EL-HOMBRE-QUE-NO-CREE-EN-NADA: HOMENAJE-MERECIDO (II).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    No puedo dejar de mencionar en esta otra parte de mi reseña a la gozosa aparición del libro en que pusieron su empeño Xavier González Fisher y Jesús Antonio de la Torre Rangel, la de otro excelente ejercicio que publicó recientemente Horacio Reiba tanto en La Jornada de Oriente,[1] como en el portal de internet “AlToroMéxico.com”.[2] Fueron dos magistrales maneras en que Horacio supo interpretar el discurso que Luis de la Torre puso al servicio de los aficionados a la tauromaquia desde la perspectiva de un hombre fiel a sus principios, riguroso y romántico a la vez, pensando que esa expresión que hoy día pervive, ya era para su tiempo un tema que preocupaba por los riesgos que se corrían. Sobre todo porque desde aquellas épocas eran evidentes una serie de excesos, síntomas que fueron reflejándose debido a los cambios que se operaban al interior del espectáculo, como fuera de este, y donde el avance y la modernidad de aquel entonces empezaba a permear de distinta manera entre las sociedades también modernas de hace 50 o 70 años. No es casual que los grandes medios de comunicación como la radio, la prensa o el cine estuviesen participando en la difusión del espectáculo, lo cual era lícito y hasta convencional. No es casual tampoco que los grupos sociales acudieran masivamente a las plazas y las llenaran como hoy día se extraña tanto. Y es que hubo un nutrido grupo de toreros importantes que tenían prácticamente a la afición en vilo gracias a sus constantes hazañas o a sus marcadísimos fracasos que trascendían como referentes que alentaban aún más el aspecto protagónico, paradigmático hasta hacer de cada uno de ellos auténticos ídolos populares que podían codearse lo mismo, con aquellos otros que fue creando el cine nacional, por ejemplo, o la radio, desde donde las voces de diversos cantantes también hicieron época. Todo eso fue importante para que el proceso de la creación y conservación de iconos populares repercutiera enormemente al interior de un país que necesitaba este tipo de figuras, alejándose en alguna medida de aspectos cotidianos que ayer, como hoy afectaban la vida diaria. Sin embargo entre aquella y esta época, también se percibe un enorme abismo, del que seguramente un Luis de la Torre redivivo, pero que no está presente, porque no hay hasta ahora un Luis de la Torre que valga en el medio taurino, tendría al medio informado, al alba de cualquier abuso como los muchos que se cometen por parte de los protagonistas en el espectáculo (salvo raras excepciones, que siempre las hay, por fortuna, aunque son las menos).

   Por eso, creo que este libro llegó en momento oportuno, de ahí que reitere mi agradecimiento más sincero a sus compiladores el hecho de haber querido compartir con nuevos lectores, el encanto de una vieja escritura que no por vieja deja de ser novedosa, y más aún. Se trata desde sus entrañas mismas, de asuntos que siguen vigentes quizá bajo el principio de “todo es igual pero todo es diferente”. Si no, comprobémoslo juntos en la lectura que quedó pendiente desde mi entrega anterior, texto fundamental que retrató el estado de la cosa taurina en México para 1946, mismo texto que, con sus pequeñas diferencias funciona perfectamente en este 2013 que transcurre.

 AYER Y HOY.[3]

HOY.

EL-HOMBRE-QUE-NO-CREE-EN-NADA

   Aquellos que en la actualidad se dedican o pretenden dedicarse a la profesión taurina, en este desenfreno voraginoso por amasar riquezas, encuentran en ello su única mira. Todos quieren escalar vertiginosamente las cimas más elevadas, sin medir obstáculos, sin premeditar a conciencia los escollos por vencer para alcanzar cualquier meta humanamente conquistable.

   Las facilidades que aparentemente ofrece la nueva modalidad traída a la fiesta, los entusiasma de tal modo, las creen tan sencillas de vencer, que no se cuidan siquiera de observar dentro de sí mismos si efectivamente son dueños de la afición indispensable a tal actividad. Les fascina el ambiente y lo demás nada les importa. El espejismo de la riqueza se presenta a sus ojos con muy halagüeña perspectiva e irreflexivamente se lanzan a la aventura, tristemente seguros de encontrar sin tropiezos la fortuna anhelada.

   El torero de hoy ha olvidado casi por completo lo que de tradicional tuvo por muchos años fiesta tan gallarda, tan varonil, tan altamente significativa como espectáculo único, tanto en su ambiente interior como exteriormente. A la historia ha pasado la majeza arrogantemente exhibida por el lidiador de reses bravas, tipo distinto de todos los demás, capaz de llamar la atención en cualquier sitio, por numerosa que fuera la concurrencia en ellos reunida por algún motivo.

   ¿A qué perder el tiempo en inútil aprendizaje? Lo que ellos necesitan, lo único envidiable es llegar pronto a enriquecerse, cobrando exorbitantes emolumentos. ¡La gloria! ¿Y qué es de la gloria? Ella llegará con el dinero, sino precisamente dentro de los ruedos, si fuera de ellos, que es lo que más les interesa y les seduce.

   Seguir paso a paso la carrera taurina para obtener conocimientos básicos de terrenos y condiciones de lidia de los toros ¿qué fin encierra eso? Si ya sus predecesores, en franca connivencia con los poco escrupulosos ganaderos, les han dejado expedito el camino, recortando en todo la efectiva fiereza de las reses, ¿a qué prolongar el camino con inútiles prácticas lecciones?

   Ningún interés guarda para los toreros de hoy conocer a fondo el oficio, sabiendo como saben, que difícilmente tropezarán con problemas a resolver, y en caso de encontrarlos, saben que no necesitan resolverlos. Su prestigio estará exclusivamente cimentado en el preciosismo o “clase” (como ahora se dice) que logren exhibir ante el torete inerme, carente de fuerza y de malicia, sobre el que desatará la lidia más absurda y que será castigado sin piedad, reduciendo a la nada sus escasas facultades.

   La ausencia de todo aprendizaje y la mira única de rápido enriquecimiento, han traído como consecuencia fatal, la desaparición en los ruedos de nuevos valores en lo referente a cuadrillas. Lo poco aceptable, decadente también, sólo se encuentra entre aquellos ya viejos lidiadores desde un principio en esas actividades, muchos de los cuales han abandonado la muleta y el estoque por no haber hallado sitio propicio en la categoría de matadores.

   La suerte de matar, aquella que requiere mayor acopio de conocimientos, destreza y valor, ha caído por completo en el más absoluto de los olvidos. Hoy se triunfa, hoy se cortan orejas, rabos y patas a granel, sin tener en consideración en lo más mínimo, no digamos ya al estoqueador clásico y efectivo, ni tan siquiera al hábil matador. Es suficiente la presencia de un torete de carril, suave como la seda, dócil como cualquier falderillo, con el que pueda practicarse el toreo de salón, pinturero, gracioso, con esa gracia propia de los tablados, para enardecer a las multitudes, a las que no importa que tan seductora labor sea cobardemente mancillada con la ignominia de un soberano golletazo. Y el delirio aumenta si el flamante terno del arlequín queda manchado por la sangre que en abundancia escurre por las paletas del burel, de tanto embarrarse en sus inofensivos costillares.

   Los modernos criadores de reses bravas ya no buscan la satisfacción en el poder y la fiereza de sus toros; no tienen empacho en enviar a las plazas más importantes la más tierna juventud que pasta en sus dehesas. Todo su orgullo estriba en que sus críos alcancen los precios más elevados del mercado y ofrezcan lidia de suavidad extraordinaria para solaz de la ignorancia de la torería y complacencia de los públicos entregados por completo a la dulce impresión causada por el imperante preciosismo. Su dinero les cuesta ver después, en las columnas de los periódicos, los ditirambos más sonoros en loor de los toros de bandera, mutilados en todos sus apéndices, a la vez que acribillados a pellizcos o mandados al destazadero de soberanos sartenazos.

   La reducción en el toro de lidia de todas sus características como bestia feroz; el empleo del fatídico peto, más perjudicial y martirizante que benéfico y humanitario; el empleo de la ignominiosa lanza en vez de la adecuada puya; la actual forma de picar, auxiliada por el peto, echando encima la cabalgadura en lugar de aplicar su hábil defensa, han determinado definitivamente la desaparición del auténtico quite, sustituyéndolo, ventajosamente para el torero, con una serie de innecesarias intervenciones, cuyo único fin es la exhibición del preciosismo ante animales agotados, constitutivo del toreo moderno.

   Los públicos de hoy, aparentemente entusiastas de la fiesta, llenando las plazas de bote en bote, tras de sufrir innumerables molestias y ser víctimas de toda clase de explotaciones, en el fondo carecen de afición. El espectáculo dura para ellos la hora y media en que se desarrolla; la impresión es momentánea, no dejando lugar al amplio y sabroso comentario, ni mucho menos al augurio encadenador de un festejo con otro festejo. Se abandonan las plazas como se dejan los salones de cine, sin mayor entusiasmo. Pero debemos hacer notar que la copiosa concurrencia a la fiesta taurina no lleva otro afán que pasar el tiempo, como se pasa en cualesquiera otros espectáculos. El aumento de población en las ciudades es la única causa de los fantásticos llenos en los cosos taurinos, exactamente como acontece en todos los centros de diversión.

   ¿A qué buscar las crónicas taurinas? Todos saben que nunca encontrarán en ellas la verdad, por lo contrario, con no poco disgusto y asombro, tendrán que preguntarse quienes les dan lectura, si lo allí descrito es efectivamente lo presenciado pocas horas antes de ser impreso. De ellas solo sacan desorientación, mayor desconocimiento del asunto, o bien, triste enseñanza de la metalización más absoluta en todo lo relacionado con la fiesta taurina.

   El público lo paga todo, el público lo soporta todo. Hay que darle al público lo que su paciencia aguante. Negocios son negocios y que se hunda la fiesta. Mientras pueda explotársele jugosamente, sígase adelante con su degeneración. La gallina de los huevos de oro morirá algún día, pero antes habrán de aprovecharse sus últimas posturas.[4]

    Después de esta lección, ¿quién pone su cuarto a espada?

   Después de tan soberana clase, ¿quién pondrá una Pica en Flandes?

   No será fácil que lleguen a la mesa de “redacción” de este blog las múltiples opciones de otros tantos que, como don Luis de la Torre se atrevan a poner en claro el estado de la cuestión que hoy, en nuestro tiempo o nuestro momento, y a más de 60 años vista de aquella otra, lúcida y preocupante a la vez, se percibe que otro es el toreo, y otras también sus condiciones.

   Por todo lo anterior, vale la pena sabernos reconfortados por lecturas como las de un libro que ha llegado en buen momento con vistas a realizar todos los trabajos que sean posibles para generar una visión actual de las cosas, pero también para reflexionar sobre sus aciertos, sus errores. Aunque por encima de todo, procurarle al espectáculo un buen futuro o establecer por anticipado, una dolorosa sentencia… cosa que no queremos los aficionados a una expresión cultural cuya larga andadura por los siglos ha causado, junto con la intervención de muchos participantes con buenos o malos propósitos, su natural decadencia.


[3] Xavier González Fisher y Jesús Antonio de la torre Rangel (compiladores): El-hombre-que-no-cree-en-nada. Un siglo de toros. Antología. Aguascalientes, Centro de Estudios Jurídicos y Sociales Mispat, 2013. 200 p., p. 145-7.

[4] La Lidia. Revista Gráfica de Espectáculos. N° 196, del 6 de septiembre de 1946, p. 22.

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