PRESENCIA DE LA CHARRERÍA EN LA HISTORIA, EL CAMPO Y LAS PLAZAS DE TOROS DE MÉXICO Y EL EXTRANJERO.

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Para apartar los animales surge en el campo mexicano el vaquero quien, en el siglo XVI creó el rodeo, forma puramente mexicana legalizada incluso por el virrey Enríquez en 1574. Consistía en una “batida circular sobre un territorio amplio en extensión cuyo propósito era concentrar el ganado en un punto “donde con la ayuda de una especie de garrochas, muy parecidas a las andaluzas, se apartaba el ganado que deseaban seleccionar”. Nace con este nuevo personaje una expresión que acabó siendo nacional, mediando para ello una necesidad primero, la necesidad de un lucimiento no solamente limitado al campo, sino que además, era la plaza pública, la plaza de toros, el otro sitio para obtener el privilegio del aplauso. Y entre la plaza de toros y el campo la expresión acabó transformada en una manifestación artística. En otras palabras, estamos hablando del charro, de sus habilidades y sus destrezas.

AHTM24RF1_048 Escenas que no sólo fueron comunes en el campo. La plaza se convierte en la extensión perfecta donde brillaron todas estas demostraciones.

Hugo Aranda Pamplona. Luis Inclán El Desconocido.

    La charrería en México, creada o forjada desde el siglo XVI, todavía en nuestros tiempos presenta la disputa sobre sus orígenes, que pelean dos estados tan representativos como Jalisco e Hidalgo, en cuyos campos de Atotonilco y los llanos de Apam respectivamente, se desarrollan aquellas escenas donde los vaqueros realizan suertes vistosas donde lazar y colear es parte intensa de su vida. Y como los toreros, su vestimenta también fue enriqueciéndose con el paso del tiempo hasta encontrarnos con trajes de gala, verdaderas joyas tocadas por sombreros galanos de soberbia manufactura.

   Durante el siglo XIX hubo, a mi parecer, tres distinguidos “charros”: Ignacio Gadea, Lorenzo Cabello, jefe de los hermanos de la hoja, o los charros contrabandistas de la rama, mejor conocido como Astucia (personaje de la novela histórica de costumbres mexicanas con episodios originales, obra de Luis G. Inclán) y Ponciano Díaz, “mitad charro y mitad torero”.

   La charrería como expresión mexicana pudo conocerse en España, precisamente en 1889 cuando Ponciano recibió la alternativa en la madrileña plaza de la carretera de Aragón, el 17 de octubre de aquel año. El 28 de julio anterior, y en el mismo escenario de su “doctorado” el diestro mexicano vistió el traje nacional y sus mejores suertes quedaron recogidas en sendas obras logradas por la visión siempre grata de Daniel Perea, ilustradas en hermosas cromolitografías que aparecieron en La Lidia.

   Ya en nuestro siglo, algunos otros representantes de este género han trascendido el quehacer en plazas de toros de México y el extranjero como los hermanos Aparicio, allá por los años 30, o como lo sugiere con acertada puntualidad Xavier González Fisher, también los hermanos Becerril se suman a tan rica como consistente nómina y de los que recientemente acaba de dar completa visión de los mismos (véase: http://laaldeadetauro.blogspot.mx/2013/06/los-hermanos-becerril-en-la-plaza-de-la.html). El 18 de junio de 1964 la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla fue escenario de la “Gran Charreada Mejicana” donde aquel grupo demostró lo bueno que eran en piales y manganas, jineteo de toros, floreo de reata a caballo y a pie, jineteo de potros cerriles y la arriesgada suerte del “paso de la muerte” sobre un caballo salvaje.

AHTM24RF1_049 Hugo Aranda Pamplona. Luis Inclán El Desconocido.

    En estos últimos tiempos el rejoneador Ramón Serrano rescató el traje y las suertes del toreo a caballo con expresiones netamente mexicanas, y como un dato curioso, el propio Pablo Hermoso de Mendoza vistió en Toluca, -una moderna ciudad del interior del país-, el traje de charro mexicano, actuación que resultó espléndida según lo cuentan las crónicas, que recogen su paso por aquellos rumbos, la tarde del 28 de octubre de 2000.

   Como se ve, la charrería sigue siendo un arte y un ejercicio que propios y extraños siguen haciendo suyo en virtud de su particular encanto, logrando que el espíritu del considerado “deporte nacional” siga vigente, para orgullo de México.

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