LO QUE UNA PEQUEÑA CITA PUEDE OCASIONAR…

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Inexplicable fue la actitud de las autoridades virreinales en año de 1768. Inexplicable, cuando tuvieron que disponer una medida que contravenía los principios técnicos del arte de torear, un arte que, tanto en la vieja como en la Nueva España se encontraba en proceso de madurez, pero que no por ello podía alterarse si los fines estaban bien dirigidos a la búsqueda de una perfección cada vez más definida.

   Ese año de 1768 fue expedido un “bando para que dentro de las Plazas de Toros no se piquen los toros” (Archivo Histórico del Distrito Federal. Acervo: INVENTARIO GENERAL DE LOS LIBROS, AUTOS Y PAPELES DE CABILDO DE ESTA N. C. DE MÉXICO, SU MESA DE PROPIOS, JUNTA DE PÓSITO, COFRADÍA DE N. S. DE LOS REMEDIOS, EXISTENTES EN EL ARCHIVO Y ESCRIBANÍA MAYOR. EJECUTADO Y EXTENDIDO POR EL LIC. Dn. JUAN DEL BARRIO LORENZOT, ABOGADO DE LA REAL AUDIENCIA DEL ILUSTRE REAL COLEGIO CONTADOR SUBTITUTO DE PROPIOS, QUIEN LO OFRECE A LA MISMA N. C., Vol. 430ª, foja 272 -Autos de toros: sus fiestas-).

   Lamentablemente no tengo a la vista el bando que se menciona, en razón de que estos papeles los relacionó del Barrio Lorenzot en su momento, y con toda seguridad quedaron dispersos en diversos acervos que hoy deben seguir formando parte del impresionante fondo documental del Archivo Histórico del Distrito Federal. Aunque con la sola referencia del mismo, basta para especular un poco el estado de cosas que ocurrían durante la lidia. En un trabajo bajo la autoría de: José Francisco Coello Ugalde, Benjamín Flores Hernández y Julio Téllez: Un documento taurino de 1766. Interpretación histórica y reproducción facsimilar. México, Instituto Politécnico Nacional-Centro de Estudios Taurinos de México, 1994. 132 p. Ils., facs., y por fecha tan inmediata al hecho mismo que aquí se comenta, se anotó lo siguiente:

 LA LIDIA. De hecho, hemos seguido un curso de lectura en la obra de nuestro buen amigo el Dr. Benjamín Flores Hernández porque consideramos que su orden se ajusta perfectamente a la dirección hacia donde vamos.

Notamos un sentido donde la brega, procedimiento previo a la estocada como fin último de aquel toreo, adquiere un esquema definitivo y progresa en consecuencia. Por principio de cuentas imaginémonos el dispuesto escenario: ya cuadrado, ya ochavado u oval. La algarabía del pueblo, su bullanga es indescriptible. Por acá, las gentes de peso comentan los últimos hechos que puso en práctica el visitador don José de Gálvez. Por allá se encuentran algunos religiosos, dos o tres jesuitas, tranquilos y en paz con Dios, ajenos de las terribles circunstancias de lo que sucedería un año y días más tarde. El virrey Cruillas preside el festejo. A su lado un clarinero daba las órdenes respectivas. Desfilaron luego las cuadrillas y disponiéndose todo para la corrida quedaron en el coso algunos varilargueros cuya sola misión era la de restar fuerzas al animal fogoso, picándole con vara de detener. Lucieron destreza los chulos de infantería que ya a cuerpo limpio clavaban rejoncillos y banderillas, normalmente de uno en uno. Enseguida y con el ambiente agitado de fiesta y alegría no faltaban lances de arrojo con la capa. La concepción primitiva del toreo quedaba establecida la que, con el paso de los años asumiría la forma como la conocemos hoy en día, con su adecuada evolución. De la misión de los lacayos puede decirse que atendían algún comprometido momento de los aristócratas montados, siempre con la capa. Tal aspecto decayó y esa razón comenzó a ser apropiada en términos absolutos por los toreadores de a pie. De la consumación del acto de rejoneo se pasó a la de preparar al animal para su muerte con el estoque.

Los picadores permanecían durante toda la lidia, así que en cualquier momento intervenían y todo con el fin o de seguir rebajando asperezas o de probar bravura para que así los de a pie se lucieran más efectivamente. Se les remuneraba a estos personajes con buena paga y además de cumplir con su función, se daban ellos mismos –la nobleza ya no- el gusto de rejonear de vez en vez. (pp. 27-28).

    Hasta aquí con la cita. Por lo demás, sigo sin entender qué pudo haber pasado, porque pudo haber sido por una actitud excesiva de parte de los varilargueros en eso de picar a diestra y siniestra, puesto que no desaparecían de escena como en nuestros días. Más bien permanecían en el escenario y ellos podían seguir actuando, lo que también pudo haber provocado el malestar de los propios lidiadores o de un sector del público inconformes ambos de aquellas libertades de varilargueros sin principios establecidos que cumplir. En fin, vaya usted a saber cuál fue la razón de dicha medida, porque también empezaba a penetrar en el ámbito de la vida novohispana un carácter ilustrado que iba haciéndose cada vez más consistente en la medida en que avanzaba el tiempo, acercándose a un momento en que las “luces de la razón” se declararon de manera impresionante, dando un vuelco a la forma de pensar, de concebir el mundo y hasta de preparar las condiciones para futuras emancipaciones que se desataron fuera de control en los primeros años del siglo XIX.

FRANCISCO PALHA_01.06                       Fotografía: Juan Pelegrín. Disponible, junio 2, 2013 en: http://www.las-ventas.com/foto.asp?seccion=objetivo&fecha=0602&ano=2013&foto=t3010&codigo=5397&c1=6&c2=6&c3=16&c4=17&c5=15&c6=0

   La imagen anterior parece reflejar, en ese otro discurso que hay que decodificar, de que al existir un segundo fondo, y el cual “se encuentra fuera de foco”, esto podría darnos la señal en que operó aquel síntoma de abandono. Es decir, el de la transición que el absolutismo concretó en aquel cambio de protagonistas, cuando los de a pie hicieron suyo el toreo, quedando los de a caballo frente a una situación inédita, ineludible e inevitable para ellos; lo que significaba perder un símbolo hegemónico por varios siglos detentado.

  Finalmente, alguna razón de fondo habrá existido para disponer de semejante medida. Si esto tiene que ver con la desmesura de los picadores, o por el hecho de que las disposiciones no estaban del todo maduras en aquellos tiempos, puede ser una causa. Sin embargo, puede colegirse que los usos y costumbres seguían formando parte de la estructura técnica del espectáculo, pero también una forma en la que los propios señores de vara larga manifestasen algún rencor, remordimiento o resentimiento sobre su muy reciente desplazamiento de la escena como primeros actores, lo que supone un acto poco honesto, pero que trae detrás toda una carga de circunstancias, debidas a los cambios de estructura en el toreo de aquellos tiempos.

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