LOS RIESGOS DE ESCRIBIR Y DESBORDARSE SOBRE UN GRAN TEMA: LA TAUROMAQUIA.

EDITORIAL

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Me resulta difícil explicar cómo un solo asunto es capaz de provocar infinidad de comentarios. Ese tema, el taurino, acumula en el tiempo varios siglos en México y está arriba del milenio en España. Como historiador encuentro en él, enormes posibilidades debido a su vínculo con las religiones, el pulso de la vida cotidiana; de los acontecimientos políticos, sociales o económicos dando por resultado una asociación directa en el curso histórico de, al menos, estas dos grandes naciones. Con el concurso de infinidad de testimonios surgidos desde las cuevas, donde diversas tribus de hombres primitivos dejaron plasmados en sus muros las imágenes rupestres de su vínculo, sobre todo con el ganado vacuno, cumpliéndose con ello lo que afirmó José Ortega y Gasset en su magistral libro La caza y los toros, lo que da por resultado tener elementos de naturaleza tan embrionaria en este contexto. Más tarde, el curso de la tauromaquia pasó por los esplendores de la mitología, los de las influencias romana, hispánica, árabe que, de alguna manera se depositaron en el espíritu del espectáculo; y luego toda esa expresión a caballo y a pie que evolucionadas, es lo que hoy día gozamos como resultado, primero de esa gran integración y después de la enorme acumulación de experiencias allí concentradas.

   ¿Díganme si no es suficiente materia para ocuparse en permanentes digresiones, debates y reflexiones?

   En todo caso podrá ser un tema lineal pero no monótono, en función de sus vínculos con los géneros anotados hace un momento. Mientras el desenlace sea la fiesta, la diversión y el gozo, los elementos periféricos están proveídos de datos, informes y hasta polémicas que visten al espectáculo de ropajes y coloridos diversos. Es increíble que un pequeño aspecto sea capaz de mover la memoria, los libros e infolios para encontrar las razones de su origen, desarrollo, decadencia y hasta desuso. En este caso, el asunto de la extinción del toreo, aunque se mira como un entorno que la prospectiva ya tiene contemplado, y que por tanto, es previsible en el futuro sin más (válgase aquí la redundancia), no es algo que se prepare en los términos de acta de defunción, como lo hacen en su caso los lingüistas con las lenguas muertas, como el sánscrito por ejemplo. O aún peor: los contrarios al espectáculo con toda una serie de discursos, los más de ellos subliminales, basados en signos de la barbarie como forma de influir en estas sociedades postmodernas y globalizadas.

   Y todo esto se da de manera permanente, encadenada, de tal forma que no se vislumbre agotamiento alguno y sí en cambio, una constante presencia temática.

   Como historiador encuentro una amplia relación entre los hechos propios de la tauromaquia y la forma en cómo desarrollarlas en un interminable recorrido que puede hacerse tomando varias rutas, cada una de ellas perfectamente interrelacionadas entre sí, lo que hace del tema un consistente amasijo de posibilidades, las cuales dan la pauta para un permanente ejercicio de interpretaciones.

   Así que el toreo, al convertirse en un tema exclusivo, dispone de multitud de opciones para continuar la tarea de quienes nos hemos propuesto investigar e interpretar sus diversas condiciones, dadas en varios siglos que acumulan pasaje de todo orden, mayor y menor para continuar esta maravillosa tarea que es la de seguir desentrañando los misterios que encierra y todos aquellos que el futuro también nos garantiza, con la seguridad de encontrarnos con muchas más sorpresas.

   Por ahora el compromiso es la continuidad en el ejercicio de la reflexión, que, en nuestras manos tendrá que ser profundamente serio en tanto se valore y se examine con el rigor que la historia nos pide. 

6 de septiembre de 2013.

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