EL GANADO DE LIDIA SE ACABA.

MINIATURAS TAURINAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Esta no es una sentencia de nuestros días. Lo es de un asunto que ocurrió hace cerca de 130 años. Sin embargo, y dado el interés que ofrece la visión que se tuvo de dicha crisis, conviene hacer una revisión que nos permita entender la circunstancia que se vivió en su momento.

   Afortunadamente, el toreo en México a partir de 1887 alcanzó grado de profesional cuando llegó de España toda una gama de nuevas condiciones que fueron desplazando prácticas en desuso, tanto en el campo como en la plaza, fenómeno que coincidió con la reanudación de las corridas de toros en la capital del país, luego de 20 años de prohibición.

   Por cierto, me parece interesante incluir una visión más, planteada poco tiempo después de la mencionada reanudación, contando para ello con el curioso texto titulado: “El ganado de lidia se acaba”, con lo que se parece indicar el estado de desgracia en que se encontraba la ganadería de toros bravos en aquel momento. Estas notas aparecieron en El Monosabio, T. I., Nº 20, del 14 de abril de 1888:

Parece que está ya verificándose un hecho previsto por los inteligentes desde los primeros momentos en que se reformó la ley de dotación de fondos municipales en el sentido de restablecer las corridas de toros en el Distrito Federal.

     Fue tan prolongada la prohibición de ese género de lides o diversiones, y se tenía tan remota idea de que la autoridad volviese a permitirlas, que nuestros ganaderos descuidaron o abandonaron casi por completo la cría de reses propias para el juego del coso.

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Ilustración de La Banderilla. México, D.F., Nº 1, de 1887. Pertenece a la biblioteca del Dr. Marco Antonio Ramírez. Biblioteca GARBOSA. Llama la atención la forma en que el dibujante recrea y representa a la vez a un toro de lidia, de conformidad con la visión un tanto cuanto idealista que se tuvo en la época. Es probable que ciertos ejemplares tuviesen la inmejorable presentación del que acompaña el presente texto.

      Contados han de haber sido los que perseveraron, y eso de una manera bien floja, en conservar animales de condiciones más o menos altas (sic) para la lidia.

     Los que así pensaron fueron aquellos que de antaño poseían razas adecuadas al objeto, bastante renombradas ya y que no necesitan de un cultivo esmeradísimo, ni de grandes gastos, ni de una consagración absoluta para cubrir la exigua demanda que había en el país. Nos referimos a los ganaderos de Atenco, el Cazadero, San Diego de los Padres y otro ú otros dos que en la primera época del entusiasmo por las lides taurinas, competían y rivalizaban en presentar en las plazas reses de hermosa estampa, de gran poder y de inquebrantable bravura.

Alberto del Frago CUATRO-PICOS.

   Con lo anterior, entendemos la importancia capital que proyectaba el tipo de toro que se requería para las plazas. Por eso, el campo se revolucionó con la presencia de ganado hispano, adquirido por hacendados que se hicieron ganaderos. El concepto criollo e intuitivo de la crianza se elevó a niveles nunca antes vistos. Superados los primeros problemas de consanguinidad, e incluso los de adquisición de sementales viejos e impropios para los propósitos que se fijaron aquellos nuevos criadores de toros de lidia, se tuvo oportunidad de conseguir una absoluta definición en el juego, estilo, presencia y rasgos particulares que buscaba cada uno de los recientes ganaderos, para distinguirse en medio de un enorme escenario con el que se daría recepción a las nuevas formas de expresión en el toreo mexicano, que, como quedó dicho, logró obtener un nivel que otorgó la garantía de llegar a la estatura de la tauromaquia desarrollada en España, a la que muy pronto se le declaró la “guerra” en los ruedos, con la presencia de diestros tan importantes como Rodolfo Gaona o Fermín Espinosa “Armillita”, quienes se “levantaron en armas” en los primeros cincuenta años del siglo XX.

   La cita aquí recogida también nos ofrece otros datos de interés, que mencionan a las ganaderías de Atenco, el Cazadero, San Diego de los Padres y otro ú otros dos “que en la primera época del entusiasmo por las lides taurinas, competían y rivalizaban en presentar en las plazas reses de hermosa estampa, de gran poder y de inquebrantable bravura”, síntoma de que se estaban estableciendo otras tantas ganaderías, cuyos propietarios tuvieron el acierto de fijarse en el significado de un futuro que les garantizaba muy buenas posibilidades.

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