Archivo mensual: junio 2013

UN NUEVO ESTÍMULO A FAVOR DE LA TAUROMAQUIA…

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Una nueva nominación a favor de la tauromaquia en México se acaba de dar en el estado de Zacatecas. La noticia se divulgó por internet de esta manera:

DECLARAN PCI A LA TAUROMAQUIA EN ZACATECAS_26.06Disponible junio 28, 2013 en: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=16097

    Tal asunto contrarresta ciertas disposiciones que prohíben, entre otras expresiones, las corridas de toros en estados como Veracruz o Sonora donde la práctica de este patrimonio o legado no es ni ha sido una constante a lo largo de la historia reciente, lo cual no es por ahora, ninguna situación riesgosa.

   Sin embargo, y como ha sido una referencia en este blog, creo que en la medida en la cual exista mayor cohesión de todas las partes involucradas, en esa medida obtendremos un resultado que a todos nos dejará con plena satisfacción. Aunque como se sabe, después de ese “triunfo” que tanto se anhela, vendría una complicada labor de defensa y claro, a la hora de poner cara a ese empeño vamos a ver de “qué cuero salen más correas…”

   Un posible escenario nos pone frente a condiciones donde el trabajo por hacer será muy comprometedor. Para ello habrá necesidad de construir las directrices generales que orienten y reorienten el propósito con el que cada uno de los países asumirán su parte. En el caso de México, parece oportuno sugerir que sea una sola instancia la encargada de dichas tareas, las de la conservación y preservación de ese patrimonio cultural e inmaterial, tomando en cuenta las recomendaciones más apropiadas para ser afines con el quehacer de los siete países restantes, de tal forma que ciertos balances se conviertan en parámetros u objetivos precisos a cumplir.

   Hace tiempo hubo un capítulo que, por fortuna no terminó en desagradable polémica, ventilada además en la revista Proceso. El caso es que un servidor en entrevista había propuesto la creación de un Organismo no gubernamental (ONG por sus siglas), que siguiese el modelo del Observatorio Taurino Francés, en el entendido de que en el país galo tal institución está convertida en el referente que habrá de encarar las futuras acciones de blindaje a favor de la tauromaquia, como ya lo viene haciendo de un tiempo a esta parte con dos responsables fundamentales: François Zumbiehl y André Viard. La respuesta de la entonces funcionaria de Culturas Populares, dependiente de CONACULTA expresaba el hecho de que precisamente Culturas Populares es la instancia destinada para ese propósito. Bien, si la nominación por parte de la UNESCO fuese favorable a la tauromaquia, esto permitiría entonces que Culturas Populares hiciera suyo el compromiso de asumir todas las gestiones y tareas, y para ello tendría que existir un área o una oficina que estuviese pendiente de todas las labores en torno a la defensa de este patrimonio. Sin embargo, de lo expuesto hasta ahora, y si no fuera suficiente con dicha área, ¿quién daría certeza sobre el cumplimiento que desde el estado debe haber al respecto de tal responsabilidad? ¿Será preciso, seguir el modelo francés y poner en marcha un Observatorio Taurino Mexicano?

   La política y la cultura ya se ve, no tienen buen maridaje en este país, de ahí que la cultura sea uno de los rubros más castigados a la hora de que se asigna el presupuesto anual correspondiente. Las áreas dependientes de tales dineros sufren restricciones y limitaciones lo que, en algunos casos lleva al fracaso muchos proyectos o se posponen otros porque no hay lo suficiente. Justo en ese ámbito tendría que entrar una gestión como la que aquí se viene planteando, apenas en un escenario posible –virtual si ustedes quieren-, pero al fin y al cabo el que tendríamos que asumir en caso de que el asunto prosperara favorablemente.

   Si no fuera así, y espero que tal situación no se concrete, nos llevaría a poner en práctica otra estrategia, igual de significativa para blindar el espectáculo de todos los posibles ataques, legitimar su existencia a partir de cuantos elementos nos permita disponer la historia, la antropología, la sociología, la filosofía y demás áreas del razonamiento humano con vistas a sustentar su pervivencia, sobre todo en la condición de un país que, como el nuestro, ha pasado por un largo y complejo proceso de asimilación y mestizaje, mismo que no empezó con la conquista. Esos síntomas estaban desarrollándose en el periodo prehispánico y, con la presencia hispana todavía vino a ser más entreverada esa circunstancia, al punto de que un elemento de vida cotidiana como el toreo se convirtió también en una suerte de el mestizaje de los mestizajes (Antonio Malacara dixit).[1]

   A trece años de que la tauromaquia en México alcance sus 500 años de presencia, estamos en una situación crítica, inestable en cuanto a conseguir o no los propósitos que la maquinaria de la nominación de patrimonio cultural inmaterial de la humanidad que la UNESCO habría de dar en el entendido de que se cumplan una serie de requisitos para alcanzar ese objetivo. Lo anterior hace que pongamos los ojos en propósitos y tareas mucho más comprometidas, dejando de lado nuestra peculiar suma de actitudes, donde el protagonismo es una de esas manchas que se destilan con mucha frecuencia en el medio, en tanto que los argumentos de peso, los que tienen un valor significativo parecen no tener la suficiente carga para incluirlos como arma de defensa, ahora que tanto se necesitan para justificar la presencia de –insisto-, este patrimonio o legado en nuestra cultura.

   Cabe aclarar que con frecuencia los taurinos suman fuerzas y hasta se han lanzado a la calle para demostrar en sendas manifestaciones su defensa y afecto al espectáculo. Sin embargo, esto no es suficiente si para ello no se cuenta con aquellos elementos que vendrían a cohesionar y a consolidar la razón de su defensa. Tales elementos, como ya se ha dicho aquí con bastante terquedad, son los que provienen de una explicación sujeta al análisis académico en su conjunto, lo que permite tener un panorama claro del porqué de su pervivencia, sobre todo cuando imperan unos valores impuestos por las nuevas sociedades, así como por sus ideologías, mismas que entran en conflicto cuando en aras de defender tales convicciones, a veces no tienen conocimiento de que existen otras igual de valiosas y que se extienden con su despliegue de influencia por varios siglos de andar, permeando la forma de ser y de pensar de estas o aquellas culturas que decidieron hacer suyo el espectáculo. Sin embargo, la que hoy se mueve en inquieta condición para imponerse como la más apropiada con respecto a los tiempos que corren, prácticamente “choca” con esas expresiones y las rechaza, pero además pretende exterminarlas lo que es aún más peligroso, pues de ocurrir tal medida, se corre el riesgo de que esta heterogeneidad de culturas quede desmembrada en alguna de sus raíces fundamentales. Tal coyuntura no viene bien si en estos momentos la modernidad negara el pasado, así sin más. El efecto no sólo sería pulverizar ese conjunto de manifestaciones culturales, sino que afectaría a todo aquel sistema que lo ha sostenido, con lo que se produciría una especie de “efecto dominó” o de “Tsunami” que también causaría efectos irreversibles en otras condiciones que son propias de cierto sector de la población en este planeta, justo como ahora se resienten los efectos del cambio climático, por ejemplo. Lo anterior no tiene como propósito poner a funcionar la señal de alarma, pero sí a prevenir lo que el futuro incierto podría ponernos en frente.

30 de junio de 2013.

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PASODOBLES DEL “VIEJO TOREO”

RECOMENDACIONES, LITERATURA… y DISCOGRAFÍA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

A Jesús Flores y Escalante, in memorian.

    Sin otra intención que abordar la evolución de este género musical tan asociado a los toros, veremos a continuación lo que ha ocurrido durante el

    SIGLO XX

 Nuestro siglo, tan lleno de drásticas modificaciones, pero también de reaccionarias y frustradas defensas sea por las constantes rutas en las ideas de la sociedad o bajo el condicionamiento de crisis o bonanzas de diaria variación.

   Durante el trayecto de nuestro siglo la efervescencia creativa es amplia, pero poco reconocida o relegada por circunstancias que se desconocen (será acaso por la disminución de seriedad, o por su divorcio con los grandes medios de comunicación que se limitan simplemente al noticiario más no al comentario de fondo).

   Voy a echar mano de un artículo con el que se presenta el disco L.P. PASODOBLES DEL VIEJO TOREO, trabajo que llevamos a cabo la ASOCIACION MEXICANA DE ESTUDIOS FONOGRAFICOS y el CENTRO DE ESTUDIOS TAURINOS DE MEXICO aparecido en 1991. El trabajo está clasificado como AMEF-T-221-C. Dice mi texto:

   Dos vertientes se manifiestan en el término “Viejo toreo”: por un lado, se entiende el quehacer estético y técnico que de suyo tuvo la tauromaquia nacional cuando en pleno arranque de siglo XX, se forma un auténtico caldo de cultivo donde expresiones, creaciones y recreaciones de un arte se consolidan felizmente.

   Por el otro extremo, nos referimos al propio escenario, foro de las mejores hazañas y congregaciones de recuerdos. La plaza “El Toreo” de la colonia Condesa. Plaza de toros: un tumulto que se exalta y pierde la razón, murmullos que nacen y se escapan en los suspiros de la creación del todo que es el arte efímero del toreo.

005_1991

Pasodobles del viejo toreo. Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos A.C. y Centro de Estudios Taurinos de México. México, 1991. (AMEF-T-221-C). Trabajo elaborado por: Jesús Flores y Escalante, Pablo Dueñas y José Francisco Coello Ugalde.

   Su historia es ya realidad a partir de 1907, cuando aquel 22 de septiembre, pisan sus arenas los diestros Manuel González “Rerré”, Agustín Velasco “Fuentes mexicano”, Samuel Solís y Pascual Bueno, quienes encabezan el desfile de cuadrillas bajo los acordes de la marcha de la ópera “Carmen” de Bizet que interpreta la banda dirigida por el maestro José Contreras, porque la música es parte fundamental al espectáculo y sin su aderezo se perdería un gran contenido de lo que es esta gran “maravilla” donde trascienden valores de la gracia, el misterio y el peligro siempre latentes.

   Por esas épocas el Toreo sigue una línea de avanzada, mejorando su calidad, desplazando con pasos gigantescos las obsoletas manifestaciones de un ejercicio tauromáquico que deseaba entrar ya, en el campo de la modernidad cuando la ruptura contra los viejos sistemas se enfrenta ante la explosión del movimiento armado de 1910. De este modo y en esta época surge Rodolfo Gaona, en el momento de plena Revolución. En su figura se concentran los modelos apolíneos -sugeridos por Saturnino Frutos “Ojitos”, su maestro-; que juegan con los dionisíacos, meras expresiones de ese toreo violento, aguerrido que rebasó las fronteras del siglo que corre frente a nosotros, para afinarse, atenuarse en épocas posteriores del mismo toreo. Juan Belmonte, Juan Silveti, Ignacio Sánchez Mejías y otros grandes giran en torno de un auténtico imperio: el de Gaona. Manuel Jiménez “Chicuelo” es el padre, el creador -en tanto- de la faena moderna. Bajo esas circunstancias, el progreso es irrevocable. La época -del viejo Toreo- que anda en búsqueda de lo moderno ha logrado dar sus primeros y sólidos pasos. El leonés es el modelo a seguir. Todos aspiran a ser lo que él fue. Con esa razón se mide la magnitud alcanzada por alguien que si bien, no tuvo sombra, sus influencias sirvieron para continuarlas en el porvenir del toreo mexicano.

   Solo en una ocasión, el tránsito de tales manifestaciones se vio frenado por una prohibición, la que Venustiano Carranza impuso al espectáculo de 1916 a 1920. En ese periodo, se aprovechó el coso como escenario para funciones de ópera, para un recital de Pablo Casals o bien como espacio donde se verificara alguna célebre pelea de box o para una audición con el mismísimo Enrico Caruso.

   “…del viejo Toreo” y porque así nos lo exige la sola revisión, sus fundamentos son ya bien firmes. Nuevas generaciones de toreros se aprovechan de la riqueza ofrecida y le dan a las expresiones de nuestro tiempo una proporción y dimensión cada vez mayor. En escena, todos y cada uno de quienes hicieron posible la “época de oro en el toreo”. Es decir, cuando las metas proyectadas desde los gloriosos tiempos de Salvador Sánchez “Frascuelo”, Rafael Molina “Lagartijo”, Cayetano Sanz, pasando por Rafael Guerra “Guerrita” son pura consolidación en el “indio grande”, ya pueden ser una plena realidad en esta nueva etapa.

   En torno al tema que ahora nos reúne, es preciso anotar que el género musical -en su traslado directo al pasodoble-, cosecha, por la vía de impresiones estéticas o técnicas, por el impacto de algún torero superior, piezas que continuarán señalando lo importante de la obra de diestros con la talla de los grandes mexicanos. O los temas siempre vigentes de una inspiración pródiga, desbordada en los “Aires andaluces” -por ejemplo-, con los cuales esos recuerdos del viejo aficionado volverán a recuperar un presente en la medida en que alimenten las vivencias pasadas una vez más. Recordarán ellos, y conoceremos nosotros la banda inigualable del Teniente Coronel Genaro Núñez -entre otras varias-, en la cual destacaba muy en especial Margarito Nápoles, quien hizo el “sólo” de trompeta en un sinfín de obras y especialmente, en la “Virgen de la Macarena” interpretada al faltar algunos minutos para el inicio del festejo. El clímax que alcanza dicho pasodoble turba todos los sentidos y la afición rompe en murmullos y agitadas emociones. He aquí un expresivo recuerdo de todo ello.

   ¡Genaro: La Macarena, La Macarena!

   Y es que faltando cinco para las cuatro de la tarde, de los tendidos bulliciosos, saltan y arrecian las peticiones para uno de los pasodobles más toreros y preámbulo para entrar al mundo misterioso que es en sí, la corrida de toros. Y es que no podía faltar a la cita el Teniente Coronel Genaro Núñez, quien aún nos deleitó el 4 de febrero de 1990 -a sus 93 años- dirigiendo la Banda de Marina en la plaza de toros “México”. Imagíneselo usted: con su vida musical desde niño, allá, en su natal Chihuahua, desde los siete años. Luego, en “la bola” participando en combates como los de Ciudad Juárez y Ojinaga, bajo las órdenes del General Villa, por lo que él puede decir con orgullo que fue integrante de la famosa “División del Norte”. Pero así como pasó gratos momentos, los tragos amargos no se hicieron esperar. Fue hecho prisionero y llevado frente al Coronel Francisco L. Urquizo, quien para liberar al entonces Subteniente, pidió que se aliara a las fuerzas constitucionalistas. ¡Nada menos que contra quienes luchaba! Ello significó su alejamiento de las filas militares, pero también la proximidad al mundo musical.

   Será hasta 1920 cuando se registra su primer actuación dirigiendo la banda en la plaza “El Toreo”; desde entonces ya no se alejará del quehacer musical, llegando a ser director, en 1922, de la Banda Especial de la Secretaría de Guerra, y poco más tarde de la del Estado Mayor. Genaro no se separa ya de “su pasión” tanto que por las noches y en teatros como el ARBEU, COLON, PRINCIPAL y LIRICO no deja de acompañar una sola función con sus acordes las piezas del repertorio zarzuelero o de revista.

   Por otro lado, los toreros más representativos de aquel período como Alberto Balderas, Jesús Solórzano, Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, alternan también con españoles destacados. Es el caso de Joaquín Rodríguez “Cagancho”, Victoriano de la Serna, Pepe Luis Vázquez o Manuel Rodríguez “Manolete”, por no citar más que a quienes dejaron una huella hasta hoy día permanente.

   Pero las horas del viejo “Toreo” -ya como puro escenario- estaban contadas. Ese otro “viejo toreo” con que nos abrimos de capa se eleva orgullosamente vencedor pues ha llegado a un sitio en donde seguirá ofreciendo con su arte exquisito ese tono cuya desembocadura se muestra en un auténtico ballet en nuestros días, quedando desplazadas esas connotaciones de dureza y peligro, propias de un espectáculo tan intenso como este.

   El día 19 de mayo de 1946 todo un cúmulo de bellos recuerdos, de glorias y tragedias habrá de pasar a las páginas de la historia escrita, donde ya todo será adentrarse en tal o cual imagen o de hojear los libros para que las recientes generaciones sepan y comprendan el valor alcanzado por aquel escenario, testigo permanente de un cambiar, de un definir absoluto en el toreo, que ha logrado los objetivos establecidos por sus viejos formadores: Hacer de esta expresión un concepto moderno, apoyándose en reglas muy concretas que son propias de un espíritu escolástico.

   Porque el verdadero espíritu del toreo es como un estado de éxtasis, por la creación que se hace de acudir a la gracia, y a la sensibilidad, al misterio y a una forma sublime, profunda del sentimiento, dimensión y “poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica”.

   Quiero terminar la presente serie sobre la actividad musical en torno a la fiesta de toros en México -y que continuará con otros géneros de las bellas artes-, haciendo anotación especial al pequeño ensayo de Daniel Medina de la Serna: Rafael Gascón, autor de “Cielo Andaluz”, un pasodoble para partir plaza en México. México, Bibliófilos Taurinos de México, 1992, 14 pp. ils. (Lecturas taurinas, 19). Este trabajo encierra datos relevantes sobre la actividad musical que se registraron entre los últimos años del siglo XIX y los primeros quince del XX. Es este un excelente panorama que nos envuelve en aquella intensa vida de Rafael Gascón y de José F. Elizondo con quien hizo pareja, realizando ambos infinidad de obras que no solo son del género taurino. También las hay de índole lírica, participando en cuanta función del “Teatro Principal” se diese. De ella nos enteramos que el compositor Luis G. Jordá autor, entre otras piezas de “Danzas Nocturnas” y del vals “Elodia”, compuso algún pasodoble con no mucha fortuna.

   La figura de Abundio Martínez, el inmortal músico mexicano, renace en cada nota de su “Hidalguense”, pasodoble adoptado como estandarte en las corridas de toros. Abundio nació el 8 de febrero de 1875 en Huichapan, Hgo., donde siguió los pasos de su padre, director de la banda del lugar.

   De la pareja Gascón-Elizondo nace “Cielo Andaluz” el año 1912. Dicho pasodoble es interpretado de manera ininterrumpida desde 1920 y hasta la fecha, luego de que se derogó la prohibición impuesta bajo el régimen de Venustiano Carranza (1916-1920). En su clímax sentimental declara:

Ay cielo Andaluz

mis ojos al nacer vieron tu luz.

Ay mi cielo azul

que vuelva a verte yo

cielo Andaluz.

Ay mi Giralda que ya perdí

quisiera verme cerca de ti.

   Otros autores dedicados a este género musical en nuestro siglo han sido:

-Agustín Lara con: GRANADA, PETENERAS, CLAVEL SEVILLANO, MADRID, CUERDAS DE MI GUITARRA, VALENCIA, SILVERIO, LA CARMEN DEL CHAMBERI, TOLEDO, MURCIA, NOVILLERO  y la SUITE ESPAÑOLA.

-Juan S. Garrido y “CAÑITAS”.

-Genaro Núñez con PACO CAMINO, el famoso arreglo a la VIRGEN DELA MACARENA y otras.

-Alfredo Núñez de Borbón: AMOR GITANO, LA OREJA DE ORO.

-EL ADIOS DEL TORERO, canción española con música de Manuel Álvarez “Maciste” y letra original de José Ortiz, matador de toros, versión discográfica que además se conserva interpretada por el propio “Orfebre”.

-Rodolfo Reyna: CAPETILLO, TOREROS MEXICANOS.

-Rafael Plaza Balboa: CAMPANAS DE CATEDRAL.

-Jesús Hernández Razo: ECOS TAURINOS.

-Alfonso Esparza Oteo: LORENZO GARZA.

-Miguel Martínez Domínguez: JUAN SILVETI, CAPETILLO.

-Rafael Oropeza: CHICLANERA, JUANITO ARTETA, BARANA, ECOS DE ESPAÑA, RECUERDOS DE ESPAÑA.

-Fernando Z. Maldonado: CHUCHO CORDOBA.

-Jaime Rojas Palacios: GRACIAS FINITO, ¡TORERO, TORERO, TORERO!, OLE POR GABRIEL, VALENTE, SOL DEL TORERO, MARIELA, MARIANO RAMOS, ¡VAYA UN TORERO!, JESUS SOLORZANO, TORERO Y CABALLERO, VIVAN JEREZ Y DOMECQ.

-Florentino Ruiz Esparza: GRAN “PLAZA MEXICO”.

   Otros compositores: Arturo Tolentino, Luis Alcaraz, Encarnación D. Anaya, Ignacio Quintero, Carlos Fonseca Zaragoza y muchos más, son quienes por citar a los más reconocidos, son autores que han dejado testimonio absoluto, cuyo lenguaje musical interpretan bandas como la de los RURALES DE PACHUCA, la del Gral. GENARO NUÑEZ, la Orquesta de FERNANDO Z. MALDONADO, MOISES PASQUEL, AGRUPACION MADRID, LA BANDA FLAMENCA DE GASCON, BANDA DE POLICIA MEXICANA, BANDA CREATORE  entre otras muchas. Lo mismo, en cuanto concierne a interpretes de gran talla como Juan Arvizu, Dr. Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Luis G. Roldán Nestor Mesta Chaires, Nicolás Urcelay, Genaro Salinas, Mario Alberto Rodríguez, Salvador García, Javier Solís, Miguel Aceves Mejías, Alejandro Algara, Humberto Cravioto.

   Esta es la música que hace vibrar emocionados a los taurinos y no hay otra, aunque se pretenda desviar el sabor auténtico con sones, jarabes y corridos, ajenos a la imagen original del espectáculo que no dudamos continuará entre nosotros.

   No quiero concluir esta exposición general, sin dejar de incluir datos acerca de la concepción del pasodoble y su trayectoria histórica en apoyo a datos de Manuel Delgado-Iribarren Negrao.

 RETRATO DEL PASODOBLE.

 El pasodoble tiene, indudablemente, un remoto origen militar. La marcialidad está en su base misma y le es consubstancial: un ritmo binario, elemental, continuo y claramente perceptible, con movimiento alegre, que facilita el paso uniforme de una tropa y al que se superponen melodías y armonías, no muy complicadas, que le dan variedad y colorido.

   Sus orígenes parten posiblemente de la Pasacaglia dominante por los siglos XVII y XVIII. Pero, aunque el pasodoble también se denomina “pasacalle”, ésta es una coincidencia puramente nominal. Ni por carácter, ni por ritmo, existe ninguna relación entre ambas formas.

   En nuestra opinión -dice Manuel Delgado-, el pasodoble procede originalmente de un tipo concreto de marcha militar, de compás binario (2 por 4, subdividido en corcheas), que debió generalizarse en España durante el siglo XVIII y del que son herederos inmediatos los pasodobles de corte militar de mediados del XIX (recuérdese el último fragmento de LOS SITIOS DE ZARAGOZA, de Cristóbal Oudrid).

 La primer muestra clásica.

 En primer lugar, y como punto de partida, la llamada “Marcha de la Manolería” del acto primero de PAN Y TOROS, 1864. En ella aparece ya perfilado el género con caracteres propios, no asimilables a ningún otro. Ya no es una marcha militar, de estilo severo, sino eminentemente popular y castiza. Los elementos folklóricos que se incorporan no son, en este caso, de origen andaluz, sino madrileño, principalmente giros melódicos y rítmicos de la seguidilla.

 ¿Cómo distinguir o clasificar las modalidades del pasodoble?

    Por razón de una funcionalidad primaria, se distinguen dos clases de pasodobles: los destinados a acompañar una marcha rítmica y los que tienen otra finalidad predominante: ser cantados, o bailados, o simplemente escuchados. Para entendernos, llamaremos a los del primer tipo pasodoble-marcha, y a los del segundo pasodoble-canción:

PASODOBLE-MARCHA:

-Militar.

-Pasacalle.

-Fallero o valenciano

PASODOBLE-CANCION:

-Regional.

-Andaluz o flamenco.

-Clásico o ecléctico.

-Torero.

-De concierto.

    Nuestro autor, dedicando su atención a México cita algunos de los datos que con anterioridad he manejado con cierta amplitud, por lo cual, considero haber llegado al punto final de un estudio que no pretende ser más que una herramienta de apoyo elemental.

   EL PASODOBLE: Es la música del sobresalto, del estremecimiento, que agita con emoción la sangre que corre por nuestras venas.

   Es fiesta del corazón que escucha cómo trasciende la música, “la música en el aire se aposenta” (parafraseamos a Lope), arrebatando el sentimiento para luego desaparecer. Emoción efímera es la que se vive así en una plaza de toros, donde brota lo gallardo y lo gentil; lo patético y lo armónico. Todo ello es la música de la fiesta brava: EL PASODOBLE.

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LAS TESIS DE HISTORIA, LITERATURA, FILOSOFÍA… DEDICADAS AL TEMA DE LOS TOROS EN MÉXICO.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Uno creería que la academia, las universidades de nuestro país estarían colmadas fundamentalmente de tesis en cualquiera de sus tres grados académicos, dedicadas al tema taurino. En efecto, hay una gran variedad de este tipo de investigaciones que se han presentado, sustentadas desde la perspectiva de la contaduría y la administración, las de diversos médicos cirujanos que se han detenido a hacer trabajos particulares y específicos sobre percances y otras heridas; desde el ámbito jurídico o aquel que proviene de la especialización de los médicos veterinarios zootecnistas (quizá escape a esta relación alguna tesis que, por su temática o manufactura, provenga de especialidades tan concretas como la jurídica o la arquitectura). Sin embargo, donde más escasa es la producción, por decirlo de alguna manera, es de aquella área de las humanidades, donde asuntos como la historia, la literatura o la filosofía se corresponden perfectamente con la tauromaquia, que se convierte, indudablemente en tema de estudio.

   Por tal motivo, me parece más que pertinente hacer un recuento de todas aquellas de las que tengo conocimiento (y si este trabajo no comprendiese alguna más en el resto del país, mucho agradeceré a los colegas que no fueron incluidos en esta ocasión, pudiesen enviarme informe de sus trabajos para un nuevo y más nutrido material que abordaría, en otro momento las mismas circunstancias. Los datos de envío pueden hacerlos a los dos correos electrónicos que aparecen en la cejilla “Acerca del Autor” en este mismo blog).

   Me ha tomado algún tiempo hacer el acopio respectivo de toda esta información. Por fortuna, los recursos que se sustentan en las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC, por sus siglas), permiten llegar más allá de las fronteras que anteriormente estaban trazadas y que hoy se rebasan con la afortunada respuesta de un importante número de datos que encontrarán más adelante.

   Pero antes de presentar la que pretendo sea una relación, la más completa que sea posible al respecto, debo advertir que nos llevaremos auténticas sorpresas, por el número verdaderamente generoso de trabajos que aparecerán, reiterando que no siendo la única, ni la última, sea importante que la comunidad del resto del país haga saber sobre la aportación académica que haya hecho en algún momento, para tener cubierto de esa manera un referente de estudios de alto nivel que permitan encontrar en su contenido, la detenida investigación, complementada o enriquecida con el trabajo de campo y de gabinete.

 AQUÍ LA RELACIÓN:

ABSALÓN HUÍZAR, Cecilia: “Fotografías de Juan Guzmán: Construcción de la Ciudad de los Deportes”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2008. Tesis que para obtener el título de Maestra en Historia del Arte presenta (…). 76 p. Ils., fots.

ALBARRÁN MORA, Gabriel y José de Jesús Castillo Quiroz (coautor): “Que suenen parches y metales: Historia del toreo a pie”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 2010. Tesis que para obtener el título de Licenciado en Periodismo presentan (…). 103 p. Ils., fots.

ALCÁNTARA RAMÍREZ, Alejandrina: “Emblemas y Literatura. El Festivo Aparato”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2000. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas presenta (…). 105 p.

ALFONSECA ARREDONDO, Raquel: “Catálogo del Archivo Histórico del Distrito Federal: Ramo Diversiones públicas en general. Las diversiones públicas en la ciudad de México durante la primera mitad del siglo XIX, un espejo de la sociedad”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 1999. 125 + 403 p.

AGUILAR ALVARADO, Miguel Ángel: “El arte de narrar una muerte: la crónica taurina”. Universidad Nacional Autónoma de México, Escuela Nacional de Estudios Profesionales Aragón, 2001. Reportaje que para obtener el título de Licenciado en Comunicación y Periodismo, presenta: (…). 104 p.

ALONSO AGUIRRE, Alicia: “El papel del cartel taurino en la fiesta brava”. Puebla, Universidad Iberoamericana, Puebla. Departamento de Arte, Diseño y Arquitectura, 2004. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Diseño Gráfico presenta (…). 104 p. ils.

ANDA SANTIAGO, Javier de: “Propuesta de regulación para la protección de los toros en los espectáculos taurinos por la contradicción de leyes administrativas en el Distrito Federal”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Aragón, 2009. Tesis que para obtener el título de Licenciado en Derecho presenta (…). 145 p. Ils., fots.

BALDERAS CALDERÓN, Luis: “Una época dorada: la fiesta de toros de los años cuarenta en México”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia, 2000. Tesis que para obtener el título de Licenciado en Historia presenta (…). 267 p.

BANDA AYALA, Rebeca del Carmen: “Actualidad del toreo en México. Reportaje”. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Aragón, 2009. Reportaje que para obtener el título de Licenciado en Comunicación y Periodismo presenta (…). 169 p. Ils., fots.

BARBABOSA OLASCOAGA, Luis: “Proyecto de una plaza de toros en la Ciudad de México”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Arquitectura, 1942. Tesis que para obtener el título de Licenciado en Arquitectura presenta (…). 25 p. Ils., planos.

BRISEÑO SENOSIAIN, Lilián: “Lo particular y lo social en el Porfiriato. La vida diaria en la ciudad de México (1877-1911)”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2002. 231 p.

BUZOIANU ACOSTA, Yalhiney Didina: “La historia del ganado bravo en México: Estudio de revisión”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, 2008. Tesis que para obtener el título de Médica Veterinaria Zootecnista presenta (…). 150 p. Ils., fots.

CALZADA MARTÍNEZ, Hilda: “Maromeros y titiriteros en la Nueva España a finales de la época colonial”. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2000. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Historia presenta (…). 113 p.

CASTILLO GARCÍA, Georgina: “Carlos Septién García y la proyección política, estética y cultural de su crónica taurina”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 1975. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Periodismo presenta (…). 90 p.

CLEMENTE CARBALLO, Olivia: “La crónica taurina en la letra impresa de la ciudad de México”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 1997. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Periodismo presenta (…). 197 p.

COELLO UGALDE, José Francisco: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p. Ils.

CUELLAR VÁZQUEZ, Edmundo Ramón: “Prácticas mágicas entre negros y mulatos en la Nueva España”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2008. Tesis para obtener el grado de Licenciado en Historia. Presenta (…). 118 p.

CHÁVEZ RIVADENEYRA, Mary Carmen: “Sociología de la tauromaquia. Análisis sociológico de la fiesta brava en México”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Tesis que presenta (…) para obtener el título profesional en la licenciatura en Sociología. Asesor: Lic. Sergio Colmenero Díaz-González, 1999. 229 p. Ils., fots.

DÍAZ LEÓN, Teresa: “Mínima difusión de la crónica taurina en la televisión mexicana”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 2000. Tesis que para obtener el grado de Licenciada en Periodismo presenta (…). 315 p.

DÍAZ ZUBIETA, Cecilia: “La Corte de Felipe IV: Teatro de artificios y reflejos de la sociedad española del siglo XVII”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (Programa de Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales), 2007. Tesis que para optar por el grado de Maestra en Sociología presenta (…). 348 p. Ils., fots.

DOMÍNGUEZ CRUZ, Mario Alejandro: “Toros de un campo bárbaro. Modernización de las corridas de toros en la ciudad de Chihuahua (1900-1910)”. Chihuahua, Universidad Autónoma de Chihuahua, 2013. 99 p. Ils., fots., planos.

ESPARZA ÁLVAREZ, Pablo: “Faena fotográfica: seducción de muerte y belleza”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 2008. Gran Reportaje que para obtener el título de Licenciado en Periodismo presenta (…). 113 p. Ils., fots.

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RADETICH FILINICH, Natalia: “Filosofía y sacrificio: Una exploración en torno al sacrificio taurómaco”. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras-Instituto de Investigaciones Filosóficas. Programa de Maestría y Doctorado en Filosofía. Tesis que, para obtener el grado de Maestra en Filosofía, presenta (…) Director de tesis: Dr. Ignacio Díaz de la Serna. Octubre de 2009. 134 p. Ils.

REIBA IBARRA, Carlos Horacio: “Paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX mexicano”. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Ciencias del Lenguaje, presentó en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, México, 2001. 225 p.

ROMANO GARRIDO, Ricardo: “El espectáculo y el drama de la violencia. Los toreros del carnaval y la Huamantlada en el volcán de la Malinche”. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Posgrado en Antropología. Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 2011. Tesis que para optar al grado de Doctor en Antropología presenta (…). 185 p. Ils., fots.

SÁNCHEZ ARREOLA, Flora Elena: “La hacienda de Atenco y sus anexas en el siglo XIX. Estructura y organización”. Tesis de licenciatura. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia. México, 1981. 167 h. Planos, grafcs.

SÁNCHEZ CARREÓN, Abryl: “Las caras del toreo: polémica, muerte, deporte o arte”. México, Escuela de Periodismo Carlos Septién García, 2010. Gran Reportaje que para optar por el grado de Licenciada en Periodismo presenta (…). 104 p. + diapositivas.

SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, Ernesto Adrián: “Historia de la fiesta de toros en Aguascalientes: 1886-1910”. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, Centro de Ciencias Sociales y Humanidades, 2007. Tesis que para obtener el grado de Licenciado Historia presenta (…). 152 p. Tablas.

SERRANO MORALES, María Angélica: “Análisis e interpretación del cuento Para toros del Jaral de Rafael Delgado. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatán, 2000. Seminario-taller extracurricular que para obtener el título de Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas presenta (…). 104 p.

SOLE PEÑALOSA, Guillermina: “Estampas virreinales: El traje civil y las artes aplicadas en la vida cotidiana de la ciudad de México en el siglo XVIII”. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto Cultural Helénico, 2000. Tesis que para obtener el grado de Licenciada en Historia presenta (…). 146 p. Ils., facs., planos.

VELÁZQUEZ SAGAHÓN, Francisco Javier: “La dinámica de interacción organizacional de la Tauromaquia en México”. México, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, 2007. Tesis que para obtener el título de Doctor en Estudios Organizacionales presenta (…). 254 p. Ils., facs., maps., grafcs.

VENEGAS ARENAS, Evelyn: “La fiesta del Corpus Christi en la Ciudad de México durante la primera mitad del siglo XIX. Rastreo de antecedentes hispanos y novohispanos”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia, 2007. Tesis que para obtener el título de Licenciada en Historia presenta (…). 153 p. Ils., facs.

VIQUEIRA ALBÁN, Juan Pedro: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps. Esta publicación es el resultado de la tesis de Maestría que presentó tiempo atrás el propio autor.

ZAMORA PÉREZ, Juan Ángel: “Caracterización genética de poblaciones de ganado de lidia para la búsqueda de loci asociados con bravura”. Reynosa, Tamps., Instituto Politécnico Nacional, Centro de Biotecnología Genómica, 2008. 78 p. + ilustraciones.

   Hasta aquí, 57 trabajos en los tres grados académicos.

OTRAS PUBLICACIONES ACADÉMICAS.

    Un caso particular, el primero que trato aquí, se ocupa del Maestro en Historia Vicente Agustín Esparza Jiménez, que si bien no generó estudios relativos asociados con la tauromaquia en México (puesto que su tesina de Licenciatura se enfocó a estudiar las peleas de gallos en Aguascalientes en el siglo XIX y la de Maestría en las diversiones públicas en Aguascalientes durante el Porfiriato), y en particular en su estado natal: Aguascalientes, sí ha logrado publicar los siguientes títulos:

Esparza Jiménez, Vicente Agustín, “Apuntes para la historia de la plaza de toros del Buen Gusto, 1848-1896”, en Boletín del Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes, N° 2, 2006, pp. 41-65.

Esparza Jiménez, Vicente Agustín, “De la casa a la plaza. Las ‘señoritas toreras’ durante el porfiriato en la ciudad de Aguascalientes”, en Yolanda Padilla Rangel, Historias de mujeres en Aguascalientes, Aguascalientes, Instituto Aguascalentense de las Mujeres, 2007, pp. 65-83.

Esparza Jiménez, Vicente Agustín, “La fiesta de los toros durante el siglo XX”, en Jesús Gómez Serrano (Coordinador), Historia de la Feria Nacional de San Marcos, Gobierno del Estado de Aguascalientes, 2007, pp. 172-200.

Esparza Jiménez, Vicente Agustín, “Las corridas de toros en Aguascalientes durante la Revolución”, en Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución. Boletín del Archivo General Municipal, N° 25, Edición especial, julio-septiembre de 2010, pp. 49-61.

    He aquí pues, un buen ejemplo de estudiosos que, como Esparza Jiménez, también se han ocupado del tema taurino en su carácter eminentemente académico.

    Como el tema en sí mismo puede tener una feliz continuidad, dejaré abierta esa posibilidad para una nueva relación de trabajos con esta peculiar naturaleza…

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SUCESOS DE 1755 A 1760.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En esta ocasión, traigo hasta aquí, uno más de los capítulos de mi trabajo (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”, 598 p. Ils., fots., grabs., facs., y que se ocupa de algunos hechos ocurridos durante el gobierno de don Agustín Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas, uno más de los virreyes en la Nueva España. La fuente valle-arizperiana a que me remito, es la obra: Virreyes y virreinas de la Nueva España.[1] Espero llamar la atención de algún editor sensible para su posible publicación, misma que ya se encuentra preparada.

 PRIMERA SERIE. OTRAS TRES CARTAS.[2]

 I          La entrada pública.

    Este sucedido se remonta al gobierno de Agustín Ahumada y Villalón, que gobernó, como cuadragésimo segundo virrey, del 10 de noviembre de 1755 al 5 de febrero de 1760. A de V-A se convierte en Guillermo de Tortosa y Orellana, que escribe a su hermana Doña Silveria en su casa de Madrid, los diversos sucedidos que presenció durante el gobierno del marqués de las Amarillas.

   De la entrada pública, cuya práctica seguía formando parte del aparato recepcional establecido por la costumbre, pero sobre todo por un protocolo que por entonces estaba adquiriendo lo más y mejor de su magnificencia, Guillermo de Tortosa y Orellana nos cuenta lo siguiente:

 En el bosque (de Chapultepec) tuvimos lindas fiestas de toros; en una hubo un monte carnaval,[3] y sobre él se arrojó el populacho con alegre griterío cuando el Marqués hizo con el pañuelo la señal respectiva, despojándolo en un santiamén de todo el enorme cúmulo de cosas que lo llenaron: buenas ropas de hombre y de mujer, sacos de dinero, gran cantidad de comestibles, animales, como ternerillas, cerdos, pavos, corderos, gallinas, palomas, y qué se yo cuántos otros más; en la siguiente corrida hubo cucaña,[4] que nos dio mucho que reír, y el precioso y noble juego de la sortija,[5] y en otra, unas carreras de moros y cristianos.[6]

EL MARQUÉS DE LAS AMARILLAS

    En esta ocasión, será el Ceremonial de la N. C. de México por lo acaecido el año de 1755[7] el documento que nos proporcione la pauta para entender, con mayor detalle las ocurrencias de aquella recepción.

 [1756]

Entrada pública del Señor Virrey. 1756, 9 de febrero.

Este día fue la entrada pública del Excelentísimo Señor Virrey Marqués de las Amarillas, estaba ya a todo punto las prevenciones todas, que fueron el arco que la Ciudad pone en la Calle de Santo Domingo, que es de dos caras, de elevación de veinte y siete varas, que cierto divierte la vista semejante coloso, el Regidor Comisario del arco tiene prevenido el palio en el mismo arco, la loa que se le ha de echar al Señor Virrey en este paraje, el tablado en la esquina de la Plazuela de Santa Catarina Mártir, que será poco más de ocho varas de largo, y seis de ancho, bien entapizado, con dosel, una silla, y cojín, para que allí espere el Señor Virrey a la comitiva, estaba también prevenido el ornato de toda la carrera, que es de Santa Catarina a la Catedral, que habrá poco menos de mil varas, entapizadas las paredes con cortinas, tapices, y adornadas de exquisitas alhajas, y primorosas pinturas, que cierto daba tal golpe a la vista que alegraba al más melancólico, para cuya prevención pública mandó el Corregidor de que todos adornen sus pertenencias, y juntamente prohíbe no anden forlones, ni caballos en la tarde de la función, y aunque todas las bocacalles están cerradas con tablados, era muy del caso se pusiera valla, para que saliera más ordenada la función, y se evitaran muchas de las desgracias que suceden, estaba prevenida la marcha de las Compañías que son ocho Compañías de Pardos (casta de la Nueva España, cruza entre español y negra), con quinientos hombres poco más, o menos, que hacen alto en la Plazuela de Santa Catarina; siete Compañías de Gremios, con otra tanta cantidad de gente que se ordenaron en la Plazuela de Santo Domingo, la Compañía de Granaderos, compuesta de Plateros, y Sastres, los primeros de uniforme encarnado, y los segundos de azul, con doscientos hombres la Compañía de Caballería de Granaderos, y Curtidores con cien hombres, que con la Caballería de Palacio, estaban en la Calle de Santa Catarina: Estaba últimamente prevenido por la iglesia en la puerta de la entrada, que es frente del Empedradillo, un arco de veinte y dos varas de una cara también muy vistoso un cadalso alfombrado donde había de adorar la Cruz el Señor Virrey antes de entrar en la Iglesia; todo así prevenido, a las tres y media de la tarde salió la Ciudad de las Casas de Cabildo a caballo, por delante los Timbaleros, y Clarineros, que son veinte y cuatro, vestidos con sus ropas franceses, con mangas perdidas de paño fino de color carmesí, guarnecido de galón falso de oro, gorra de lo propio, con escudo de la Ciudad por delante, las bestias con sus gualdrapas de lo propio, luego los Ministros de Vara, después los Maceros, y luego los Capitulares, Alcaldes, y Corregidor, y se fueron a Palacio por junto a la Acequia por delante de Palacio, y entraron dentro de él, que estaba esperando la Real Audiencia, luego desde Palacio se ordenó la comitiva así Timbaleros, Ministros, el Tribunal del Consulado, Protomedicato, Universidad con mazas, y los Doctores con insignias, Ciudad, Real Audiencia, y Tribunales de Cuenta, y Caja; salió de Palacio cogiendo por el Cementerio, Empedradillo, Calle de Santo Domingo, hasta la esquina de la Calle de las Moras, que torcieron a coger la Calle del Relox, y luego torcieron a la Calle de Santa Catarina, a pasar por delante del tablado del Señor Virrey, y llegando la Real Audiencia montó el Señor Virrey a caballo, el cual sólo da la Ciudad enjaezado, y la manta del caballo de respecto, manga para el capote, quitasol, cuatro pajes, Guión que lleva un paje por delante del Señor Virrey, y tras del Señor Virrey vienen sus pajes, y secretario de gobierno, y su familia; así se anda hasta la puerta del Arco, en cuyo lugar se apea la Ciudad, y habiendo entrado toda la comitiva, hasta la Real Audiencia, se cierra la puerta del Arco, se le echa la loa, y luego hace el pleito homenaje en manos del Corregidor, y Decano, por ante el Escribano de Cabildo, quien le dice: Vue Excelencia hace pleito omenage de mantener esta Ciudad, y Reyno en paz, y quietud, a la sugeción del S. D. Fernando Sesto, Rey de las Españas, y entregarlo cada quando se lo pida, y de guardar los privilegios, y fueros de esta Ciudad; y respondiendo: sí lo hago, sí lo juro, se le entregan las llaves por el Decano, quien las ofrece en una fuente, se abren las puertas para que entre, y los Regidores cogen las varas de palio, y el Señor Virrey hace seña de que lo retiren, y luego el Corregidor, y Decano, cogen la banda del freno del caballo, y lo van conduciendo, yendo todos los Regidores a pie por delante, con sombreros puestos, como que la Ciudad tiene privilegio de Grande de España; así conducido llega al Cementerio de la Catedral (y como la Señora Virreyna está en el balcón de la Casa del Estado, le hace sus correspondientes cortesías), luego se apea, y los bonacillos le quitan las espuelas, y conducido del Clero llega a la puerta de la Iglesia, donde estaba el Arzobispo de capa, con Ministros revestidos, cruz, y ciriales, allí hincado adoró la Santa Cruz, y la besó, llevándosela el Prelado; luego la condujeron al altar mayor, cantando el Coro el Te Deum laudamus, y dicha la oración, y preces, se bajó al asiento regular, y le echaron la loa; acabada la función, se fue a Palacio en el modo regular que otras veces. Volvamos a la Función de la Calle, ésta estaba toda tan llena de gente haciendo oladas, y vi que los que llevaban criaturas las daban a los que estaban en las puertas calles por evitar que se los ahogaran. Después del Señor Virrey fueron sus estufas, luego la Compañía de Granaderos de Palacio, luego la Caballería de Palacio, después la Caballería de Panaderos, con sus estandartes, inmediatamente las Compañías de Granaderos de Plateros, y Sastres, después las Compañías de Gremios, y cerraban las de los Pardos, era tal el concurso que ni a fuerza de palos se daba lugar a la marcha de las Compañías, por lo que era muy preciso ponerse valla de cinco varas de ancho guarnecida de soldados para que no entraran en ella, con lo que se conseguiría alguna más orden, y quizá se evitarían algunas desgracias.

Otra entrada pública del Señor Virrey.

En 31 (¿de enero?) fue la entrada del Excelentísimo Señor Virrey, fueron sólo los que tenían uniforme, y fueron los Señores Corregidor, Alguacil Mayor, Aguirre Gorráez, Malo, Mendez, Lasaga, Castañeda, Terán, Zúñiga, Mendieta, y Leca, y sin uniforme de Ciudad los dos Alcaldes, y Luyando, fue la entrada como las demás que se han asentado, y hubo en ésta de nuevo lo siguiente: No fueron los Ministros de Vara, y Tenientes de Alguacil Mayor; vino el Señor Oidor Decano a la izquierda del Señor Virrey desde Santa Catarina a el Arco, que debía venir solo; asistió los Señores Decano, y Toro, fuera del Arco, debiendo haber pasado de él: Fue dicho Señor Decano aunque distante al lado del Señor Virrey desde el Arco a la Catedral, se debe asentar en ceremonial fijo.

   El asunto no para ahí. Un intenso catálogo de apuntes sobre lo que significó aquella entrada pública, nos refiere, bajo la pluma prodigiosa de A de V-A los diversos pasajes, como el adorno de las calles, aderezadas con colgaduras, los soberbios y deslumbrantes arcos triunfales, la multitud de figuras alegóricas, ya en barro, ya en yeso policromado, donde salían relucir redondillas, sonetos, octavas escritos por los autores del momento, seleccionados rigurosamente por los “diputados de fiestas”.[8] Por aquí y por allá damas y también caballeros mutuamente se obsequiaban dulces y pasteles. Y no podían faltar los gremios –entre otros, los plateros-. Pero

 A las tres de la tarde salieron de Palacio, en forma de paseo, los señores oidores, los tribunales, la nobleza, esta fastuosa nobleza de México, y se dirigieron a Santa Catarina, compitiendo entre sí en lo rico de los trajes, en la gallardía de los caballos, en lo vistoso de los jaeces y arneses, en el número de criados que los acompañaban y en el costo de las magníficas libreas. Ya en la plazuela, entregaron las cabalgaduras a sus respectivos pajes, y para esperar al Virrey fueron a ocupar los asientos de uno de los tablados. Llegó su Excelencia en coche descubierto y se organizó la procesión, que era lo que venía ser lo que se llama entrada pública.[9]

    Guillermo de Tortosa y Orellana, al escribir a su hermana Doña Silveria las minucias de aquella impresionante fiesta, apenas un poco recuperado, tiene tiempo para decirle:

 Hemos tomado unos días de reposo relativo, hermana, y lo aprovecho para escribirte esta carta antes de volver al bullicio y al alegre alboroto de las fiestas que se preparan: corridas de toros, comedias, peleas de gallos, regatas, juegos de sortijas y estafermos, mascaradas, danzas de indios y músicas también de unos indios que vinieron a festejar al Virrey desde su pueblo, llamado Zumpango.

   De esta ciudad de México, a 3 de diciembre de 1755 años.[10]

EL PALADÍN SR. SOUSA...

II         La toma de mando

   El figurado Guillermo de Tortosa y Orellana, que no es otro que don Artemio, se vuelca en nuevas y más precisas anotaciones sobre lo que significó el recorrido por mar y tierra, como uno más de los del séquito del Marqués de las Amarillas.

   Nos da a conocer el espíritu festivo de la señora virreina, doña Luis María del Rosario, la grandiosa recepción que se les dio en Veracruz, sin que faltara la ya acostumbrada entrega de las llaves de la ciudad y el Te Deum. Con el paso de los días, y bajo el ritmo del protocolo, se desplazaron tierra adentro, sin faltar en cada sitio, en cada población, por mayor o menor que fuera las rumbosas fiestas, al estilo que cada villa y su comunidad tenían establecidas. En Tlaxcala, por ejemplo

 Hizo el Marqués entrada pública a caballo, formándose esta media legua antes de llegar a esa vetusta ciudad. Delante iban los batidores con un paje de Su Excelencia que portaba un estandarte con las armas reales por un lado y por el otro las del marqués de las Amarillas, bordadas de realce; tras él marchaba un numeroso concurso de indios, llenos de adornos polícromos; iban tocando sus tambores, sus chirimías, sus atabales y sacabuches; llevaban en alto sus guiones, sus banderas y las lindas divisas de los pueblos a que pertenecían; continuaban los indios nobles que componen los ayuntamientos de esa jurisdicción, y sobre las lujosas galas de sus vestidas portaban finas mantas de algodón en las que estaban bordados los timbres de sus familias y los de sus villas; en una mano traían altos bastones dorados, de los que colgaba una brillante profusión de plumas, y en la otra, largas cintas de colores que pendían del freno del brioso caballo que montaba el Marqués, viéndose así una entrecruzada policromía que alegraba los ojos. Al Virrey, que iba acompañado de su caballerizo don Félix Corralón y rodeado de sus gentileshombres y pajes, le seguía una extensa comitiva de los principales señores de la ciudad y de sus contornos, la escolta, y luego una enorme y apretada muchedumbre llevando plumas y palos adornados con flores y con pájaros preciosos de plumaje multicolor.

   En la calle Real estaba un elevado arco lleno de adornos y con jeroglíficos que aludían, con elogio, a las proezas y buenos servicios del marqués de las Amarillas; debajo de ese arco se le dijo una loa que compuso un fraile músico. Pasamos a la parroquia, en donde se cantó un solemne Te Deum, y en seguida –ya lo necesitábamos- fuimos a las Casas Reales, en las que se nos tenía prevenido lujoso, cómodo alojamiento. En Tlaxcala permanecimos tres días en fiestas de toros, en bailes, mitotes de los indios, juegos de cañas y estafermos de los caballeros principales, de los de más pro y riqueza.[11]

   Y en ese tenor, así ocurrió lo mismo en la Puebla de los Ángeles, Cholula, Huejotzingo, Otumba, San Cristóbal Ecatepec hasta que

 Al entrar el Marqués en México hubo largas salvas de artillería y un nutrido repique en todos los templos, y mucho júbilo y vítores a su paso. La Real Audiencia lo acompañó al Palacio y e el acto se le dio posesión del gobierno.[12]

   Curiosamente, Guillermo de Tortosa y Orellana fecha la segunda de sus tres cartas a 20 días andados del mes de enero y año de 1760, probablemente por la cercanía en que se celebraron las exequias del señor Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas ocurrido a los primeros días de aquel 1760, hecho que queda ampliamente descrito en la última de sus cartas, dirigidas a la ya conocida doña Silveria, bajo el título de Los funerales.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de la Nueva España. Tradiciones. Leyendas y sucedidos del México virreinal. (Nota preliminar de Federico Carlos Sainz de Robles). México, Aguilar editor, S.A., 1976. 476 p. Ils.

[2] Op. cit., p.228-244.

[3] Monte carnaval o monte parnaso. “Monte parnaso” o asta que servía para realizar algunos otros divertimentos extrataurinos.

   Salvador García Bolio y Julio Téllez García: Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988. 50 h. Edición facsimilar. El verso Nº 118, dice:

En veinte y dos dio pasmo la grandeza

de un Monte carnaval que fue formado

de Alajas q.e encerraron la riqueza

y de Animales vivos adornados

que al veerlo nada escaso

el Bulgo le nombró Monte Parnaso.

[4] Cucaña: Suerte muy parecida al “monte carnaval” o “monte parnaso”.

[5] César Oliva: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco” (p. 97-114). En DÍEZ BORQUE, José María, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs., p. 108-109. Juego de la sortija. Los participantes lanzaban sus caballos sobre una serie de sortijas que penden a 2 ó 3 metros. Se trata de introducir la punta de su lanza por tales sortijas, que eran de hierro, de una pulgada de diámetro.

[6] Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de…, op. cit., p. 229.

[7] Ceremonial de la N[obilísima] C[iudad] de México por lo acaecido el año de 1755. Transcripción, prólogo y notas de Andrés Henestrosa. México, Organización Editorial Novaro, S.A., 1976. 124 p. Ils., retrs., p. 55-59.

[8] José Francisco Coello Ugalde: Aportaciones Histórico-Taurinas Nº 75: Guía y registro documental del Archivo Histórico Del Distrito Federal (Documentos históricos sobre fiestas y corridas de toros en la Ciudad de México, Siglos XVI-XX). Revisión, catalogación, interpretación y reproducción. Parte Nº 17:

Acervo: Colección de las ordenanzas de la muy Noble e Insigne y muy Leal e Imperial Ciudad de México. para gobierno de su república, gremios, comercio, tratos, efectos, & así de las que se hallan en el libro becerro como otras sacadas de los libros capitulares y profesos. hízolas el licenciado dn. Francisco del Barrio Lorenzot, abogado de la Real Audiencia y Contador de la Nobil.ma en 3 vols.

Período: 1546-1757

Volumen: 3 vols.: 431ª-433ª.

Instrumento de consulta: Lina Odena Güemes H.: Archivo Histórico del Distrito Federal. Guía general. México, ed. Verdehalago, 2000. 481 p. ils., retrs., grabs., maps., facs., fots. y planos., p. 112.

En estos importantes personajes –los diputados de fiestas-, recaía la enorme responsabilidad de orquestar no una, varias fiestas que no solo tenían relación con el elemento taurino. También se ocupaban de atender otros motivos, en el que el religioso es evidente.

A estos Comisarios o diputados de fiestas, se les destinaban fines específicos de organizar las suntuosas fiestas como las indicadas en las ocho cláusulas de esta Ordenanza.

En la tesis de licenciatura de Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, (véase bibliografía), aparecen interesantes notas que nos dan idea de la manera en que se organizaban las temporadas de toros, formando parte de ellas los “diputados de fiestas”.

ORGANIZACIÓN DE TEMPORADAS.

El primer problema que se planteaba una vez que se había decidido realizar una temporada era el de su organización.

   Tradicionalmente, en los casos de fiestas reales y de recepción a los nuevos virreyes, correspondía a los ayuntamientos preocuparse de todo lo concerniente a la puesta de las corridas de toros. Lo primero que estos cuerpos hacían al planear una temporada era escoger, de entre sus regidores, a dos personas a las que nombraban comisarios de fiestas y a quienes encargaban de atender a todo lo relacionado con la temporada en cuestión. En toda ocasión en que el virrey pretendió inmiscuirse en el montaje de una serie de esa clase de lidias, el Cabildo capitalino reaccionó enérgicamente, haciendo valer los derechos de exclusividad en tales menesteres que el mismo monarca le había ratificado en varios ocasiones.

(…) Casi siempre, los comisionados, ponían a subasta toda la administración de la temporada a realizar, de manera que quien quedara con ella debía costear absolutamente todos los gastos (…), lo único que se remataba era la construcción del coso en que se iban a soltar los bureles, quedando a los comisionados la tarea de atender a todos los demás aspectos del ciclo de festejos.

Finalmente

Quienes tomaban en arrendamiento el coso se convertían en auténticos empresarios en el moderno sentido de la palabra; se encargaban, entre otras cosas, de contratar toreros, comprar toros, anunciar las suertes extraordinarias y las diversiones intermedias que más llamaran la atención del público e, incluso, hasta de dar a los lidiadores los premios y galas a que se hubieran hecho acreedores por sus buenas actuaciones. (Flores Hernández, op. Cit., p. 56-58).

Dichos personajes, tuvieron un papel determinante a lo que se ve, por lo que formaban parte esencial del diseño y organización de las fiestas, mismas que no terminaban con el último de los eventos planeados. Estas, ya transformadas en fríos números, entraban en un proceso de revisión y contraste propios de la contabilidad. El propio Lic. Francisco del Barrio Lorenzot llegó a apuntar en el Borrador de lo despachado en la Contaduría de la Ciudad por el Lic. (…), Abogado de la Real Audiencia de la N. C. DE MÉXICO. En los años de 1756, 1757, 1758 Y 1759.

Período: 1756-1759. Archivo Histórico de la Ciudad de México (A.H.D.F.)

Volumen: I vol.: 443ª, f. 26v-27:

Cuenta de fiestas de toros del Sr. Amarillas // De orden del Sr. Juez Superintendente conservador de propios y rentas de esta N. C. se me entregó la cuenta que dan los Sres. D. Joseph Ángel de Cuevas y Aguirre y Dn. Miguel Francisco de Lugo y Terreros, de la corrida de toros que hubo en celebridad de la entrada y venida del Exmo. Sr. Dn. Agustín de Ahumada, Marqués de las Amarillas, Virrey de este reino para que la ajuste y liquide; y teniendo presente otras de la misma naturaleza para arreglar el cargo; y comprobar la data en el modo posible a tan confidencia esa corrida, que no se puede medir por las regularidades de otros gastos tomo en obedecimiento del orden la liquidación en la manera siguiente:

Se le hace cargo a los dichos señores comisarios de la cantidad de 18,600 pesos que produjo la venta de cuartones que cercan la plaza (que así se llama la distancia de poco menos de cinco varas en el canto de la plaza) en las dos semanas o repartimiento que hubo, cuyo producto es el mayor respecto de las anteriores listas, a causa de haber sido compuesta de 94 cuartones, crecido número que no se ha visto en otras.

DATA: Se le pasan en data a los expresados señores comisarios la cantidad de 13,789 pesos y 2 tomines y sus granos, que gastaron en los presidas (sic) y regulares, a la suntuosidad de la corrida de toros, cuyas partidas una a una las más justifican con recados de comprobación, cuales son recibos, de los que mostraron dulces, aguas, paga de toreadores, cuidadores, vestidos de ellos, propinas, &.

ALCANCE: De la debida combinación del cargo con la data resulta de alcance en contra de los señores comisionados la cantidad de 4,810 pesos, 5 ½ reales, de la que se les hará cargo en la cuenta del recibimiento del Exmo. Sr. Virrey en el Real Palacio de México.

México y febrero 12 de 1757.

Demostrando con ello, finalmente, que aunque otras “cuentas” podían ser ejemplares en cuanto a su perfecto balance, otras tenían que ajustarse, “cuadrarlas”, para evitar entrar en un conflicto, en el que probablemente era necesaria que intervinieran “auditores”, tal y como hoy conocemos esa etapa dolorosa de rendir cuentas por excesos no previstos. Es evidente el ejemplo del ALCANCE sobre las fiestas recepcionales al virrey Marqués de las Amarillas, donde los señores comisionados, seguramente “diputados de fiestas” tuvieron en contra la cantidad de 4,810 pesos 5 y ½ reales, dinero del que se les hizo cargo en la cuenta del recibimiento del Exmo Sr. Virrey en el Real Palacio de México. Faltaba más.

[9] Valle-Arizpe: Virreyes y virreinas de…, op. cit., p. 230.

[10] Ibidem., p. 232.

[11] Ibid., p. 234-235.

[12] Ib., p. 237.

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ATAVISMOS ENFERMIZOS Y NACIONALISMOS OBSESIVOS.

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Las presentes reflexiones debo haberlas escrito en el verano de 1999. Como en los anteriores casos, no pierden su actualidad y, por el contrario, hasta vienen a ser una especie de réplica o puesta al día en cuanto a sus condiciones, tan parecidas aquellas con las que actualmente, en este 2013 se viven todavía. Sobre todo con la presencia de dos protagonistas hispanos que siguen colocados en primerísimos lugares de la torería.

    Somos reacios a los atavismos, a esos dogmatismos que no nos hacen salir del viejo territorio, limitado y viciado por cierto, de los lugares comunes. Una fragilidad enfermiza ya no sólo de nacionalismos sino de patrioterismos sin cordura, hacen que sigamos viendo a la fiesta de los toros, de la misma forma en que se ven “moros con tranchetes”. ¿A qué viene todo esto? Al discutible tema en donde siendo el toreo una expresión universal se le cuelgan nacionalidades o escuelas, o váyase usted a saber qué más, en aras de particularizarla, que no es más que aislarla de su condición actual. Evidentemente esto le da un carácter al espectáculo, pero lo polariza, pues las inclinaciones populares pueden estar con una bandera, por encima del arte, desacreditándolo en consecuencia.

   Ayer, como hoy, la fiesta conserva caracteres que así como la engrandecen, también la reducen a su mínima expresión. Ahora bien, gozamos de un estado de derecho y de unas libertades que nos permiten expresarnos con auténtica espontaneidad. Por eso hay muchos que se inclinan por lo nacional en el toreo y desacredita todo aquello ajeno (lo español, por ejemplo) a unas circunstancias que ha hecho suya el mexicano en cuanto tal.

   ¿Complejo de inferioridad no reconocer esas raíces que forjaron el toreo?

   ¿Complejo de superioridad donde la arrogancia es cómplice?

   O para decirlo en términos más directos: ¿por qué le molesta al “aficionado-apasionado” una faena de Ponce, si la del “Zotoluco”, por encima de la del español no fue exaltada como la de aquel?

   No cabe duda que el nacionalismo se ofende y toma bandera de patriotería.

    POR UN ARTE SIN FRONTERAS.

    Creo que esta sería la llave que terminará resolviendo esta confrontación que no es nada nueva. Incluso, en los días previos a la guerra civil española, Marcial Lalanda hizo un extrañamiento público luego de que no le pareció a él y a otros toreros que varios carteles se formaran solamente con toreros mexicanos. Por supuesto que ardió Troya y los espadas nacionales materialmente fueron expulsados de territorio hispano. El trauma alcanzó entonces su máximo grado (con Gaona ya se habían visto ciertos intentos de bloqueo, que no prosperaron del todo, a pesar de que “Joselito” encaró personalmente el hostigamiento hacia el mexicano).

   Estos acontecimientos, en alguna medida, sumados con el velo inconsciente que queda todavía, fruto de la conquista de los españoles, a quienes, despectiva y peyorativamente se les llama “gachupines” para referirse de ellos con menosprecio, luego de sus agresiones y ataques donde la víctima fue una cultura indígena (parece que el único elemento en que se fija el mexicano ofendido es la agresión o el desplazamiento cultural que provocó la conquista, soslayando otros acontecimientos que también hicieron florecer la nueva cultura mexicana, donde lo criollo y lo mestizo la enriqueció profundamente).

   Ese trauma quedó atenuado con la presencia milagrosa de “Manolete”, tanto que años más tarde hubo otros dos diestros: Paco Camino y Pedro Gutiérrez Moya que reconquistaron espiritual, emocional y artísticamente al aficionado mexicano.

ENRIQUE PONCE EN AQUELLOS AYERES... Enrique Ponce por aquellas épocas. Col. del autor.

    Ahora, puedo entender que ese “trauma” vuelve a estimularse incorrectamente con la presencia de Enrique Ponce, José Tomás, pero por encima de ellos, de Julián López “El Juli”.

   Un estímulo incorrecto llamaría a la loca carrera publicitaria que los medios masivos de comunicación se encargan de forjar en tiempos muy cortos pero con una penetración rotunda que los convierte en símbolos de la mitología industrial, en productos de consumo perecedero. Por eso llegan al extremo de convertirse en máquinas de torear, sin conseguir proyectar la profesión que abrazaron, comprometidos de enaltecerla.

   Probablemente sus principios sean otros, pero al ingresar a este mercado competitivo que crea unas condiciones extremadamente riesgosas por todo lo que significa montar una temporada con decenas y decenas de actuaciones. Incluso dice José Carlos Arévalo de “El Juli”: “Su apretado calendario (pueden ser más de 140 corridas) ha hecho mucho bien a la fiesta, porque ha llevado nuevos públicos a las plazas y ha hecho ganar mucho dinero a todos. Pero si también él lo ha ganado, a su toreo y a su imagen no los ha beneficiado. El Juli despliega todas las tardes lo mucho que sabe y se manifiesta siempre con casta de figura. Es una pena que no tenga tiempo de profundizar su toreo, de corregir algunos defectos que no merman su eficacia pero le impiden depurar su toreo de muleta”. (6TOROS6, N° 269, del 24 al 30 de agosto de 1999, p. 1).

   Como ejemplo de lo contrario, véase el caso de “Curro” Romero que se mantiene erguido, luego de 40 años de alternativa. “Curro” es enemigo de aparecer en la T.V. y son sus seguidores o la prensa los que se encargan de prepararle y construirle el terreno antes de cada regreso, lo que convierte dicho preámbulo en un escenario de misterio. Cuanto realice o deje de realizar es sólo cuestión suya, pero alrededor de él gira lo incognoscible, lo que no puede adelantarse, porque su vida no la ha tratado para anunciar su muerte, sino que es esta la que se resiste recibirlo, si antes no ha conseguido todos los tributos, que por lo visto, son muchos los que quedan por darse todavía.

   Ponce, Tomás y El Juli, fenómenos de la mercadotecnia se resisten ser víctimas de ella y así lo hacen con su toreo, se expresan, se manifiestan y vuelven a caer una vez más en las redes de una mortífera estadística, frialdad numérica que los hace acumular el triunfo, los apéndices, el buen dinero. Y también algo que los excluye de realidades: la aprobación o desaprobación de un público capaz de aplicar todo el hostigamiento que sea suficiente para eliminar a un torero, cuando se propone tal perversidad; porque también puede ser todo lo contrario: elevarlo a la cumbre de la gloria.

   Mientras Enrique Ponce anuncia su virtual retirada; José Tomás cuida más su imagen y torea poco, quizá como la medida indispensable de retirarse prudentemente de la tentación, y torear más para sí mismo que para los públicos que están viendo en él a una enorme figura del toreo, la figura con que despertará el siglo XXI y el tercer milenio. En cuanto a Julián López, este se desborda materialmente toreando, sin coto de ninguna especie, pero con los tres vemos síntomas distintos, donde la razón de la mercadotecnia y de fama, les ha jugado la broma de hacerlos prisioneros, no dejarlos escapar. En el caso de que así ocurriera, el anuncio de despedida o una forma de torear menos pero bien, son las salidas oportunas. Si “El Juli” de reciente alternativa, decide junto a su administración ese ritmo de vida, que el destino lo colme de gloria. Morir tan joven puede ser un error, error que no necesariamente puede surgir del encuentro “mortal” con un toro, cualquier toro. No. Se trata también de esa otra muerte, además bastante lenta, dolorosa y callada en la que el joven Julián López está renunciando a la convivencia con su medio familiar, intelectual e incluso social.

   Estas razones son las que hacen que el aficionado entienda los resultados de un acelerado tren de vida que daña mucho a los toreros, que finalmente son seres de carne, hueso y espíritu.

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BERNARDO GAVIÑO EN EL SIGLO XIX MEXICANO, MESTIZAJE DEL TOREO.

ILUSTRADOR TAURINO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días, se publicaba una nota en La Jornada en Internet una muy interesante declaración de Antonio Malacara: “El jazz que actualmente se escucha en el mundo es una suerte de “mestizaje de los mestizajes” y se ha dado en el transcurso de los siglos”.[1] Pues bien, con ese pretexto, comparto con ustedes el pasaje de un texto que explica tal circunstancia desde la perspectiva taurina.

 BERNARDO GAVIÑO EN EL SIGLO XIX MEXICANO, MESTIZAJE DEL TOREO.

    Quien no ha puesto su mirada y atención en el siglo XIX mexicano, no sabe en gran medida lo que significa nuestro país. Es, para decirlo de algún modo, el puente entre el virreinato y el México moderno. O dicho en otras palabras, una entelequia, el inestable enlace de unos tiempos que retardaron toda intención de progreso y que en el desarrollo de las inestabilidades de todo ese tiempo finalmente se consiguió algo más o menos inteligible.

   Luego entonces, ya comprendido en un primer acercamiento, el siglo XIX no es otra cosa que la acumulación de conflictos, encuentros y desencuentros políticos, sociales, económicos, militares, religiosos. En ese complejo escenario se involucró el torero español, de origen gaditano para mayor detalle, Bernardo Gaviño y Rueda. Su arribo al continente americano ocurrió entre 1828 y 1829, luego de abandonar Puerto Real a muy temprana edad, 16 o 17 años intentando alejarse de algún conflicto entre familiar o de indisciplina que fue cuestionada ya fuese por Francisco Javier Cienfuegos, “virtuoso obispo” de la capital gaditana y tutor de Bernardo o por su tío, el hecho es que ese intempestivo traslado pronto lo llevó hasta la nación de Uruguay la cual en sus primeros años independientes, conservó entre otros resabios, el de las corridas de toros, espectáculo en el cual ese joven Bernardo Gaviño encontró acomodo. Llamado a la aventura, pronto se traslada a la isla de Cuba en donde al figurar con luz propia, es contratado para actuar en México. Sea 1829 –como dice El arte de la lidia en 1884-, o 1835 como lo apuntan otras tantas fuentes con mucho mejor sustento noticioso, el hecho es que en abril de aquel año inaugura otra de las etapas de la Real Plaza de toros de San Pablo. Pronto, gustaron su estilo y personalidad, así como su forma de torear que vayan ustedes a saber dónde lo asimiló si ni por casualidad tuvo forma de incorporarse a la Real escuela de Tauromaquia impulsada por el rey Fernando VII, la dirigió el conde de la Estrella y estuvo bajo la égida del viejo torero rondeño Pedro Romero, desconociendo al menos en esos años la fama adquirida por Francisco Montes “Paquiro” y por “Cúchares” que no era otro que Francisco Arjona.

   Gaviño tuvo entonces que asimilar rápidamente lo que era la tauromaquia mexicana de aquellos primeros años suyos en nuestro país e imponer un toreo propio, a la luz de unas bases bastante inestables donde de seguro una intuición despierta asimiló y ordenó los principios básicos de lo que fue el arte de torear según Bernardo Gaviño, quien aprendió en sus años mozos los conocimientos generales que instruyó su primero y único maestro: Juan León López “Leoncillo”.

   Bernardo impuso entonces un caldo de cultivo que se convirtió en el andamiaje del toreo decimonónico mexicano y ello tuvo que ser a fuerza de empeños y no otra cosa. Sabemos que hasta 1842, y gracias al conde de la Cortina, a la sazón amigo de gaditano, este contaba en su biblioteca con un ejemplar de la Tauromaquia de “Pepe-Hillo”, de la que sí pudo haber tenido conocimiento el joven Bernardo (¿o es que acaso Gaviño traería en su equipaje ese tratado técnico o mandó traerlo desde España para fundamentar la que fue su propia “Tauromaquia”?) Meros presupuestos y suposiciones.

   Su fama en la segunda mitad del siglo XIX ya era una realidad, alcanzando la misma que tuvieron los hermanos Ávila (Luis, Sóstenes y José María) ese trío que detentó un poder taurino entre 1808 y 1858, asunto este que lo convierte en apasionante y particular tema de estudio, digno de alguna conferencia.

BERNARDO GAVIÑO_ARMANDO MONCADA Con permiso de don Armando Moncada…

Disponible junio 18, 2013 en: http://www.flickr.com/photos/armandomoncada/3121946723/in/photostream/

    No quedando claro hasta ahora si los Ávila alternaron con Bernardo Gaviño, el hecho es que ellos tuvieron que defender una parcela específica cuyos espacios de acción fueron lo mismo la plaza de San Pablo que algunos puntos como Aguascalientes. Gaviño hacía lo mismo e la de San Pablo y luego en la del Paseo Nuevo integrando un número muy importante de carteles en compañía de algunos toreros que luego destacaron (como Fernando Hernández, Mariano González, Ignacio Cruz, Felícitos Mejías, Ponciano Díaz, entre otros), pero sobre todo por la intermitente compañía de mojigangas y cuadros teatrales de representación efímera que se presentaban de forma alternada y exitosa. Como dato curioso, debo apuntar que el gaditano, desde 1835 y hasta 1855, último en que aparecen registros suyos, actuó 39 tardes en San Pablo –relativamente muy pocas-. Pero en Paseo Nuevo lo hizo la friolera de 320 ocasiones de 1851 a 1867 de ahí que en el segundo escenario terminara sentando sus reales al monopolizar e imponer su imperio. De esas 320 actuaciones, en la mayoría de ellas lidió toros de Atenco,[2] lo cual fue clara señal de que no sólo eran los mejores de aquellas épocas, sino que al involucrarse con sus propietarios, debe haber influido con sus opiniones para elegir el ganado más propicio para el toreo que puso en práctica.

   Pero vayamos por partes.

   La presencia de Bernardo Gaviño y Rueda (1812-1886) se abre como un gran abanico de posibilidades que nos permite entender a uno de los personajes más fascinantes que brillaron durante buena parte del siglo XIX en el México taurino, mismo que se vio iluminado por una poderosa influencia técnica y estética planteada sin mayores propósitos que los de aportar conocimientos aprendidos y aprehendidos también en la España que abandona entre 1828 y 1829, momento en que comenzó su largo peregrinar como torero en América. Llega a Montevideo, Uruguay en 1829, lugar en el que sus incursiones taurinas y más aún, los datos, son escasos. Pero el 30 de mayo de 1831 se presenta ante el público de la Habana, lugar en el que, durante tres años toreó alternando con el esforzado espada Rebollo, natural de Huelva, con Bartolo Megigosa, de Cádiz, con José Díaz (a) Mosquita y con el mexicano Manuel Bravo, matadores todos que disfrutaban de merecido prestigio en la capital de la gran Antilla. Bernardo Gaviño es un torero cercano a figuras de la talla de Francisco Arjona Cúchares o de Francisco Montes Paquiro, quienes fueron los dos alumnos más adelantados de la Escuela de Tauromaquia en Sevilla, impulsada por el rey Fernando VII y dirigida por el ilustre Pedro Romero.

   Antes de su salida definitiva de España, también se encuentra muy cerca de Juan León Leoncillo con quien asimila lecciones básicas del toreo que luego, en América, pero específicamente en México, pondrá en práctica. En búsqueda incesante de información al respecto de su incorporación o no a la mencionada Escuela de Tauromaquia en Sevilla no se ha encontrado información que permita deducir si efectivamente formó parte de dicha institución. Todo esto viene a cuento por la sencilla razón de que a modo particular pudo dejar huellas trascendentes que prendieron en el ánimo americano recién estrenado en independencias, las cuales mostraron el rechazo natural a aquello que resultara de origen español, y que ya veremos no lo fue en su totalidad, dadas las diferentes formas de sistema (más bien de intento) político que fueron dándose en nuestro país. Sin embargo una herencia tres veces centenaria como la española en América deja factores de arraigo muy marcados que difícilmente podían desaparecer de un panorama que había vivido y compartido durante todo ese tiempo en nuestra nación. Así, el religioso y el taurino sobreviven en algunos nuevos países dada la circunstancia de su independencia.

   México vivió bajo el impacto permanente de sinfín de condiciones políticas y sociales, las cuales dejaron continuar con estas dos muy importantes razones de ser, bajo características que eran a su vez, un modelo de lo español, pero bajo circunstancia americana. Esta nueva particularidad dio como resultado un conjunto de personajes que desearon el poder y lo hicieron suyo algunos de ellos, dándole giros de extravagancia; como el caso de “su alteza serenísima”, trato que se le dio a “don” Antonio López de Santa Anna. En medio de ciertas contradicciones y con rechazos emanados en esta nueva forma de vivir independiente, la fiesta de los toros se hizo cada vez más mexicana, pero sin renunciar a un pasado y a una influencia de puro sentido hispano que seguía siendo importante para el devenir de dicho espectáculo que se quedó entre nosotros. Bernardo, quien se presenta en las plazas de México a partir de 1835 (aunque hay datos que señalan el año de 1829 como el de su aparición en nuestro país) es aceptado a tal punto que lo hizo suyo la afición que aprendió a ver toros como se estilaba por entonces en España. Gaviño entendió muy pronto que apropiarse del control, no significaba ser el estereotipo de un español repudiado por la reciente estela de condiciones establecidas por un país que ha expulsado a un grupo importante de hispanos a quienes se les aplicó cargo de culpa sobre todo aquello que significó la presencia de factores de coloniaje.

   El toreo durante los primeros 50 años del siglo XIX va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales, que fueron los toreros de a pie, mismos que desplazaron a los caballeros, serán a partir de esos momentos personajes secundarios; por lo que la fiesta adquirió y asumió valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.

Benjamín Flores Hernández.

    A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía fruto de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para entender que el hecho de mencionar la expresión de “desorden”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es, más bien una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un fiesta-espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas, mezclados con nuevos factores de autonomía e idiosincrasia propias de la independencia durante buena parte del siglo pasado. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de toros de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Fueron escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero de tan poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

   Así, con la presencia de toreros en zancos, de representaciones teatrales combinadas con la bravura del astado en el ruedo; de montes parnasos y cucañas; de toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales y liebres que corrían en todas direcciones de la plaza, la fiesta se descubría con variaciones del más intenso colorido. Los años pasaban hasta que en 1835 llegó procedente de Cuba, Bernardo Gaviño y Rueda a quien puede considerársele como la directriz que puso un orden y un sentido más racional, aunque no permanente a la tauromaquia mexicana. Y es que don Bernardo acabó mexicanizándose; acabó siendo una pieza del ser mestizo, pero fundamentalmente tutor espiritual del toreo en nuestro país durante el siglo que nos congrega.

   La reinterpretación histórico-biográfica que vengo desarrollando tiene como objetivo desentrañar a un personaje del que se han escrito pasajes muy interesantes, pero que no nos dan todavía, un perfil exacto de su importancia. Bernardo Gaviño no era un torero más en el espacio mexicano. Con él va a darse la correspondencia y la comunicación también de dos estilos, el mexicano y el español de torear que, unidos, dieron en consecuencia con el panorama universal que, sin saberlo se estaba trazando. Más tarde, Ponciano Díaz, pero fundamentalmente Rodolfo Gaona remontan este nivel de calidad a su verdadero sentido que nutre -por igual- a España que a México.

   Bernardo, seguramente no se imaginó que su influencia marcaría hitos en el avance de una fiesta que, con todo y su bagaje cargado de nacionalismos, a veces eran llevados al extremo del chauvinismo o del jingoísmo por parte del pueblo (el concepto “afición”, con toda su carga de significados, despertará plenamente hasta 1887). Goza el gaditano de haber sido protagonista de epístolas y novelas (como las de Madame Calderón de la Barca o Luis G. Inclán). Su nombre adquiere fama en importante número de versos escritos por la lira popular y en más de alguna cita periodística de su época, lograda por plumas de altos vuelos literarios.

   Luego de su infortunada muerte se le recuerda con cariño, devoción y respeto por personajes que, o le vieron torear en sus mejores tiempos (Brantz Mayer), o en su decadencia (José Juan Tablada) o por aquellos a quienes se les contó parte de su vida relatada cual páginas noveladas, pero llevadas al campo de hechos más tangibles (Carlos Cuesta Baquero, Roque Solares Tacubac).

   Sobre todo con este último autor vamos a tener encuentros permanentes, puesto que se cuenta con una vasta información de primera mano, no por tratarse de aquella escrita en la época de esplendor del gaditano. No. Se trata de recrear los pasajes que describe con amplitud luego de que los escuchó de boca de muchos viejos aficionados, o escritos por plumas de las primeras publicaciones taurinas que circularon en México, desde 1884 (El arte de la lidia, de Julio Bonilla). Gracias a dichos apuntes lograremos el mejor de los perfiles que actualmente deben tenerse ya sobre este personaje, quien decide el devenir de la fiesta en nuestro país. ¿Por qué devenir y no porvenir? Probablemente porque el porvenir propiamente dicho se dio a partir de 1887, año en que un grupo de diestros españoles comandados por Luis Mazzantini, José Machío, Diego Prieto, Ramón López, Saturnino Frutos y otros desplegarán toda la influencia que decidirá un cambio de suma importancia en el gusto de la afición en cuanto tal, apoyada en publicaciones y en direcciones técnicas establecidas por una prensa aleccionada gracias al apoyo de lecturas hechas a diferentes tratados, escritos por autores españoles que reconocían en el toreo un progreso, una evolución plenamente establecidos.

   Un devenir como sobrevenir, o suceder porque Gaviño se va a convertir en el encargado de dominar la situación taurina en el transcurso de 50 años, en los cuales impuso su poder, e incluso, hasta su tiranía. Ello, probablemente no permitió grandes avances a una tauromaquia, como la mexicana, misma que en medio de ese devenir, no pudo contemplar abiertamente el porvenir.

   Antes, permítaseme explicar que, al echar mano del término “mestizo” es porque lo considero como resultado de la mezcla de culturas distintas, que da origen a una nueva.

   El mestizaje como fenómeno histórico se consolida en el siglo antepasado y con la independencia, buscando “ser” “nosotros”. Esta doble afirmación del “ser” como entidad y “nosotros” como el conjunto todo de nuevos ciudadanos, es un permanente desentrañar sobre lo que fue; sobre lo que es, y sobre lo que será la voluntad del mexicano en cuanto tal.

   Históricamente es un proceso que, además de complicado por los múltiples factores incluidos para su constitución, transitó en momentos en que la nueva nación se debatía en las luchas por el poder. Sin embargo, el mestizaje se yergue orgulloso, como extensión del criollismo novohispano, pero también como integración concreta, fruto de la unión del padre español y la madre indígena.

La envidia que se revela…

 La envidia que se revela

doquiera que el genio brilla,

ha dicho en son de rencilla:

“Ponciano no tiene escuela”.

 

¿Más con quién se te nivela

que pueda ser superior,

cuando fuiste lidiador,

desde joven, desde niño,

y del inmortal Gaviño

el discípulo mejor?

Por tu carácter sencillo,

franco, sin ostentación,

conquistas admiración

y fama, renombre y brillo.

 

No serás un Pepe-Hillo,

Lagartijo ni Frascuelo,

ni portarás el capelo

de “taurómaco” modelo,

porque no eres sevillano;

no te preocupes, Ponciano:

que ni valor ni osadía

anhela de Andalucía

nuestro pueblo mexicano,

 

El lidiador solo fin

en su pericia privada,

y cuando da una estocada,

buena o mala, la revela.

 

¿No tiene Ponciano escuela?

Pues menos fama usurpada,

Algunos explotadores

pretendiéndote humillar

han traído de ultramar

crema del arte taurino,

sin pensar que es tu destino

solo triunfos alcanzar.

 

Eres valiente, Ponciano,

por más que ruja la envidia,

genio audaz para la lidia

y modesto mexicano

   Y aquí, los versos nos refieren a un Ponciano Díaz como heredero de grandes influencias que ejerció Bernardo Gaviño y Rueda en sus muchos años de trayectoria taurina en nuestro país. Ponciano, en medio de su incomprendida trayectoria aprendió y aprehendió también lo bueno y lo malo de un diestro que español de origen, se mexicanizó y al hacerlo, su expresión adquirió la fascinación del ser mestizo. Ponciano:

 ¿Más con quién se te nivela

que pueda ser superior,

cuando fuiste lidiador,

desde joven, desde niño,

y del inmortal Gaviño

el discípulo mejor?

   En todo esto, me parecen oportunas las palabras con que José Alameda se refiere al papel de uno y de otro, reuniéndolos en un breve texto que va así:

 APUNTES SOBRE LA TRADICIÓN MEXICANA DEL TOREO.

    “El padre del toreo mexicano se dice que es el español Bernardo Gaviño. Sí y no. Sí, porque da a las corridas cierto cauce y orden, llevándolas a un terreno “profesional”. Pero Gaviño no era un torero mexicano, sin que con esto me refiera al lugar de su nacimiento, pues aun siendo de Cádiz, España, podía haber asumido alguna vivencia mexicana, como acontece con escritores y con artistas populares, de antes y de hoy, que sin haber nacido en México, han tenido una personalidad mexicana, desde Bernardo de Balbuena hasta Juan S. Garrido, chileno, pero autor de Pelea de gallos, la canción popular que se identifica con Aguascalientes. Gaviño era un torero español secundario y nada más, aunque sea simpática su figura por el papel que cumplió al encauzar las corridas de toros en México hacia los caminos prácticos del “oficio”.

   “El sabor mexicano, de raíz, aparece con Ponciano Díaz. Dentro del marco del oficio importado por Gaviño (tampoco específicamente español, sino simplemente técnico), mete Ponciano esencias mexicanas, de campo y de ciudad, de hacienda y de ruedo. Mexicanas, es decir de fermento indo-español, ni españolas sin más, ni simplemente indias; mexicanas. Llegan por el camino natural de la charrería. Toreo a pie que se hace a veces como a caballo; y a caballo que se hace a veces como a pie, por las mismas leyes y con olor, color y sabor a floreo de reata, a gracia banderillera y a barroco fino y campirano”.[3]

   Algo que no puede dejar de mencionarse, es el hecho rotundo de que su trayectoria en los toros alcanza los 57 años en América, puesto que habiendo llegado en 1829 a Montevideo, y tras su cornada mortal en Texcoco a principios de 1886, demuestran que es una de las más largas carreras en la Tauromaquia universal. El poco tiempo que le debe haber tomado alguna práctica, ya en el matadero, ya en alguna plaza de la región andaluza –que no sabemos con precisión cuando pudo ser-, debido más bien a su corta edad; también se suman a ese largo recorrido que acumuló, infinidad de anécdotas, hazañas, desilusiones, actitudes, gestas…, recuerdos como el que ahora proponemos, el de un perfil biográfico donde pudimos entender no solo al personaje de leyenda. También al hombre de carne, hueso y espíritu.

   Hasta donde ha sido posible, nos hemos acercado entre tanta distancia temporal con Bernardo Gaviño y Rueda, a quien puede considerársele como un diestro de enorme peso e influencia en el toreo decimonónico mexicano, cuyo paso no fue casual. Su actividad encierra importantes, muy importantes situaciones que le dieron a la tauromaquia nacional el valor, la riqueza, elementos con los cuales hoy comprendemos tan importante dimensión, esperando haya quedado perfectamente entendida a lo largo de esta, su biografía, a la que todavía le agregamos un verso más, que vagamente lo recuerda. Es de la autoría de José Juan Tablada, escrito en 1890: 

ANTOÑICA

 ¡Antoñica, si hubieras sido

Como yo te imaginaba!

Yo había puesto en tu alma

Todo lo bello de mi alma

De colegial intacto

Donde aún perduraban

Bajo las arideces aritméticas

Fulgores de Cuentos de Hadas.

Antoñica, rubia ramera

Desde el parque frente a tu casa

Te veía en el crepúsculo

Palidecer y luego iluminarte

Para el vivir nocturno…

En tus cabellos brillaban

Las onzas de oro

De la “partida” de Tacubaya

Y en tus ojos violeta un alcohol

De veloces y azules flámulas.

Hoy, ya muerta te identifico

Con las princesas

De las miniaturas persas,

Por sensual y por fina y rubia

Con la Madona del Gran Duca.

De tus amantes nadie te amó como ese niño.

¡Ni el general, ni el banquero,

Ni el banderillero

De Bernardo Gaviño!

Como aquel niño ya poeta

Que divinizó tus pupilas

Como estrellas lejanas,

Suaves como violetas,

Y en su deliquio, cuando tú pasabas,

Extraño al sortileño de tu sexo cruel

Temblaba sin saber por qué.

Y te veía alejarte, poniente en tus espaldas

Las alas de su Ángel de la Guarda…

   Para terminar, no me queda más que apuntar que la influencia de Gaviño durante buena parte del siglo XIX fue determinante, y si el toreo como expresión gana más en riqueza de ornamento que en la propia del avance, como se va a dar en España, esto es lo que aporta el gaditano al compartir con muchos mexicanos el quehacer taurino, que transcurre deliberadamente en medio de una independencia que se prolongó hasta los años en que un nuevo grupo de españoles comenzará el proceso de reconquista. Solo Francisco Jiménez “Rebujina” conocerá y alternará con Gaviño en su etapa final. José Machío, Luis Mazzantini, Diego Prieto, Manuel Mejías o Saturnino Frutos ya solo escucharán hablar de él, como otro coterráneo suyo que dejó testimonio brillante en cientos de tardes que transcurrieron de 1835 a 1886 como evidencia de su influjo en la tauromaquia mexicana de la que ha dicho, como ya vimos capítulos atrás Carlos Cuesta Baquero, autor imprescindible en el análisis de un trabajo que ahora concluye con esta sentencia:

NUNCA HA EXISTIDO UNA TAUROMAQUIA POSITIVAMENTE MEXICANA, SINO QUE SIEMPRE HA SIDO LA ESPAÑOLA PRACTICADA POR MEXICANOS influida poderosamente por el torero de Puerto Real, España, Bernardo Gaviño y Rueda a quien hemos descubierto a lo largo de todo este recuento biográfico.


[1] Disponible junio 18, 2013 en: La%20Jornada%20en%20Internet%20%20El%20jazz%20actual%20es%20un%20%20mestizaje%20de%20los%20mestizajes.html

[2] Bernardo Gaviño se enfrentó a ganado de Atenco, según el recuento que tengo al respecto hasta en 391 ocasiones, de las 725 que tengo registradas en mi libro: Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Prólogo: Jorge Gaviño Ambríz. Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, Peña Taurina “El Toreo” y el Centro de Estudios Taurinos de México, A.C. 2012. 453 p. Ils., fots., grabs., grafs., cuadros.

[3] José Alameda (seud. Carlos Fernández Valdemoro): La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo. México, Grijalbo, 1980. 109 p. Ils., retrs., fots., maps. Pág. 71.

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LAS OBSESIONES FETICHISTAS DE LOS AFICIONADOS A LOS TOROS.

A TORO PASADO. 

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Los siguientes apuntes fueron escritos por este servidor el 20 de marzo de 2003. Como en muchos casos, no han perdido actualidad, aunque por su circunstancia, puede uno verlos “a toro pasado”.

    El aficionado a los toros (es decir todo aquel con un conocimiento básico que le permite gozar y entender el toreo, y a veces abusar de una insolente “autoridad” que no le corresponde en medio de sus arrebatos), se suma a un muy bien articulado esquema de dogmas, principios o rituales que se integran al acto celebratorio mismo, convirtiéndolos en la grey o legión de creyentes que acuden a un acto sacerdotal de condiciones apolíneas de suyo, pero que terminan bajo los influjos de un elixir dionisiaco, imposible de someter y más, si es debido a razones que se van más allá de ciertos márgenes que podemos considerar como “normales”.

   Y ahí está el aficionado, ese sujeto que en la calle puede ser un intelectual o un vendedor de esencias. Un personaje de los medios de comunicación o un bolero. Clases sociales o posición económica, aunque tienen el distingo en el tendido, son la misma cosa a la hora de entregarse, rechazar o discrepar por los actos cometidos en el ruedo o fuera de él.

   El aficionado a los toros se distingue de manera muy particular. Los que se consideran así mismos convencidos y creyentes a ultranza de esa religión, hacen del domingo o día de fiesta, todo un ritual. No se visten de toreros porque definitivamente serían muchos y entonces aquello parecería un carnaval o un baile de disfraces. ¡Pero es una fiesta!, me dirá más de uno. ¡No una misa!, arremeten otros por allá. Y sin embargo, ambas cosas se parecen.

   Y siendo por mayoría el domingo el que se destina y se consagra para acto tan especial (también los hay que coinciden con aquellos que son días de fiesta religiosa), entonces se asume la actitud de celebrar religiosa y taurinamente ese día de la semana. Hay que procurar ir bien vestido, con los zapatos boleados, rasurado de preferencia y hasta donde sea posible. Ya no son tampoco los tiempos en que el público acudía de traje, corbata y sombreros; vestidos, pieles y tocados que delineaban a una clase social acomodada o clasemediera. En tanto que el pueblo intentaba la réplica, solo que con overol, ropa de trabajo; un vestido decente y el imprescindible rebozo.

   Todo eso ha cambiado. Ya no se imponen más que modas pasajeras, y la gente viste de modo casual. Pero el aficionado es y se siente otra cosa, a diferencia de espectadores transitorios, ese grupo mayoritario que aparece en la plaza atraído por los grandes carteles, o para dilucidar la curiosidad que genera el torero del momento. Satisfecha esa curiosidad, desaparecen del panorama, y apenas son unos cuantos los que suelen ser azuzados por el misterio de toda esa interioridad o intimidad que ofrece la “corrida de toros”. El aficionado puede distinguirse del que es sensato al que es profunda y cerradamente apasionado, que aunque congruente en su vida diaria, es sensible a que se desaten sus demonios interiores (ya sabemos, que la inteligencia y la profundidad no siempre van juntas). El aficionado de toda la vida, aunque pudiera negarlo, es fetichista a ultranza. Conserva papeles, papelitos y papelotes, libros, discos, videos, fotografías, carteles, divisas, figuras y todo un compendio de objetos que determinan el grado de pasión a que pueden llegar, a veces sin control, a veces enfermizo, que hasta es causante de la pérdida de más de un amigo, y la ganancia de más de dos enemigos. Pero eso es lo de menos, pues es un factor decorativo que lo caracteriza. Donde hay que tener cuidado es en sus extremos. Dejemos por el momento al que considero “sensato”, y vayamos por la senda de los apasionados. Estos se sienten dueños de un “amplio” conocimiento que los convierte de golpe y porrazo en autoridades, en indispensables que luego los llevan a asumir actitudes dogmáticas e intransigentes, difíciles en consecuencia para recuperar el equilibrio. Ellos se dejan fascinar por él o los toreros de moda cuyo estilo se oponga a alguno que se le parezca y entonces se discrimina. Veamos el caso más evidente en la persona y la obra de Enrique Ponce, excelente y pundonoroso torero que a unos gusta, a otros encanta y a los de más allá probablemente repugne. Cierto es que los métodos empleados por su administración en algunas épocas cómodas de su trayectoria no sean los correctos, por lo que a su última actuación del 5 de febrero de 2003 en la plaza de toros “México” se agrega la consiguiente suspensión por un año, luego de haber lidiado un “toro” de Julio Delgado, pero anunciado como de Reyes Huerta. Consciente o no de tal desacato a la autoridad, el reglamento e incluso al público, tiene que pagar las consecuencias. Esas formas generan prejuicio, pero también animadversión, aplicándose entonces un juicio que hace imposible separar al matador de toros del individuo administrado el cual, en sociedad con los suyos, dañan por consecuencia, su imagen. También hay circunstancias de carácter estético o técnico –eminentemente taurinos-, que pueden dejar a gusto o a disgusto a la diversidad de aficionados los cuales entran en pugna a la hora de que inicia el discurso de la tauromaquia de Enrique Ponce y su despliegue respectivo. Poncistas y antiponcistas debaten lo válido o no de su quehacer. Desde luego que prejuicios como que es español y viene a llevarse el oro; de que como es figura es merecedor de condicionar ganado, alternantes, e incluso, emolumentos y otras cosas, generan el tupido velo de la incertidumbre que, por todas esas razones es mucho más rápido que, o se le defienda o se le ataque.

ENRIQUE PONCE A PUNTO EN VALENCIA_ALTOROMÉXICO.COM_18.03.2013

A Ponce se le ha visto “ensayar” con ejemplares como el de la imagen… Portal de Internet: “AltoroMéxico.com” del 18 de marzo de 2013.

   El aficionado es blanco y generador de unas pasiones encontradas a veces perfectamente explicables. Otras, absolutamente inexplicables que se resuelven en el escenario mismo de la plaza, aunque llega a extenderse fuera de ella luego de muchos días, incluso años, muchos años como es el caso de retrotraer a Gaona, “Joselito” o Belmonte, a más de 75 años de sus respectivas trayectorias. Cuando tres cuartos de siglo nos separan de aquellos pasajes solo comprobables a la luz de libros, revistas y trabajos cinematográficos –estos últimos no siempre confiables, debido al criterio limitado de filmación, junto a las escasas técnicas que entonces existían-, provoca un escenario suficiente para entender los procedimientos que son imán para aficionados de tres generaciones después. Es cierto, hoy es posible entender el conjunto de valores que representa aquella trilogía la que muchas veces se convierte en parámetro, modelo, paradigma o aristotipo ejemplar cuya estatura con mucha frecuencia, rebasa a torero o toreros contemporáneos quedando por debajo de aquel prototipo elevado a la tercera potencia.

   El toreo, a lo largo del siglo XX evolucionó en manos de diversos maestros siempre en beneficio por encontrar los ajustes adecuados, conforme a cada época y su toro correspondiente, dos valores de suyo contundentes que no terminan por convencer. No es lo mismo la época de “Joselito”, “Manolete” o Ponce, o la de Gaona, Silverio o “El Zotoluco”. Tenemos que entender que cada cual debe ubicarse en su propia perspectiva, en su contexto real, en su propio tiempo y momento; de lo contrario nos vamos a encontrar con diversas incongruencias y discrepancias que nos llevan a ser radicales y no siempre sensatos.

   Si este síntoma es común en un aficionado, imagine el lector lo que puede suceder con más de dos que comulguen con el mismo discurso. Simplemente es imposible contener las pasiones extremas de quienes se aposentan en un pedestal maniqueo, donde esa masa inquieta empuña la espada de Damocles, lanzando mandobles a diestra y siniestra.

   Por lo tanto, las obsesiones fetichistas de los aficionados a los toros no solo son de carácter ideológico, sino de bulto. Para confirmar sus dichos echa mano de dogmas inamovibles, creo que los hace auténticamente extremistas. Por supuesto que dentro de esa población también se encuentran los que son prudentes, guardan silencio y prefieren callar, no para convertirse en “convidados de piedra”, sino para acudir a ellos y obtener la opinión mesurada e imparcial. Está muy bien guardarse en la memoria la infinidad de datos que ha generado espectáculo tan peculiar a través de muchos siglos, pero no manejar información que se convierta en sentencia. Más bien en una liberación de fantasmas y de sombras que nada bueno traen a una discusión centrada e inteligente que se puede tener con quienes mantienen la mesura, obteniéndose a cambio un mejor panorama, desapasionado si se quiere, pero que es, al fin y al cabo el más conveniente para comprender al espectáculo en su conjunto. No basta, para disfrutar una buena faena, ver la sola labor del torero. Depende de las características de lidia que ofrece el toro para regresar a casa conscientes de que vimos una tarde de toros con todas sus propiedades.

   El fetichismo entre los taurinos es algo irremediable, pero que les da –quizá-, un sabor folklórico, sin proponérselo, ni siquiera deliberadamente. Llega a ser tal el grado de costumbre, que lo ven como un acto cotidiano y rutinario, que ya se dijo en algún momento de esta presunta lección.

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