tocado fondo. Estaba en él, sumergida, padeciendo el ahogo que la llevaba a enfrentar la agonía que enfrentaba. Sin embargo, dos horas después el escenario era otro, tan diferente, en el que ocurrieron cosas radicales. De pronto, esa “catedral sumergida” emergía, salía a la superficie a respirar los aires de renovación provocados por la tempestad de un hombre sumergido también en los tentadores influjos del alcoholismo y que no esperaba nada de la fiesta, pero tampoco de la vida. Ese hombre, a sus 55 años, con muchas menos posibilidades físicas, y con una reducida cantidad de festejos por delante que compensen su desmejorada economía, pero que afiancen el porvenir del espectáculo en nuestro país, ponen todo esto sometido al destino. Recordemos que “Curro” Romero o Rafael de Paula, incluyendo a Antonio Chenel “Antoñete”, superaron los sesenta de su edad y continuaban toreando, quizá en menor cantidad, pero su caso estaba soportado por la frecuencia pertinente de sus apariciones que se precedían, además del misterioso velo de lo desconocido, de la incontenible brujería del arrastre que sus nombres en los carteles suponía para gozo y admiración de los aficionados. Pero para Rodolfo Rodríguez, el rodaje no existe. Que es torero de manifestaciones artísticas más que técnicas no lo ponen en el dilema de enfrentarse a una condición física inmejorable, pero sí la suficiente mentalización para enfrentar lo que cada día, y cada tarde que se le presente como una oportunidad más en la vida, serán, en conjunto, un reto, el profundo desafío a contender consigo mismo y la adversidad.

   El sacudimiento de ese “domingo siete” nos ha puesto de nuevo en el camino de aquellas viejas jornadas en que se comentaba, se platicaba y se analizaba el toreo con el gusto y regusto que supone la emoción y todos los elementos consubstanciales que intervienen y participan en la tauromaquia, tan española, pero tan mexicana que, por consecuencia la hacen universal en el sentido de su permanente intercambio que hoy tiene en la figura de Rodolfo Rodríguez El Pana a un torero relevante que aún mantiene en su vocabulario las mismas palabras con que un día salió con empeño quijotesco a enfrentar lo mismo molinos de viento que mandones consagrados. Es posible que hoy guarde ya un poco de mesura con respecto a lo que fueron sus años mozos, que tanto aislamiento y marginación le causaron, pero guarda la misma postura, los mismos principios que lo alentaron en el arranque de su ya prolongada trayectoria como matador de toros. Será que así le funciona mejor puesto que al trascender de nuevo en el medio, con esos vientos nuevos y frescos, mantiene el mismo talante provocador. Hay más equilibrio en sus palabras pero en el fondo conservan iguales razones que le identifican como el torero diferente, ese que no solo se ha conformado construyendo un pedestal. Es el mito en persona.

   Con un Rodolfo Rodríguez El Pana que de pronto nos proyecta en línea recta hacia todo cuanto ocurrió en un período específico como son los años 30, 40 o 50 del siglo pasado, etapa en la que se concentran numerosos acontecimientos imborrables, hoy, este personaje salido de las páginas color sepia, se ocupa de recuperar el tiempo perdido, no sólo el suyo. También el de la tauromaquia mexicana de nuestros días que adquiere aires de renovación.


[1] Y claro, es el propio Rodolfo Rodríguez “El Pana” quien ha aportado al amplio catálogo de suertes, las siguientes: Quite del clavel, quite del sueño, la Rielera, la Tlaxcalteca, la Adelita, el pase de cola de gallo, el del relicario, el del tomate, el de la amargura, el desaire o el del más allá sin faltar su inigualable “par de calafia”.

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