NICOLÁS RANGEL.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hoy, como efeméride, pero también como espacio para recordar a una figura que se ha encontrado siempre metida en la polémica, es bueno rememorar el nacimiento de Nicolás Rangel, ocurrido el 10 de septiembre de 1864 en León de los Aldamas, Guanajuato. (como se recordará, su muerte ocurrió en Cuernavaca, Morelos el 7 de junio de 1935).

   Nicolás Rangel, historiador de siglo XX en escena. Dirigidos por Justo Sierra, Luis G. Urbina, Pedro Henríquez Ureña y Nicolás Rangel son quienes forman parte del grupo de trabajo que elaboró y presentó en agosto de 1910 la Antología del Centenario. Estudio documentado de la literatura mexicana durante el primer siglo de independencia (1810-1821), compendio importantísimo que da cuenta del movimiento literario del México independiente llegando a quedar incompleto por la premura de tiempo con que fue realizado.

 NICOLÁS RANGEL

Retrato del personaje que hoy es motivo de la presente reflexión.

    A Nicolás Rangel se encomendó elaborar la nota sobre teatro que había de ser suficiente, si no completa, según el espacio disponible, corto de todos modos. Así, pues, resulta el esbozo de una obra específica, que no se escribió, como hubiera sido deseable, tal vez porque todavía el teatro no había conquistado su autonomía, sino se ubicaba aún dentro de la poesía, que se integraba por la épica, la lírica y la dramática.

   El mismo Rangel redactó las notas sobre la imprenta y la de folletería y hemerografía, algo incompletas aun para su tiempo.

   Tiempo después ocupa en el Archivo General y Público de la Nación el cargo de Oficial de Investigaciones Históricas. Tras revisar documentos como la “Gaceta de México” o de todos aquellos que hoy forman parte de ramos como Historia, Inquisición, Tierras, Vínculos, Virreyes e Indiferente (ramos que aun no se organizan correctamente en su tiempo), y animado por don Rómulo Velasco Ceballos y don Luis González Obregón, concibe su obra mayor conocida como Historia del toreo en México (Época Colonial). 1521-1821. Dicho trabajo ha merecido desde entonces un respeto por parte de quienes lo frecuentamos para consulta indispensable de épocas pretéritas. Sin embargo Arturo Warman ha dicho que desgraciadamente carece del aparato erudito, es decir, que el autor se rehúsa sistemáticamente a señalar sus fuentes. Que son verídicas, eso nadie lo niega pues lo respaldan los índices de consulta actuales donde encontramos muchos de ellos sobre todo en el ramo HISTORIA (Diversiones Públicas). Que su obra guarda orden cronológico y un análisis consciente de cada situación, también se confirma. Pero un informe que aparece al comienzo del trabajo sigue causando fuertes dolores de cabeza. Afirma:

   El conquistador, Lic. Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, había obtenido de éste, como repartimiento, el pueblo de Calimaya con sus sujetos; y con otras estancias que había adquirido en el valle de Toluca, llegó a formar la hermosa Hacienda de Atenco, llamada así por ser el nombre del pueblo más inmediato. Para poblar sus estancias con ganado bovino, lanar y caballar, hizo traer de las Antillas y de España, los mejores ejemplares que entonces había, importando de Navarra doce pares de toros y vacas seleccionados que sirvieron de pie veterano a la magnífica ganadería que ha llegado a nuestros días (p. 10).

    Dada la magnitud de investigaciones que arroja la presente cita, debo recomendar la lectura de dichos pasajes en el ensayo “Estado de la ganadería en México durante la Colonia” que elaboré hace algún tiempo al respecto de poner en claro este tipo de dudas.

   Polemizar, no se trata de polemizar en términos de una cerrada confrontación, pero lo que nos ha heredado don Nicolás es un gran tema que él abordó con sumo interés, y que ahora tratamos de ampliarlo con nuevas apreciaciones.

 ATENCO COMO HACIENDA GANADERA SURGE EN 1528 Y NO EN 1552 COMO SE HA DICHO SIEMPRE. (Apuntes y visiones, texto de junio de 1993).

    Es hora ya de ir poniendo las cosas en su lugar y no por aceptar la absurda propuesta de que la historia es inamovible. Al contrario, esta merece reinterpretaciones permanentes. Pero tampoco por asumir posturas de salvador o Mesías. Simplemente es la historia un cúmulo de hechos que explicarlos requiere -las más de las veces-, de testimonios existentes. Y si esa historia se sustenta de informes confiables, pues mejor aún; así se enriquece y nos ilustra.

   Cuando Nicolás Rangel fue director del Archivo General de la Nación allá por los años 20, lo que hoy son los FONDOS Y RAMOS que lo constituyen formalmente aún no gozaban de catalogación precisa. Tuvo a bien encontrarse documentos del hoy RAMO “HISTORIA” (DIVERSIONES PÚBLICAS) del cual formó su obra: Historia del toreo en México. Epoca colonial (1521-1821). Esta ha sido durante casi 70 años obra de consulta indispensable, aunque algunos de sus datos son de dudosa procedencia (la obra por falta del aparato erudito debe salvarse debido a su ya justificada ausencia de catalogación).

001_PORTADA_N. RANGEL_HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO

Portada del libro de Nicolás Rangel en su primera edición, salido de la imprenta de Manuel León Sánchez el año de 1924.

 Noticias de dudosa procedencia, o del no favorecer más el mito y su mentira.

    El autor en cuestión y en la página 10 de su publicación nos dice:

   El conquistador, Lic. Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, había obtenido de éste, como repartimiento, el pueblo de Calimaya con sus sujetos; y con otras estancias que había adquirido en el valle de Toluca, llegó a formar la hermosa Hacienda de Atenco, llamada así por ser el nombre del pueblo más inmediato. Para poblar sus estancias con ganado bovino, lanar y caballar, hizo traer de las Antillas y de España, los mejores ejemplares que entonces había, importando de Navarra doce pares de toros y vacas seleccionados que sirvieron de pie veterano a la magnífica ganadería que ha llegado a nuestros días.

   Noticia de esa magnitud merece el descubrimiento mismo de la ganadería de bravo en México y así se le ha considerado. ¡Grave error! Varios motivos que contradicen este asunto se disponen para formar, incluso un abigarrado expediente que sirva de evidencia y de muestra certera de que la historia tiene mucho por ofrecer en el plano de las precisiones.

002_NICOLÁS RANGEL_1 Revista de Revistas. El semanario nacional. Número monográfico dedicado a los toros. Año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

    Aconseja Jacob Burckhardt “No regañemos a los muertos. Comprendámoslos”. Si bien Nicolás Rangel se desempeñó mejor en la crítica literaria (véase la Antología del Centenario) que como historiador, su obra HISTORIA DEL TOREO EN MEXICO pasa a ser un texto para enmarcarse en el sentido de la historia oficial, la que no acepta ni le son convenientes los cambios. Es una historia positivista que solo registra pero sin navegar en profundidades del fundamento. Es decir no se compromete. Que es útil, lo ha sido, aunque en partes deja que desear por la ligereza de su construcción salvada por los conocimientos literarios y taurinos del leonés.

 004_PORTADA_ANTOLOGÍA CENTENARIO_1910_N. RANGEL

Disponible 23 enero, 2012 en: http://www.bicentenario.gob.mx/bdb/bdbpdf/antologiaDelCentenario/Vol1/antologiaDelCentenarioVol1-primerasPaginas.pdf

   De reciente aparición es el pequeño trabajo de Daniel Medina de la Serna: Atenco… ¿o el mito? México, Bibliófilos Taurinos de México, 1991. 14 p., ils (Cuadernos taurinos, 12) trabajo en el cual nos encontramos con un interesante esfuerzo interpretativo tendiente a mostrar los medios de que se sirvieron los primeros españoles para el establecimiento del ganado vacuno en nuestras tierras, partiendo del mito rangeliano y su combate respectivo. Sus fuentes son de primera mano por lo cual acaban convenciendo al lector de datos como itinerarios de viaje y todos sus obstáculos así como de sucinta biografía del considerado primer ganadero (que bien puede ser el segundo, como lo veremos más adelante), el lic. Juan Gutiérrez Altamirano, lo cual aporta, en su conjunto visiones novedosas. Sin embargo la exploración de Medina de la Serna pudo haber ido más allá de esta sola observación cuando por aquellos tiempos se dieron tantas circunstancias; mismas que ya veremos, ampliarán el horizonte en estudio.

   Es posiblemente el valle de Toluca sitio pionero donde se llevó a cabo la revolución agrícola inicial en toda Mesoamérica. Tierras aptas para la siembra y mejor espacio para pastoreo de ganado mayor y menor. Han quedado atrás las jornadas belicosas de conquista, luego de que el 13 de agosto de 1521 se exterminó el último reducto azteca. Hernán Cortés decide instalarse de forma provisional en Coyoacán mientras la ciudad de México-Tenochtitlan es modificada sustancialmente a un nuevo entorno, propio de concepciones renacentistas. Al poco tiempo, Cortés decide salir hacia el valle de Toluca en compañía del señor de Jalatlaco Quitziltzil, su aliado; y ello ocurre aproximadamente entre fines de 1523 y desarrollo de 1524, pero antes de su viaje infructuoso a las Hibueras (1524-1526).

HERNÁN CORTÉS_ANTONIO NAVARRETE

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 3. “Atenco”.

   El conquistador nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Pero es hasta el 6 de julio de 1529 en que el Rey Carlos I mercedó a Hernán Cortés veintidós pueblos (como Matlazingo, Toluca, Calimaya y otros) y veintitrés mil vasallos.

   Estos mismos pueblos “…con sus aldeas e términos…”, fueron vinculados en el mayorazgo que fundó don Hernando, en escritura asignada en la Villa de Colima el 9 de enero de 1535, ante los escribanos y Juan Martínez de Espinoza, previa licencia real.

 Y ahora en escena, Juan Gutiérrez Altamirano.

   Este personaje, primo de Hernán Cortés obtuvo en concesión la encomienda de Calimaya y los pueblos de Metepec y Tepemaxalco.

   En 1548, doña Catalina Pizarro -hija del conquistador- vendió a doña Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga Marquesa del Valle la estancia de Chapultepec misma que donó en ese año al licenciado Altamirano.

   El dicho Altamirano, en su testamento de fecha 30 de septiembre de 1558, hizo notar el resto de sus propiedades territoriales; entre otras están: “la estancia de Chiconahuitenco, en términos de Calimaya, una más en Tepemachalco y de otras dos en el valle de Toluca”.

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Archivo General de la Nación: Ramo: VÍNCULOS. Vol. 276, exp. Nº 4: “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación” (1557). Selección de diversas fojas, donde se realiza un interrogatorio a diversos habitantes de la zona del valle de Toluca, quienes afirman que, desde 1528, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano se había posesionado de tierras pertenecientes entonces al Marquesado del Valle de Oaxaca, y que luego fueron modificadas al entorno del que surge la encomienda –más tarde hacienda- de Atenco.

   Grandes extensiones que aún se ampliaron más muy avanzado el siglo XVIII dan idea de unas 30 mil hectáreas propiedad de los descendientes de Gutiérrez Altamirano, de un mayorazgo que devino en condado a principios del XVII.

   Pero continuemos con la presente historia de posesiones territoriales y del arraigo cada vez más significativo de los Altamirano en esta región.

   Para 1586, don Luis de Velasco vende, según escritura del 9 de marzo las estancias de Tepozoco y Almoloya al nieto de Juan Gutiérrez Altamirano, de mismo nombre y apellidos.

   Pero antes, Hernán Gutiérrez Altamirano hijo del primer Juan, inició un juicio contra Martín Cortés -hijo y sucesor de Cortés en el marquesado del Valle- por la herencia de las encomiendas de Metepec, Calimaya y Tepemaxalco; dicho pleito se prolongó hasta 1769, con un fallo favorable a los descendientes del licenciado Altamirano.

   Hasta aquí un primer panorama del espacio con que contó Gutiérrez Altamirano y en el que puso en práctica su papel como ganadero, actividad ya realizada con anterioridad por Cortés.

DATOS REVELADORES SOBRE ATENCO.

   Don Juan Gutiérrez Altamirano (1501-ca. 1565), natural de la villa de Paradinas “caballero de grandísima discreción y prudencia y de grandísimo consejo”, hijo de don Hernán Gutiérrez Altamirano, quien fue alcaide de Arenas, lugar cercano a Talavera, y capitán de cien lanzas que tenía en Arévalo y Ontiveros, y de doña Teresa Carrillo. Probablemente pasó a Santo Domingo hacia 1520 y a Tierra Firme unos años después; de 1524 a 1526 fue teniente gobernador y juez de residencia en Cuba, y al año siguiente se encontraba en México. Fue recibido por vecino de la ciudad el 15 de noviembre de 1527 y el 17 de febrero de 1531 se le hizo merced del solar donde construyó su casa, que más tarde fue ocupado por sus descendientes, los condes de Santiago de Calimaya, cuya casa palacio aun existe en la esquina de Pino Suárez y El Salvador (hoy Museo de la ciudad de México).

   Casó con la metilense doña Juana Altamirano y Pizarro, prima hermana de Hernán Cortés en Texcoco, seguramente recién llegada en el séquito del marqués del Valle cuando regresó de Castilla en 1531.

   Gutiérrez Altamirano se recibió de abogado en Salamanca y era caballero de la orden de San Juan. Ya hemos visto el elevado número de propiedades territoriales que le pertenecieron al protagonista aquí reseñado. Es bueno recordar que don Juan a la vez que primo de Cortés, fue hombre de todas sus confianzas al grado de que en el viaje que realizó el conquistador a España en 1528, quedó en compañía de Diego de Ocampo al tanto de todos sus negocios.

   Obtuvo como repartimiento y en principio el pueblo de Calimaya y sus sujetos. Las extensiones luego fueron creciendo y para 1528, año del inicio de una etapa -la de Atenco como ganadería sin más-, nos encontramos con cosas muy notables por conocer. Si bien la pretensión de Cortés fue establecer en su propiedad de Atenco la crianza de ovejas, el interés del Lic. Altamirano se enfocó hacia el ganado mayor vacuno, para lo cual hizo traer de España a su estancia de Chapultepec, pies de cría de reses desde fecha tan temprana como lo fue el año de 1528; según lo declaró don Alonso de Aguilar, gobernador de Jalatlaco, el 11 de febrero de 1557. En aquel momento era calpixqui o mayordomo de la mencionada propiedad residencia de las primeras reses, un yerno de Aguilar, de apellido Praves.

PLANO_ATENCO

“…que hubo en el Valle de Toluca, después de la Conquista, en tiempos de la Cristiandad, aquella famosa cerca con dos puertas y un puente, para pastar ganado, como se ve en dos mapas grandes que están en mi Archivo (decía Lorenzo Boturini), el uno en papel indiano y el otro en lienzo de algodón, donde está marcada toda la Provincia y Valle”. Este mapa quizá sea uno de los dos mencionados por el historiador y que se remonta al año 1552.

Fuente: Cortesía, Luis Barbabosa y Olascoaga.

   ¡Atención, mucha atención con lo que ha trascendido aquí!

Es creíble algo que ha apuntado Medina de la Serna y en lo cual creía yo también; pero ahora se trastoca con el recurso de nuevos apuntes. Veamos:

[…]habiendo sido un personaje importante [el dicho Gutiérrez Altamirano], con influencias, y habiendo ocupado cargos señalados, primero en Santo Domingo y luego en Cuba y “no siendo dilapidador” lo lógico es que haya amasado alguna fortuna y haber contado con algunos bienes entre los que quizá haya habido algunas puntas de ganado y que al trasladarse a la Nueva España, donde su pariente era el que partía el bacalao, haya pensado en traerlos; pero no bravos, antes al contrario, mientras más pacíficos y mansuetos fueran, tanto mejor, para facilitar su traslado; pero cuyas crías, al paso del tiempo, en la soledad del monte y el ningún trato con el hombre se volverían montaraces y bravías.

   Esto es probable en la medida en que ya existía comercio de ganado para el abasto, pero ¿qué hay sobre aquello de las reses navarras?

   Ni Carriquiri ni Zalduendo existían para entonces. Los toros navarros y su acreditada fiereza son bien reconocidos desde el siglo XIV pues no faltaban fiestas, por ejemplo en Pamplona, lugar donde se efectuaron con frecuencia. Posibles descendientes de don Juan Gris y ascendientes del marqués de Santacara (Joaquín Beaumuont de Navarra y Azcurra Mexía) pudieron haber tenido trato con Praves o con Gutiérrez Altamirano directamente en el negocio de compra-venta de los ganados aquí mencionados, y que pastaron por vez primera en tierras atenqueñas.

   Presuponen algunos que los toros navarros eran de origen celta. Gozaban de pastos salitrosos en lugares como Tudela, Arguedas, Corella y Caparroso dominados por el reino de Navarra.

ATENCO_TORO CON REMINISCENCIA NAVARRA

He aquí una clara muestra de esta influencia. Un toro de Atenco, en fotografía tomada hacia 1888 y que muestra el característico fenotipo de la raza navarra. Foto cortesía del C.P. José Carmona Niño.

   Transcurre la Edad Media, las fiestas y torneos caballerescos abarcan el panorama y nada mejor para ello que toros bravos de indudable personalidad, cuyo prestigio y fama hoy son difíciles de reconocer en medio de escasas noticias que llegan a nuestros días.

   Es cierto también que con anterioridad a los hechos de 1528, inicia todo un proceso de introducción de ganados en diversas modalidades para fomentar el abasto necesario para permitir una más de las variadas formas de vivir europeas, ahora depositadas en América.

   Se sabe que por la época del escándalo de llegada y muerte de doña Catalina Xuárez “la Marcayda” (oct.-nov. 1522) había en el palacio de Texcoco caballos y vacas de las cuales se aprovechaba su leche como alimento. El mismo Bernal Díaz del Castillo nos dice que los indios se dedicaban a la agricultura; así, antes de 1524 son

labradores, de su naturaleza lo son antes que viniésemos a la Nueva España, y agora (ca. 1535) crían ganados de todas suertes y doman bueyes y aran las tierras.

   Es todo muy curioso. Quiero pensar la posibilidad de una selección impuesta por Altamirano a partir del abasto y llevada luego a sus tierras. Pero es notable la presencia del mayordomo Praves quien seguramente hacía las veces del hombre de confianza del licenciado, el cual emprendió la labor de traer desde España y concretamente de Navarra, “pies de cría de reses”.

   Para 1525 es dictada una ordenanza de suyo importantísima para el nuevo ambiente propio de la ganadería en la ya poco a poco establecida Nueva España.

Archivo del Excmo. Sr. Duque de Terranova y Monteleone

Funciones de las ganaderías:

Item: que ninguna carne de la que se hubiere de pesar en la dicha carnicería se mate en ella, ni desuelle, ni abra sino que haya matadero fuera de la dicha villa en parte que la suciedad é hediondez no pueda inficionar la salud de la dicha villa, el cual dicho matadero haga el consejo verso para por cada res que el carnicero matare, ó abriere, ó desollare, en la dicha carnicería, pague dos pesos de oro aplicados la mitad para el fiel, y la mitad para las obras públicas.

Item: Que si el dicho sitio (para asentar ganado) fuere para ganado vacuno, ó ovejuno, este le sea guardado término de una legua, é que nadie le entre en el dicho término, soladicha pena.

Item: Que todos los “traedores” de cualquier género de ganado que sea, tenga su hierro, é señal, el cual registren ante el escribano del Cabildo, é el que no tuviere el dicho hierro, e señal que pierdan las reses que tuvieren para herrar, o señalar. Esta instrucción se hizo en 1525.

   Y el mismo Cortés, hace un complemento a las ordenanzas que mandó dictar en la Nueva España; la que dicta desde Honduras donde establecía que

…si alguien deseaba dedicarse a la cría de ganado, debía tener la autorización del ayuntamiento el cual le fijaba un sitio y un asiento. El dueño podía protestar la invasión en caso de que otro se adueñara sin haber llegado al diálogo. Se extendían en sus dominios hasta una legua a la redonda si se trataba de vacas

y por supuesto de toros (…) Por la mezcla de diversos ganados cada dueño de los mismos debían marcar sus animales con un hierro particular registrado ante el escribano del Ayuntamiento, costumbre que vino de España y sentó sus reales en América.

FIERROS GANADERÍAS VALLE DE TOLUCA_SIGLO XVII

Fierros de ganaderías del Valle de Toluca, registrados ante escribano real al finalizar el siglo XVII.

Fuente: “La ganadería del Valle de Toluca en el siglo XVI” (conferencia). Ing. Isaac Velázquez Morales. Ponencia presentada a la Academia Nacional de Historia y Geografía el 28 de agosto de 1997.

   La crianza del ganado implicaba un intercambio comercial muy importante, por lo que, para medir su expansión y sus excesos, se hizo expedir, el 30 de junio de 1526 una cédula rubricada por

EL REY

Nuestros gobernadores e oficiales y otras justicias de las islas españolas, San Juan de Cuba, e Santiago, por parte de los procuradores de la Nueva España fue (h)echa relación que algunas veces, quieren sacar ganados, cavallos e lleguas e vacas, puercos e ovejas e otros ganados para la dicha tierra. Como no se podía hacer tal cosa, El Rey dice que: “Me fue suplicado, y pedido, por merced que no les pusieren impedimento en el sacar de los dichos ganados e cavallos, e yeguas para la dicha Nueva España, o como la mi merced fuese: Por ende yo voi mando, que agora de aqui adelante debeis e concintais vacas de esas dichas a cualesquier personas, para la dicha Nueva España, los cavallos, e yeguas, e puercos, e vacas, e ovejas e otros ganados que quisieren e por bien tuvieren, libre y desembargada… Se firmó el Toledo a 24 de noviembre de 1525.

   El asunto de Atenco sigue siendo un cúmulo de misterios. Su origen se debate entre dos fechas: 1528 y 1552. Luego de la conquista, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano obtuvo en repartimiento concedido por su primo el discutido Hernán Cortés, tierras de Calimaya y sus sujetos donde desde 1528 inició la historia que tanto mueve a polémica. Los primeros ganados: porcino, vacuno, lanar y caballar se propagaron en aquellas extensiones, al grado de que en 1543 corto era el terreno para la sobrepoblación animal, la cual llegó a afectar a los indígenas del rumbo.

   Puntualicemos el asunto en detalle. Desde que Nicolás Rangel y en su obra de 1924: Historia del toreo en México. 1529-1821 publicó que hay informes de la llegada de los doce pares de toros y vacas navarros para la formación de Atenco como ganadería de bravo y en 1552, no se sabe de qué fuente abrevó tal dato, mismo que ha venido manejándose como informe dueño de su razón.

   Lo que es un hecho es que la ganadería como concepto profesional y funcional se dispuso con ese carácter, y en España hacia fines del siglo XVIII. México lo alcanzará hasta un siglo después. Que el ganado embestía, era la reacción normal de su defensa; y obvio, entre tanta provocación existía un auténtico y furioso ataque de su parte.

   Ganado vacuno lo había en grandes cantidades. Su destino bien podía ser para el abasto que para ocuparlo en fiestas, donde solo puede imaginarse cierta bravuconería del toro que seguramente, nada debe haber tenido de hermoso, gallardo o apuesto como le conocemos en la actualidad (claro, cuando es hablar del TORO). Quizás eran ganados con cierta presentación, eso sí, con muchos años y posiblemente una cornamenta extraña y espectacular.

   Su primera aparición pública data del año 1652, el martes 3 de septiembre por motivo del cumplimiento de sus años. ¿De quién? Del virrey don Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste y con toros, que se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada.

   Y dejando estas historias, llegamos a 1824, año desde el cual la ganadería de Atenco nutrió de ganado en forma por demás exagerada -quizás hasta indiscriminada- a las plazas cercanas y las de la capital.

LUIS ENRIQUE GUZMÁN...

Retrato de don Luis Enríquez Guzmán…

   Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate -que la adquiere en 1878- al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Al reanudarse las corridas de toros en la ciudad de México en 1887, luego de la prohibición impuesta desde 1867, algunos toros navarros -ahora sí- llegaron por aquí, y uno de ellos, precisamente de Zalduendo fue adquirido en 1888 por la Sociedad Barbabosa Sucesores para enviarlo a Atenco, siendo sus resultados poco satisfactorios, por lo que la ganadería recupera relevancia a comienzos de nuestro siglo mezclando sus toros con sangre de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

   Cuando hechos del pasado se cubren con un velo difícil de retirar, es el momento de perseguir que la razón sea quien campee con sus argumentos sólidos, porque de otra forma, caemos en el riesgo de ser sometidos a engaño.

   El Cabildo lanzó la convocatoria el 16 de junio de 1529 para que los dueños de estancias y ganaderías presentaran los hierros con que se harían distinguir de otros sus ganados. No fue hasta el 11 de septiembre de 1531 en que se registran los primeros: García Olguín, Juana de Zalcedo, Catalina Pizarro, Gerónimo Ruiz, Francisco de Villegas, Francisco Verdugo, y en 1537 Pedro de Salcedo. En 19 de junio de 1570 vuelven a registrarse otros tantos. He allí pues, que desde muy tempranos tiempos ya hay toda una organización en torno a la ganadería en México.

   Doña Catalina Pizarro tuvo hasta 1548 y en propiedad la estancia de Chapultepec, donde muy pronto y ya bajo posesión absoluta de Gutiérrez Altamirano, continuó poblándose de ganados.

   Se mencionó a un tal Praves, yerno de Alonso de Aguilar, gobernador de Jalatlaco hacia 1557. Pues bien, es en ese año cuando se llevaron a efecto los “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación”. Tal, quedó asentado en lo que es hoy el exp. 4 del vol. 276 perteneciente al ramo VINCULOS del Archivo General de la Nación.

   Es un documento que, como fuente pasa a ser de primerísima mano pues en él se aclaran ciertas dudas que sobre el traído y llevado caso de Juan Gutiérrez Altamirano y Atenco siguen causando polémica e imprecisión.

   Intentaré recoger de este largo expediente de más de 400 fojas, un perfil que permita descifrar ciertas dudas propias de la historia atenqueña en su génesis misma. La parte sustancial a que atengo el marco de referencia parte de la foja 347 y alcanza su fuerza en la 364. Es un gran juicio de declaraciones en torno a la persona de Gutiérrez Altamirano. Buena parte de los indios de la región, empleados y otros son cuestionados sobre la forma y manera de su relación con el dicho don Juan así como de sus propiedades y manera de usarlas y distribuirlas. Pero es también el mismo licenciado quien declara

tener una estancia en término de Calimaya y la hice desde el principio y cimientos para tener mis ganados mayores y menores y la poblé con ella teniéndolos en ella y un español y gente los guardase el año de 1528.

   Se habla luego de que para 1557 es poseedor de la estancia de Chapultepec. Pero es aún más concisa la declaración de Juan Nagualquen o Naguati, indio natural de Calimaya que sabe y proporciona datos sobre Chapultepeque

cabe en término del dicho pueblo de Calimaya la cual conoce desde el día que se asentó se pobló se ubicó estancia hasta cerca de hoy a más de treinta años (…) la segunda pregunta dice lo que sabe de esta pregunta es que puede haber treinta años poco más o menos a este habiendo bido (sic) que el dicho Licenciado Altamirano puso asiento la dicha estancia de Chapultepeque sitio este lugar donde al presente estamos hizo en ella las casas y corrales de que se han servido hasta el día de hoy y bido luego y las pobló de obejas y después de vacas y otros ganados y los tuvo allá que este y pacíficamente y viéndose de todo ello como cosa suya propia bido luego puso en ella un calpisque español que se decía Francisco (¿de Praves?) y es verdad y bido como dicho tienen que el dicho Licenciado Altamirano fue el primero edificador de la dicha estancia como muy cosa suya del dicho Licenciado(…).

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Archivo General de la Nación: Ramo: VÍNCULOS. Vol. 276, exp. Nº 4: “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación” (1557). Selección de diversas fojas, donde se realiza un interrogatorio a diversos habitantes de la zona del valle de Toluca, quienes afirman que, desde 1528, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano se había posesionado de tierras pertenecientes entonces al Marquesado del Valle de Oaxaca, y que luego fueron modificadas al entorno del que surge la encomienda –más tarde hacienda- de Atenco.

   No pueden ser más evidente estos datos y si bien, ya estamos de bulto ante el origen mismo de ATENCO: esta ganadería iniciará un curso formal y normal hasta 1652. ¿Qué pasaría, mientras tanto, en los poco más de cien años atrás a 1652 en torno al desarrollo probable de manifestaciones que derivarían en la ya primera presentación?

   Seguramente la crianza del toro per se tiene su origen en el crecimiento desmesurado de las ganaderías que hubo en la Nueva España y en sus principios.

   Los primeros afectados fueron los indios y sus denuncias se basaban en la reiterada invasión de ganados a sus tierras lo cual ocasionó varios fenómenos, a saber:

1)A partir de 1530 el Cabildo de la ciudad de México concede derechos del uso de la tierra llamados “sitio” o “asiento”, lo cual garantizaba la no ocupación de parte de otros ganaderos.

2)Tanto don Antonio de Mendoza como don Luis de Velasco en 1543 y 1551 respectivamente, ordenaron que se cercaran distintos terrenos con intención de proteger a los indígenas afectados, caso que ocurrió en Atenco hacia 1551.

VASCO DE PUGA

   “El valle de Matlazingo que está doce leguas de la ciudad de México, cerca de un lugar que se llama Toluca, que es la cabecera del valle… y que hay en él más de sesenta estancias de ganados, en que dizque hay más de ciento cincuenta mil cabezas de vacas y yeguas, y que los indios le pidieron, que hicieze sacar el dicho ganado del valle porque recibieron grandes daños en sus tierras y sementeras y haciendas, y que no las osaban labrar -es decir eran salvajes- ni salir de sus casas, porque los toros los corrían y mataban, y que los Españoles dueños de las estancias y el cabildo de la iglesia mayor desa ciudad, por otra le pidieron que no se sacase el ganado de la iglesia…”

Fuente: Puga, Vasco de: Cedulario de la Nueva España, ed. facsimilar del impreso original de 1563, estudio, introd. de María del Refugio González. México, Condumex, 1985., LVIII, 118 fojas. (ff. 153v y 154).

3)Se aplicó en gran medida el “derecho de mesta”. A causa de la fuerte expansión ocurrida en las haciendas, en las cuales ocurría un deslizamiento de ganados en sus distintas modalidades, mismos que ocupaban lo mismo cerros que bosques, motivó a un repliegue y al respectivo deslinde de las propiedades de unos con respecto a otros. Como se sabe la mesta -herencia del proceso medieval- fue un organismo entregado al incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios, quienes manifestaron los severos daños a movimientos fraudulentos dirigidos a los agricultores y a la propiedad territorial, siendo los indígenas el grupo más afectado.

4)Bajo estas connotaciones nace por lógica de los necesarios movimientos internos de orden y registro un quehacer campirano ligado con tareas que marcaron el inicio de las demostraciones charras. Esto es, lo que hoy resulta una actividad netamente de entretenimiento, ayer lo fue -y sigue siéndolo- en el campo, como labor cotidiana.

   De ahí que delimitada la ganadería se diera origen involuntariamente a un primer paso de lo profesional y que Atenco, por lo tanto deje una huella a lo largo de poco más de tres siglos y medio por la abundancia de toros criollos no criados específicamente como toros de lidia en todo el sentido de la palabra; concepto este que surge hasta fines del siglo XIX.

   Todo lo que hasta el momento se ha visto revela una actividad cuyos principios fueron establecidos desde los viajes de Colón y luego, gracias a todos aquellos nuevos pobladores españoles como resultado de la expansión y la extensión de la vida cotidiana en América.

   Por los deseos de crecimiento propios de la corona española a fines del siglo XV y tras el acontecimiento mayor en el que Cristóbal Colón fue eje fundamental en 1492, se sucedió paulatinamente la ocupación de tierras americanas por aventureros, militares y misioneros quienes trajeron consigo un modus vivendi del que dependían para su cotidiano transcurrir.

   Fue en el segundo viaje del almirante genovés, el de 1493 y en noviembre cuando llegó a la isla de la Dominica “todo género de ganado para casta” como lo apunta Enrico Martínez en su Repertorio de los tiempos e historia de la Nueva España (1606). De esta exposición parte la crianza de ganados en diversos sitios, como por ejemplo las Antillas; la Española y la isla de Santiago (hoy Santo Domingo y Cuba respectivamente).

   Así, es posible entender un panorama que si bien en ciertos momentos se vio controlado e incluso limitado y bajo amenazas conocidas en más de alguna ordenanza -como la de 1525 que ya apuntamos con anterioridad-, luego adquirió otra fisonomía que permite nuevas formas de producción que requerían el control y participación de la “mesta”, institución de sólida formación medieval, pero aplicada en otro espacio y bajo distintas condiciones. Sin embargo, luego de establecido el género de la ganadería en sus bases de fomento y reproducción del ganado, se rebasaron unos valores y el control se perdió. Fue tal el crecimiento de los hatos ganaderos en sus diversas modalidades, que bien pronto invadieron otras extensiones, llegando a poblar cerros y bosques, regiones que no eran propicias del todo para la buena reproducción, ocasionándose con ello que los ganados se distinguieran por ser “cerreros” y “montaraces”, es decir con la característica de ser casi salvajes. Ello movió al deslinde obligado de las ganaderías lográndose así, el reconocimiento de terrenos y ganados propios de cada señor dueño de “estancias” o “sitios”. De allí es posible elucubrar las posibles tareas de una selección primitiva, cuyos fines no conseguían alcanzar lo que luego se establecería con los principios de la ganadería desde un punto de vista netamente profesional.

   Durante buena parte de la colonia no es posible pensar en la dedicación de los ganaderos cercanos a la fiesta de toros al concepto de crianza, y más aún de la destinada para la lidia, que va a darse en el último tercio del siglo XVIII en España con la de García Aleas Carrasco (desde 1788). Es un entuerto pensar que Atenco pueda asumir el privilegio de ser la primera en donde se manifestó el carácter de crianza cuyo fundamento es ya el de la reproducción y el de la selección que ocurriría durante el curso de la segunda mitad del siglo pasado.

   Y vayamos con el siglo XIX.

   Durante esta centuria puede afirmarse que se lidiaron grandes cantidades de toros de Atenco no solo en la capital; también en el interior del país. Por ejemplo de los datos obtenidos en la caja Nº 39 del Fondo: Condes Santiago de Calimaya, del Fondo Reservado, de la Universidad Nacional Autónoma de México, se encuentra este dato:

s/n Señor D. José Juan Cervantes

Atenco, 22 de enero de 1847

   (…) De ganado del cercado contamos hoy con 3000 cabezas, entre ellas muchos toros buenos para el toreo.

   Román Sotero (Rúbrica)

   Aunque es tal la información de nuevos datos, que me obligo a presentar un panorama más amplio al respecto.

EL TORO DE LIDIA EN EL SIGLO XIX

   Antes y durante el movimiento de emancipación de 1810 la actividad taurina alcanzaba niveles de gran importancia. Incluso hasta en los protagonistas de los hechos revolucionarios como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende o José María Morelos se les veía como criador, torero y vaquero respectivamente.

   Con la presencia de toreros en zancos, de representaciones teatrales combinadas con la bravura del astado en el ruedo; de montes parnasos y cucañas; de toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales y liebres que corrían en todas direcciones de la plaza, la fiesta se descubría así, con variaciones del más intenso colorido. Los años pasaban hasta que en 1835 llegó procedente de Cádiz, Bernardo Gaviño y Rueda a quien puede considerársele como la directriz que puso un orden y un sentido más racional, aunque no permanente a la tauromaquia mexicana. Y es que don Bernardo acabó mexicanizándose; acabó siendo una pieza del ser mestizo.

BERNARDO GAVIÑO_ANTONIO NAVARRETE

Retrato de Bernardo Gaviño. Recreación del pintor mexicano Antonio Navarrete.

   Ante este panorama Atenco siguió lidiando en cantidades muy elevadas, según los registros con que dispone la historia del toreo en México. Justo es recordar que la ganadería desde sus inicios estuvo en poder del lic. Juan Gutiérrez Altamirano y de su descendencia, conformada por el condado de Santiago de Calimaya; esto desde 1528 y hasta 1878, año en que es adquirida por la familia Barbabosa.

   Otras ganaderías que lidiaron durante el XIX -en su primer mitad- fueron:

-El Cazadero

-Guanamé

-Huaracha

-Tlahuelilpan

-Del Astillero       GANADO CRIOLLO EN SU TOTALIDAD.

-Sajay

-Queréndaro

-Tejustepec

-Guatimapé

   Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron san Diego de los Padres y desde luego Atenco, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate. En 1853 se formalizó la hacienda de san Diego misma que surtía de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros, sobre todo a la región del valle de Toluca.

  Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural, descuido que no se produjo de manera deliberada por parte de los criadores, mismos que muestran interés, pero la labor se debe más a un principio de intuición que produce buenos resultados. En 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, puesto que llegaron procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre su ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos. Por una curiosidad, puede decirse que cabe el honor a la de Atenco ser la ganadería de toros con el privilegio de haber aplicado los primeros métodos del concepto profesional para la crianza y todos sus géneros del toro bravo, con resultados que en un principio no resultaron plenamente satisfactorias, puesto que el semental de Zalduendo no dejó buenos frutos.

   Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado -criollo- de San Cristóbal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco. Catorce años más tarde este ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   Día a día se mostraba un síntoma ascendente cuya evolución era constante. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de aquel toreo sin tutela, clara muestra por valorarse así mismos y a los demás por su capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. Tras la prohibición ya mencionada puede decirse que veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

TOREO CAMPIRANO
Las dos imágenes corresponden a un mismo hecho, ocurrido también en una misma jornada. Y quizá, en un momento muy cercano entre una y otra. El fotógrafo tuvo oportunidad de enfocar dos suertes profundamente vinculadas al campo, como tareas cotidianas en ese espacio tan emblemático. En la primera, los vaqueros han lazado al novillo, o quizá una vaquilla, misma que ha rodado por la tierra, sitio donde los de a pie, dos rancheros habilidosos y uno más que quizá se acomoda uno de los huaraches, están preparados para ejecutar las suertes del toreo que vieron en alguna plaza cercana o les contaron el sucedido y ahora pretenden emularlo. Resuelto el punto, soltadas las amarras para que el novillo o la vaquilla se solazara libremente una vez más en el campo, dentro de un gran corral, los de a pie se dieron “vuelo” capoteando como Dios les dio a entender, con sarapes, a sombrerazos… y muchos pies. Uno de ellos incluso tuvo el arresto de montar al “bravo” ejemplar, jineteándolo a pelo, es decir, a la vieja usanza del campo mexicano, allá, en esos espacios donde no hubo regla ni nadie que les limitara o frenara para realizar el toreo a “su manera”. Lo que se puede apreciar es que los de a pie, le “sacaron las vueltas” al bovino, tal y como nos lo deja dicho Margarito Ledesma en estos versos dedicados a
Juan Silvete. Imaginando para ello que alguno se llamara Juan…

Y Juan sin muchos espamentos

y haciendo cosas muy resueltas,

le sacó al toro muchas vueltas

y le picaba los asientos.

   He aquí el toreo rural en toda su dimensión. Quitados de la pena, los rancheros, se envalentonaron y pusieron todo de sí para ejecutar las suertes que en el espacio urbano era cosa consumada. Gracias a estas dos imágenes, puede comprobarse que los toreros aborígenes, calzan huaraches y no zapatillas. Llevan calzón y camisa de manta y no el lujoso terno de luces. Se tocan de sendos sombreros de “piloncillo” y no de monteras. Realizan suertes en un corral improvisado y no en la gran plaza de toros donde intentaron suertes tauromáquicas mejor o igual que Ponciano Díaz o Rodolfo Gaona –porque las imágenes deben corresponder a esos años, transición de los siglos XIX y XX-.

   Tarde soleada, tarde de toros. Toreros campiranos que diciendo quizás ¡qué te da valor!, mientras esa afirmación sale de unos labios humedecidos de pulque, mezcal o tequila, jinetean y le sacan vueltas al torillo, en tanto al fondo de esta segunda imagen, aparece dispuesto para el “quite” otro ranchero más, que ha desdoblado el sarape, quizá lo muerde, como muerden los toreros de miedo la esclavina del capote, y se dispone a intervenir para pegarle algunos lances. Otros dos, quizá menos animados, lo alientan sentados en los ramales del corral, mitad piedra, mitad madera, en tanto la tierra nos da muestra de que algún día sirvió para buenas cosechas y que un buen día también, podrían ser aprovechadas para sembrar maíz. Por ahora, la siembra de toreros es generosa.

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional haya sido desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Ahora bien, se preguntarán ustedes: ¿Qué es de Atenco?

   Esta ganadería tuvo épocas brillantes en buena parte de la pasada centuria y en nuestro siglo, pero poco a poco fue cayendo en el olvido, luego en decadencia y ahora en su casi pérdida total. Ya solo la sostiene el recuerdo y los sucesores de Juan Pérez de la Fuente. Su nombre ha dejado de escribirse en carteles; en la historia misma. Hoy, sus recuerdos solo forman un abigarrado conjunto de acontecimientos que aquí y ahora se han intentado resumir dando a conocer lo que humanamente ha estado a nuestro alcance, esperando que el objetivo emprendido encuentre positiva aceptación. Gracias.

   Quedó atrás el siglo XIX y con el XX el ambiente taurino ya proyectaba toda esa luz propia de algo bien definido. Ninguna secuela quedaba de lo campirano; acaso se dio algún cartel constituido por novillada y jaripeo, como la efectuada el 8 de octubre de 1914. José Becerril y José Velasco fueron los charros en la ocasión en cuanto que Rosendo Béjar fue el torero de a pie, jugándose ganado de Santín.

   Buena parte de diestros españoles hicieron la América y Mazzantini continuó con sus campañas -hasta 1904- junto con Antonio Montes, Antonio Guerrero “Guerrerito”, Castor Jaureguibeitia Ibarra “Cocherito de Bilbao”, Manuel Mejías “Bienvenida”, Rafael Gómez Ortega “Gallito”, Rafael González “Machaquito”, Enrique y Ricardo Torres los “Bomba”, Antonio Fuentes, Antonio “Reverte”. Junto a todos ellos, Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, Vicente Segura, y más tarde Rodolfo Gaona conformarán toda una época consistente en el ya plenamente constituido caldo de cultivo del toreo moderno, que para aquel entonces vive su etapa primitiva. Esta se comporta -respecto a la lidia en sí- a base de lucimiento extremo con el capote (amplio repertorio de quites). La suerte de varas por entonces se practica sin peto o protección en el caballo, lo cual originaba auténticas matanzas y despanzurramiento de los cuacos. También, a la salida del toro, ya se encontraban en querencia y contraquerencia los picadores dispuestos a ejecutar la suerte. Así que la cantidad de puyazos era considerable, en medio de sangrientas escenas. Tras el tercio de banderillas, breve pero efectivo, llegaba la “hora de la verdad”, donde bajo escaso lucimiento del espada, mismo que solo pasaba de muleta sin otra intención que la de igualar al toro y así poderlo estoquear, suerte esta, en la cual recaía por entonces, buena parte del interés de una corrida en sí. Gracias al tiempo, el objeto ha sido reubicar lo realizado por el capote, depositándolo en la muleta con su respectiva ejecución de la espada. No existían los trofeos y dominaba más el carácter de arrebato personal producido o fabricado por cada torero.

   Las nuevas alternativas solo se disponían a su indicada explotación, por lo cual el destino del toreo en México tuvo por aquellos primeros años del siglo sus mejores momentos. El ganado lo había español y nacional ya cruzado de nuevo con aquel y dándole  en consecuencia gran esplendor a la fiesta.

EL TORO DE LIDIA MODERNO. (Orígenes)

   La importancia del cambio originada en la fiesta, el imperante dominio de la corrida a la española que impuso Mazzantini y el impulso a un nuevo y mejor espectáculo, llevaron a la necesidad de un toro nuevo para una fiesta nueva y distinta.

   Con san Mateo se inicia aquel esquema. En su principio fue una ganadería sostenida por ganado criollo de san Mateo, El Barranco y Santa Cruz de cuya selección don Antonio y don José Julián Llaguno González lograron apartar 30 vacas y un toro criollo.

   Y si bien en 1907 Ricardo Torres “Bombita” obsequia a los señores Llaguno un semental de Palha para que sirviese como semental, fue un año más tarde en el que el mismo diestro intervino como intermediario para la negociación entre los Llaguno y el marqués del Saltillo, quien vendió a aquel y en un principio, 6 vacas y dos sementales. En plena revolución, Antonio vuelve a adquirir otras 10 vacas y con ese conjunto forma el esplendor de SAN MATEO, mismo que ha cubierto de gloria a otras tantas ganaderías que se han nutrido de su simiente. Y con ello surge en potencia una fiesta nueva, netamente a la española. Los toros son criados auténticamente para lidiarse y matarse. Es pues que con SAN MATEO se inicia la etapa del toreo que hoy en día conocemos y disfrutamos.

PORRISTA DE TORRECILLAS

Claro, este era el estereotipo de toro que se presentaba en México hacia la cuarta década del siglo XX y que llenaba un importante espacio de necesidades en las que predominaba el toreo moderno y sus nuevas condiciones de interpretación, en las que el ganado cumplía un papel de desarrollo para ese tipo de expresión.

   Con san Mateo y Manuel Jiménez “Chicuelo” sucede un encuentro donde trasciende el apogeo del toreo en redondo. LAPICERO y DENTISTA son las mejores muestras de este hecho.

   Durante la década de los años treinta ocurre la consolidación de san Mateo al darse un fenómeno de auge por la gran cantidad de toros bravos y de “bandera” lidiados por figuras del orden de Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, Alberto Balderas, Jesús Solórzano o José Ortiz.

   San Mateo deja su huella en toda la ganadería de reses bravas, tanto a nivel nacional como internacional. A la muerte de don Antonio Llaguno se abre san Mateo y de ahí surgen:

-Jesús Cabrera

-Lorenzo Garza

-Santo Domingo

-Valparaíso

-Reyes Huerta

-Garfias

-Begoña

-San Antonio de Triana

-San Judas Tadeo

-Los Martínez

-Manuel Martínez

¡¡¡Prácticamente todas!!!

Cada vez impera un toro moderno para un toreo moderno. Pero aún falta por mencionar otra de las columnas vertebrales de la ganadería en México que desgraciadamente por ser una reminiscencia del toro a la española, al paso de los años desapareció víctima de un desprecio y un olvido totales. Nos referimos a LA PUNTA una ganadería formada con pura sangre de Parladé en 1918, gracias al esfuerzo de los hermanos Francisco y José Madrazo García.

PERSPECTIVAS

   Ante el nacimiento de una nueva época, la ganadería sin la presión de las figuras y con la presión del público empieza a mandar el toro con edad y trapío. El campo ganadero se reduce enormemente, pero ello no es un inconveniente mayor, puesto que los esfuerzos técnicos y veterinarios están puestos al servicio de lo que significa la actividad profesional con cerca de 300 ganaderías registradas hasta el momento en la sociedad de criadores de toros de lidia.

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