NOS HEMOS ACOSTUMBRADO MUCHO A LOS ANTIFACES, A LAS MÁSCARAS.

EDITORIAL

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Desde fuera, quienes tienen una visión ajena de la tauromaquia, y que por ende les es indiferente, pero que no por ello la ignoran, tiene sobre el espectáculo taurino un concepto bastante exacto, cuando suelen preguntar –y quizá sea la pregunta más recurrente-, sobre la crisis de la fiesta. Es decir, al margen de su peculiar inclinación tienen una perspectiva bastante radical, bastante limitada en datos, en informes, pero llegan a ellos ese tipo de escenarios tan burdos como aparentemente resulta o parece ser la realidad.

   No es gratuito este apunte, pero si desde tal perspectiva tienen una opinión así, ¿qué pasa desde dentro con las opiniones valiosas de pensamientos centrados y congruentes, con los cuales podemos conocer no tanto una visión imparcial, sino al fin y al cabo inteligente, tan necesaria para tomarla como bandera y defensa de intereses, de quienes nos consideramos aficionados, sin más?

   Aunque muchas veces también la solución proviene del anonimato, de la voz venida de los tendidos que, con gritos precisos y filosos al mismo tiempo dan respuesta fulminante al estado de cosas de una fiesta que parece transcurrir sin que se enteren los anfitriones del relajamiento. Al contrario, parecen alentarlo con diversos actitudes de provocación y eso repercute de forma tremenda con una prensa mayoritariamente oficiosa, entregada de forma incondicional, los que, en conjunto son un frente común y faccioso en contra de una prensa independiente, que son los menos, con posibilidades del mismo calibre. Es decir nulas.

   También es de lamentar el hecho de que en nuestro país, con toda la infraestructura montada para la realización de festejos taurino no se manifiesta la condición de una auténtica industria articulada con vistas a consolidar y dar continuidad a una gran empresa, capaz de mantener en activo a infinidad de personas con ingresos seguros como ocurre en España. Nuestra capacidad respecto a la hispana es de una tercera parte con síntomas de ferias venidas a menos, ganaderías y toreros marginados que ven como suben los índices de popularidad de pequeños grupos privilegiados tanto de criadores de reses bravas como de matadores con alternativa, los cuales de manera frecuente se exponen a determinadas evidencias, no siempre gratas, pero a las que ya se acostumbraron luego de recorrer, no sé exactamente cuántas veces el “círculo vicioso”.

   Por todas estas razones parece lógico manifestar y traducir una de tantas aristas de las que se desprenden imágenes que llegan hasta una comunidad que no cabe en aquellos espectadores transitorios, sino de quienes no siendo taurinos por convicción perciben una realidad quizá condensada pero también polarizada en un tiempo sujeto a los constantes giros mediáticos. Además, en las condiciones anacrónicas en que opera el espectáculo, manteniendo ámbitos recurrentes o reincidentes hasta la náusea, pero que son parte de su entramado más convencional, cotidiano y rutinario, no se ven muchas posibilidades no solo de progreso. También de cambios radicales, porque se trata de un espectáculo alienado –y también alineado- a esas fisuras, con las que parece moverse a sus anchas, sin amenazas de riesgo. Nos hemos acostumbrado mucho a los antifaces, a las máscaras, que ya no sabemos quien de verdad está detrás de ellas, si el bien o el mal; maniqueísmo oscuro que aletea en giros no muy tranquilizadores.

   Todas esas actitudes enfermizas, obsesivas, complacientes parecen ser alimento del acto sado-masoquista que nos gusta representar como aficionados cada ocasión que regresamos a la plaza. Y mientras no haya cambios contundentes, definitivos y tangibles, el mesianismo utópico que solemos construir con frecuencia no será terrenable jamás.

29 de agosto de 2013.

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