SE EQUIVOCÓ EL INOLVIDABLE JUÁREZ.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Las corridas de toros fueron prohibidas el 28 de noviembre de 1867, a pocos meses de haberse registrado el ingreso –triunfal por cierto- del Presidente de México en aquel entonces, el Lic. Benito Juárez. Al arribar a la ciudad de México declara en sentido discurso el hecho de estarse dando, en aquel momento, una segunda independencia. La República restaurada es el mejor calificativo que puede ostentar la nueva condición política y social que se percibe en un país que ha superado las condiciones más críticas, que van de la pérdida de territorio, a las invasiones extranjeras, pero sobre todo del deseo que por el poder mostraron diversos grupos y facciones encabezados generalmente por sus mejores hombres, pero que se dejaron fascinar por el delirio de la ambición, delirio que ocasionó ásperas condiciones y rencillas, en el mejor de los casos. Auténticas declaraciones de guerra intestina, por el otro. Bandos, manifiestos, pactos y demás estrategias funcionaron solo para derrocar al sistema en turno pero no permitieron ningún avance que el país necesitaba.

   En 1867, las cosas cambiaron de modo radical, independientemente del gran costo que seguiría acosando al país que retomaba el benemérito, desde ese año y hasta el de su muerte, ocurrida el 10 de julio de 1872.

RELATOS E HISTORIA EN MÉXICO Juárez sigue siendo hasta nuestros días, motivo de revisiones y reinterpretaciones. Portada de la revista Relatos e historias en México. Año 5 N° 58, del mes de junio de 2013.

    Independientemente de estos acontecimientos, se sumaban en el escenario de la vida nacional una serie de circunstancias que, o influyeron en el propio Juárez o fue el mismo oaxaqueño quien, por iniciativa propia tomó decisiones concretas sobre el destino de las corridas de toros.

   Pero así como asistió hasta en cuatro ocasiones a presenciar festejos taurinos organizados con motivos eminentemente benéficos, así también fue uno de los que signaron la “Ley de Dotación de Fondos Municipales”, elaborada por el Congreso a partir de un necesario control que debía aplicarse en aquellas empresas que no estaban mostrando regularidad en el pago de sus impuestos. La plaza de toros del Paseo Nuevo no fue la excepción, por lo que todo parece indicar que la mencionada “Ley” ponía un freno definitivo a aquel desorden.

   El sentido regenerador que aplicó Benito Juárez a los nuevos esquemas que el aplicó a partir de aquel momento –1867-, llevaba implícito lo que apuntó El Arte de la Lidia, Año III, Nº 23, del 10 de abril de 1887 en este sentido:

 Cuenta un periódico que el inolvidable Juárez dijo una vez, que el día en que no hubiera corridas de toros, el pueblo no gastaría su dinero en pulque ni se destrozaría a cuchilladas, sino que emplearía en ropa para sí y para sus familias lo que su trabajo le produjera.

 EL PUEBLO ENTREMEZCLADO

Aquí una muestra de la convivencia habida en los espacios públicos de las diversas clases sociales mexicanas en el siglo XIX.

    Sin embargo, el sentir de El Mefistófeles, autor de estas líneas, se contrapone con el espíritu juarista, al reprocharle cierto error que no pudo contemplar, y mucho menos adivinar, en tanto situaciones periféricas, hubiera o no corrida de toros.

 Pues creemos que se equivocó el inolvidable Juárez. Cuando no hay corridas de toros, el soberano, que no está para teatros, se fastidia soberanísimamente; no tiene aliciente para vestirse de cinco alfileres, ni siquiera para lavarse la cara, y sucio, hastiado, busca en la taberna un refugio contra su flato soberano.

     Cuando hay corridas, tiene alborozo, se asea, procura ir limpio a la plaza, desempeña el zarape y las enaguas de la mujer, le compra sombrerito y calzones al niño, rebozo a la hijita, y gastando en todo esto, y en toros, bebe mucho menos, y sobre todo, se destripa mucho menos.

     Contra hechos no hay argumentos.

     Nosotros decimos, que el domingo que hay más jamelgos destripados en la plaza, hay menos navajas en activo servicio, y menos borrachos. (El Mefistófeles).

    Lo interesante aquí es la forma en que se comportaba cierto sector de la sociedad que tenía inclinada predilección por las corridas de toros, pero sobre todo de sus reacciones ante lo que pudiera ser la abierta convocatoria a sus arreglos personales, y la disposición para asistir a la plaza, pues no estando para teatros, tenía la posibilidad de fastidiarse “soberanísimamente” y perder todo estímulo para “vestirse de cinco alfileres, ni siquiera para lavarse la cara, y sucio, hastiado, busca en la taberna un refugio contra su flato soberano”.

   El escenario cambiaba radicalmente en cuanto se enteraban de que una corrida de toros estaba en puerta. Los siguientes párrafos de la nota nos permiten descubrir el perfil con que ocurría el arreglo personal y familiar para hacer acto de presencia en su diversión favorita. Eso sí, me parece un poco vago pensar que buena parte de quienes acudían a la plaza fueran ciudadanos que “gastando en todo esto, y en toros, bebe mucho menos, y sobre todo, se destripa mucho menos”.

   Esto es, la plaza a veces terminaba convirtiéndose en liza de pugnas estimuladas por el pulque y otras bebidas generosas que terminaban descomponiendo todo tipo de composturas, no importando si en los alrededores hubiese mujeres o niños. Pero recalca el articulista: “Nosotros decimos, que el domingo que hay más jamelgos destripados en la plaza, hay menos navajas en activo servicio, y menos borrachos”. Esto quiere decir que buena parte de la atención giraba en torno a la bárbara acumulación de caballos muertos, y si esto no se daba en las condiciones típicas, entonces se corría el riesgo de que se presentaran más navajas en activo servicio, y más borrachos.

   ¿Quería justificar Mefistófeles el absurdo panorama que para las corridas significaba el relajamiento de un público fácilmente inclinado al “desmadre”? o ¿reprochaba lo que Juárez mismo planteaba en caso de que una corrida no pudiera darse y esto ocasionara la inquietud social, solo paliada con una buena función de toros?

   Eso no lo sabemos. El hecho es que durante aquellos años se registraron situaciones críticas que verdaderamente pusieron al rojo vivo el ambiente. Y para no ir tan lejos, basta con recordar los hechos ocurridos el 16 de marzo anterior, en que Luis Mazzantini fue víctima si no de un linchamiento, casi; porque fue tal la magnitud de la bronca que lo obligaron a poner pies en polvorosa de manera bastante desagradable, a que pronunciara su famosa sentencia “¡De México…, ni el polvo!” y a alejarse prudentemente de este país durante por cerca de 9 meses, hasta que en la temporada invernal de aquel mismo 1887, recuperó el afecto de la afición, que, dicho sea de paso, se transformó notoriamente, asimilando las experiencias del nuevo momento, por lo que don Luis fue de los diestros preferidos por la generación emergente de públicos afectos al espectáculo taurino, públicos formados por un bagaje rico en lecciones de la más avanzada tauromaquia, a partir también de 1887, año cuyo significado en las transiciones manifestadas en esta diversión popular se hicieron profundamente notorias.

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