LA COLONIA ESPAÑOLA Y UNA HISTORIA POCO CONOCIDA EN LO TAURINO. 1874.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Encontrarse con datos que refieren hechos del pasado, y que además nos detallan aspectos que hoy día son raros por su curiosidad, causan un primer gran golpe de vista. Tales evidencias documentales como las que nos ocupan, permiten entender circunstancias y patrones de comportamiento; ideas y formas de pensar que giran en torno a la corrida de toros misma. Para ello, dos casos concretos. En La Colonia Española, del 14 de mayo de 1874 se reproduce en su página principal una CRÓNICA TAURINA, que relata los hechos de lo ocurrido en la recientemente inaugurada plaza de toros ubicada en Tlalnepantla, asunto que ocurrió el 26 de abril anterior. La reseña no aparece firmada, por lo que entenderíamos que el redactor de la nota se ampara en el anonimato primero. Del prurito al “qué dirán… si saben que yo he escrito la nota” y otras menudencias después. El director del periódico bisemanal, Adolfo Llano y Alcaraz podría ser el presunto autor de la mencionada Crónica dada su familiaridad al identificar en la plaza, lo mismo a Guillermo Prieto, a Gallo que a Enrique Chavarri “Juvenal” y otros. No es una afirmación deliberada, pero dado que no aparecen más materiales firmados, ello mueve a la sospecha, pero también al hecho de tener que presupuestar de esta forma.

   Por sí misma, la Crónica es un documento único, que habla de la forma en cómo estaba concebida la tauromaquia en aquellos precisos momentos, pero también en qué forma la prensa está mirando e interpretando aquello que, a nuestros ojos, es un ejercicio anacrónico y desgastado. Sin embargo, el reproche permanente de la prensa hacia el resultado o balance de cualquier festejo es evidente. Debemos entender que esa era la fiesta construida en el último cuarto del siglo XIX, misma que sufría el efecto de la prohibición impuesta al espectáculo desde 1867 y que, no habiendo otro remedio, sus responsables se fueron a hacer la “fiesta” a otra parte. Esa otra parte fue la provincia mexicana, relajada, cancina, ajena incluso a ciertos factores de modernidad, por lo que no es difícil imaginar que el inminente progreso de la fiesta urbana se polarizara con el reposo rural, lo que dio por resultado un retroceso con respecto al que debemos entender como su espejo o referente: España.

   No hay cita a lo largo de la reseña que más abajo se reproduce facsimilarmente, ni de la procedencia del ganado, así como del nombre de ciertos personajes protagónicos en el ruedo, salvo el detalle de que destacaba la triste presencia de los “payasos” que ni con su aparente disposición a divertir al respetable, lograron ese encanto. Destaca, eso sí, una notoria inclinación al hecho de que los taurinos de aquel tiempo estaban etiquetados o llevaban el sambenito de “bárbaros” lo que en tiempos de una regeneración ideológica proveniente del positivismo impulsado por Augusto Comte y continuado en la tarea impulsora de Gabino Barreda hayan hecho su labor concientizadora, junto a la otra de postura eminentemente liberal que abanderó Ignacio Manuel Altamirano, además un antitaurino declarado. Pero allí están Prieto, Gallo, Juvenal –antes de su cambio de credo en este último- como taurinos desprejuiciados disfrutando del desarrollo de la corrida, donde todo parece indicar actuó José María Hernández “El Toluqueño”, hijo de Tomás Hernández “El Brujo” nacidos ambos, a lo que parece en Atenco, como es el caso de Ponciano Díaz, del que sí sabemos vino al mundo en ese rincón del valle de Toluca el 19 de noviembre de 1856.

   Parece que el personaje que lleva el nombre de Pio Quinto era importante pues se le cita en forma familiar y además era un buen lazador que cumplía sus funciones de apoyar al puntillero (hoy día un lazador como Pio Quinto vendría a resolver los desaguisados de toros que habiendo sido regresados al corral, ese retorno dura una eternidad por dos razones: que la punta de cabestros es muy mala para arropar al susodicho o que no hay el personal experimentado para efectuar esa sencilla labor campirana de lazar toros, sean buenos o malos; o haya terminado exhaustos después de una lidia que se alargó o que el espada en turno no las tenía todas consigo a la hora de despenar al angelito de marras).

   Por lo demás, la didáctica, el sentido literario no están presentes en un sentido básico y lo que tiene, eso sí, es un sentido cáustico del humor. Llama la atención que las inclemencias del tiempo fueron un actor no previsto pero presente. Del mismo modo el toro embolado causó la gracia en unos, y disgusto e indeferencia en otros.

   Al finalizar la reseña, el autor indica un aspecto del que ya son plenamente conscientes aquellos que se consideran si no aficionados sí identificados con el toreo. Se trata del momento en que apunta: “Los toros, con excepción del cuarto, flojos. Ninguno pasaba de cinco años”. Ello es indicativo de una urgencia elemental: contar con toros que cumplieran con la edad. Ese imperativo parece destacar en el nuevo orden de cosas de una generación en cierne que está próxima a participar de un capítulo distinto, ligado con el renacimiento del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna que se asentará de por vida en este país, a partir de la octava década del siglo XIX.

   Mientras tanto, dejo a ustedes que disfruten, como ocurrió en mi caso, con la sabrosa lectura que proviene de

 LA CRÓNICA ESPAÑOLA_14.05.1874_P. 1

   Respecto al segundo caso, también muy interesante, en la medida en que el año de 1874 no tuvo, por condiciones especiales una continuidad sostenida y sus patrones de comportamiento más bien fueron irregulares, refiriendo tal circunstancia al asunto taurino.

 LA CRÓNICA ESPAÑOLA_18.05.1874_P. 1

   Junto a esta crónica, la anterior también tuvieron el privilegio de aparecer, como ya se dijo, en la página principal, en la nota a …cinco columnas, sostén donde vemos aparecer un aparente mensaje subliminal en el sentido figurado, ya que es La colonia española quien se ocupa de dar cuenta del acontecimiento taurino, aunque en realidad lo hará en forma aislada e irregular. Hoy día no tenemos idea exacta de cómo quedaron constituidas las temporadas en una plaza como la de Tlalnepantla que tampoco obligaba, -dadas sus características de improvisación- a tomarse en serio el asunto.

   Y tan no se lo tomaron en serio que en la segunda reseña que incluyo en esta revisión, volvemos a los mismos detalles en cuanto a la falta de información, pero también a la estructura y al molde de la Crónica Taurina, lo cual es indicativo de una fuerte ausencia de conocimientos en la materia. Los atrevidos a escribir por entonces, se formaron a la luz de dos tauromaquias, la de José Delgado y Francisco Montes. Además, por todo el transcurrir de una fiesta decimonónica que fue resultado de la emancipación, queriendo ser ajena, aunque ello fue imposible, respecto a las más rancias tradiciones técnicas y estéticas venidas de España, pero que, ante el “desconocimiento” que hubo para con dicha nación a partir de todos los acontecimientos de la nueva soberanía (reconocimiento político y diplomático que la propia España daría a la independencia de México en 1836).

   Luego, tenemos, a lo que parece la presencia de una primera crónica taurina. Heriberto Lanfranchi menciona que la primera crónica taurina publicada en México data de la corrida efectuada el jueves 23 de septiembre de 1852, y que apareció en El Orden Nº 50 del martes 28 de septiembre siguiente, es una evidencia clara de que hasta ese momento, quizá bajo una proyección más relevante, demuestra que ya interesaba el toreo como espectáculo más organizado o más atractivo en cuanto forma de su representación. A lo largo de la trayectoria taurina de Bernardo Gaviño sí quedan registrados diversos testimonios, aunque áridos y apenas suficientes para entender el acontecimiento que era en sí cada corrida, la cual, por lo que nos dicen los carteles, era una propuesta de suyo increíble, generadora de multitud de cuadros representados en una misma función; y todo por un mismo boleto.

   Dada la importancia del acontecimiento que se reseña, traslado aquí tal testimonio. En él, vamos a encontrarnos con características muy particulares de los toros lidiados aquella ocasión, y que cumplen con el fenotipo navarro. Enseguida de traer hasta aquí la reseña, me ocuparé de abordar un tema en el que la influencia del gaditano pudo dejarse ver en dicha situación.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO.-Domingo 26 de septiembre de 1852. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

   Deseando la empresa proporcionar cuanto antes a sus numerosos favorecedores, la diversión de toros de que han carecido por tanto tiempo, ha dispuesto comenzar sus corridas en este día.

   “Se lidiarán 6 toros de Atenco. En el intermedio se echarán dos toros para el coleadero, concluyendo la función con el toro embolado de costumbre. La función comenzará después de las cuatro, si el tiempo lo permite. (El Siglo XIX. No 1367, del sábado 25 de septiembre de 1852).

 PRIMERA CRÓNICA TAURINA PUBLICADA EN MÉXICO:

 “FIESTAS DE CUERNOS.- …En la tarde de antier se presentaron seis animalitos de la famosa raza (Atenco), chicos, vellosos en la frente y cuello, y ligeros como todos los de la hacienda de don J. J. Cervantes (el dueño de Atenco en 1852. N. del A.). La concurrencia fue numerosísima en la sombra; en el sol, como pocas veces la hemos visto; y la azotea bien coronada de gente. El interior de la plaza no ha presentado novedad alguna, ni la necesita, pues se conserva tan primorosa como el día que se estrenó; más el exterior que tiene el soberbio adorno en su frontis de una hermosísima casa, que según sabemos, se destina para café, billares, etc…

   “A las cuatro y cuarto de la tarde comenzó la corrida con asistencia del Exmo. Sr. Presidente. La cuadrilla de Bernardo se presentó formada de dos espadas, cuatro banderilleros, dos chulillos, dos locos, cinco picadores y dos coleadores, todos bien vestidos, como se acostumbra siempre en esta plaza.

   “Antes de comenzar nuestros artículos de cuernos, suplicamos a los peninsulares no establezcan comparaciones entre sus cuadrillas y las nuestras; pues en España, en primer lugar, se hace un estudio especial y detenido de Tauromaquia, y en segundo, allá los grandes toreros tienen sueldos que equivalen a una fortuna, cosa que aquí no podría proporcionarse. Así, pues, huyendo de toda comparación y concretándonos a México, es como haremos nuestras calificaciones.

   “El primer toro que se presentó a la lid era colorado, muy velloso en la frente, corni-cerrado, muy bien armado, ligero y entrador: tomó cuatro varas de Ávila y tres de Magdaleno, una de éstas sobresaliente; y habiendo quedado muy mal herido su caballo, creemos que habrá muerto. Delgado y “El Moreliano” quisieron poner sus dos pares de banderillas adornadas, y sólo pusieron una cada uno; después puso el primero un par de corrientes bien, y otro regular, e igualmente “El Moreliano”, aunque el par que éste puso bien, nos gustó más que el de Delgado. La espada la tomó Bernardo Gaviño y mató al animal de un mete y saca regular.

   Segundo toro. Colorado retinto, corni-cerrado, muy velloso, poco ligero y recelosísimo, pues rara vez se puso en suerte. Recibió cinco varas de “Champurrado” y dos de Cruz; del primero dos buenas, y una del segundo. El andaluz Joaquín le puso una banderilla muy adornada y dos corrientes, éstas bastante regular: al saltar este banderillero la valla, el toro quiso brincar tras él, y aunque no lo salvó, le rompió el calzón: repetidas desgracias de éstas le han sucedido y seguirán sucediendo a este andaluz por demasiado confiado al saltar la valla; mientras olvide que los toros de Atenco se distinguen por su tenacidad en seguir al bulto, recibirá más y más golpes, que algún día lo inutilizarán para siempre. Un nuevo banderillero que no conocíamos, José María, puso un par de banderillas adornadas y otro de corrientes bastante regular. Lo mató Mariano González de un mete y saca, que si hubiera sido un poco más alto habría recibido nuestros aplausos.

   Tercer toro. Color oscuro, vulgarmente conocido bajo el nombre de hosco, y para que nos entiendan los rancheros, josco, corniabierto, el más grande de la corrida, muy ligero y entrador. Ahora es tiempo de hacer advertir a los picadores la ventaja que hay en esperar a los toros, sobre ir a buscarlos; cuando el animal sale del chiquero con toda su ligereza, corre por el circo deslumbrado, y si se le sigue, además de cansar al caballo, el toro se acostumbra a huir. Si nuestros picadores no abandonan esta manía de correr tras el bicho, y la de coger la pica larga, no saldrán nunca de chapuceros. Recibió cuatro varas de Ávila y ocho de Magdaleno, casi todas éstas buenas, una sobresaliente. “Champurrado” le dio un buen pinchazo, pero habiéndole derribado del caballo, el toro jugaba por el suelo con éste y su jinete; Bernardo, que nunca pierde de vista a toda su cuadrilla, cuando vio en tamaño conflicto al picador, tomó la cola al bicho, el que dando vueltas, hizo tropezar a aquél, y se vieron por algunos segundos a ambos toreros ser el juguete de los cuernos del animal. Sin embargo, se pararon ilesos, cosa que produjo un aplauso y entusiasmo en toda la concurrencia, difíciles de referir. Cruz dio dos piquetes, y en segundo hizo la barbaridad que otras veces, y que se le aplaude mucho en el sol, y por la que merece un mes de cárcel. El toro ensartó al caballo, y el picador se bajó de éste y cogió al bicho de los cuernos, queriendo dominarlo, como otras veces ha hecho con toros más chicos; el presente, que era grande y fuerte, no permitió el desacato, y a no ser por Bernardo, el bárbaro Cruz es víctima de su temeridad. No nos cansaremos en reclamar contra este acto de barbarie, digno de los comanches y apaches, ni de suplicar al empresario y a las autoridades que presiden, corrijan esta audacia imprudente que hará morir algún día a ese picador a la vista de todo el público. Delgado y “El Moreliano” pusieron cada uno su par de banderillas adornadas, y un chulillo, Manuel, clavó un par medio regular; no dudamos que llegue a ser un buen banderillero con el tiempo. Llevó la espada el capitán, y después de un golpe en hueso, le dio un buen mete y saca.

   Toro cuarto. Del mismo color que el anterior, cornigacho y entrador. Recibió siete varas de “Champurrado” y seis de Teodoro: este muchacho acaba de salir de una larga enfermedad, así que nada extraño es que la falte pujanza para sostener a su cornudo antagonista; entre los piquetes del primero hubo tres buenos, y en uno de éstos dejó dentro la garrocha al toro por más de dos minutos; este bárbaro accidente, que llaman desabotonarse la pica, es visto con mucho desagrado por el público de la sombra, y quisiéramos que se tratara de corregir a toda costa. También vimos otra cosa que mucho nos desagrada, y es picar y poner banderillas al mismo tiempo. Esto fatiga mucho al animal y no le deja entrar bien para la muerte: hágalo enhorabuena Bernardo con el toro que ha de matar; pero no con los ajenos. Si este toro no hubiera sido por sí tan bueno, estamos seguros que Mariano habría degollado al bicho; Bernardo fue el único que puso banderillas, y fueron dos pares de adornadas con lujo y cinco pares comunes, todas bien puestas. El señor de la corrida fue Mariano González, que a la primera estocada en los rubios, o sea en la cruz, mató con gran primor al animal. Bien, muy bien don Mariano; si en las tres corridas siguientes dais la misma estocada, os ofrecemos llamarla, ya que hoy está de moda ese nombre, “la estocada Mariana”. ¿No veis el entusiasmo que produce en el público este modo de matar, mientras que da náuseas y horripila ver derramar bocanadas de sangre al pobre cuadrúpedo? Aplicaos a repetir la estocada de hoy, y contad con nuestros aplausos.

   “Toro quinto. Del mismo color que los dos anteriores; estaba muy corneado; recibió cuatro varas de Ávila, cuyo caballo murió; Magdaleno dio seis pinchazos, uno de ellos buenos, y otro Cruz; Delgado saltó bastante bien al Trascuerno Pusieron regular su par de banderillas muy adornadas, “El Moreliano”, Joaquín y José María; éste, además, par y medio comunes, y Joaquín dos pares. Lo mató Bernardo a la segunda, de un bonito mete y saca.

   Ultimo bicho. De color que llaman colorado bragado; era muy corniabierto y algo cansado: fue el único de la corrida que nos gustó poco. Las nueve varas que tomó de “Chapurrado” y Teodoro, no tuvieron nada de particular. “El Moreliano” puso muy bien su par de banderillas con esa audacia con que se mete al toro, y que al fin le ha de costar caro; además clavó cinco comunes; Delgado puso dos bien, cinco regular, todas de las comunes. El bicho pasó a mejor vida de manos de Magdaleno a caballo, del tercer pinchazo.

   “Entre el tercero y cuarto toros, hubo dos de cola muy mal servidos, a pesar de que el segundo era muy retrechero. Hablando en su idioma a los coleadores, les decimos que no refuerzan mucho el rabo, pues por esto se les queda en la mano, y ya no tienen modo de colear; que espíen el momento en que el toro queda parado en los cuartos delanteros, que es cuando más fácilmente va al suelo el animal. De siete veces que cogieron antier la cola los rancheros, sólo una tiraron al bicho.

   “Preciso es confesar que no obstante la tarde nublada y desagradable, la corrida estuvo muy bonita y animada, y si continúa el esmero por parte de la cuadrilla y de la empresa, las entradas seguirán en aumento. Se nos asegura que pronto será el beneficio del señor don José Juan Cervantes, dueño del ganado, y es de creerse que el de esa tarde sea de lo más bravo y escogido que haya pisado la plaza de Bucareli, pues además de que lo exige el honor de la persona, lo merecerá la concurrencia, que aseguramos ha de ser numerosísima”·. (El Orden. No 50, año I, del martes 28 de septiembre de 1852).[1]

    En seguida comentaré las referencias que he destacado para mejor apreciarlas.

   Al mencionar dos toros para el coleadero y además, el toro embolado de costumbre, ello nos refleja el carácter de mezcolanza habido durante buena parte del siglo pasado (que ya pronto será “antepasado”), anejo indispensable y complementario de las diversas corridas efectuadas tanto en la Real Plaza de toros de San Pablo, como en la Plaza de toros del Paseo Nuevo y que tanto gustaban al público de entonces. No concebían una corrida si no llevaba como uno más de sus actos, el coleadero y el toro embolado. Como vemos, la cuadrilla de Gaviño, independientemente de la que presentara Mariano González “La Monja”, esta constituida por: dos espadas, cuatro banderilleros, dos chulillos, dos locos, cinco picadores y dos coleadores. Es decir, un auténtico grupo formado con los elementos que por entonces exigía la tauromaquia concebida y realizada en México.

   Ávila y Magdaleno Vera eran, entre otros los picadores. Para la fecha, quiero suponer simplemente que al respecto del primero, se tratara de uno de los famosos hermanos Ávila, ya fuera Luis, Sóstenes o José María. En cualquiera de los casos, y si esto resultara verídico, encontramos que el torero mexicano aprovechaba cualquier circunstancia para poder actuar en la plaza, pero sobre todo cuando Gaviño tenía compromiso. Bernardo, en algún momento debe haber representado un centro de atención muy especial, puesto que la cantidad de festejos donde actuó marcan la línea de un “mandón” de los ruedos, influyente en todo sentido y capaz de tener finalmente controlado todo el sistema que se movía alrededor de las corridas de toros. En cuanto a José Delgado y “El Moreliano”, de este último puedo decir que pudiera tratarse de Jesús Villegas, más tarde conocido con el remoquete de “El Catrín”. Era un torero de Morelia que se entusiasmó tanto cuando vio a Gaviño actuar en alguna plaza michoacana, que dejó a la familia y se fue a hacer la legua con el gaditano Sin embargo, es Francisco Soria el verdadero “Moreliano” quien pertenece a la cuadrilla del torero español. En todo esto no hay más que una coincidencia y casualidad al mismo tiempo.

   La suerte del mete y saca era tan común que hasta hubo manera de identificar a cada torero a la hora de ejecutarla. No es casualidad que a grandes estocadas, como las de Mariano González “La Monja” se le conocieran con denominaciones como la “estocada Mariana”. Adjetivos de grandeza y “eficiencia” también.

   Siguiendo con las referencias señaladas, es ahora el “Champurrado”, picador de toros y Joaquín, banderillero español, a quienes dedicamos estas líneas. “Champurrado”, aparte de ser el popular atole de masa de maíz con chocolate, leche, canela y azúcar, también es una denominación para calificar un mestizo a otro mestizo. En la época que nos detiene para su revisión el “Champurrado” debe haber sido un picador cuyas características nos pueden ser reveladas por esos maravillosos apuntes de costumbre, recogidos en ASTUCIA de Luis G. Inclán. Joaquín López, banderillero andaluz, quizá estuvo integrado a la cuadrilla de don Bernardo, como un subalterno más. Ya vimos que Gaviño no aceptaba “intrusos” que empañaran su trayectoria artística, sobre todo a la hora de las ganancias, pero también del renombre que tenía de sobra, adquirido por nuestro torero español y mexicano al mismo tiempo.

   José María, otro de los picadores, Pilar Cruz, el bárbaro Cruz, es uno más de los varilargueros, temerarios y valientes como el que más, y Manuel Lozano García, banderillero.

   José Juan Cervantes, es nada más y nada menos, que el dueño de la hacienda de Atenco, dehesa que nutre de toros y más toros a las corridas efectuadas por aquel entonces. A propósito, tuve oportunidad de encontrarme un documento de gran importancia que se conecta con el apartado que a continuación dedicaré en relación a la presencia e influencia que pudo haber mostrado el gaditano Se trata, precisamente de una correspondencia dirigida a José Juan Cervantes a la hacienda de Atenco en el mismo año de 1852. Dice el documento:

         Sr. D. José Juan Cervantes

          Méjico, enero 25 de 1852

          Mi muy Apr.e amigo y Sor.

          Con su enviado Francisco Recillas he recibido ayer su muy grata fha.20 y con ella los trece toros (13) de mi pedido inclusos (sic) los siete que había separado Bernardo. Hoy deben jugar 6 según verá V. por el anuncio adjunto y habría tenido una verdadera satisfacción si V. hubiera podido venir para verlos lidiar.

           Espero que será otro día, y mientras tanto me repito de V. afmo. amigo y S.S

Q.S.M.B.

 Vicente Pozo (rúbrica).[2]

    Como podemos ver, son dos las situaciones que encierra la epístola de Vicente Pozo, a la sazón, empresario de la plaza del Paseo Nuevo, a su amigo don José Juan Cervantes. Una de ellas es que menciona a “Bernardo” quien “había separado” los toros, es decir, gozaba el gaditano de libertad absoluta para escoger el ganado fuera en la plaza o en el campo. En cuanto a la segunda situación, ésta tiene que ver con un verbo que comienza a figurar con mayor fuerza en el ambiente taurino de aquel entonces: “lidiar”. La tauromaquia en cuanto tal, lleva implícito este significado que se enriquece con cada época, y para la que revisamos, resulta sumamente objetivo el propósito por aprovechar embestidas que dieran en consecuencia un conjunto de lances o de pases que concretaran los primeros pasos de un arte de lidiar reses bravas en nuestro país, en unos momentos que ya lo requerían o necesitaban.

   De regreso al registro ocurrido en la plaza de toros de Tlalnepantla, refiriendo la corrida celebrada el 14 de mayo de 1874, la situación allí planteada no es ajena en su estructura a la de cuatro días antes, momentos en que todavía destaca la reciente inauguración de dicha plaza. Vuelve a ser mencionado el adjetivo de “bárbaros”, y si nos atenemos a ese principio, quienes acudían por gusto y afición quedaban sentenciados al prejuicio emitido en medio de un ambiente de encontradas reacciones que, como ya se dijo estaban estimuladas por factores como una potente filosofía o ideología liberal, el positivismo en marcha e incluso la postura que puso de manifiesto Benito Juárez en cuanto con su firma, lo mismo que la de Sebastián Lerdo de Tejada, fueron contundentes en el decreto de prohibición emitido el 28 de noviembre de 1867, a partir de la puesta en vigor de la Ley de Dotación de Fondos Municipales, aspecto eminentemente administrativo, mezclado, como se ve, con el político e ideológico que fueron en contra de dar continuidad al espectáculo taurino, sobre todo en un espacio urbano tan importante como la ciudad de México. De ahí que la provincia se convirtiera en refugio pero no en continuador en cuanto a las garantías de permanencia e incluso, de evolución del ejercicio taurómaco. Sí se aprecian aspectos que no nos son ajenos, el toreo de a pie avanzaba. Concluyo que el reflejo de anarquía y relajamiento impreso por el espíritu mexicano en el toreo español se dejan notar con fuerza.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España. 1519-1969. 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Vol. I, p. 147-8.

[2] Biblioteca Nacional. Fondo Reservado. FONDO: CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, en adelante: [B.N./F.R./C.S.C.] CAJA Nº 18 18/1 Pozo, Vicente, carta desde la ciudad de México, le comunica que ha recibido 13 toros de un pedido. Méjico, enero 25 de 1852, 1 f.

Las reproducciones facsimilares aquí utilizadas, provienen de la Hemeroteca Nacional Digital de México.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s