EL-HOMBRE-QUE-NO-CREE-EN-NADA: HOMENAJE-MERECIDO.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Un libro que no puede faltar para todo aquel que pretende convertirse un buen día en cronista de toros, y que lo debe ser para un amplio sector de quienes ya se encuentran posicionados en diversos medios de comunicación masiva, incluyendo la internet, es

EL-HOMBRE-QUE-NO-CREE-EN-NADA

    Tanto Xavier González Fisher, como Jesús Antonio de la Torre Rangel, compiladores en la obra aquí reseñada, tuvieron el acierto de elegir, entre el vasto legado de un personaje entrañable como Luis de la Torre, lo mejor de sus escritos. Labor difícil de suyo si el propósito era que los propios textos de El-hombre-que-no-cree-en-nada son uno a uno, auténtica lección de dignidad, pero también de conocimientos, de justicia y equilibrio a la hora de emitir un juicio de valor.

   El autor aguascalentense (1889-1975) obtiene con esta publicación su primer y gran reconocimiento debido a que la misma destila un enorme despliegue del saber taurino, mismo que forjó gracias a una escritura llana, limpia, sin rebuscamientos, y siempre teniendo como objetivo principal su verdad, objetiva y personal si cabe, pero era finalmente la de un aficionado pensante capaz de emitir opiniones sujetas al bagaje que fue construyendo a lo largo de sus muchos años de ver toros. Sucesor en buena medida de la escuela formada entre otros por Carlos Cuesta Baquero, pretendió seguir aquel ejemplo de ahí que sus textos son auténticas lecciones que deben ser urgentemente aprendidas, aprehendidas y asimiladas por una amplia legión de aprendices, que los hay y muchos en este medio, corriéndose el riesgo de que al dispersarse esa falta de sustento en sus escritos o crónicas que se transmiten por radio, televisión, internet o se publican en medios impresos, el lector, el radio oyente y también el televidente se dejen atrapar por una “verdad a medias”. O ni siquiera eso. Me explico.

   De unos años a esta parte, los medios masivos de comunicación siguen esperando la llegada de personajes confiables, capaces de convertirse en ejes centrales de algo que se precie y se aprecie de manera contundente. Por eso, a falta de profesionales, y me refiero al hecho de que las escuelas de periodismo o carreras como las de ciencias de la comunicación no están dando los frutos pertinentes en un medio colmado de diletantes, son aficionados entusiastas quienes se van colocando según sus conocimientos pero que tienen poca conexión con la ética como principio elemental de confiabilidad. Así como los médicos llegan al culmen de su preparación obligados a cumplir el “Juramento de Hipócrates”, así también quienes ejercen la valiosa pero también peligrosa profesión de periodistas deberían juramentar en los mismos términos. Es preciso un juramento que los lleve por el camino más apropiado de una verdad opuesta a toda falsedad. Por eso, los textos de don Luis de la Torre tienen aquí una presencia rotunda, contundente. Convincente también en una época que, como la nuestra, hay demasiada ausencia de eso que sigue siendo escaso: la verdad en los toros.

   Como auténticas lecciones que comparto con todos aquellos que siguen este propósito de difusión no sólo de la historia taurina mexicana, sino también de sus aspectos culturales, aquí hay dos ejemplos de los que quiero dar razón, justa y exacta –ni una palabra más ni una menos-, de sendos textos fundamentales que se convierten, no podía ser de otra manera, en el justo homenaje a El-hombre-que-no-cree-en-nada. 

LUIS DE LA TORRE

La Lidia. Revista Gráfica Taurina, año II, N° 53 del 26 de noviembre de 1943.

 AYER Y HOY.[1]

 AYER.

    Hombres recios, de juventud madura, de espíritu decidido, de tenacidad heroica; sin más ambición que la gloria y el deseo, por aspiración muy humana, de salir de una esfera de inferioridad, buscando el bienestar propio y el de los suyos, en proporción suficiente para poder disfrutar de los goces de la vida, sanamente envidiado de quienes de ello hacen alarde de manera muy notable en el ambiente taurino, el más accesible al pueblo de baja capa social. Así fueron los primeros lidiadores de reses bravas, amantes de conservar la tradición en el vestir, en ciertos característicos modales y en una esplendidez rayana en el despilfarro, hasta la aparición de toreros como don Luis Mazzantini, Antonio Fuentes y Ricardo Torres, quienes, sin apartarse mucho de tales procedimientos, sobre todo en lo referente a la nobleza de corazón, tuvieron empeño en variar su indumentaria y en pulirse dentro del trato social, logrando distinción y ser considerados como señoritos toreros.

   La generalidad de las figuras grandes de ayer alcanzaron renombre, no de golpe y porrazo, sino ascendiendo escalonadamente, iniciando su carrera como peones de brega y banderilleros al lado de lidiadores ya consagrados por la fama. Prestigiados en opinión de los públicos y reconocidas sus aptitudes por sus mismos directores, jefes de cuadrilla, pasaban a ser medios espadas o bien recibían la distinción de que el espada les cediera la muerte de algún toro, abriéndose así las puertas a la categoría de novilleros, tercer peldaño, de dura prueba también, para alcanzar la cúspide en la carrera taurina, sostenida en tales circunstancias por la capacidad, valor e inteligencia en cada caso especial.

   Para llegar al matador de toros, requeríase, pues, poseer los más amplios conocimientos, adquiridos en varios años de andar entre los astados brutos. Lo mismo debía conocer cuánto y cómo se corre un toro por derecho, como cada una de las demás suertes aplicadas en momento oportuno y de acuerdo con las condiciones de lidia tan variada que ofrece cada cornúpeta en los ruedos. De su mismo aprendizaje resultaba su conocimiento amplio del segundo tercio, desprendiéndose de aquí que casi todos fueron toreros completos, poseedores de todos los recursos para poder aplicarlos con propiedad y llevar la lidia en el más perfecto orden.

   El título de “matador de toros” no lo ostentaban solamente por el hecho de haber recibido formulariamente los trastos toricidas de manos de otro espada, sino por haber satisfecho ante los públicos capacidad suficiente como estoqueadores, además de madurez completa para el desempeño de su cometido en todo el curso de la lidia.

   Las aptitudes de los lidiadores iban estimándose paulatinamente, reconociéndoseles estos méritos cuando todavía actuaban como peones de cuadrilla, pero si al decidirse a tomar la muleta y el estoque no daban la talla requerida, quedaban, si se quiere, como notabilidades auxiliares, casos que la historia registra en cantidad suficiente para plena justificación de los hechos.

   El matador de toros era de verdad, y en tan alta estima se tuvo esta cualidad que por sí sola era suficiente para dar categoría a un lidiador, siendo considerada como SUERTE SUPREMA de la lidia la práctica de la estocada, requisito esencial para redondear la labor de un torero, sin lo cual pasaba desapercibida, castigándose con severas muestras de desaprobación aún cuando se hubiera toreado con soltura y con primor. Los escasos apéndices que se concedían a los diestros de ayer sólo se justificaban con la ejecución de la estocada perfecta, precedida de concienzudo trasteo, dominador, mandón, eficaz y en todo acoplado a las condiciones del enemigo.

   Los ganaderos, celosos siempre del prestigio de sus vacadas por el poderío, trapío y arrogancia de sus pupilos, velaban con el mayor empeño porque los toros salidos de sus dehesas fueran eso, toros en todo el sentido del vocablo, con edad, peso y pujanza que los acreditaran como efectivos enemigos del lidiador para ser vencidos en la arena por el valor, la destreza y la inteligencia del hombre, en lucha leal y noble, propia del verdadero gladiador. Los toros salían al ruedo para vender cara su vida, en plenitud de facultades de madurez y poderío, como elemento esencial de la fiesta, justificante en todo de su salvaje bravura en riña con la bravura consciente de quienes a ellos se enfrentaban.

   A orgullo tenían los ganaderos saber que sus toros hicieran pelea brava y dificultosa, que tomaran con fiereza numerosos puyazos, derribando con estrépito a los picadores, hombres fuertes, valerosos, caballistas entendidos, a la vez que toreros conocedores del oficio, encargados de infligir castigo y correctivo a los bureles, sin causarles muerte prematura, restándoles solamente facultades para que sus matadores efectivos encontraran más expedito el camino, pero nunca animales en estado de agotamiento, que ya ellos se encargarían con la muleta de domeñar su fiereza y en el momento preciso entrarles a matar o aguantarlos a pie firme consumando la estocada con arrogancia propia del ser inteligente en franca lucha con la bestia salvaje.

   La defensa del caballo era motivo de alta satisfacción para los piqueros y los públicos premiaban esa hazaña con largueza, conocedores del empuje brutal de la fiera enardecida; pero si esa defensa era humanamente imposible, ahí estaban los lidiadores de a pie siempre dispuestos a exponer su propia vida en defensa del subalterno caído y aún de la cabalgadura, realizando el quite de efectividad asombrosa, única razón real para designar así a tales intervenciones del torero.

   Los públicos por su parte, amaban intensamente la fiesta, había en ellos verdadera afición y conocimiento pleno de la materia; sabían justipreciar todo lo que en los ruedos sucedía, distinguiendo con claridad el verdadero mérito de la chabacanería, de la ventaja, de la mistificación.

   Para los públicos de ayer la fiesta no tenía principio ni término.

   Las corridas para los verdaderos aficionados empezaban desde el momento de aparecer anunciados los carteles, formulando presagios, reuniéndose en los teatros y cafés para hablar larga y entusiastamente del festejo esperado; no perdían detalle de los preliminares de la corrida, y una vez terminada tenían material inagotable de comentarios en las sabrosas charlas en teatros y cafés hasta no ver anunciado el siguiente festejo y continuar así en cadena interminable de augurios y comentarios durante toda la temporada.

   Dentro de las plazas formábamos señalados grupos de partidarios de determinados diestros, lo que daba más sabor al espectáculo al desatarse reyertas llenas de pasión, de esa pasión ardorosa tan propia de la fiesta, a la que debe su sostenimiento a través de los años.

   Con avidez se buscaban al día siguiente las crónicas de la corrida, con la seguridad de encontrar en ellas veracidad, enseñanza, justicia y palpable desinterés. De su lectura nacían también sabrosas y acaloradas discusiones, renaciendo en los lectores y escuchas las escenas un día antes presenciadas, y venía el comentario, la rectificación, un nuevo conocimiento en la materia, una luz, un avance en la experiencia adquirida.

   Los aficionados de ayer merecían todo respeto por parte de las empresas; no eran explotados ventajosamente porque también en las empresas había afición, había amor por la fiesta, cuidaban del prestigio del espectáculo, sin alardes desmedidos de lucro.

   Todo era mesurado y benéfico para los públicos taurófilos. Los toreros cobraban con moderación, los ganaderos vendían sus reses a precios razonables; las empresas se limitaban a cobrar lo indispensable para obtener ganancias nunca exageradas, sin recurrir a la reventa; los cronistas y críticos no empleaban su pluma como un medio de vergonzosa explotación.[2]

    He aquí, en una primera mirada, el juicio de valor que supo emitir entre sus lectores, don Luis de la Torre. Y si polémica e interesante ha resultado dicha visión, esperemos encontrar en la próxima entrega una desbordante suma de apreciaciones donde procura poner todo en su justo equilibrio. Por lo tanto, celebro la aparición de este libro básico, fundamental, necesario que aparece en estos precisos momentos como una bocanada de aire fresco.

CONTINUARÁ.


[1] Xavier González Fisher y Jesús Antonio de la torre Rangel (compiladores): El-hombre-que-no-cree-en-nada. Un siglo de toros. Antología. Aguascalientes, Centro de Estudios Jurídicos y Sociales Mispat, 2013. 200 p., p. 141-4.

[2] La Lidia. Revista Gráfica de Espectáculos. N° 195, del 30 de agosto de 1946, p. 23.

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