¿PARTIDA… O PARTIDA DE PLAZA?

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Desde que pude tener acceso a la presente imagen, que corresponde a alguna tarde de toros en la plaza de Bucareli, a finales del siglo XIX mexicano, me llamó poderosamente la atención el caos que se presentaba en la parte central de la misma, la cual pongo a consideración de todos ustedes.

PARTIDA DE PLAZA... Colección del autor.

    Lamentablemente no ha sido posible reconocer su paternidad, pues pudo haber sido un registro hecho por cierto personaje anterior a la ya reconocida visita de un viajero y fotógrafo extranjero que se quedó entre nosotros por largos años (entre 1897 y 1913). Se llamaba Charles B. Waite, quien junto con Winfield Scott hicieron pareja y trabajo de campo en diversas locaciones del país, hasta conseguir uno de los catálogos de imagen más importantes, con miradas antropológicas y humanas que hoy cobran un gran valor iconográfico.

   La imagen, que posee el fino toque de un virado al sepia, parece tener cierta semejanza con una serie de fotografías estereoscópicas que algún día, y de manera muy generosa compartió conmigo don Francisco Murguía Cánovas… En fin, que lo interesante de la misma, y así vuelvo a recuperar el hilo de la descripción, es ese “caos” durante el desfile de las cuadrillas. Y es que en efecto, y aunque no lo crean, en ese momento preciso de la tarde, cuando el sol permite que las efigies y figuras se desplacen en el ruedo de la plaza propiedad de Ponciano Díaz y de don José Ceballos, se desarrolla bajo las notas de la ópera Carmen de Georges Bizet, y que era la música que entonces se empleaba para tal momento. A la extrema derecha aparece el alguacilillo a quien suponemos todos, las infanterías deben seguirlo en rumboso desfile. Unos por aquí, otros por allá, los del final están en medio y los peones se deciden por la izquierda, más que por la opuesta derecha que han tomado los matadores que, salvo uno, los demás aparecen desmonterados. Y si se ponen un poquito más observadores, apreciarán que salvo uno de estos “capitanes de cuadrilla” es el único que lleva plegado el capote. El resto de los integrantes o no tuvo tiempo, o era la costumbre salir a “partir plaza” mostrando y como gran embarcación, los enormes vuelos del capote de paseo. Además, se trata toda ella, de una cuadrilla de toreros españoles, no se ve ningún bigotón, pues hasta los picadores van vestidos a la usanza de su país, tocados de larga coleta y los cuatro jamelgos sin peto, e incluso sin el famoso “babero” que fue un elemento que adoptaron los espadas nacionales, encabezando tal medida Ponciano Díaz, quien para entonces estaba en lo más alto de su fama.

   Este fue, desde luego un peculiar desfile de cuadrillas que se rompió en algún momento y sus doce elementos de alguna manera, salieron de ese atolladero para terminar saludando al pie del palco presidencial. En el resto de la imagen no se observa ningún otro elemento complementario en el ruedo. Los que fungieron como “monosabios”, ni el tiro de mulillas aparecieron por ningún lado. Sólo esa docena de matadores, picadores y banderilleros que intentó dirigir, quizá el famoso Sr. Falcó, que hizo las veces del “alguacilillo” tantas y tantas tardes, no sólo en este coso. También en la plaza “México” de la Piedad, es decir que personajes como él, se eternizaron en su papel, como fue el caso años más tarde en las personas de “Chalío” Rodríguez o de “Moralitos”, entrañables entre los entrañables.

   ¿En qué momento puede ubicarse la imagen? Probablemente se trata de aquellas fechas inmediatas a la inauguración del coso de Bucareli que, como se sabe, fue inaugurado el 15 de enero de 1888 por el propio Ponciano y que, con el paso de los meses se fue decantando para dar paso a este grupo de protagonistas que consolidaron el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, los que al lado de Luis Mazzantini, se encargaron de consolidar el capítulo de la “reconquista vestida de luces” e hicieron de la tauromaquia toda una experiencia que representaba el parteaguas entre lo antiguo y lo moderno, momento preciso en que la afición mexicana se afirma como tal, momentos en que la prensa de este país se despliega caudalosa en sinfín de ediciones que dieron cuenta de aquella nueva experiencia de la que hoy seguimos apreciando lo mejor de su madurez, a pesar de que en el principio de todas las cosas, se diese la circunstancia de que después del caos, viniera el reposo.

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