LUIS MAZZANTINI DESPACHÓ SEIS BENJUMEAS EN UNA HORA…

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

MAZZANTINI CON UN BENJUMEA

La imagen, como el resto del registro fotográfico para ilustrar la crónica, seguramente elaborada por Carlos Quiroz “Monosabio”, fue hecha por Lauro E. Rosell, quien era, a la sazón, el reportero gráfico que enviaba los materiales a España para incorporarlos a la célebre publicación Sol y Sombra.

   Esta fotografía la encontré en un ejemplar incompleto de la emblemática publicación española Sol y Sombra. Por fortuna, puedo decir con toda certeza, que la misma imagen, corresponde a la tarde del 12 de enero de 1902, cuando Luis Mazzantini, como único espada [y no, pues Joaquín Hernández “Parrao”, …el cual, en obsequio a su compañero, se presta, gustoso a auxiliarle en los quites y a sustituirlo en caso de accidente, como reza el cartel anunciador, muy bello por cierto] anunció uno más de sus “beneficios”. En esa ocasión, el escenario fue la plaza de toros “México” de la Piedad. El ganado, de don Pablo Benjumea, de Sevilla, con divisa blanco y negro.

 CARTEL_12.01.1902_P. MÉXICO_L. MAZZANTINI_BENJUMEA

El cartel de la jornada aquí descrita. Col. del autor.

    En tal ocasión, y como apunta Heriberto Lanfranchi:

 (fue una) Corrida monótona y sosa, en que la misma escena se repitió seis veces: tumbar carne. A diez minutos por toro, en una hora mandó Luis Mazzantini a todo el público a la calle.

LANFRANCHI_T. I., p. 240

   Ese público expectante que llegó en grandes cantidades a la plaza –la cual no registró el lleno esperado-, salió de la misma más pronto que canta un gallo… Fotografía de Rosell.[1]

    Los toros, muy bravos, estaban tan maltratados y flacos (estragados se diría mejor), a causa de la prolongada travesía, que a cada instante rodaban por la arena. Excelentes hubieran sido si los hubieran dejado reponerse, ya que fueron desencajonados la víspera de la corrida.

Luis Mazzantini. Necesitó seis estocadas para despachar el encierro, y aunque todas ellas le fueron ovacionadas, nada hizo toreando ni lances con la capa, ni quites, ni banderillas, ni buenos pases con la muleta. A lo sumo daba 4 o 5 trapazos de pitón a pitón, a gran distancia y sobre las piernas, y ¡cataplúm! la estocada, eso sí, entrando bien, clavando en buen sitio y saliendo con limpieza por los costillares.[2]

    Conclusión: los de Benjumea, no cumplieron en presentación, aunque sí en el juego. Puede observarse que la lidia de esos toros fue precipitada. En todo caso, y como lo marcaba la costumbre, muchos otros encierros procedentes de España, llegaban a nuestro país con suficiente anticipación, como para que se repusieran del largo viaje, cosa de un mes. Su estancia, generalmente se daba en la Hacienda de los Morales y ahí, con la suficiente atención, los pastos y el agua esos toros eran conducidos a la plaza en plenas condiciones. La primera imagen que ilustra el tema aquí tratado da evidencia de un penoso capítulo, en el que fuera como fuera, Mazzantini tendría que lidiar ganado español, aún a pesar de la infame presentación con la que aparecieron en el ruedo. Seguramente las haciendas ganaderas mexicanas contaban con suficientes toros para haber cumplido dignamente con aquel compromiso. Lo que sucede es que por aquellos años buena parte de las mismas, se encontraba en un proceso de transición, fruto de la presencia con nueva simiente hispana, la que, para encontrar un buen resultado, significaba esperar algunos años para tener el fruto deseado, lo que en efecto sucedió, salvo los primeros tiempos en que, después de la puesta en marcha de ese proceso, año de 1887, las cosas no rodaron tan bien como era deseable. Una punta de toros de diversas procedencias se vendió o negoció bajo el principio de que eran animales escogidos para convertirse en sementales con garantías indiscutibles. El hecho es que no fue así y hubo de esperar una nueva generación de toros aptos para padrear, hecho que fue a suceder –como en efecto sucedió-, entre los años finales del siglo XIX y los primeros del XX. Quizá por todas esas razones, un diestro de la categoría de Mazzantini, quien ya estaba plenamente consolidado ante la afición, tuvo que prestarse a semejante espectáculo, lo que no debe haber sido muy bien visto en aquellos momentos y que hoy, a poco más de 110 años lo veríamos como reprobable. En el fondo, todo lo demás, sería entender que esas eran las condiciones más propicias para montar un espectáculo en un México taurino que iba enfilándose por mejores derroteros.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. I., p. 240.

[2] Op. Cit.

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