LA ÓPERA ANDALUZA “CARMEN” REPRESENTADA EN MÉXICO EN EL AÑO 2000.

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Apenas hace unas cuantas semanas (ya estamos en las postrimerías del mes de abril del año 2000), llegó a México la compañía de teatro “La cuadra de Sevilla”, dirigida magistralmente por Salvador Távora para presentar una magnífica puesta en escena que rememora las andanzas y tragedias de Carmen, la cigarrera que trabajó en la Fábrica de Tabaco de Sevilla; la gitana, mujer que hizo vivir, entre las primeras dos décadas del siglo XIX una leyenda que hoy sigue viva gracias a la labor de gente tan entusiasta como el director andaluz que acaba de visitar nuestro país.

 ÓPERA CARMEN

Cartel de la representación de la ópera Carmen, en el teatro de las Bellas Artes, en el curso de junio y julio de 2003.

    Habiendo estrenado la obra, la noche del miércoles 4 de agosto de 1999, en la plaza de toros “El Puerto” de Santa María, acompañada con la lidia y muerte en la trama argumental de la leyenda de un toro de la acreditada ganadería de Guardiola, lidiado por el caballero en plaza Álvaro Montes, esta obra ha generado desde aquella nocturna jornada diversos síntomas, que van de la crítica más aguda, mostrada fundamentalmente por las autoridades y algunos antitaurinos, en quienes el rechazo a la diversión popular es una de sus consignas, hasta las de la aclamación popular en la plaza y en el teatro. Aquí no fue la excepción.

   De hecho, al preferir ver este espectáculo un domingo por la tarde (el 2 de abril para mayor detalle), domingo de toros en una desolada plaza “México”, fue porque decidí dejarme llevar por el embrujo de un enorme espectáculo, “opera andaluza de cornetas y tambores”, que además se enriqueció con la aparición, precisamente, de la Banda de Cornetas y Tambores “Santísimo Cristo de las Tres Caídas”, así como del siguiente reparto:

 Lalo Tejada, como Carmen

Marco Vargas, como don José Lizarrabengoa

Juan Romero, en evocación a Rafael de Riego

Ana Peña, Nuria del Rocío y Macarena Giraldés, al cante.

Carmen Vega, Antonio Delgado, Amador Rojas y José Galán, bailaores.

 SALVADOR TÁVORA EN EL TEATRO

De las más recientes imágenes de Salvador Távora en el teatro.

    Así como por la efímera pero entusiasta aparición de Jaime de la Puerta, montado en caballo de alta escuela, que levantó fuertes ovaciones desde los tendidos del teatro “Julio Castillo”, sitio donde se representó la obra.

   Aunque es un buen esfuerzo, no es la gran producción operística que pudieran exigir aparte de los melómanos, teatros como el Metropolitan Opera House, la Scalla de Milán o el propio teatro de las Bellas Artes en México. De ahí que no llegara a dicho sitial, y solo se quedara en un buen foro como el mencionado “Julio Castillo”.

   La obra es un despliegue donde todos los recursos son explotados de manera versátil y no hubo durante la representación de la misma “tiempos muertos”, porque todo era intensidad honda y jonda al mismo tiempo.

   Salvador Távora aparece en escena desde 1971 para reivindicar, desde el teatro el verdadero sentir de la cultura flamenca, definitivamente sometida a una manipulación folclórica desde la década anterior, “convirtiéndose en un fenómeno teatral totalmente singular y asilado”.

   Su discurso y su propuesta están sustentados en un lenguaje peculiar que no es otra cosa sino la poética física de los sentidos, con lo cual ha logrado comunicar los sabores y sinsabores de esta maravillosa y singular cultura mediterránea. No le ha bastado con montar espectáculos que cubran un requisito convencional. Su apuesta es la de enriquecer cada uno de ellos con un permanente acercamiento a los escenarios donde ocurren las más intensas representaciones (como es el caso de sus dos últimos espectáculos: “Los toros en 1830” y esta ópera andaluza “Carmen”), donde la fiesta brava no puede deslindarse de sus proyectos. Al contrario, los hace suyos y los lleva de la plaza al teatro, en el entendido de no dejar de fascinar al espectador que admira y goza cada una de estas lecciones teatrales.

   Además, Távora –me supongo-, debe ser infalible en eso de tomar decisiones sobre si agrega o no a sus trabajos teatrales la fuerza artificial de un escenario natural. En España, desde luego, ha tenido mayores ventajas y las plazas de toros no se han negado a sus caprichos.

   La experiencia de “Carmen” en México nos ha dejado realmente “embrujados”. Pero es el propio Távora quien justifica este intenso trabajo:

 CARMEN

 La recuerdo, siempre sentada en un sillón de mimbre con el pelo blanco tirante y recogido en un moño sobre la nuca; con un grueso cigarro de tabaco negro entre los dedos y entre el humo gris que envolvía, como a las diosas que pintan entre nubes, su figura curvada sobre sus espaldas; y una cara que nos daba noticias inequívocas de la hermosura corporal que debió lucir en su juventud y madurez.

Vivía en Sevilla, en la calle Antolinez, junto a la Gavidia, y contaba más de 100 años. Se llamaba Carmen y era la madre de mi abuela Antonia y abuela de mi padre, Pilar Triano. Y en el brillo de sus ojos y entre la destreza de sus dedos amarillos de nicotina, asentaba el orgullo que acompañaba sus palabras cuando me contaba historias de su oficio: había sido, y seguía siéndolo por su gesticulación personalísima, cigarrera en la Fábrica de Tabacos de Sevilla.

De todas las historias escuchadas de su boca, en aquellos tiempos de camillas con braseros de cisco picón encima del cisco carbón, encendidos con soplillos de palmas, había una que siempre me estremecía, una que tomó de los labios de su madre, la de su tocaya Carmen; la de la cigarrera gitana que mataron por sus amores con un picaó, en la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La de Carmen la de Triana, orgullo de sus compañeras de trabajo por liderar cuantas sublevaciones se organizaban contra los convencionalismos sociales de la época que aplastaban la libertad y la dignidad de las mujeres trabajadoras. La historia de la trianera que murió asesinada y vivió acorralada por cinco razones que llegan hasta nuestros días: querer ser libre siendo pobre, mujer, obrera y gitana. 

 TÁVORA CON MANZANA

Távora con manzana.

 Es por todas aquellas historias que se grabaron en mi cabeza de niño, como todos aquellos recuerdos que se clavan en las mentes infantiles, por lo que el mito de Carmen, proyectado universalmente desde la visión confusa del gitanismo, enredado en lo andaluz y enmarcado en lo español por Prospero Mérimée y Georges Bizet, siempre me ha parecido un hecho necesario de reconsideración.

Hay que entender con voluntad de que, en esa época, en el clima regenerativo que viven las mujeres trabajadoras sevillanas, era imposible el comportamiento desvergonzado, delictivo y frívolo, de una gitana trianera incorporada al mundo del trabajo, que le asigna la pluma de un novelista.

De todo esto nace el atrevimiento de poner en pie, en una ópera de cantes y bailes andaluces alejada de convencionalismos, y buscando las raíces del mito y su más cercano universo musical, una Carmen más ligada a la persona y a las narraciones de mi bisabuela, a la de sus recuerdos y a la de los documentos, que a aquella otra surgida de la destreza literaria de Mérimée.

Desde el universo estético y sonoro donde vivió y murió Carmen, el nuestro, y con la mirada y los sentidos puestos en la búsqueda de la libertad por la que ella murió, ejercitamos nuestro derecho a limpiar con nuestro propio lenguaje una leyenda que forma parte de nuestra propia historia, desdibujada entre bandoleros, navajas y toreros de pitiminí, y que por su importante incidencia en el campo del arte escénico enterró la austera y grave imagen del pueblo español.

    Távora ha encontrado su mejor espacio de expresión en el teatro, reivindicando las raíces gitanas hasta el extremo de hacerlas entender como algo tan distinto a lo que una cultura comercial y una sociedad de consumo ha traducido en un mal flamenquismo, saturado, seguramente -para ellos- de “tablaos”, castañuelas y panderetas que solo perdieron su esencia en manos de malos exponentes. Por fortuna, Távora, junto con “La Cuadra de Sevilla” vienen dando aires de renovación a tan importante fenómeno artístico.

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