ALARMA. 1847.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Pongo a la consideración de ustedes la siguiente nota:

 THE AMERICAN STAR, D.F., del 24 de mayo de 1848, p. 3:

 ALARMA.

    Se nos ha dicho que el Domingo en la tarde un mexicano dio en la plaza de toros el grito de “mueran los blancos, vivan los indios”. Este grito aislado en la plaza de San Pablo puede tener eco por multitud de puntos y ser inspirado de antemano de puntos distantes, que un día se levanten con barbaridad, ¡¡¡Atención!!! Las más grandes desventuras se dan a conocer por pequeñas indicaciones al parecer insignificantes, en realidad muy significativas.

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Y bien, el pueblo se divierte que para eso no falta pretexto.

Aunque cuando se trataba de elegir la diversión era mucha la inquietud que se palpaba.

   ¿A dónde vamos hoy? se preguntaban.

   Y la respuesta fue: “¡Vamos a San Pablo! ¡Vamos a los toros!”

CANCIONERO DE LA INTERVENCIÓN FRANCESA. Disco LP. México-INAH, 1986.

    Llama la atención que, dentro de la tensa situación que se vivía en nuestro país por aquellos días, posteriores a las tremendas jornadas que culminaron con la invasión norteamericana y desde luego, con la ofensa de este ejército que consumó el 14 de septiembre del año anterior, cuando izaron la bandera de las barras y las estrellas en el asta de Palacio Nacional, los habitantes de la capital del país poco a poco se reponían de aquel impacto que representó para ellos uno de los peores episodios, no solo de aquellos tiempos, sino de muchas épocas. Los resabios de la guerra, de la invasión aunque frescos, iban a menos, o así es como podría percibirse este tipo de reacción, cuando en la plaza de toros, convertida siempre en un auténtico termómetro de la sociedad, se registró aquel grito en cuyo significado pueden leerse varios mensajes.

   La presencia anglosajona trajo consigo una constante particular. Aquellos soldados de tez clara habrían tenido, en contraste con el color moreno de los naturales un importante desequilibrio que no sólo estaba marcado en la piel, sino en la firmeza de sus propósitos, que aunque desproporcionados en términos de calidad y cantidad no estuvieron a la par en los momentos de mayor tensión tanto militar como política. Así que aquel grito “mueran los blancos, vivan los indios” reafirmaba una serie de condiciones que se sumaban si no al nacionalismo criollo que ya, desde los tiempos coloniales estaba ensoberbecido y manifestado en diversos actos de la sociedad mexicana, aquí vino a tomar un sentido de afirmación diferente, el que demostraba entre la humillación del caso, el sentido de no doblegarse ante los nuevos significados de una agresión que acabó por mutilar a nuestro territorio de amplios espacios al norte del mismo.

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Registro fotográfico de la invasión norteamericana en 1847. Convivencia de soldados estadounidenses con la población india y mestiza en nuestro país.

    Cuando los “indios” y esto no es ni debe ser visto con ningún propósito peyorativo, entraron en razón y conocieron la realidad tal cual, pudieron asimilar la dimensión de aquel acontecimiento, que para la historia de este país, no era cualquier cosa. Por eso, el propio The American Star, emisario de las circunstancias con una mirada eminentemente norteamericana, que habría funcionado como una especie de agente entrometido en la sociedad mexicana de entonces, era el primero en advertir que este capítulo, el que además se concretó en un espacio público, ni más ni menos que una plaza de toros, dejaba ver el tamaño de la realidad con la que se percibía el estado de cosas entre la población.

   En una plaza de toros semidesmantelada (me refiero a la de San Pablo), que lo mismo el resto de su maderamen sirvió para armar trincheras que para ensamblar camastros en el hospital “Juárez” que funcionaba a un lado de la misma, quién sabe qué cartel se conformó ese domingo 21 de mayo anterior, cuando precisamente la fiesta de toros comenzaba a reponerse y con festejos aislados. El hecho es que queda para los anales del toreo en México un registro más de una de esas tardes en las que, con toda seguridad se incluyó la mezcla de los circos que itineraban por entonces, junto con la presencia de algunos diestros cuyo nombre y apellido no trascendió, al punto de que hoy se pierde la oportunidad de conocer datos de este orden. En cuanto al ganado, todavía resulta más difícil pues los pocos carteles publicados en la prensa de la época, y que he ido encontrando en títulos como el propio The American Star, o El Monitor Republicano no hay mayor información al respecto. Sin embargo, con la escasez de datos se puede tener alguna idea del comportamiento que ya, para finales de 1850 se recuperaría del todo en la propia ciudad de México, y más aún al siguiente año, sin olvidar que en 1850 junto con la plaza de San Pablo con carteles intermitentes, también llegó a dar funciones taurinas la plaza de Tacubaya.

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