EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LA FIESTA DE LA FIESTA: UN ANÁLISIS DISTINTO.

   Dentro de la enorme cantidad de material escrito por este servidor, el que comparto a continuación fue escrito hace algunos años. Sin embargo, no ha perdido actualidad, y más aún cuando la esencia del mismo tiene que ver con las circunstancias de la plena y consciente defensa que realizamos los taurinos en pro del espectáculo, para darle su verdadera dimensión, frente a la dura y difícil batalla que existe en torno a la defensa y justificación de este espectáculo. Por tanto, he tomado la decisión de ponerlo al día, sin quitarle ni ponerle nada que no sea el de reactivar sus propósitos.

A don Rafael Fernández Gallegos.

   Vuelvo a incorporarme de nuevo a las páginas de MULTITUDES, último reducto que por ahora me permite mantenerme activo en el espectáculo de los toros. Poco a poco, y a raíz de la enfermedad y muerte de mi padre, entusiasta aficionado, me fui alejando de la plaza, hasta ser víctima del desencanto y desinterés más absolutos. Sin embargo un hálito de esperanza ha girado de tal forma que, aun fuera de la plaza me mantiene cerca de la investigación pues poseo una importante biblioteca y, porqué no decirlo, 25 años de experiencias y vivencias que se encuentran consolidadas ya en una de las etapas más sobresalientes de mi trayectoria profesional: una maestría en historia de México en la que pudo afirmarse el estado de cosas y de ideas que poseía como el sólo aficionado de tendido.

   Hasta hace un tiempo me dejé llevar por la contrariedad sin poder resolver afirmativamente ningún proyecto. Ahora mismo parece que las cosas se plantean con claridad y es mi intención concretar ciertos panoramas que enriquezcan de alguna forma un entorno cuyas tendencias son siempre cambiantes. Esto es, me ha interesado el aspecto ciertamente cotidiano de la fiesta en cuanto tal, partiendo de géneros estéticos con relaciones hondamente populares. Extramuros de la plaza de toros misma se puede admirar al espectáculo, acudiendo de forma permanente a la escritura y su respaldo de ideas que emanan de los muchos acervos que poseo. Agradezco a don Rafael Fernández su paciencia y su amistad que me ha ofrecido a lo largo de 13 años de colaborar en su cada vez mejor publicación que es MULTITUDES.

   Después de esta justificada reaparición quiero recoger la interesante experiencia de una mujer que, sin tener ningún vínculo con los toros refleja en una declaración suya esa imagen tan íntima y cercana con el encanto y misterio propios de la fiesta.

   Dice Graciela Iturbide -fotógrafa-:

 “[Me interesa] seguir trabajando en este tipo de rituales sobre la fiesta y la muerte (…) La gente se disfraza, se ponen calaveras de la muerte, se comen las calaveritas de azúcar; se matan los animales, quizá de una manera violenta, pero siempre con un ritual, rezando… Me interesa mucho la manera que tiene el mexicano de expresarse, incluso ante el miedo a la muerte pues se disfraza de muerte, o, ante la matanza de cabras, que es un acto para subsistir, también hay un ritual, como una manera de pedirle perdón al chivo: bueno, te vamos a bailar, te ponemos flores, te rezamos”. (La Jornada semanal No. 240 del 16 de enero de 1994, p. 28. “El ojo y la sorpresa” entrevista de Marcia Torresasia a Graciela Iturbide).

    Bajo este contexto se antoja ir relacionando lo que sucede como idiosincrasia o indosincrasia de nuestros pueblos y nuestras raíces. “En México, -continua diciendo Iturbide- especialmente, existe esta tradición de las fiestas -ya muy sincretizadas- desde los tiempos prehispánicos hasta ahora… Siento que México es una cultura de muchos rituales, muchas fiestas, muchas tradiciones…”

   Este esquema de comportamiento se funde en una realidad lúdrica que bien puede tener, para nuestra cultura, un origen a partir de los sacrificios, que como la nuestra, la cultura azteca -civilización teocrática- se justificaba por la necesidad de alimentar con la muerte de hombres, por lo demás a menudo condescendientes, al Sol (culto heliolátrico al sol) o a algún monstruo sobrenatural.

   ¿Cuántos autores, con toda la vehemencia de su pensamiento y su entrega han abordado el tema de la fiesta como entidad y suma de discrepancias y como valor social que subyace de la esfera social y del registro ingobernable del tiempo?

   El universo de ideas se muestra ante nosotros con una fuerza de conceptos que ya son legitimados desde la “ilustración” que toca, tardíamente, transformar mentalmente a España y en consecuencia su continuidad americana.

   La fiesta -y en concreto la de toros- va a tener en México un importante trayecto que dentro de algunos lustros alcanzará el medio milenio de convivir en una sociedad amalgama de mestizajes, sincretismos y eclecticismos que se han dado a la tarea de alterar, reformar o renovar la idea de las mentalidades de modo generacional. Una generación con respecto de otra puede guardar semejanzas, pero en el fondo surte su efecto el complejo de ideas, de creencias. Y si bien las raíces pueden profundizarse, el modo de entenderlas y practicarlas se modificará. Es la acción que queda bien explicada en el modelo del árbol que enraiza profundamente y muestra ramaje o follaje también cada vez más abundante, presentando este sentido de vida su también amenazado destino de morir de su propia vejez o por la llegada agresiva de quienes han visto en él la manera de servirse en aras del cambio.

   ¿Qué ocurre aquí? Hay un hecho histórico. La historia bien entendida es la memoria social, merced a la cual se hace inteligible la vida presente. No pueden los hombres vivir sin historia. Si no poseyesen, la inventarían, así lo han hecho.

   La esencia guardará los valores con que fue creada y fortalecida; se alterará de forma pero no de fondo. Ya lo vemos en la secular y muchas veces sacralizada fiesta del 12 de diciembre en nuestro país. Tendrá que pasar todo, pero por ningún motivo dejará de perder la devoción que va más allá del rezo y se deposita en el hogar de muchos que se declaran “guadalupanos”.

   En el toreo, esta expresión de arraigo profundamente popular, ha desatado encontradas reacciones y comportamientos de dentro hacia fuera y viceversa. De cómo se comportó a su llegada y luego en su desarrollo tras emprender su asentamiento en estas latitudes, lo procuro explicar en mi serie de artículos: “La fiesta como belleza, la fiesta como violencia” (MULTITUDES N° 193-202, mayo 1992-febrero 1993), cuadro que destaca el sincretismo latente y los distintos y virulentos ataques a que se ha hecho acreedora la de toros y en México por no sumarse entre las naciones civilizadas.

   Culturas como la oriental y la sajona viviendo y desarrollándose entre sus múltiples problemas, han permitido que las generaciones que circulan por entre sus arterias logran progreso y felicidad no sin dejar de verse expuestas a todo lo que redunde en avance. Para ello nada mejor  que pensar en los grupos hegemónicos.

   En culturas urbanas como la de China a pesar de sus periodos de conflicto social y trastornos intelectuales se fraguó una tradición duradera y es de precisar su génesis desde épocas que se remontan siglos antes de nuestra era. Basados en la guerra y el poder de dominio, pero también en una religión consistente y férrea lograron su continuidad. Asimismo los sajones, pueblo de raza germánica, perteneciente al grupo de los teutones, estaban asentados en la orilla derecha del Elba. Con los anglos pasaron a Inglaterra en el 449. Los que permanecieron en el continente fueron sometidos por Carlomagno (772-804). Este fue un pueblo de convicciones muy férreas, una Inglaterra isabelina, que, ambiciosa de poder, antepuso entre los siglos XVI y XVII un protestantismo anglosajón con propósitos muy firmes de desplazar toda entidad española en continente americano, con el fin de una reconquista del “Evangelio reformado”, liberando a indios adoctrinados de catolicismo y de la cruel explotación a la que apeló Las Casas.

   El frente anglosajón pronto hizo suyas las 13 colonias, poderoso elemento americano donde depositó sus principios e ideas.

   Nuestra cultura que ha partido del encuentro y fusión de distinta naturaleza, se comporta sin atender principios de orden (y no se entienda esto como ataque o interpretación peyorativa de lo que somos en el tiempo). Es obligado entender que una sociedad teocrática como la azteca, de pronto se ve enfrentada con una que viene conceptuada entre dos cruces: la católica y la guerrera. España se ha caracterizado por sus creencias religiosas alteradas de siglos atrás por influencias romanas, por godos y visigodos, amén de moros y cristianos. Su perfil de definición se debate entonces en la aceptación y la ruptura; el bloqueo y lo belicoso, último instrumento cuya represión y clima se desató entonces en la guerra de los ocho siglos (726-1492). Cultura que se debate en un abanico de posibilidades inmenso y cuyo comportamiento ante la realidad es variable.

   De ese modo está fundida la causa que dió efecto a la forma de lo que es México como nación, sustentada en la lucha de ideas, de razas y que luego fue del poder. Es decir, el tránsito de su vida ha venido resolviéndose a golpe de múltiples circunstancias que han frenado el ingreso de la nación a una vida de felicidad en condiciones de estabilidad garantizadas. Con ello no se antepone un carácter pesimista, pero sí se relata el estado de cosas que ponen a México por debajo de su condición real que pudo lograr desde hace varias décadas poniéndose a la altura de cualquier otro país floreciente. Todo esto no deja más que mostrarnos la suma de giros que por más de cuatro siglos y medio lo han conducido por diversos caminos en la búsqueda de su ser, tomando en cuenta la agresión-modificación-desaparición de culturas prehispánicas durante la conquista y a sus efectos inmediatos. La colonia y, dentro de ella la búsqueda del ser por parte de mestizos y criollos. La independencia y el síntoma inmediato de un conflicto heterogéneo que convocó ideas, tendencias, formas de gobierno todas las cuales se fueron enfrentando de modo permanente, hasta agotar opciones importantes que renacieron en la “restauración de la República” (en 1867). Luego, la dictadura del general Díaz y su continuidad en la revolución mexicana, hasta el tiempo que nos pertenece, considerado posrevolucionario que, bajo la agudeza de Mario Vargas Llosa calificó como de “dictadura perfecta”.

   Ante todo esto, el rumbo de la nación no ha encontrado la ruta perfecta, definida y bien trazada que pretendió seguir al comenzar el siglo XIX, teniendo como modelo a los Estados Unidos de Norteamérica, país que, respecto al nuestro había logrado su independencia casi 50 años atrás.

   Me detengo de golpe para cuestionar si la fiesta puede sufrir alguna interrupción porque de repente me doy cuenta que fenómenos y testimonios escritos caen en lugares comunes, viciados por un camino sin retorno. Pero esos fenómenos y testimonios son consecuencia del mismo comportamiento de la fiesta per se. Ahora bien, cuando de nuevo vuelve a estallar la fuerza subversiva de la fiesta,  entorno que se desarrolla en el tiempo y en lo cotidiano se suceden de inmediato respuestas de ataque “en nombre de la moral pública o de la moral privada” como dice Jean Duvignaud en su libro El juego del juego. Es decir, saltan los moralistas a ultranza que quieren aislar y totalizar lo que pasa a su alrededor y alejarse, en consecuencia de tentaciones como la de Sodoma y Gomorra, condenable, pero condenable ¿a los ojos de quién?

 No vemos bien -continúa Duvignaud- qué ganaría una sociedad que hubiese encerrado a sus ciudadanos en el estricto cumplimiento de su función, pero sospechamos el empobrecimiento a que ello conduciría.

    Durante siglos la fiesta ha constituido un centro de atención vital que no se ha visto desplazado, a menos que sea por la vía de la violencia y modificando de fondo la estructura en que se desarrolla política, económica y socialmente la nación afectada. México en ese sentido vivió durante el siglo XIX etapas de transición muy radicales pero terminó recibiendo un esquema yuxtapuesto que combinaba la herencia de la colonia y los principios del federalismo norteamericano así como el militarismo y la masonería; cuya prosperidad auguraba excelentes destinos a la nación recién formada. Todo ello, entre sus nuevos comportamientos no dejaba realizarse plenamente pues la lucha ideológica y de intereses estuvo por encima del factor progreso. Y nada mejor que sugerir como lectura indispensable para conocer dicho panorama el reciente libro de Enrique Krause: Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910). México, Primera reimpresión 1993, Tusquets Editores. 349 pp., ils., retrs. (Colección Andanzas, 207).

   En el curso de la fiesta torera después de los 20 años de prohibición impuestos entre el régimen de Juárez, Porfirio Díaz, Manuel González y nuevamente Díaz (1867-1886), ha habido pequeños periodos restrictivos que, en nombre de la moral, la civilización y la modernidad se han registrado, encabezados por grupos de hombres casados con ideas liberales y de progreso.

   Y la fiesta secular ya es consubstancial a la vida misma del pueblo, un pueblo que goza con lo irrepetible, con lo bello, con el éxtasis, estallido súbito que rompe con lo establecido y vuelve a recuperar la calma (“es algo que se aposenta en el aire y luego desaparece”, diría Pepe Luis Vázquez). La fiesta no va a ser solo desbordamiento, efervescencia, licencia, brote de los deseos reprimidos. De pronto salta el éxtasis -estallido del ser fuera del ser- (permítaseme la redundancia) y la fiesta no desemboca en nada sino en sí misma.

   Fiesta y congregación donde se celebra una vez más el rito, la ceremonia fundada en el sorpresivo construir y reconstruir lo efímero. Suma de sacerdotes y fieles que no se reunen en torno a una oración. Más bien al culto oficiado en un templo o capilla abierta, bajo un sol ardiente que invoca y proclama a los infiernos para concelebrar con el murmullo de los ángeles un oficio majestuoso y discreto; escandaloso y elevado al mismo tiempo, sucediéndose ininterrumpidamente durante toda la corrida. Y así, corrida tras corrida en el tiempo, desde lo inmemorial de viejas hazañas que van de lo mítico pasando por torneos caballerescos hasta el toreo contemporáneo y que acaba de suceder este último domingo o día de fiesta.

   Muerte y resurrección se conjugan en permanente juego y azar, alternándose el destino entre dos figuras -ejes de atención- toro y torero, fuerzas irracional y racional respectivamente o viceversa según se desee interpretar la dualidad expuesta al juicio de multitudes, pues toro y torero son ya seres que rebasan el mero sentido temporal, pudiendo estar lo mismo en el primitivo concepto de la creación torera que en el de su estado de madurez hoy logrado.

   Madurez significa -a nuestros ojos-, logro total de un propósito o paso previo a desaparecer en medio de nuevas corrientes o tendencias. Aunque también dominio y hegemonía.

   Este acontecimiento -la fiesta- es, de suyo secular y puedo refugiarme en una enseñanza planteada por Fernand Braudel en el sentido de su propuesta a una periodización de hechos encuadrados en la duración del tiempo corto y la larga duración con respecto a un hecho que está presente en diversas etapas, partiendo de raíces que son comunes. “No es que la `larga duración’ sea toda la historia, pero es una de sus coordenadas y, desde un punto de vista científico, creo que es la más importante: gracias a ella, puedo confrontar lo que sucede en el siglo XVI y lo que sucede en el XIX…” Son palabras de uno de los voceros de la escuela de los Annales.

   De esa manera el entorno de lo festivo es implícito en los toros desde su más lejana creación como asunto de nobles y burgueses primero; del pueblo después. Un espectáculo que se desarrolló desde el caballo abarcando varios siglos y que incluso, se remonta a épocas que se ubican antes de nuestra era, o antes de Jesucristo, para ser más explícitos. Luego todo el ambiente guerrero en el que sumergió España en la guerra de los ocho siglos (726-1492) dejó a su fin la posibilidad de sustituir lo bélico por un esquema estético que se trasladó hasta el primer tercio del siglo XVIII en dos sentidos: a la jineta y a la brida. Enseguida, el desprecio que mostró la casa de los borbones en el poder -por su arraigo francés- provocó que sucedieran transformaciones radicales y, bajo esa condición se registró el “retorno del tumulto”, entrada triunfal del pueblo que hizo suyo el espectáculo en medio del natural desconcierto que poco a poco fue graduándose hasta encontrar un sentido de orden al profesionalizarse el toreo por medio de reglas y de una paga al ejercicio de los lidiadores que encontraron un sitio jerárquico conforme avanzaron las épocas y fueron siendo estas, etiqueta significativa que caracterizaba los momentos culminantes de multitud de toreros quienes llenaron y han llenado la evolución de la tauromaquia desde mediados del siglo XVIII y están al borde del siglo XXI.

   Bien puede decirse: “todo es igual, pero todo es diferente”. O lo que es más importante: en esencia, puede cambiar la forma pero no el fondo porque es, al fin y al cabo una participación directa de varios elementos en permanente diálogo en el escenario que es la plaza de toros. Me refiero al público, al toro y al torero (“tríptico” que llamaré de aquí en adelante) alternándose entre ellos lo festivo o lúdrico, la muerte, lo efímero. El arte en sus dos expresiones manifiestas: lo apolíneo y lo dionisiaco.

   Remontándonos de nuevo al pasado podemos considerar dos capítulos de la historia de la diversión en Europa que luego uniremos a la expresión americana y finalmente al estado de cosas que actualmente vive España y México cuando se trata de definir o de interpretar el comportamiento de nuestro “tríptico”.

   Si vamos a hablar de una historia de la diversión en Europa, es generalizando, y apuntalándola en estas dos bases: “panem et circenses” y “le monde oú l’on s’amuse” (el mundo donde uno se divierte). Aquella es la representación de las diversiones en el mundo decadente de la antigüedad con su teatro y su anfiteatro romanos cuyo sustento es el drama religioso y de los juegos del periodo griego arcaico. Esta es la diversión en el Renacimiento y en las épocas modernas, primero aristocrático, luego en la escala de la democratización de la sociedad sin deslindarse entre otros de procesiones, oratoria religiosa y fiestas caballerescas de la Edad Media. Allí encajan, por supuesto, los torneos, juegos de cañas y el toreo a caballo propio de la nobleza.

   Enseguida viene ese extraño proceder de los mexicanos cuando se trata de manifestarse en un muy cálido sentimiento que ha sido calificado de “festivalero” a decir de Luis Francisco Esplá cuando nos visitó hace algunos años. Pienso que el término “festivalero” puede llevar dos sentidos: el uno peyorativo, el otro donde nos descubre tal y como somos, sin más.

   Lo que es un hecho es que donde sucede una fiesta se congregan factores los cuales acaban por ser incontrolables. Ya lo dice Josef Pieper en Una teoría de la fiesta:

 el fruto de la fiesta, causa de que ésta se celebre, es un simple don; eso es lo que en la fiesta nunca puede “organizarse’, procurarse, hacerse con ello de antemano. Ya en la distensión, la relajación, el abandono de la voluntad dirigida a la acción, ya en eso tan ligero, nos sentimos tan alejados del peso del trabajo.

    Y además agrega: “No se trata de guardar y conservar, sino de tener presente mediante una configuración eternamente creadora lo que verdaderamente hay que conmemorar en las fiestas”.

   Esto es, la de toros es una fiesta que, con su sentido cotidiano se efectúa hoy y se repite todos los días, desde muchos siglos atrás, con el consiguiente misterio del porvenir, sabedores de su alegría omnipresente, explosiva y excitante pues no se trata de cualquier acontecimiento. A él se congregan infinidad de elementos que lo conforman, lo visten, le dan vida para el goce más pleno que de ella se busca. Todo ello me obliga a re-pensar o reinterpretar un hecho que tiene que ver con el pasado, justo en el siglo XVIII, sitio temporal donde resulta evidente para todo el mundo que el español europeo proyecta una respuesta que comparte con el discurso criollo quien se siente en la necesidad de desplazarse hacia un nuevo valor humano luego de su constante descalificación -como criatura degradada y corrupta- bajo el mando y dominio del español europeo e incluso, en algunos casos, del español americano que se siente -por lógica- más identificado con el criollo o con el mexicano.

   Al celebrarse las fiestas -concretamente las de toros- se enfrentaron dos grupos social, cultural e históricamente distintos, aunque con una afinidad que los enmarcaba bajo un mismo contexto. Pero saltan los factores de índole emocional y si desplazamos lo que sucedía en el escenario y ponemos los ojos en los tendidos, veremos una especie de confrontación donde parecen mostrarse los sentimientos violentos de horror y repulsión que los sacrificios humanos y el canibalismo practicados por los mexicas inspiraron a los españoles, o la admiración que en ellos suscitó su “policía”, para percibir la importancia y profundidad de este tipo de sensaciones que determinaron más adelante actitudes, representaciones y discursos que no tienen más fundamento que ellas.

   Solange Alberro nos proporciona parte resolutiva de este acontecimiento, partiendo de su libro: Del gachupín al criollo. O de cómo los españoles de México dejaron de serlo. México, El Colegio de México, 1992. 234 pp. (Jornadas, 122). Durante la dominación española, las calles de una capital como México brindaban el espectáculo permanente de la confusión de los grupos sociales y étnicos más diversos, en medio de las ocupaciones más variadas. Allí era precisamente donde las sensibilidades confrontadas y hasta opuestas acababan por uniformarse, ya que aquella visión que acaso escandalizaba a un europeo recién llegado no tardaba en volverse familiar al presentársele con frecuencia, siendo la última etapa de este proceso su aceptación primero pasiva y luego quizás activa.

   Pero es todavía más importante esta otra consideración: el que las manifestaciones festivas con su carácter arcaico explican probablemente la reacción de los testigos ilustrados del siglo XVIII, quienes se indignaron ante espectáculos y comportamientos que habían desaparecido de la península unos doscientos años antes y que por otra parte se oponían a los proyectos reformistas y progresistas abrigados por ellos. En este sentido, es posible que la aculturación de los españoles criollos en estos terrenos fuese tanto el resultado de un proceso sincrético como el de una evolución lateral en relación con la que se verificó en la península, caracterizándose aquélla por la permanencia de espacios y conductas arcaicas.

   El gusto desmedido por el deleite es parte del retrato que representa al criollo que, junto con el español y el indio se divierte en la fiesta de toros pero la conquista y la colonización española -como dice Solange Alberro- “rompieron el tejido social prehispánico de varias maneras”. A esto debo agregar que la respuesta del criollo o del mexicano en cuanto tal es atentar, o mejor dicho, enfrentar al español cuando se trata de llevar más allá de un límite ese comportamiento del divertirse sin ningún miramiento.

   Se dice mucho sobre el aficionado español, sobre sus conocimientos y su criterio. El mexicano concentra esos elementos también, como debe decirse de la sensibilidad manifiesta sin poner de por medio nacionalidad alguna. Lo que sucede es que en la plaza se da la congregación de múltiples esferas sociales que se acercan excitadas a gozar del espectáculo sin otro propósito que el de la diversión, de pasar el rato. “Espectadores transitorios” llamó a estos públicos el connotado periodista Juan Pellicer. Pero la fiesta no es culpable, la fiesta se registra en su sentido estrictamente literal, tratan sí, de envolverla entre ropajes de lo puro y verdadero, sentidos que por épocas sin fin de aficionados han defendido a ultranza y algunas de esas épocas siguen siendo recordadas por lo que significaron. Otras, ni siquiera lugar merecen.

   Reconozco, hay aficionados serios y sin embargo viven intensamente la fiesta, sentido que contradice su posición porque si por un lado son teóricos exigentes fundados en la disciplina más correcta que marcan los cánones, por otro se dejan llevar por el remolino de las emociones y se unen a la exaltación más descarriada.

   ¿Cómo es posible conjugar la exclamación de un ¡olé! con el permanente riesgo-juego de muerte y finalmente con el alarido que celebra el fin definitivo, en la mayoría de los casos del toro?

   Me parece un completo aquelarre desaforado, una suma de instintos que no buscan sino la perfección del dominio técnico o la belleza del arte efímero en medio del juego-riesgo, coqueteo constante que se da con la muerte constreñido a la invocación de la vieja raíz árabe que proclama a Ualá, al dios. Por eso, ¡olé! es decir ¡por dios!

   De ahí quizás esa muestra de rebeldía o de ironía con que a veces se comporta el público mexicano respecto al español quien toma muy en serio el espectáculo, tanto, como si acudieran a una sala de conciertos pues el silencio es el que predomina durante la faena (deslindemos a los pamplonicas que llegan al extremo del “desmadre” total, dando las espaldas al ruedo y bailando, bebiendo y gritando desaforadamente mientras actúan los toreros).

   Morir tarde a tarde es la sentencia que sobrevive en un espectáculo que ya puede considerarse milenario -con las reservas del caso-, contienda en la cual nobles caballeros y toros primero; toreros de profesión y toros después se disputan su supervivencia en medio de las muestras populares más diversas y dispersas también. Un público como el asistente al festejo de la “oreja de oro” el pasado 27 de marzo de 1994 donde luego de ser testigo de dos distintas expresiones del toreo (de arte y técnica) a manos de Guillermo Capetillo y Manolo Mejía, faenas ambas culminadas de sendos pinchazos, ese mismo público instantes después desaprobaba las vueltas al ruedo que intentaban iniciar ambos matadores elevados a la cima de su quehacer por obras logradas anteriormente. Pero en esos momentos el público negaba, rechazaba la oportunidad de pronunciarse de parte de los toreros. Monstruo de las mil cabezas, inestable, inaccesible, impenetrable también, un público que aquella tarde celebró con respeto en una unánime respuesta de aplausos a la memoria de un mexicano caído en manos de otro mexicano, síntesis de la descomposición social que afecta con rigor nuestro esquema de vida. Esos aplausos se tributaron a Luis Donaldo Colosio Murrieta, hombre que si bien se atreve a acudir a la plaza-termómetro es muy probable que se le hubiera calibrado con el rigor de la crítica más acerba del repudio público o de una ovación cerrada, como la que se le tributó… solo que a su memoria.

   ¿Cómo explicarnos -cambio de tercio- las manifestaciones que expresan los aficionados a los toros cuando son testigos de hazañas mayores y de resultados mediocres?

   Esto nos llama a considerar una caracterización de la sociedad mexicana a partir de sus cambios habidos y asimilados en los tiempos de evolución para el país a partir de su intento por definirse asimismo como nación y luego -siento yo- partiendo de la base particularmente taurina a través de ese paso temporal que se ve afectado por el pronunciamiento de cambios y por la llegada e incorporación de nuevos esquemas que la han enriquecido de modo muy intenso. Entiéndase así el momento histórico de 1887; es decir, el asentamiento del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna. La presencia e influencia, a partir de 1908 del imperio de Gaona, estilización del toreo a manos de varias generaciones que ven formar en sus filas varios estetas. La afectación agraria a partir del régimen de Lázaro Cárdenas, lo que ocasiona un sentido distinto en el curso de las relaciones económicas habidas en el toreo, imponiéndose nuevas modas y modos también de concebir e interpretar no  lo que es la tauromaquia en sí. Se incluyen factores que tienen que ver con relaciones públicas, como nuevos medios de producción. Manolo Martínez, o el privilegio de ser “mandón”, etc.

   Un análisis sustantivo de “la fiesta de la fiesta” así, como se lee solo es posible entenderlo en la plaza y vivirlo además. No bastan tratados, apuntes, teorías, libros que nos dan un perfil de ciertas ideas. No más. Pero si es la plaza el sitio de aprendizaje perfecto. En cuestión de un rato asimilaremos el misterio, estaremos a la altura de él y nos deslumbrará sin ocultarnos nada (a no ser que se trate de algún estado de gracia superlativo. Aunque creo que a pesar de eso nada es negado cuando trasciende el arte y nos conmociona, como me conmociona en este momento de creación la segunda sinfonía de Rimsky Korsakov, o la quinta de Glazunov).

   No es ni será necesario ser el gran conocedor de los aspectos más profundos de la fiesta. Basta con tener el gusto y aceptar el espectáculo para garantizar que obtendremos una enseñanza distinta tarde con tarde pues aunque el espectáculo posee una estructura básica que lo define, por otro lado, y parafraseando a Antonio Vivaldi, también cuenta con un “Il Cimento dell’Armonía e dell’ Invenzione” que es algo así como el crear y recrear la vida y la emoción sin asistir a este acto los malos augurios que decidan alguna destrucción. En todo caso puede reducirse a una afectación o alteración. Con todo lo apuntado, ¿será posible creer en una próxima liquidación de la fiesta torera?

   Sin que hasta el momento se respire pesimismo diría que no. La de toros es producto de un sustento de siglos y no parece lógico que se convierta en un espectáculo amenazado a desaparecer. Pocos países la mantienen como parte integral de su vida cotidiana y se ha visto que otras sociedades -distintas a la nuestra en carácter y formación- siguen manteniendo antiquísimas costumbres de juego (algunos de ellos tan ancestrales y bárbaros, pero integrados a sus raíces) pues les son consubstanciales a su ser. México en ese sentido conserva muchas tradiciones, ritos, fiestas que guardan su esencia y se les mantiene vivas correspondiendo esa continuidad a cada generación que las hace suyas bajo sus particulares connotaciones debidas al tiempo al que pertenecen y a la idea cabal que para sí desean expresar. Creo que no ha habido una celebración torera que no se quiera definir ni comparar tan distinta, tanto de la que la antecede como de la que la precede con respecto a su presente. Insisto, su parecido es solo en el esquema no en su contenido, el cual es producto de azares, porque es un espectáculo para inventar, dinámico, nada introvertido, pues todo él trasciende en sus distintos niveles de manifestación, y no acaba, en consecuencia de expresarse.

   Por otro lado se le puede atribuir un comportamiento cíclico, tal y como convergiera al entorno local que analizamos la idea de Giambaptista Vico con su”corso ricorso” [Vico involucra en su historia una organización de las cosas a partir de un patrón o modelo cíclico de tres elementos: Dioses, héroes y hombres que son tres edades fundamentales que se manejan por lo que llama Vico “corso y ricorso”. Esto es, en corso ocurre el desarrollo de las tres edades en un ciclo complejo de cada una de ellas y vuelve a ocurrir en el ricorso su reproducción].

   Estamos a unos años del tránsito de siglos y con ello la fuerza latente del espectáculo permanece. Su rito trasciende la esfera popular y México, como nación le da su sello propio. En ese sentido es antisolemne y si en las cuestiones estrictamente religiosas el pueblo dice en una comunión de su ser lo que siente, en medio de coloridos, ruidos y bullicios; en el toreo simplemente la exaltación es marco de referencia que no es conferido a ningún límite (acaso el mismo que ocasiona una tarde de toros pero que vuelve a recuperarse en la próxima jornada).

   El fenómeno de la sociología de masas propuesto en los tendidos de la plaza implica ante el ruedo una simbiosis, una comunicación extraña, como un oleaje furioso que va y viene en el océano. Nada se pasa por alto. De ese modo se genera un conjunto de opiniones donde dos figuras -toro y torero- son profundamente revisados (quizá más el segundo que el primero). Es algo intangible pero que por ello no deja de llegar a los sentidos del gozo humano.

   ¿Puede alguien gozar con la tragedia, la violencia y la barbarie?

   Qué difícil es entender a una fiesta que en su centro vital lleva como elemento motor ese carácter agitado y tremendo de la muerte sincopada, aletargada pero definitiva que se persigue darle al toro. Para quienes encuentran en la fiesta un sentido sin más -seres humanos y racionales al mismo tiempo- no desdeñan el carácter sangriento, trágico, bárbaro que emerge desbocado, como un delirio de persecución, lográndose el fin que es la muerte consumada (la excepción es, en este caso, el indulto, la Roma de Nerón rediviva).

   Sin embargo, yo creo que este aspecto colectivo busca también el gozo del arte efímero, la emoción y exaltación de esos aislados y bellos momentos poniendo por encima de todo esto el sentido salvaje que es parte integral a dicha representación.

   El primer acto repulsivo por aquellos no afectos al espectáculo es el de la lenta agonía a que se somete al toro durante los varios minutos que dura cada uno de los cuadros o escenas de la corrida en sí. Muerte violentada, agresión de lesa humanidad hacia un ser viviente. Y esto lo vemos también nosotros, aficionados, pero decimos que alrededor de ello ocurren las expresiones hermosas de una estética trascendente. Los enemigos podrán definirla como una “danza de la muerte” que no pasa de ser un desagradable y siniestro signo de la barbarie. Nosotros vemos más allá de esa esfera y comprendemos el carácter de rito secular y ancestral de la fiesta, entorno que no nos limita al solo desenlace del toro sino al modo de admirar el abanico de posibilidades que emanan por la senda de una técnica y una estética, ambas en un permanente crear y recrear. No soslayamos el efecto de la muerte tan íntimo, pero en él encontramos la culminación total de un ejercicio, de un encuentro de fuerzas vivas, enfrentadas sin más alternativa que el desenlace para una de ellas (parece que la muerte de José Cubero “Yiyo”, se significa como el tremendo agitar de brújulas que perdieron todo sentido y juntos, toro y torero se unieron en el fin de la “víctima” y el “victimario” al mismo tiempo).

   No existe un propósito deliberado por mostrar ideas de corte estrictamente amarillista o sensacionalista con el objeto de hacer más rotundas mis explicaciones, pero sí de justificar con pleno uso de la razón el sentido que puede plantear cualquier aficionado a los toros, libre de todo complejo que ya es de por sí, embarazoso.

   Vamos al espectáculo de los toros por todo lo que encierra en sí. Espectáculo -término de suyo amplísimo-, abierto (con todo lo que esta palabra implica de libertad) a multitud de espacios, dispuesto en un escenario iluminado por el sol y por otros elementos naturales, concentración multitudinaria de gente que se mezcla sin orden ni concierto aún a pesar de que los territorios de sol y sombra sigan distinguiendo una división social manifiesta, en todo caso, en la escala de valores que va de las barreras al tendido general. Fiesta que lo es ya, desde el momento mismo de la llegada a la plaza de los aficionados, que se va estructurando desde la participación meses o semanas atrás de empresario, ganaderos, toreros, autoridades y la van definiendo para encajar luego en el momento preciso de su tradicional ubicación temporal ya para novilladas, ya para corridas de toros que, para todo ello existe un orden lógico en aras del cumplimiento casi religioso (bien lo podríamos decir de Sevilla, feria cuyo inicio se da el domingo de Resurrección. En México se sujetaría la temporada grande al tiempo, luego de que ha concluido la época de lluvias. O como ocurrió en las fiestas por la proclamación de Carlos IV y en Veracruz, allá por 1790, cuando el alarife José Rodríguez Conde, postor que ofreció cien pesos por cada corrida al Ayuntamiento aplica, entre otras la medida que se tomaba en caso de nortes, que las corridas fueras dispuestas en la tarde evitando así el intenso calor. Todo esto se encuentra con fecha del 26 de agosto de 1789).

   La gente se suma al universo de opciones y su papel es también protagónico; juez y parte se podría decir mejor. Transcurre la fiesta y el público se sumerge al conflicto del que toro y torero explican y resuelven el enigma de distintas maneras. Atraen, embrujan y a veces nos asalta también el desencanto de todos los momentos que surgen bajo un lineamiento que se ha alcanzado gracias también a una profesionalización habida de por medio. Ya no se dan las corridas de toros si no es bajo un esquema ordenado que superó el principio de todas las cosas. Es decir, cuando se mostraba primitiva y arcaica una fiesta como la que tuvieron en sus manos los hombres del siglo XVIII y a la cual fueron depurando en sus dos manifestaciones: técnica y estética otras tantas generaciones y hasta hoy, pero sin que se haya perdido el valor de su identidad. Este valor es el de la fiesta, el de la diversión, el de un espectáculo que, en los umbrales del siglo XXI lo mismo es atacado que sostenido por ideas de hombres girando todos ellos en la ya permanente confrontación, en el versus de lo racional e irracional; del que tiene y no la razón.

   Son todos estos símbolos profundos de la moral que acaba por ser dogmática, inscrita en una tabla de valores delimitada, que se cierra sin posibilidad alguna de respuesta a la aceptación de algo que ya es parte integral de la historia de un pueblo, historia de una fiesta que, del entorno europeo se transmitió al concepto americano, con todo y lo que su conflicto de este último -en cuanto a su ser- implica.

   Dosis de reglamentos en distintas épocas restringen más al espectáculo, impidiéndole caiga en el caos o la anarquía. Pero a veces el fundamento que pretende controlar, somete pues en gran medida provoca que los elementos que giran en torno a su “rigor” violenten y caigan en la provocación, lo cual solo se reduce a pasar por alto disposiciones reglamentarias y haciendo de su criterio un nuevo sistema de leyes que se tolera, lo cual va a causar, de hecho uno de tantos cuadros negativos por su matiz extra de crueldad.

   La fiesta y sus contornos están definidos a partir de múltiples comportamientos donde existen de modo permanente sin fin de representaciones, tan parecidas unas de las otras aunque con particular modo de proyección. El toreo es -para José Alameda- un “seguro azar” que, a su vez, es el título de un libro de Pedro Salinas. Y nos dice Alameda:

   “La reunión de esas dos palabras, en principio antagónicas -seguro azar- es como la cifra verbal del toreo, con su tensión y su emoción de antagonismo resuelto. Aunque sea resuelto un punto, para replantearse el siguiente.

   “La conciliación de lo contradictorio, como base del planteamiento, sólo se da en el toreo. Ni en la música, ni en la pintura, ni en alguna otra de las artes, acontece que la materia sea opuesta, adversaria, hostil, como lo es el toro. Y que de esa hostilidad pueda lograrse, asombrosamente, la armonía. Tal situación es lo que a juicio de algunos, rebaja al toreo y, por lo que tiene de lucha material, se niegan a considerarlo como arte. Juicio superficial. Al contrario: es un arte enriquecido por el drama.

   “Amplitud y restricción, tiempo y espacio, cálculo y osadía, improvisación y regla, disciplina y ruptura… En armonizar lo antagónico está la clave del toreo, su interés, su gracia, su permanente drama, pues todo debe salir bien, aunque todo pueda salir mal. El azar es la levadura del toreo”.

   Hasta aquí el recordado amigo José Alameda (seud. de Carlos Fernández Valdemoro. Seguro azar del toreo. México, Salamanca Ediciones, 1983. 92 pp. ils., fots.) Ahora bien, de ese “seguro azar” y, para mejor decirlo es expresión -a estas alturas del siglo y de su evolución- del arte efímero concebido en la esfera de la corrida de toros, y dentro de ella, la gama de expresiones, manifestaciones, representaciones que integran todos sus asistentes, a partir de la aparición -cada corrida- en escena de toro y toreros 6 veces distintas.

   La fiesta es al toreo como la pasión es de los amorosos.

   Desenlace con Carlos Villalba y su libro: Del toreo de las luces al toreo de las Indias. Caracas, Monte Avila Editores, C.A., 1992. 107 pp. fots.

   “De este lado del Atlántico, en esta parte de América atada con guioncito como con cadena, el toro no está en el ruedo, el toro está en el tendido. Y en tanto que a ras del suelo, sobre la arena, los matadores lidian los ejemplares de su lote, el toro de la fiesta se mueve en lo alto de los andamios, quemándose desordenadamente, entre espectadores distraídos, que a ratos cantan y bailan y ríen a carcajadas; entre bebedores de cerveza y aguardiente y vendedores de maní, tostones, chocolates y pistachos. Mientras transcurre la corrida, un júbilo travieso y pertinaz compite con ella. Siempre hay una alternativa para conjurar la severidad”.

   Y es que esto es un vistazo que se opone al modo de la fiesta española (en Europa). “En España, desde que la Fiesta de Toros se convierte en Espectáculo Taurino; desde que se consuma la separación entre el público y los protagonistas; desde que la muchedumbre es reducida a su exilio de las andanadas, el toro está en el ruedo. Lo cual ha expresado José Ortega y Gasset de este modo: “…en la cuarta década del siglo XVIII aparecen las primeras `cuadrillas’ organizadas, que reciben el toro del toril y cumpliendo ritos ordenados y cada día más precisos, lo devuelven a los corrales muerto `en forma'”.

   Lo que he apuntado de Carlos Villalba nos deja entrever que América (la América taurina) en conjunto, ha creado su propia circunstancia porque ciertamente no deja de mostrar una propia idiosincrasia (o indosincrasia) por lo que se muestra diferente ante su modelo español, del cual no pierde las bases esenciales, pero que le provee de las emocionales de un modo por demás singular.

   Otra lectura a la que me he acercado con el consiguiente propósito de apaciguan el deseo en cuanto a descubrir el por qué de la fiesta y, dentro de ella, la otra fiesta, es la de D. H. Lawrence. Viva y muera México. Prólogo y selección de Emmanuel Carballo. México, Editorial Diógenes, S.A., 1970. 210 pp. (Antologías temáticas, 3). En su parte “La serpiente emplumada” y refiriendo esta a las corridas de toros nos va narrando el autor la manera en que se desarrolló -a sus ojos- una corrida, no sin dejar de hacer los comentarios entre él y dos amigos más, Owen, norteamericano como él y Kate, irlandesa. Se ve en Lawrence su marcada comunión con la forma de ser del pueblo mexicano, a pesar de que Kate mostró “repugnancia” por ir al espectáculo.

   Camino a los toros se introdujeron por las calles de la ciudad. “Los edificios de piedra en México tienen una peculiar tristeza seca y austera”. Nada más fue llegar al entonces “Toreo” de la Condesa, cuando ya se estaba creando la vida que hay en torno a la plaza, cada día de fiesta. Imaginemos el fervor de la villa de Guadalupe, en medio de danzantes, gorditas de maíz, venta de imágenes, milagros, veladoras hasta introducirse a la basílica y estar lo más cerca de la “morena”, de la “guadalupana” rezando, implorando en un silencio que no lo es, pues llegan peregrinos de todas partes, unos arrastrando el peso del cansancio. Otros, el peso mismo del cuerpo que va desplazándose como una masa informe, hasta que encontramos que es alguien que viene pagando una manda; puede traer grandes nopales, o una corona, espinosos los dos.

   En la plaza, el ambiente es muy parecido, pero allí habrá fiesta y, multitud de “individuos andrajosos vendían pulque, caramelos, bollos, fruta y cosas llenas de grasa”. Owen traía consigo el encanto de no perderse la corrida, aunque “en el fondo de su alma no tenía ninguna gana de ver el espectáculo, pero como era norteamericano hasta la médula, de haber algo digno de ser visto, tenía que verlo él. Eso era `la vida'”.

   Entraron cuando estaban muy poco poblados los tendidos. “Kate tuvo la impresión de hallarse metida en una trampa para cucarachas”. Hay amenaza de lluvia. Cerca de las tres, el público comenzó a entrar. Eran “ciudadanos vestidos de negro con sombrero de paja y de campesinos bronceados con sombreros enormes. Los individuos de los trajes negros debían de ser empleados, comerciantes u obreros. Algunos iban acompañados por sus mujeres, de vestidos azul celeste y sombreros de seda mordorée y la cara empolvada como una pastilla de malvavisco”.

   Típico de aquéllas épocas era el momento en que iniciaban las bromas, cuando uno más vivo sorprendía a alguien “que comía moscas” y le arrebataba el sombrero que volaba en distintas ocasiones, por toda la plaza. Si eran más los sombreros, más el alarido de la gente. Ante esto, Kate comentó: “Me molesta la gente ordinaria”.

   No conforme el pueblo con divertirse a costillas de otros, iniciaba el lanzamiento de proyectiles, como naranjas, cáscaras de plátano y otras veces, bolsas o calcetines llenos de polvo que al contacto manchaban. Algunos, rayando en la crueldad de la diversión lanzaban víboras. Sin controlar su emoción, los aficionados que llenaban la plaza notaron que las bandas de música hicieron acto de presencia. Impacientes reclamaban un pasodoble, ¡Música! ¡Música! fue el grito de mil voces con acento autoritario.

   “Allí estaba el Pueblo; las revoluciones habían sido sus revoluciones y las habían ganado. Las bandas eran de ellos, para divertirlos a ellos.

   “Pero las bandas eran militares y el ejército fue el que ganó las revoluciones. Resultaba, pues, que las revoluciones fueron suyas y los músicos estaban allí sencillamente para hacerse ver”.

   Música pagada toca mal son.

   Y la música no sonaba ante el grito insolente que luego se apagó al atacar con las notas vibrantes de un pasodoble que más bien duro poco.

   De pronto, un remolino humano comenzó a moverse en todas direcciones, y es que la gente quería ocupar sus asientos con el fin de esperar el momento en que diera inicio la corrida.

   Lo que a continuación se reseña es parte medular de la vivencia de nuestro autor. Va así.

   “Resonó un clamor. Aparecieron en el ruedo dos jinetes con uniformes claros y con grandes lanzas (sic). Dieron la vuelta y se fueron a colocar como centinelas a cada lado del pasadizo por donde salieran.

   “Adelantáronse cuatro toreros con trajes muy ceñidos; con paso marcial se separaron en dos columnas y tomaron direcciones opuestas hasta llegar a dar frente al sitio ocupado por las autoridades. Allí hicieron un saludo.

   “Ya había empezado la corrida. Kate sintió un estremecimiento de repugnancia.

   “Gentes de aspecto ordinario sentadas en las gradas de cemento armado, representaban a los elegidos, y, abajo, cuatro individuos grotescos, afeminados, con trajes muy ajustados y bordados, representaban a los héroes. Con sus prominentes posaderas, sus coletas y sus rostros afeitados, los famosos toreros tenían un aspecto de eunucos o de mujeres disfrazadas”.

   Y la lidia fue desarrollándose ante la suma de admiraciones de Kate que llegó al extremo de la tolerancia cuando admiró la suerte de varas y de esta, resultó herido el caballo.

   “La impresión estuvo a punto de vencerla. Fue a ver algo noble y bello y le costó su dinero aquel horror: la cobardía humana, la bestialidad, el olor de la sangre, el hedor repugnante de los intestinos destrozados”.

   La multitud aplaudía a rabiar y Kate, de nuevo Kate, la irlandesa hizo un nuevo alto, ahora para criticar la actitud de Owen quien observaba atentamente procurando gozar de la sensación. “No se sentía mal: sencillamente disfrutaba con el espectáculo, saboreándolo en frío, científica e intensamente.

   “Kate sintió verdadero odio contra aquel norteamericanismo ávido de sensaciones, pero sin el menor escrúpulo”.

   Eso de traer caballos que parecen rocines o secuelas de los del Apocalipsis es horrible, “pero forma parte de la fiesta” dijo Owen. Y, para las pulgas de Kate, volvió a levantar polvos de protesta: “parte de la fiesta”. ¿Qué significaba en definitiva? Sentíase humillada, destrozada ante la falta de decencia y la cobardía de la humanidad que anda en dos pies. Todo es espectáculo de tan decantada “valentía” no era sino el más odioso cúmulo de sentimientos bajos que ofendían su cultura y su orgullo”.

   La reseña continua. Pero es menester buscar otros horizontes, y también un fin a este ensayo, que de pronto se detuvo ante semejante trazo de situaciones que nos son tan consubstanciales día con día, y más si ese día se convierte en día de fiesta. Por eso, el mismo Lawrence, sin ningún afán peyorativo, en todo caso analítico, describe un pasaje que no de toros, pero tan cerca de su realidad que no resisto las ganas de reproducirlo:

   “La fiesta, pretexto de holgazanes.

   “Llegó el día del Corpus y se llenó la iglesia de peones desde por la mañana temprano. Hubo una procesión de niños, en el interior, porque estaban prohibidas en la calle. Todo ello para que el pueblo pudiese decir que era fiesta y tener pretexto para holgazanear más y para preocuparse menos de las cosas. El único deseo de los mexicanos es sumirse en la inercia. Y los días de fiesta, en vez de ser los días de recogimiento y de oración, sólo les servían para desviarse más”.

   En resumen, no me queda más que crear en ustedes, lectores de MULTITUDES, una sensación de búsqueda que habrán de satisfacer sumergiéndose en el encanto, en el embrujo soterrado de la fiesta de toros uno de estos días en que por la capital o en provincia se efectúe una corrida. La fiesta por sí misma los arrastrará sin remedio a un horizonte que rebase los terrenos de lo lúdrico y llegue a donde no se imaginan. El intento puede ser desconsolador en la medida en que la fiesta no logre su objetivo de creación efímera. Pero en cuanto lo supere, no habrá poder humano que controle tanta felicidad, tanta emoción que solo el recuerdo habrá de proporcionar las vivencias que no forman parte del olvido. Mas bien -y para terminar- de una memoria latente, viva, llena del sentido total que le proporciona la fiesta de la fiesta.

12 de agosto de 2013.

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