EL DOBLE ESPECTRO MANIQUEO ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE TAURINO, O LA FRAGILIDAD DE LA VERDAD A MERCED DE CUALQUIER SUBJETIVISMO.

EDITORIAL

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Entre nuestras tremendas obsesiones que, como aficionados solemos mostrar de manera enfermiza, está la oscura e imprecisa condición de refugiarnos en un pasado que a veces, por haberlo vivido plenamente en la plaza de toros, tiene de entrada una justificación. Pero cuando es “utilizado” de modo caprichoso, entonces nos encontramos ante la fascinación, acompañada de una especulación, por ende, aproximada con los linderos de la mentira.

   Por eso es preciso hacer de la historia un instrumento gozoso de la memoria, en lo fundamental creíble. Y en la historia, el pasado es uno de nuestros objetivos centrales.

   Refugio de la memoria, depósito de la experiencia, reproche del presente, estímulo del olvido y otras muchas razones que bien pueden seguir dando forma y espíritu a la que parece una oración y no fórmula precisa para desentrañar el misterio de este motivo que nos congrega para optar por la razón, no solo para precisar que la historia es un simple relato de los hechos del pasado. Edmundo O´Gorman decía que el pasado es lo que nos constituye en el presente. Sin pasado no podríamos decir qué somos hoy para especularnos en el porvenir.

   “Todo tiempo pasado fue mejor”, dice el célebre verso que Jorge Manrique, autor medievalista concibió para evocar al padre en vida. La necrológica inspiración por los “Versos a la muerte de su padre” es de uso recurrente entre quienes desean retrotraer algo que aunque vivo, ya no es vivo. Es decir, la memoria en esos momentos, nos provee de elementos para recordar o para comparar a veces de modo insuficiente la inestable realidad del presente. De ahí que –y como apunta Luis González-, “El oficio de historia tiene mucho que ver con la sociología, la filosofía, la sicología, la cultura y la ética del sujeto cognoscente. Cualquier reflexión sobre el quehacer histórico ha de empezar por poner en su sitio, descubrir los fines, meterse con las pasiones y otros rasgos típicos del estudioso de las andanzas del hombre en el tiempo”.

   Antes se toreaba mejor que ahora… Antes, sí salía el toro de verdad… Antes… ¿Y hoy, no se torea mejor, no hay también mejores toros?

   ¿A qué “verdadero” y congruente pasado acude la afición para desestimar los hechos del presente?

   Todo parece indicar que el tiempo que nos es común no resulta ser ni tener la razón, eso sí, propiedad exclusiva del pasado. Confrontar pasado con presente es arma, más que instrumento para combatir y no para hacerse de justificaciones sólidas. Se dice que la memoria individual de cada hombre es un resultado de su experiencia vivida día tras día; es, también, una selección de ella, sin la cual nadie podría afrontar los trabajos ni establecer las relaciones o señalar, en suma, los problemas de su existencia.

   Bien, ya estamos frente a lo que parece ser una conveniente selección de hechos y resultados que allá, en el pasado se convirtieron en paradigma, porque no es una simple acumulación de recuerdos, sino un conocimiento de los hechos en sus conexiones, en su devenir. Por tanto, y no de otra manera es como se ha recuperado el pasado para mejor contemplar el porvenir.

   Antes se toreaba mejor que ahora. Antes, el toreo era más auténtico…, siguen siendo muletillas recurrentes de aficionados a su vez renuentes a aceptar su propio tiempo, enamorados de pretéritas hazañas que en muchos casos no pueden certificar del todo. Hombre, es muy agradable hacer evocaciones, pero ¿por qué no sucede lo mismo cuando transcurren los hechos en el que es nuestro efímero presente, y nos dejamos seducir por sus encantos momentáneos, y de ellos no guardamos lo mejor en la memoria?

   Parecen infructuosos estos intentos por buscar cierta conciliación de dos aspectos relativamente cercanos, pero también bastante alejados en función de la temporalidad en que sucedieron. Muchos de ellos no nos constan, pero hay voces del testimonio oral que les dan peso. La lectura del hecho que se convierte en parámetro, también es de uso común y un respaldo contundente que ilumina y corrobora la afirmación. Sin embargo, muchos otros elementos pasan por el endeble armazón de inconsistencias que ponen en entredicho al pasado mismo, lo que origina un doble cuestionamiento no solo para el pasado mismo. También al presente que transcurre. Entonces, ¿qué refugio y qué razón son válidas en esos momentos?

   Es conveniente aceptar entonces el presente con todas sus posibles deficiencias, valorarlo en su justa medida, no excediéndonos en comparar si tal o cual protagonista está por encima o por debajo de los parámetros pretéritos que son refugio constante de las que son nuestras ineficiencias para valorar en ese doble espectro maniqueo la propia y fuerte inclinación por algo que ocurrió. ¿Pero sabemos por qué ocurrió, y en medio de qué particulares circunstancias?

   La fragilidad de la verdad a merced de cualquier subjetivismo, justa apreciación de Manuel Tuñón de Lara, cabe aquí como anillo al dedo. Una muestra: a las instituciones de justicia de hoy, les falta el rigor inquisitorial del pasado para hacerse valer. La Inquisición  se cubre de un manto de especulaciones, de un mito o leyenda negra que no le corresponden, sobre todo en su dimensión de todos aquellos que murieron bajo los peores métodos y que no fueron en realidad tantos. Es cierto, la Inquisición persiguió a los apóstatas y a todos aquellos herejes y radicales que contradijeran la palabra de dios.

   El toreo a lo largo de siglos es y ha sido materia de profundo estudio, luego de constantes mutaciones, de enriquecimientos acumulados, de ahí que sean para quienes seguimos el oficio de historiar, fuentes incalculables que no desdeñan otros elementos como el testimonio oral, memoria de los pueblos. De ahí la consistencia de diversos documentos escritos o visuales (la fotografía y el cine); de carácter estético como grabados, pintura o escultura que se convierten en invaluables testimonios para escribir y construir la historia.

   Al vertebrar los segmentos con que se ha de concebir una historia como la del toreo, es preciso acudir a instancias suficientes, nunca ilimitadas para escribir de manera solo comprometida con la verdad el testimonio más congruente y legítimo, porque la verdad nos ofrece dos condiciones especiales: absoluta y relativa. ¿Con cuál quedarse?

   Como puede verse, en la medida en que va desentrañándose la razón de la historia, en esa medida va tornándose más compleja, pero también más sencilla conforme tenemos a nuestro alcance los instrumentos adecuados, por lo que cada vez es más claro el argumento que cuestiona el uso irregular de una memoria tambaleante, o de la nostalgia matizada de fibras sensibles, o sea de alteraciones abruptas, no siempre congruentes, porque parecen surgir de estimaciones bastante limitadas de argumento.

   El pasado taurino parece concentrar –y no es para menos- evocadoras instantáneas que son, en esencia, los factores estimulantes a donde acude el aficionado para recordar lo ya perdido, lo que no vuelve jamás, a menos que sea convocando a la memoria.,

   Cuando David Silveti anunció su retirada definitiva luego de exponerse durante doce actuaciones al martirologio absoluto, los aficionados contamos a partir de esos momentos con el parámetro de un caudal estético ocurrido el 2 de febrero de 2003, momento en el que fue capaz de conmover a la afición en una faena solo rescatable gracias al respaldo tecnológico del video, o a la reseña periodística, medios que nos permiten valorar desde una dimensión bastante fría el volcánico acontecimiento del que fue “causante” este singular torero.

   En circunstancias tan inmediatas, desde luego que a todos nos incumbe, nos consta plenamente. Los extremos comienzan a provocar desconcierto desde el momento en que nuestra contemplación se va más allá del horizonte y acudimos a los recuerdos muchas veces ausentes del sustento de veracidad con el que tendríamos información suficiente para crear los parámetros adecuados de comparación. Uno de esos factores es Rodolfo Gaona, de quien existe amplísima información, e incluso la suficiente para hacer cualquier tipo de comparativo, asociación, contraste o analogía. Gaona creó un universo propio dada su enorme capacidad de asimilación y aprendizaje pretendiendo superar primero la marginación. Luego la calificación peyorativa a que fue sometido, tomando en cuenta todos aquellos que lo describieron desde la prensa y que vieron en él su origen de clase social muy baja, así como sus rasgos indígenas, los cuales dieron motivo a auténticas descalificaciones. Gaona, en ese sentido, aprendió a superar prejuicios de tamaña naturaleza, elevándose a los de una auténtica soberbia que funcionó para ponerlo en estaturas que lo llevaron a ser el diestro tantas veces considerado como de “órdenes universales”. Este “mandón”, al hacer un despliegue peculiar de su puesta en escena, de inmediato creó un escenario paradigmático con el cual toreros de generaciones posteriores y sus respectivas aficiones lo tomaron como modelo.

   Caso tan evidente como el de Rodolfo Gaona lo hace tangible, real, y esa capacidad de asombro que genera se ha convertido en el clásico parangón de recurrencia. Sin embargo, fuera de Gaona, y probablemente de “Armillita” o de “Manolo” Martínez, acudir a otros refugios para estimular la nostalgia en el verso manriqueano resultan imprecisos. Que el toro lidiado en la época de cualquiera de estas tres dimensiones era mejor al actual, es una arriesgada salida que, si no lleva los elementos de comprobación suficientes, suelen crearse onomatopeyas y lo que es peor, falsos escenarios, apenas virtuales que reconfortan el exabrupto de aficionados bajo la fascinación del pasado.

   Para quienes somos historiadores, formados además bajo la disciplina académica (lo que no niega ni contrapone el ejercicio de aquellos que ejercen este hermoso oficio con la sola bandera de la intuición y un bien articulado componente literario. Es decir, historiadores sin título), sabemos que, para llevar a cabo una interpretación adecuada es preciso el apoyo de fuentes, esas herramientas de trabajo elementales con lo cual se concibe no una historia contundente, definitiva (última historia según Fukuyama) y absoluta, como la sentencia dictada en un tribunal. Se consigue una historia en todo caso relativa, aproximada al hecho o sujeto de estudio. La historia no da por resultado valores tan elementales como decir que 2 + 2 = 4. Algunos científicos ponen en duda ese resultado tan contundente porque lo que ellos argumentan es que, al desintegrar cada número en partículas infinitesimales, estas dan como resultado una cantidad que no necesariamente es cuatro.

   El historiador cuenta para sus labores con elementos como fuentes escritas, iconográficas, testimonios orales y otras que aunque no relacionadas en ningún instructivo de trabajo, son esenciales para concebir ya sea interpretación o reinterpretación del hecho sometido a la disección y al estudio y análisis respectivos. Entre todas estas estructuras sabemos que un hecho como el que apenas ha ocurrido el último día de fiesta, y pudiera ser considerado como “similar” con uno u otro del pasado, no tienen las mismas condiciones, puesto que en uno u otro tiempo los escenarios en que se desplazan son diferentes.

   El pasado alucinante no es una fuente confiable en la medida en que no vayan soportadas por la mayor veracidad posible. De otra manera ingresamos a un terreno inestable en el que la supuesta verdad queda sometida a imprecisiones, por lo que, finalmente el estado de cosas queda profundamente vulnerado.

   Se dice que una historia especial, escindida, que no tenga en cuenta su contexto, no es que sea inútil; es perjudicial. Porque si la historia es, “la ciencia de las sociedades humanas en el pasado” y su objeto de conocimiento es un conjunto estructural, la historia sectorial entonces, corre el riesgo de que se tome una parte por el todo. Y aun más: la historia “total” necesita, como el cuadro, su boceto, su composición, sus líneas axiales, sus primeros y segundos planos. No es una síntesis fabricada, sino una explicación de la totalidad a partir de datos concretos que definen la evolución de una sociedad: en política, en economía, en demografía, en literatura, en técnicas, en mentalidades…

   Es hora del balance final. Acudir al pasado, a la añoranza para bien recordar tiene, en el ser humano razones sentimentales específicas. Traer de ese depósito la memoria de un pasado remoto, que luego puede transmitirse bajo la condición de testimonio oral, son entre muchas, las razones por las que, el recuerdo se convierte en una fuente y herramienta de trabajo esencial para el historiador.

   Por muy vaga o limitada que sea cierta declaración, esta viene a reforzar o a debilitar alguna hipótesis construida al respecto de cierto acontecimiento que requiere dicha afirmación.

   En los toros, y sabiendo que es un espectáculo movido más por las pasiones que por las razones, tendremos que estar al alba. Somos dados a este tipo de comportamientos donde solemos remitirnos al hecho fantástico del pasado como elemento de reposo y comparación frente al caos y la insignificancia de ciertos factores que se desbocan en el espectáculo que hoy se desarrolla. En todo caso tendremos que entender el comportamiento cíclico y periódico de las múltiples crisis que se han convertido en protagonistas permanentes, los cuales orillan a alucinaciones permanentes como las analizadas aquí. Esta construcción fragmentada convierte al recorrido histórico en un conjunto de parcelas delimitadas sujetas a un aislamiento lo que no permite cierta unidad. Mucho menos continuidad.

   El avance histórico y el consiguiente progreso manifestados en el toreo desde que adquirió formalidad en su carácter como profesión remunerada –al mediar el siglo XVIII-; con su estructura técnica, su figura jurídica, y los matices estéticos implícitos, han mostrado síntomas evolutivos concretos en poco más de 270 años de recorrido. Ese tránsito conlleva, o arrastra anacronismos de los que no puede desligarse, de ahí su peculiar colorido. De ahí sus irregularidades, sus frecuentes choques fundados en este permanente enfrentamiento que parece no tendrá fin, pues seguirá siendo sujeto de discusiones y pasiones, porque al fin y al cabo “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque hoy se toree mejor.

   Finalmente, no olvidemos un apunte que nos lega O´Gorman al referirse al suceso considerado como el causante que tendría que ser, por su parte, el efecto de otro suceso anterior a él y así sucesivamente, tanto hacia atrás como hacia delante. La causalidad es, en este caso uno de los tres fantasmas de la narrativa historiográfica en que solemos caer con frecuencia. Los otros dos son el esencialismo en los entes históricos y la desconfianza en las ocurrencias propias.

21 de agosto de 2013.

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