APUNTES SOBRE EL PERIODISMO TAURINO Y LAS REVISTAS LITERARIAS.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

El siguiente texto fue elaborado con motivo de la aparición de

033_2007 Castálida. Revista del Instituto Mexiquense de Cultura. Invierno de 2007 Nº 33. 152 p. Ils., fots. “Sor Juana en los toros: inteligencia y belleza juntas” (p. 7-20) y “Atenco, Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz” (p. 67-79).

    Cronistas para menesteres taurinos, los ha habido desde tiempo inmemorial. Buenos y malos, regulares y peores. Recordamos aquí, a vuelo de pluma al mismísimo Capitán General Hernán Cortés, quien le envió recado a su majestad, en la Quinta Carta-Relación en 1526 de un suceso taurino ocurrido el día de San Juan… Y luego, las ocurrencias descritas por el soldado Bernal Díaz del Castillo cuando se firmaron las paces de Aguas Muertas, en 1536. Ya en el siglo XVII, Bernardo de Balbuena nos legó en su Grandeza Mexicana un portento poético, descripción precisa de aquella ciudad que crecía, se hundía y volvía a crecer con su gente y sus bondades y su todo.

   Por fortuna, ciertos impresos virreinales dados por perdidos hoy día aparecen y el de María de Estrada Medinilla, escrito en 1640, curioso a cual más… una joya, es la Descripción en octavas reales de las fiestas de toros, cañas y alcancías, con que obsequió México a su Virrey el Marqués de Villena. Y luego, las cosas que escribió el capitán Alonso Ramírez de Vargas, sobre todo su Romance de los rejoneadores… de 1677. Y entre las obras ya mencionadas, no podemos olvidar lo que publicaron Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, quienes hicieron del Diario de sucesos notables (1648–1664 y 1665–1703, respectivamente) la delicia de unos cuantos lectores, si para ello recordamos que los índices de legos eran bajos, como hoy día.

   Y luego, ya en pleno siglo XVIII obras como las de Francisco José de Isla,[1] de 1701, o la de Cayetano Cabrera y Quintero, el Himeneo Celebrado, que dio a la luz en 1723, en ocasión de las Nupcias del Serenísimo Señor DON LUIS FERNANDO, Príncipe de las Asturias, con la Serenísima Señora Princesa de Orleáns. En 1732, entregaban a la imprenta, tanto Joseph Bernardo de Hogal como el propio Cabrera y Quintero y el bachiller Bernardino de Salvatierra y Garnica sendas obras que recordaban el buen suceso de la empresa contra los otomanos en la restauración de la plaza de Orán. Ya casi para terminar ese siglo, considerado como “el de las luces”, quien deja testimonio poético de otro suceso taurino es el misterioso Manuel Quiros y Campo Sagrado.

   Para el siglo XIX, plumas célebres como las de José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto, Luis G. Inclán dedican parte de su obra al tema taurino. Afortunadamente comenzaron a aparecer en forma más periódica ciertas crónicas, como la que, para Heriberto Lanfranchi es la primera en términos más formales. Data de la corrida efectuada el jueves 23 de septiembre de 1852, y que apareció en El Orden Nº. 50 del martes 28 de septiembre siguiente. Ello es una evidencia clara de que ya interesaba el toreo como espectáculo más organizado o más atractivo en cuanto forma de su representación.

   Surge, casi al finalizar ese siglo apasionante un capítulo que, dadas sus características de formación e integración es difícil sintetizar en esta ocasión, pero trataré de hacer apretado informe.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El arte de la lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla es nada menos que el representante de Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando diestros como José Machío; pero también por Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos.

   La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros más, que totalizan, por ahora un número cercano a los 120 títulos.

   A todo este conjunto de datos, no puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el “Sánchez de Neira”, o la de Leopoldo Vázquez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   A los nueve títulos que aparecieron en LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX,[2] antología preparada por Bibliófilos Taurinos de México en 1987, con motivo de los cien años de corridas de toros en la ciudad de México, debo sumar otra larga lista de cerca de 50 obras publicadas algunas, como fundamento político, otras, como discurso de repudio y rechazo al espectáculo mismo, pero todas, obras al fin y al cabo que tuvieron como caja de resonancia el pretexto taurino.

 II

 EL CENTRO TAURINO “ESPADA PEDRO ROMERO”, LAS OBRAS DE RAFAEL MEDINA.

   Este centro fue una institución que sesionaba en algún lugar de Tacubaya, hacia la última década del siglo XIX. Allí, se reunieron diversos personajes como Eduardo Noriega, Rafael Medina, Carlos Cuesta Baquero, Eduardo Hoffmann, entre otros, quienes en medio de acaloradas discusiones alrededor de la tauromaquia, entregaron también sus propias conclusiones, cuya memoria fue divulgada en periódicos y revistas de la época. De hecho, “Taurinas” se convirtió en un divertimento literario y no en el comunicado perfecto sobre la declaración de principios de este cenáculo. Sin embargo, las disecciones teóricas trascendieron gracias a su consistencia, gracias al espíritu de convencimiento que impusieron y se impusieron para aleccionar a una afición –“no en simple concurrencia a las corridas de toros”- como calificó en su momento Cuesta Baquero a esos grupos de asistentes a festejos taurinos que estuvieron privados durante mucho tiempo de la auténtica idea y formación que luego cuajó en el “aficionado” en cuanto tal. Dicha evolución pudo lograrse tras intensa labor comenzada desde 1887, y culminada años después con la presencia de estos encauzadores –refiriéndonos a los integrantes en pleno del Centro Taurino “Espada Pedro Romero”-, mismos que dejaron preparado el terreno para recibir de forma madura y consciente el siglo XX.

   No se trata de un grupo numeroso, pero sí selecto, cuya capacidad se reflejó en el amplio conocimiento, en una cultura ejemplar y una formación movida por su espíritu inquieto, todo ello en conjunto, razón suficiente para sacudir el viejo esquema que imperó durante cerca de 60 o 70 años, tiempo en el cual se intensificó el “nacionalismo taurino”, detentado en lo fundamental por Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz. Tal periodo –independientemente de su brillantez-, ocasionó estancamiento, un estancamiento de conveniencia favorable a estos dos diestros y a la “afición” o concurrencia, convencida de aquella forma de operar, la cual parecía estar segura de no encontrar obstáculos no tanto en su progreso, objetivo éste el menos prioritario. Sino a la manera en que debía mantenerse estable, sin motivos aparentes de alteración. Es sabida la intensidad, riqueza, invención y reinvención que operaron durante esos años hegemónicos en el toreo nacional, bajo la tutela tanto del gaditano como del atenqueño, aunque en su mayoría, al margen de los postulados teóricos, de los que México estuvo privado, no por desconocimiento (vale la pena recordar la importante cantidad de Tauromaquias de José Delgado o de Francisco Montes que circularon en varias ediciones por aquel entonces) sino por conveniencia, vuelvo a reiterar. No era posible desentenderse o desvincularse de una estructura cuasi corporativa que dejaba buenos dividendos, quedándose eso sí, en un segundo término, la posibilidad –laissez faire-, de permitir la natural y urgente evolución y actualización de la tauromaquia, conforme a los últimos patrones de comportamiento experimentados en España, país del cual llegaron los dictados y fundamentos del toreo a pie a la usanza española en versión moderna, todo ello a partir de 1882, pero que se dejaron notar contundentes cinco años después, ocasionando, por consecuencia, el derrumbe de aquella anacrónica estructura levantada y defendida por Bernardo y por Ponciano, incluso hasta su muerte misma, ocurridas, la de aquél en 1886; la de este, en 1899.

   Por último, debo apuntar que el paso del Centro Taurino “Espada Pedro Romero” fue efímero, pero dejó escuela en el “Centro Taurino Potosino” que desde el centro del país, siguió impulsando la teoría durante buen número de décadas del siglo pasado.

 III

    Ahora bien, respecto a la actividad que han desempeñado las revistas literarias al acercarse al tema taurino, nos encontramos con escasa afluencia de datos. El siglo XIX que acabamos de revisar no tiene, en todo ese balance, ningún registro y ni El Renacimiento, ni La revista azul, entre otras de notable memoria, tuvieron acercamiento con los toros, sobre todo debido a una causa elemental: sus ideologías de avanzada estaban comprometidas con el positivismo y el modernismo. En ello, el toreo era una especie de antítesis de tal condición. Pero más aún, por el hecho de que personajes como Ignacio Manuel Altamirano Manuel Gutiérrez Nájera eran antitaurinos, declaración de principios que compartieron con Francisco Sosa, Ciro B. Ceballos o Enrique Chavarri.

   El tema, por tratarse de algo novedoso, no nos permite más que detenernos en algunos ejemplos aislados que encuentran plena justificación para explicar que Castálida ha conseguido con la publicación de estos dos números convertirse en punta de lanza, porque sólo recuerdo dos casos, uno, enclavado en la entrañable publicación de El hijo pródigo, en uno de cuyos números del año 1944 se publicó el interesante ensayo de Carlos Fernández Valdemoro que llevó por título: Disposición a la muerte,[3] ensayo que posteriormente daría forma y cuerpo a las ideas planteadas tanto en Los arquitectos del toreo moderno como en El Toreo, arte católico. En el caso de Disposición a la muerte, nos encontramos ante el gran acercamiento a la interpretación que, sobre este ejercicio esencial, debe ser entendido no solo como diversión popular. También como una expresión de nuestro tiempo que, en tanto anacrónica se acerca a los territorios del sacrificio. De ahí su polémico discurso que sigue siendo sometido a encontradas diferencias entre quienes de manera casi eterna son –para José Alameda- sus seguidores y sus contrarios.

   Por otro lado, se encuentra la revista científica del CONACYT que acogió el tema taurino allá por 1980 en una peculiar publicación denominada ¡A los toros![4] En dicho ejemplar, pudieron reunirse las plumas más emblemáticas que colaboraron en diversos periódicos y revistas cuya influencia temporal va de la tercera a la octava década del siglo pasado. No faltaron las opiniones de otros tantos intelectuales en pro o en contra del espectáculo que colaboraron en esa publicación hasta convertirla en referente y materia de consulta para entender diversas posiciones entre el dictamen evolutivo que estaba alcanzando, por entonces, la tauromaquia. Llama la atención el hecho de que una publicación, destinada generalmente a las ciencias exactas, dedicara por entonces ese número que rompió definitivamente con el encasillamiento de que no siempre el toreo es sólo arte. También, y por lo visto, también es ciencia, por aquello de la técnica que viene implícita desde los tiempos en que tanto José Delgado y Francisco Montes, dictaron sus Tauromaquias.

   A veces, y esto sólo quisiera dejarlo como “cuarto a espadas” o “una pica en Flandes”, es el hecho de que el toreo no es arte, ni deporte (como muchos quieren verlo ahora –y ojalá que nunca tengamos que ver enfundados a los toreros en calzoncillos o camisetas-). El toreo es sacrificio, entendido como la razón de un ritual que nos lleva, por consecuencia a buscar la summa[5] de todos aquellos elementos que la enriquecen o la complementan.

   Casi treinta años separan ¡A los toros! de Castálida lo que significaba ya una necesidad de reencuentros interpretativos que permitieran establecer diversas perspectivas como hoy se plasman gracias al poder de convocatoria de los editores de Castálida, labor especialmente debida a la Lic. Graciela G. Sotelo Cruz, subdirectora de la misma, y es quien sostiene y defiende las banderas de preocupaciones y tribulaciones derivadas del alumbramiento editorial que ahora revisamos.

   Revistas de este orden aparecen de vez en vez, por lo que celebro su presencia, misma que reafirma la perspectiva de diversos analistas, escritores, investigadores o historiadores quienes articulan, en conjunto, la nueva y fresca visión del anacrónico espectáculo que sigue sujeto a permanencia o supervivencia. Ese dilema, es fruto de la confrontación a que se ha visto sujeta la tauromaquia en tiempos recientes, y creo que en otras tantas etapas también, desde aquellos tiempos polémicos en que diversos jerarcas de la iglesia, monarcas o plumas de avanzada, lanzaron contra el toreo bulas papales, edictos, pragmáticas-sanciones y célebres editoriales como aquella de Ignacio Manuel Altamirano en 1867, apenas impuesta la pena de prohibición a las corridas de toros recién establecida la República Restaurada; o las ácidas críticas de José López Portillo y Rojas en su libro ¡Abajo los toros!, aparecido en 1907. Por fortuna, comentarios favorables también los ha habido gracias a la labor de Martín Luis Guzmán, Josefina Vicens, Edmundo O´Gorman entre otros.

   La integración para el número doble de Castálida se pudo formar gracias a la comparecencia de varias plumas conocidas y reconocidas en el medio taurino y otras tantas que lo son del medio literario, lo que significa que tal expresión sigue sin estar reñida con los toros. No me detendré a hacer juicio y valoración de ello, para eso están ustedes. Lo que sí es un hecho es que nunca faltan los duendes en las imprentas, por lo que no deja de aparecer un gazapo por aquí, una mutilación de texto por allá, pecatas minutas. De pronto, también nos encontramos con algún lugar común, como los muchos que tiene la tauromaquia, sobre todo por el hecho de que –y en eso, los siguientes autores mencionados tienen el menor grado de culpa-, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti o Gerardo Diego siguen siendo motivo de detenidas lecturas y revisiones. Esto último no significa la injusta evaluación, sino el mero recordatorio de que la acumulación de testimonios logrado a lo largo de casi cinco siglos de historia del toreo en México, es un punto que sigue esperando más y más a un grupo de personajes cuyos intereses sobre la preservación de dicha memoria quede perfectamente concretada, sobre todo en momentos en que cada vez más y más nos acercamos a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución en 2010.

   Castálida y sus números dedicados a la tauromaquia surgen como aires de renovación literaria y de crítica en estos momentos en los cuales la fiesta, en pleno estado depresivo necesita alientos para levantarse y seguir andando bajo la marcha de un siglo XXI que contiene, entre muchas otras cosas la pervivencia de la tauromaquia ya no sólo como arte y técnica. También como un patrimonio cultural tangible (¿o intangible?), sostenido por unas cuantas naciones que buscan conservarla hasta su última consecuencia, y aquí cabe la observación preocupante, original también de Augusto Isla, colaborador en estos números especiales de Castálida, quien lanza la siguiente sentencia:

Nunca más pisaré una plaza de toros. Añoraré la fiereza del toro, las bellas suertes, las nupcias sensuales de sol y tabaco. Por solidaridad con mi pasado, no militaré contra la Fiesta. Morirá sola. A su debido tiempo. Como toda creación humana.

   Ya no sabemos si habrá toros para rato. La fiesta, debemos ser congruentes, está sentenciada a desaparecer un día para convertirse en mero recuerdo, en tema de estudio para diversos investigadores que habrán de conservarla en la memoria viva de la humanidad como un testimonio de circunstancias que involucran la relación sostenida lo mismo por la mitología que por sus elementos de alto factor antropológico cuando se contemplan casos como el que significa entender los ciclos agrícolas y el sacrificio implícito a ellos. Pero también, no faltará quien recuerde las hazañas de tantos y tantos toreros, como los fugaces momentos, una larga cordobesa de Alfonso Ramírez Calesero o las locuras de madurez que Rodolfo Rodríguez El Pana fue capaz de realizar, cual ave fénix la tarde de su despedida que se convirtió, cosas del destino, en la de la resurrección.

   Saludo y celebro la aparición, como un respiro, como un aliento en tiempos azarosos, de Castálida, número doble que atiende el tema taurino desde diversas perspectivas del análisis literario, recreándose sus diversos colaboradores en apuntes que conservan, una vez más, lo que fue, es y será la tauromaquia.

Muchas gracias.

Ciudad de México, 27 de marzo de 2008.


[1] Isla (José Francisco de): BUELOS de la Imperial Aguila Tetzcucana, A las radiantes Luzes, de el Luminar mayor de dos Efpheras. Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Qvinto [Que Dios guarde] (…) Tetzcuco, el día 26 de Junio de efte año de 1701. (…).

[2] LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX (Antología). México, Socicultur-Instituto Nacional de Bellas Artes, Plaza & Valdés, Bibliófilos Taurinos de México, 1987. 222 p. facs., ils. Un prólogo firmado por “nadie” (hora es de que ese “nadie” vaya teniendo nombre y apellido. Malo es que no pueda hacerlo a mi nombre, en mi nombre, como debió suceder. Esos costos, se pagan caros).

[3] Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro (seud. José Alameda): “Disposición a la muerte”. En: El hijo pródigo, vol. VI, Núm. 20. Noviembre de 1944, p. 81-87. Edición facsimilar de El hijo pródigo, colección dirigida por José Luis Martínez.. México, Fondo de Cultura Económica, 1983. Vol. VI – VII (Octubre/Diciembre de 1944 y Enero/Marzo de 1945)., p. 115-121. (Revistas literarias mexicanas modernas).

[4] ¡A LOS TOROS! México, comunidad CONACYT, abril-mayo 1980, año VI, núm. 112-113. (p. 45-176). Ils., retrs., fots.

[5] Summa: Reunión de datos que recogen el saber de una gran época.

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