RODOLFO GAONA OTRA VEZ CON VICTORIANO HUERTA.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace algún tiempo, tuve a bien compartir con los navegantes de este blog un material denominado:

¡No voy a ver… voy a que me vean…!

(Véase: https://ahtm.wordpress.com/2011/08/07/revelando-imagenes-taurinas-mexicanas-revelado-n%c2%ba-23/)

…en donde me ocupé de la figura del polémico Victoriano Huerta. Como todos recordarán, este año de 2013, se conmemoró entre el 9 y el 18 de febrero pasados, el centenario de aquel oscuro capítulo de la “Decena Trágica”.

   Pues bien, pasado algún tiempo, y en una comida que organizó el señor Francisco Chávez, Inspector General de Policía que ofreció al General Huerta en Huipulco, D.F., asistió a la misma el célebre torero Rodolfo Gaona. La imagen levantó “ámpula” y puso a Gaona en un predicamento, pues ello implicaba sus nexos con el general aquí aludido, lo que además no era visto con buenos ojos por la sociedad, pero tampoco por los seguidores del “indio grande”, que por entonces, eran legión.

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Quizá en este célebre lugar, se reunieron a departir Victoriano Huerta, Rodolfo Gaona y demás comensales de esta historia.

   Pues bien, consultando hace poco El Mundo Ilustrado del 30 de noviembre de 1913, aparecen los mismos dos personajes, Huerta y Gaona, departiendo ahora en un céntrico restaurante de la capital (quizá se trate del célebre y malhabido “Gambrinus”). Tal sitio lo frecuentaba de manera intermitente el otrora militar que combatió enérgicamente a los indios yaquis por 1900 y luego hizo lo mismo con los mayas en Yucatán y Quintana Roo. De ahí se tienen ya dos oscuros antecedentes sobre su dureza, misma que rayaba en la tiranía que luego sirvió como “sanbenito” por el resto de sus días.

                      EL MUNDO ILUSTRADO_30.11.1913_p. 17

   Mientras la totalidad de los invitados aparecen sonriendo, y aparentan el mejor de los ratos posibles, sobre todo porque Rodolfo Gaona está presente… Victoriano Huerta aparenta estar ausente. Una profunda tristeza atraviesa aquel rostro adusto, el de un personaje que parece arrepentirse de todos los males cometidos. Y es que Victoriano Huerta para entonces, cargaba ya con la condena social, y donde presentía ya la arremetida que comenzaba a gestar, entre otros, el General Venustiano Carranza, quien al desconocer al presidente, habría de formar a uno de los ejércitos emblemáticos durante la revolución mexicana: el Ejército Constitucionalista, mismo que se encargó de derrotar al militar que nació un 22 de diciembre de 1850 en Colotlán, Jalisco. De haberse convertido en héroe nacional, sufrió la transición del destino y vino a ser el antihéroe, estigma que hoy día prevalece en el común denominador de nuestro país. El que fuera alumno destacado en el Colegio Militar, tuvo que exiliarse luego de su derrota, ocurrida el 24 de junio de 1914. Primero lo hizo en Barcelona, luego en Nueva York. Es más, todavía tuvo energías para encabezar otra conspiración, pero el plan político y estratégico-militar de los Estados Unidos de Norteamérica, su aliado en 1913, ya no permitieron tal desmesura. Huerta, muere de cirrosos el 13 de enero de 1916 y sus restos permanecen en el cementerio de Evergreen, en el Paso, Texas (E.U.A.).

   Así que, bajo esa mirada que refleja una carga de inquietudes, depresiones –e incluso, vayan ustedes a saber si estaba bajo los efectos de bebidas alcohólicas-, no comparte, como lo hicieron los demás, ese disfrute que era estar, en unos momentos como esos, con el matador de toros más famoso de la época, quien apenas el 23 de noviembre anterior, se presentaba ante la afición capitalina, y en el “Toreo” de la colonia Condesa, alternando con Luis Freg en la lidia de un encierro de Zotoluca.

   Rodolfo Gaona, nos dice Guillermo Ernesto Padilla: en la cima de su carrera, brindó a la afición una tarde redonda, pues con el capote, las banderillas, la zarga y el estoque, llevó a cabo una de las jornadas más brillantes de su vida torera. Con el noble tercero de la tarde, el de León realizó una faena cumbre, que le valió la oreja y una de las ovaciones más grandes de que pueda ser objeto un torero.

   Así que Gaona, en olor de santidad, sólo tuvo a bien posar para esta y otras placas que los “niños de la prensa” iban obteniendo para luego reproducirlas en los más importantes medios de comunicación que circulaban por entonces. Ya se imaginarán ustedes la de rumores que despertó una fotografía como la que hoy, ilustra esta sección.

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