SOBRE ALGUNAS HAZAÑAS DE BERNARDO GAVIÑO QUE LA HISTORIA PONE EN SU JUSTA DIMENSIÓN.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En esa permanente labor que mantiene o debe mantener el historiador, que es la de buscar y seguir buscando afanosamente aquellos datos que sirven para dar sustento a los presupuestos que nos formamos acerca del pasado. Y si no es el sustento propiamente dicho, entonces también sirven para derribar mitos que hacen suyos infinidad de creyentes en tal o cual hecho del que apenas se tiene una vaga idea, pero que las especulaciones terminan por controlar y manipular en forma por demás interesante, al grado de que algunos sectores de la sociedad son susceptibles de tener certeza sólo por el hecho de afirmar, como decía Jaime Sabines “yo lo sé de cierto”. En fin, que cuando surgen este tipo de compromisos uno –en tanto historiador-, se siente aludido y comprometido también a servir en algo para recuperar, porque así puede ser también otra de nuestras obligaciones, el resplandor de la historia en cualquiera de sus sentidos. Todo lo anterior viene al caso, luego de que creyendo haber conseguido la mayor información posible sobre un personaje como Bernardo Gaviño, resulta que poco a poco siguen apareciendo otras tantas, mismas que permiten conocerle más y más.

   Los siguientes datos pude encontrarlos en la edición de La Voz de México. Diario político, religioso, científico y literario, publicado el domingo 7 de febrero de 1886, y en cuya primera plana, aparecen una serie de notas dedicadas in memoriam a Bernardo Gaviño, quien falleció hasta el jueves 11 de febrero, aunque el autor de la Poliantea Semanal le daba ya por muerto en su mismísima colaboración, como veremos. Sin embargo, los datos que aporta resultan novedosos en la medida en que conocemos otros “cuadros” poco conocidos del diestro portorealeño, así como que se confirma alguno más.

 LA VOZ DE MÉXICO_07.02.1886

 Poliantea Semanal.

(…) Bernardo Gaviño, el célebre torero conocido en toda la república, fue gravemente herido por un toro en la corrida que el domingo último (31 de enero) se dio en Texcoco. Algunos días después falleció.

   Hacia medio siglo que Gaviño ejercía el peligroso oficio de primer espada en nuestro país. Por su mano ha dado muerte en casi todas las plazas de las capitales de la república a cerca de cuatro mil toros, y aunque herido varias veces, nunca lo fue tan gravemente como ahora. Fue maestro de multitud de toreros mexicanos, pues cuando vino de España ya era buen banderillero. A muchos picadores y chulillos les ha salvado la vida en el largo periodo de años que ha sido capitán de cuadrilla.

   Multitud de hazañas tauromáquicas se cuentan de él. Recordaremos una, por que fue acompañada de circunstancias especiales. El suceso pasó en la época de la presidencia de D. Anastasio Bustamante.[1] Se trataba de una lucha entre un toro de Atenco y un tigre traído aquí por un francés. En la plaza de toros de San Pablo debía tener lugar tan terrible espectáculo,[2] el cual aunque sin razón se caracterizó por una especie de rivalidad nacional.[3] El patriotismo popular se puso acaloradamente del lado de nuestro toro; el dueño del tigre representaría probablemente el patriotismo bengalí,[4] a nombre del tigre. La excitación en la capital era grande y la plaza de S. Pablo se llenó totalmente de espectadores. En el centro del redondel se había levantado una gran jaula formada de fuertes maderos. Esta jaula comunicaba al toril por medio de un estrecho pasillo por el cual, a su debido tiempo, saldría el toro para encontrarse con su formidable enemigo, que ya esperaba dentro de la jaula. Salió por fin el toro y saltando se plantó ante el tigre. Este se encogió mostrando los blancos y afilados colmillos y preparándose a embestir al valiente toro de Atenco. Antes que el tigre hubiese saltado sobre su presa, le arremetió furiosamente la res y se trabó un combate a muerte entre las dos fieras. Separadas para tomar aliento, volvió el toro un instante después a arrojarse sobre el tigre, hasta que jadeantes y chorreando sangre de nuevo se separaron los combatientes. Ambos estaban heridos, pero el tigre lo estaba mortalmente.

 DIBUJO_GARCÍA ICAZBALCETA

He aquí el propio dibujo que Joaquín García Icazbalceta niño, dejó en su muy personal edición de El Ruiseñor, y donde de alguna manera, apreciándolo con detalle puede verse la fecha del 29, mas no la del 21 como se “interpretó” por los editores, a menos que el acontecimiento hubiese tenido réplica ocho días antes, de lo cual se podría deducir que ante la magnitud de tan novedoso combate, la empresa hubiese repetido el mismo, teniendo para ambos casos, diversos contendientes.

    En este momento el público prorrumpió en gritos y vivas y aplausos por el toro, pidiendo que fuese sacado de la jaula y no se prolongase más tiempo la lucha salvando la vida al bicho. La dificultad para sacarlo era casi invencible. Por su propia voluntad no quería salir y en vano se le llamaba por fuera de la jaula y por medio de capas para atraerlo a la salida. Bernardo Gaviño entonces se metió por el toril, atravesó resueltamente el pasillo penetró en la jaula y agitando su capa sin cuidarse del tigre, se atrajo la atención del toro, que se precipitó tras de él por el pasillo y entró al toril. El estupor del público al ver tan temeraria tentativa coronada de éxito, duró un instante, y se resolvió en seguida por una tempestad de vivas, y de aplausos, frenéticos por Gaviño.

   A poco más, lo saca en triunfo el público y lo pasea por las calles.

   También combatió Gaviño con bestias humanas. Una vez, hace muchos años, fue asaltado entre Durango y Chihuahua por algunos indios bárbaros,[5] a los cuales hizo frente y se defendió, recibiendo varias heridas, hasta que los indios, creyéndole muerto, huyeron y lo dejaron maltrecho en el sitio, pero con vida.

   Matar toros en una plaza a los ochenta y dos años de edad,[6] seguramente solo le ha sido dado a Bernardo Gaviño, quien, con evidencia, era el decano de todos los toreros de España y las Américas.

   Murió en el peligro. Dios lo haya perdonado.

   Hasta aquí La Voz de México.


[1] En la serie de errores e imprecisiones en que va cayendo este autor, refiere al gobierno de Anastasio Bustamante, pero no puntualiza a cual, o en cual de los dos mandatos presidenciales ocurrió el sucedido que refiere (más adelante daré el dato correcto. N. del A.). Así que Bustamante gobernó un par de ocasiones, durante el periodo de la República Central, siendo su primer periodo del 19 de abril de 1837 al 18 de marzo de 1839, como Presidente Constitucional. El segundo, se desarrolló desde el 17 de julio de 1839 al 22 de septiembre de 1841.

[2] Tal enfrentamiento se llevó a cabo el 29 de abril de 1838 en la plaza de toros de San Pablo. Y no fue precisamente con un toro de Atenco, sino con uno proveniente de la hacienda del Astillero, el cual venció al formidable tigre rey. A resultas de aquella ocasión, fue durante la tarde del jueves 1° de noviembre del mismo año, cuando en el festejo que se celebró en el mismo escenario ocurrió un detalle harto interesante. “Luego que pase la lid del primer toro, se presentará en la plaza sobre un carro triunfal, tirado por seis figurados tigres el cadáver disecado, pero con toda su forma, y la corona del triunfo del famoso toro del Astillero, que en el memorable día 29 de Abril de este año, después de un reñido combate venció gloriosamente al formidable tigre rey, con general aplauso de un inmenso concurso que sintió la muerte de tan lindo animal, acaecida a los dos días de su vencimiento, como resultado de las profundas heridas que recibió de la fiera; y a petición de una gran parte de los que presenciaron aquella tremenda lucha, así como de muchas personas que no se hallaron presentes, se le dedica esta justa memoria, por ser muy digna de su acreditado valor.

Este célebre toro, adornado con todos los signos de la victoria y acompañado de los atletas, será paseado por la plaza al son de una brillante música militar, hasta colocarlo sobre un pedestal que estará fijado en su centro; cuyo ceremonial no deberá extrañarse, mayormente cuando saben muchos individuos de esta capital, que iguales o mayores demostraciones se practican con tales motivos en otros países, y que sin una causa tan noble, existe por curiosidad en el museo de Madrid la calavera del terrible toro de Peñaranda de Bracamonte, que en el día 11 de Mayo de 1801 quitó la vida al insigne PEPE-HILLO, autor de la Tauromaquia.

[3] Joaquín García Icazbalceta, otro de los testigos presenciales, aún siendo un niño, dejó evidencia del mismo en El Ruiseñor N° 20, que no era otro cosa que un conjunto de notas manuscritas que fue a reproducir en una curiosa edición de ejemplares que alcanzaron buen número y que en 1978 mereció se reproducida facsimilarmente. Véase: Joaquín García Icazbalceta: Escritos INFANTILES. México, Fondo de Cultura Económica, 1978. 214 pp. Ils., facs. En dicho N° 20, el niño Joaquín maneja la fecha del 21 y no la del 29 de la que dejó constancia el AVISO, del cual se tomaron los datos esenciales, mismos que salieron publicados en El Cosmopolita, D.F., del 31 de octubre de 1838, p. 4.

[4] El Bengalí es popularmente conocido como el gato leopardo, sin lugar a dudas, por el parecido físico con el salvaje felino.

[5] Esto ocurre durante el transcurso del mes de febrero de 1844.

[6] De hecho, Bernardo Gaviño murió a los 73 años y seis meses de su edad, pues había nacido el 20 de agosto de 1812. Sin embargo, el dato del “Gaviño octagenario” se dispersó como reguero de pólvora, al grado de que hoy día, sigue siendo confundida dicha información, haciendo creer a buen número de personas que el gaditano falleció a tan avanzada edad.

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