ESTA FIESTA: SIEMPRE DE CAPA CAÍDA Y SIEMPRE EN BONANZA.

CRÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ESTA FIESTA: SIEMPRE DE CAPA CAÍDA Y SIEMPRE EN BONANZA.[1]

Crónica del domingo 24 de agosto de 1996.

12ª novillada de la temporada.

Edgar Palacios, Domingo Sánchez “El Mingo” y Alberto Huerta con 6 de García Méndez.

   Una conmoción mayúscula fue la que ocasionó la muerte de Manolo Martínez. La plaza parecía un sombrío espectro que comenzaba a recuperarse después de la amarga noticia. Luego de que el domingo 18 la “México” permaneciera cerrada en señal de duelo, el 24 recupera su actividad en medio de una extraña sensación que está asimilando la pérdida de este gran personaje.

 MANOLO MARTÍNEZ1

Manolo Martínez. Fotografía de la Colección de Roberto Mendoza Torres.

    No era necesario mostrar tristeza, sentir dolor. En el ambiente mismo, en los tendidos, escurría un silencio, dueño de su propia dimensión y magnitud. Los aficionados que se congregaron de una u otra forma se integraron también a esta manifestación colectiva que verá, desde ahora y por todas las generaciones venideras, el símbolo de un recuerdo que no solo se proyectó en el ruedo de la plaza de sus triunfos. Ahora Manolo Martínez descansa en este gran mausoleo que para el es la propia plaza de la capital. Y de hecho, al convertirse una plaza en cementerio, no nos da la impresión de lo sombrío que per se tiene también la fiesta, figura de la mala vida que ha sido una vez más vilipendiada. No conformes con el razonado estado de crisis en el que durante muchos años ha permanecido el espectáculo, ahora nos endilgan este chistosísimo asunto de una tumba en la “México”, como sin con eso se resolviera el destino de un coso, o, en el peor de los casos, se redimiera al toreo mismo. La tumba de Manolo se ha venido convirtiendo en sitio donde borrachines que han perdido la cuenta en el número de copas, no la pierden al tener que ir a orinar, y qué mejor lugar que al pie de la tumba del “mandón”. Esto me recuerda lo irreverente que puede ser aquel que a los ojos de un conservador, blasfema con frases tan fuertes como que: “¡Me cago en las tetas de la virgen!” o esta otra: “¿Me cago en Jesucristo!” como si con esto el individuo aquel se inmunizara y ya nadie tuviera que pedirle ya no solo disculpas. También una clara explicación sobre su actitud al respecto. Pero en fin, esa cajota que hoy sigue siendo el sitio de descanso -esperemos que no sea eterno y que tomen las medidas para buscarle un mejor lugar, el que verdaderamente se merece el gran torero-, seguirá ocasionando algún respetuoso saludo, pero hasta ahí. Manolo se ganó un gran monumento, al estilo del mausoleo de “Joselito” en Sevilla, o el bello, pero austero de “Manolete” en su Córdoba querida.

 MANOLO MARTÍNEZ2

Manolo Martínez. Fotografía de la Colección de Roberto Mendoza Torres.

    Pocos personajes en la historia reposan ya como signo inmortal en sitios de la magnitud donde ahora quedan las cenizas del regiomontano. Por supuesto no voy a comparar hemiciclos, columnas, monumentos que han sido erigidos a los héroes nacionales. Ese es otro aspecto. Pero el de Monterrey forjó con todo su historial un sitio que el aficionado sabrá ponerle donde mejor le plazca.

   Sin embargo la decisión del hombre fue respetada y lo discutible o no del caso, creo yo, pasa a un segundo término. Los juicios de la historia ya fueron declarados: este gran ausente se hace acreedor a la memoria eterna que consagrará la afición de los tiempos por venir.

   El cartel resultaba atractivo. Edgar Palacios es un veterano en estas lides y veo que no prospera, no avanza, a pesar del cúmulo de emotividad impreso a su quehacer. Tuvo momentos, pero solo eso, momentos de lucimiento que el respetable le aplaudió. Los años no pasan en balde y más en los toros.

   Domingo Sánchez, aunque no le ví en su presentación, donde cortó un apéndice, en la tarde del 24 le ví desubicado e incluso a merced de uno de sus enemigos sufriendo dos achuchones donde, solo porque la providencia es grande y se apiadó de él, las cosas no pasaron a mayores. A veces el destino, la suerte o el azar no están del lado de uno. Se dio a pinchar y la esperanza tendrá que venir muy pronto para el logro de mejores hazañas.

   Alberto Huerta tiene planta, vitola como dicen, puede llegar muy lejos si se lo propone, pues su capacidad le permite resolver la papeleta, aún en momentos difíciles. Emocionó muchísimo con el capote y más aún con la muleta, logrando algunos pases llenos de majestad, ligando y trazando la arquitectura de su faena en un mismo terreno, lo cual es indicativo que los métodos que su padre y su tío, Víctor y Joselito Huerta respectivamente, los ha asimilado con creces. Su camino va viento en popa. Tengo fe en el muchacho. Ojalá le veamos en otras ocasiones en plena asunción a la gloria, como sueñan todos.

   La novillada en conjunto fue dispareja, los tres primeros novillos chicos y otros tres bien presentados aunque con un juego irregular causado, seguramente, por los más de 10 días que permanecieron en los corrales.

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Manolo Martínez. Fotografía de la Colección de Roberto Mendoza Torres. Fotógrafo: Adalberto Arroyo Ríos.

    A no dudar, la empresa debe, a estas alturas de la temporada manufacturar sus carteles con bases más sólidas. Quedan unos pocos domingos para concluir con los festejos novilleriles, pues se avecina la temporada mayor, misma que con toda seguridad, dará mucho de qué hablar.


[1] Esta crónica la escribí el 27 de agosto de 1996. La rescato el día de hoy.

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