EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. PARA EL AÑO DE 1803…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   A lo largo de 1803, hubo en esta ciudad de México, algunos acontecimientos, que no sólo recaen en el poder de convocatoria que generaban las corridas de toros. Los hubo, por ejemplo en el ámbito teatral. Por tanto, fue el 11 de febrero cuando en el Coliseo, y a raíz de los gastos por la Solemne canonización del Glorioso Mártir Mexicano SAN FELIPE DE JESÚS, se celebró la curiosa función:

CARTEL TEATRO_11.02.1803

Colección del autor.

    En el transcurso del mes de mayo, y según la Gazeta de México N° 36 que comenzó a circular a partir del día 21, también es posible enterarnos de los siguientes acontecimientos:

GACETA DE MÉXICO_N° 36_21.05.1803_p. 3GACETA DE MÉXICO_N° 36_21.05.1803_p. 4

   Para el 11 de noviembre de 1803, en la misma publicación, sólo que en su número 47, páginas 5 y 6 se dieron a conocer las siguientes noticias:

GACETA DE MÉXICO_N° 47_11.11.1803_p. 5GACETA DE MÉXICO_N° 47_11.11.1803_p. 6

   Finalmente, y a raíz de un hecho sin precedentes, se tuvo ocasión para culminar el año en forma por demás intensa. Veamos en qué consistieron tales circunstancias.

   Aprovecho para comentar que los datos que vienen a continuación, provienen de mi trabajo –inédito-: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”.

   Re-descubrimiento, en la Plaza Mayor la estatua ecuestre del rey Carlos IV, cuyo trabajo estuvo a cargo del célebre escultor valenciano Manuel Tolsá. La fecha del segundo descubrimiento[1] sucedió el 9 de diciembre de 1803. Estaba rodeada por armónica balaustrada, con cuatro elevadas puertas de hierro de primorosa hechura, obra de metalista Luis Rodríguez de Alconedo.

   En la continuación de lo ocurrido en aquel acontecimiento, y donde Valle-Arizpe[2] parece tener frente a sí la relación de fiestas,[3] apunta con singular desparpajo las ocurrencias principales, que parecen más nota de “sociales” y no otra cosa.

   Entre otras cosas apunta:

    Rompió el límpido cristal del aire el humeante trueno de diez piezas de artillería, unánimemente disparadas. Luego el fragor de las tupidas salvas de los regimientos de la Nueva España, de Dragones y de la Corona. Y al terminar este gran ruido se alzó al cielo un agudo estrépito de clarines y el ronco estruendo de los parches y atronaron los festivos repiques de las campanas de la ciudad entera que envolviéronla ampliamente en su música y la tornaron toda sonora.

202.PALACIO NACIONAL3

   Se abrieron las cuatro anchas puertas de la elipse y el oleaje humano se precipitó por ellas como un agua tumultuosa y contenida a la que le alzan las compuertas para que corra libre. Llenó el ambiente un apretado rumor de comentarios henchidos de admiración. Todo en la ancha plaza eran pláticas y algarabías. Un oleaje de rumor creciente.

   Antes de descubrirse la estatua, hubo en la Santa Iglesia Catedral gran solemnidad, ofició la misa de pontificial el arzobispo don Francisco de Lizana y Beaumont, y se cantó un solemne tedéum por la capilla catedralicia con el acompañamiento de la vasta polifonía del órgano. Asistió a esa función solemne, llena de infinitas luces de velas y de cirios y con mucha plata en el altar, no solo toda la clerecía, sino multitud de frailes de todas las religiones, y con los señores virreyes, lo más principal de la ciudad.

   En seguida toda esa vistosa concurrencia se trasladó al Real Palacio para ponerse a sus ventanas y balcones mientras sonaba el amplio gozo de un repique a vuelo y entre él había un estremecido son de brillante trompetería. Poco después de aquel elegante señorío tronaba de palmoteos entusiastas en una agitación de manos enjoyadas.

    Luego del principal asunto que convocó a la ciudad toda, y

 para completar cumplidamente el festejo, hubo gran besamanos en Palacio, con magníficos refrescos, exquisitas suculencias que salieron de los conventos de monjas. Después, banquetes, paseos públicos de gala en la Alameda y en Bucareli, iluminaciones, corridas de toros, lindas comedias en el Coliseo.[4]

    En el libro aquí reseñado, A de V-A vuelve a citar el caso del virrey Marquina, palabras más, palabras menos, pero que se corresponde a la misma historia o recuento del que se ocupó en otras tantas obras que engrandecen su prestigio literario. Quien sigue siendo la protagonista, la amable doña María Ignacia, Javiera, Rafaela, Agustina, Feliciano, la cual

 Lució mucho su garbo y gentileza en la brillante corte del virrey Iturrigaray. Era muy afecto este señor don José, como su ostentosa mujer, doña Inés de Jáuregui y Aróstegui, a las grandes fiestas, bailes, paseos, corridas de toros, peleas de gallos, cacerías, banquetes aparatosos. Siempre andaba tratando don José de Iturrigaray de cosas de entretenimiento y gusto. Con festejos públicos solazaba al pueblo, pues que todo su afán era ganárselo con halagos para hacerlo muy de su lado, pues dizque pretendía coronarse rey de México. Del metalista y batifulla Luis Rodríguez Alconedo se decía, como cosa muy veraz, que había labrado con mucho primor la corona llena de pedrería para el nuevo soberano. La Güera Rodríguez andaba embelesada en todos esos recreos y regocijos. Nunca rehusó solaces. Siempre vivió con delicia, sumida entre regalos, sin más idea que divertir el ánimo sabrosamente.[5]

    Fruto de aquellos sucesos, un autor desconocido publica la DESCRIPCIÓN del modo con que se conduxo, elevó y coloco sobre su base la real estatua de nuestro augusto soberano el Señor Don Carlos IV. y de las fiestas que se hicieron con este motivo.-México, s.n., [1803] 12p.


[1] El primero, a lo que se ve, ocurrió entre noviembre y diciembre de 1796.

[2] Artemio de Valle-Arizpe: La Güera Rodríguez. 6ª reimpr. México, Editorial Diana, 1982. 216 p.

[3] Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rossana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados)., p. 162.

Cuatro años quedan ya para que el décimo octavo siglo de la era cristiana concluya, cuando, ya en el poder el rey Carlos IV es celebrado con costosísimas fiestas en la Nueva España. La Descripción de las fiestas celebradas en la Imperial Corte de México con motivo de la solemne colocación de una ESTATUA EQUESTRE de nuestro augusto soberano el Señor Don Carlos IV en la Plaza Mayor, fiestas hacia 1796 (relación hacia 1804) dice: “Para completar la solemnidad de tan feliz día, y satisfacer diez y seis corridas de Toros, distribuidas en dos semanas. Con este objeto se había construido, fuera de la ciudad, y con inmediación al Paseo de Bucareli, una gran plaza de figura ochavada. Los palcos destinados al Exmo. Señor Virrey, Real Audiencia, N. C. y Tribunales se veían decorados con magnificencia, y los demás estaban vestidos de damasco de distintos colores, o pintados con bastante gusto, cuya variedad formaba una perspectiva muy graciosa y risueña. S.E. asistió solo en los quatro últimos días, porque no se lo permitieron las graves atenciones del Gobierno, y la indisposición de la Exma. Señora Virreyna. Concurrieron a esta diversión innumerables personas de todas clases, y estuvo el luxo en todo su punto; reservándose las demás circunstancias para otra pluma que tenga el tiempo necesario para expresarlas”.

Lamentablemente una búsqueda exhaustiva hecha alrededor de las diversas relaciones de fiesta y otros testimonios sobre este acontecimiento, no arrojan ningún dato acerca de alguna producción poética, reduciéndose –en su amplitud-, a la narración detallada de aquel acontecimiento, en el que, por cierto, tengo ante mis ojos la “Lista de los Toreros de a pie, y de a caballo,[3] y Sueldos que ganaron”. Entre los de a pie encontramos a:

Manuel Moretilla, Andrés Gil, Joaquín Puerto, Cayetano Rodríguez, José González, Agustín Silva, Francisco Medina, Nicolás Bonilla, José Torres, Narciso Márquez, José Mariano Gutiérrez Altamirano, Miguel García, Juan Montesino, Francisco Robles, Joaquín Rodríguez (ni Costillares ni Cagancho; ni tampoco el excepcional caballo de Pablo Hermoso de Mendoza; sólo un homónimo). José Luis Soto, Alejandro Cortés, Gregorio Mateos, Ignacio Guzmán, José Rosales, José Félix Cardoso y José Figueroa. De a caballo: Felipe Silva, Nicolás Casas, José Ramírez, José Télles, José Paredes, Gregorio Monroy, Bartolo Monroy, José Hernández, Christóval Álvarez, Manuel Medina, José Enciso, Manuel Luna. El documento está fechado hacia el 24 de diciembre de 1796.

[4] Valle-Arizpe: La Güera…, op. Cit., p. 105-7.

[5] Ibidem., p. 162-3.

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