“CHAQUETAS”: CLASIFICACIÓN DE LOS AFICIONADOS MEXICANOS AFECTOS A LAS EXPRESIONES ESPAÑOLAS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El término de “chaquetas” no es nuevo para el lenguaje taurino de finales del siglo XIX. Ya desde la época de la independencia y más tarde, durante los difíciles momentos por los que transitó nuestro país en búsqueda de una estabilidad política, social y económica más firmes, hubo entre los bandos en conflicto diferentes acusaciones que respondían de manera cada vez más intensa y procaz. Uno de ellos fue el de “chaquetas”, que habla de traición, de los traidores, de quienes se manifestaban a favor todavía de los influjos españoles, mismo del que se emanciparon vía el terrible costo de muertes ocasionadas por el movimiento independentista. Desde luego que hubo algunos mexicanos metidos en política que consideraron oportuno el retorno de ese sistema, dadas las condiciones de inestabilidad que percibían, a lo cual solo se les tachaba de “chaquetas”. Sin embargo ya no era posible, en virtud de las razones con las que el imperio español controlaba las aspiraciones de sus colonias en América, mismas que ya habían alcanzado un estado de madurez, suficiente para emprender sin ningún tipo de tutela lo mejor de sus destinos.

   Y ya metidos en asunto de toros, allá por 1887, cuando además de reanudarse las corridas en el Distrito Federal, tras haber soportado casi 20 años de suspensión, pronto, muy pronto se incorporó y se mostró impetuosa una modalidad cuyo peso trascendería hasta desplazar los viejos esquemas del toreo, que tanto gustaban. Sin embargo, con la asunción del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna, los gustos se refinaron aún más, por lo que de manera muy rápida toreros y afición fueron haciendo suya esta forma de expresión, estimulada desde diversas tribunas periodísticas que también se mostraron a favor de la novedad, que se tornó cambio necesario en el ambiente mexicano.

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Ponciano Díaz portando el traje de luces “a la española”. Esta fue una muestra de su aceptación a las nuevas tendencias, las modas hispanas que se impusieron a partir de 1887 y que no gustaron entre el sector duro del pueblo, el cual cuestionó al propio Ponciano juzgándolo como un traidor a los principios de la tauromaquia “a la mexicana”. Col. del autor.

   Como contraparte, hubo quienes se mantuvieron a la defensiva, e hicieron defendible lo que pronto se haría indefendible y hasta ilógico seguir sosteniendo: un toreo a la mexicana que empezaba a quedar fuera de tiempo y de la realidad presente. No manifiesto aquí ningún reproche, ni acusación dominada de prejuicios. Antes al contrario, expreso el síntoma de condiciones reales que fueron aceptando esa manifestación técnica y estética matizada de novedades, confrontada con la que abanderaba su paladín principal: Ponciano Díaz, defendido desde una de las pocas tribunas pro-nacionalistas que combatían con aquel nuevo estado de cosas que abrumaba y desconcertaba a Ponciano y seguidores. Así que apenas fue inaugurado el coso del atenqueño, la famosa plaza de toros de Bucareli (15 de enero de 1888), la respuesta de su defensor no se hizo esperar. De seguro comenzaron las reacciones, los ataques sobre cual era el toreo propicio en nuestros ruedos, y la actitud que para cada uno de ellos se tenía que fijar. Desde luego, El Monsabio tuvo que contestar también con una afirmación al verse enfrentado por los últimos acontecimientos, y donde percibía que el comportamiento del público que devino afición iba mostrando en un lapso de tiempo muy rápido.

 Se denominaba y de denomina todavía en México, chaquetas, a los mexicanos cuya admiración por los españoles ó gachupines, como antes se decía y aún se dice, rayaba en tal frenesí, que eran capaces de dar su honra y hasta la de sus conjuntas personas a la menor señal de un hijo de la vieja Iberia.

El Monosabio, T. I, Nº 10, del 28 de enero 1888.

    Así las cosas, ya no sólo hubo “mexicanos cuya admiración por los españoles o gachupines…” se hiciera evidente con el toreo, sino que el propio toreo con su esencia hispana causó muchos adeptos, suficientes, que fueron legión, al grado de que para los últimos años del siglo XIX, ya estaba perfectamente aceptada esta expresión, y prácticamente desplazada la otra, la que se cubrió de gloria durante los primeros años del México independiente y hasta que la mantuvo el considerado último reducto de los toreros a la mexicana, sumidos en un profundo y complejo dilema sobre si aceptar o no lo que saturaba el ambiente mexicano. Pero no fue así, Ponciano Díaz prefirió morirse con él justo el día en que entregó el alma al creador: el 15 de abril de 1899, pero nunca ceder a lo que para él significaba la renuncia absoluta.

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