América Taurina, de Leopoldo Vázquez a revisión. (Segunda parte).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Nuestro autor vino a ocuparse de un asunto que tiene que ver con festejos taurinos ya muy avanzado el siglo XVIII, precisamente en 1788 cuando ya era necesario encontrar un sitio permanente para erigir la plaza de toros que requería la ciudad, pues aunque la del Volador seguía siendo el espacio en que la costumbre impuso celebrar durante cada año varios festejos, asunto que obligaba también todo el proceso de licitación, armado y desarmado de la misma, el hecho es que tal aspecto no era suficiente, de ahí que

Esto hizo que uno de los Virreyes[1] pensase en la edificación de una plaza permanente que tuviera la necesaria solidez y respondiese a lo que la afición mexicana exigía, y propusiere al Gobierno de la metrópoli en 17 de Agosto de 1788, la construcción de una firme, que fuese digna de la capital del Virreinato en paraje apropiado al objeto, a fin de evitar los desórdenes que por falta de comodidad para el público se sucedían en la plaza provisional que por entonces se levantaba en la plaza del Volador, en la que algunas veces pasó de 10.000 el número de espectadores.

   El Virrey fundamentaba la memoria en que se pedía la edificación de una plaza permanente en México en sólidos razonamientos, de los que reproducimos algunos, tomados de la obra del Sr. Sánchez de Neira, Gran Diccionario del Toreo, y especialmente aquellos que dan mejor idea de cómo se encontraba la afición en aquella región americana.

 PLAZAS EN LA CIUDAD DE MÉXICO1

 Detalle del plano que, en 1793 elaboró Diego García Conde. Obsérvese en la parte inferior derecha la disposición de la plaza de San Pablo, bajo un diseño arquitectónico ochavado, que comenzó a predominar para entonces, a diferencia de aquel otro, ovalado que se encontraba en la plaza mayor, mismo que también se usó en la del Volador, espacio que puede verse ligeramente debajo del Real Palacio.

    Antes de continuar, debo adelantar el hecho de que con este procedimiento comenzó a gestarse la historia de la construcción más primitiva u original de la que fue plaza de toros de San Pablo. En el antiguo plano de Diego García Conde (1793) aparece dicha plaza en una disposición ochavada. Se encontraba muy cerca del matadero de la ciudad, por lo cual y para entender en qué medida estaban garantizadas sus instalaciones (que quizá habrían sido las necesarias por entonces), es probable que en dicho sitio se habilitaran corrales y destazadero para garantizar una y otra condición.

   Continuamos con lo expresado por ambos autores a partir del documento por ellos revisado:

   Son muchas y muy poderosas las razones que protegen la idea de esta plaza firme, como son la de cortar la ocasión de robos, heridos, quimeras y otros excesos que envuelven la confusión de gentes de ambos sexos precisados a rozarse por la estrechez del tránsito que queda libre a los cuatro costados de la que hasta aquí se ha erigido en la plaza del Volador.[2] Los huecos de las barreras y aún las mismas lumbreras, son otros tantos escondijos que brindan a la plebe para todo género de atentados, sin que puedan evitarlos las más celosas providencias del Gobierno.

   El que se haga cargo de su construcción (habla de la plaza provisional del Volador) y vea que toda su firmeza consiste en el débil ligamento de sogas y cueros que sostienen y abrazan todo el maderaje, sin que se pueda contar un tan solo clavo[3], advertirá que ha sido milagro no haya rendido este edificio el peso de más de 10.000 personas que ha sostenido algunas veces.

   Por su parte, Leopoldo Vázquez materialmente asombrado por lo que contiene el informe simplemente no da crédito a cuantas consideraciones aparecen descritas en él, pues la autoridad en aquel entonces no sólo informaba sobre la necesidad de la sola plaza permanente, sino de toda una serie de circunstancias que significaba en su entorno en el que

   Pinta luego con verdaderos colores las catástrofes a que hubieran podido dar lugar un temblor de tierra, durante la lidia,[4] accidente tan común en aquella tierra, y un fuego que podría acarrear grandes riesgos a los edificios próximos, fuego fácil de producirse, teniendo en cuenta los muchos braserotes que se llevaban a las lumbreras para calentar meriendas y hacer chocolates, las puntas de los cigarros y las yescas tiradas sin reflexión de que su paradero era materia combustible por todas partes.

   Hace luego (la autoridad que generó el informe) atinadas consideraciones sobre la suspensión del comercio que hay en dicha plaza, los días en que se ejecutan corridas, y últimamente hace ver la precisión de una plaza firme, en la que el público pueda disfrutar con comodidad de una diversión tan de su agrado, sin que pueda ser tiranizado por el tablajero subarrendatario.[5]

   Hablando luego de la capacidad y distribución que debe tener la plaza, dice:

   (Y aquí de nuevo la voz de la autoridad) Aunque la numerosa población de esta capital y su decidida afición a los toros parece que pedía una plaza capaz de 15 o 16.000 personas, convendrá que no exceda de 8.000 asientos proporcionados a la esfera y facultades de las tres clases de gentes que componen esta corte.[6] De este modo lucirán más los toros y sujeto el público o no poder saciar de golpe su deseo, se le impide en parte que prefiera la diversión a sus principales atenciones, tal vez con olvido de las necesidades,[7] y la plaza no experimentará decadencia en las proporcionadas utilidades que se promete. 

 IMAGEN 035

He aquí la plaza del Volador en un día en el que no habiendo toros, se ocupaba para otros menesteres, los de un mercado público, abierto y donde su dinámica era todo un acontecimiento, como hoy día sigue sucediendo en sitios como Santiago Tianguistenco, por ejemplo.

    De nuevo Leopoldo Vázquez, al entrar de lleno en la fascinación de aquellas descripciones, tan similares a las que, por ejemplo legó Hipólito Villarroel,[8] no deja de dejar sentada su opinión al respecto de lo que percibe sobre lo que, a sus ojos significaba la fiesta de toros en la Nueva España:

   Nada hay que pinte mejor la mucha afición del pueblo mexicano a las corridas de toros, ya en aquella época, que el párrafo transcrito, pues por él se ve claramente que muchos preferían la diversión a las más perentorias necesidades de la vida.

   Lo propio que ha ocurrido y ocurre en España… exactamente como un espejo de la realidad entre dos pueblos que comparten un mismo y complejo amasijo de costumbres, aunque con un mar de distancia, y con la marcada diferencia de carácter entre aquel, muy sobrio pero festivo, y este americano y colmado de caracteres que le imprimieron al festejo taurino un espíritu propio, de ahí que las fiestas taurinas fueran iguales pero diferentes en muchos sentidos de su desarrollo en cuanto tal.

   Sigamos con la visión de Vázquez.

   La plaza proyectada por el Virrey debería constar de dos órdenes de palcos o lumbreras, grada cubierta y tendido. Cada orden de palcos tendría 80 palcos de tres varas de ancho, cómodos para quince personas cada uno, siendo la cabida total de los 160 palcos, de 2.400 personas.

   La grda tendría a su vez cuatro órdenes de asientos con capacidad para 1.600 espectadores, y el tendido destinado para la plebe (he aquí mencionada a una de las tres clases de gente en que se encuentra establecida la composición o categoría de la sociedad novohispana de entonces, bajo el criterio de quienes elaboraron el informe que aquí ha venido sirviendo para conocer los síntomas del caso analizado), ocho filas de asientos para 3.500 individuos, danto un total de 7.500.

   en la memoria mencionada, hace luego un resumen de los precios a que habían de venderse palcos, gradas y tendidos, en doce corridas de toros y tres novilladas, con más el producto de sesenta o setenta accesorias construidas en el exterior de la plaza para venta de diferentes objetos.

   El producto de todo esto lo hace ascender a la cantidad de 53.358 pesos.

   Por curioso, reproducimos el costo de las doce corridas de toros y tres novilladas, sueldos de administración y toros, que dice así:

 INFORME TEMPORADA TAURINA 1788_1 INFORME TEMPORADA TAURINA 1788_2

 CONTINUARÁ.


[1] Se refiere a don Manuel Antonio Flórez, quincuagésimo primer virrey de la Nueva España, en el periodo del 17 de agosto de 1787 al 16 de octubre de 1789.

[2] Conviene recordar que la disposición arquitectónica de la planta de aquella plaza y por entonces, era la de un espacio rectangular.

[3] Esta audacia en el armado sigue siendo una práctica hasta el día de hoy, por ejemplo en la plaza de toros de “La Petatera”, instalada bajo las mismas costumbres de aquella época, pues se convoca al conjunto de festejos a celebrar, y cuando estos han concluido, la plaza se desmonta para dar paso, de nuevo, al espacio público en que fue instalada.

[4] Como los hechos ocurridos en el mandato de don Fray García Guerra, decimosegundo virrey de esta Nueva España, del 19 de junio de 1611 al 22 de febrero de 1612 en que murió. El arzobispo mandó celebrar “en un cortinal de Palacio” varios festejos taurinos en viernes, y durante dos de ellos, en forma consecutiva, y prácticamente a la misma hora, ocurrieron sendos temblores de tierra, lo que vino a ser causa de extrañamientos que se dirigieron hacia el arzobispo taurófilo, el cual tuvo que desistir de tal disposición.

[5] El gremio de los tablajeros se apoderó materialmente de control de cierto porcentaje de las fiestas, por lo que en ocasiones se encuentra mención del mismo, afectado por los pocos o nulos ingresos a su favor, lo que les obligó en muchas ocasiones la solicitud de celebrar nueva temporada taurina para recuperar las ganancias previstas. Dicho monopolio encontró luego, en la figura del asentista o empresario la forma natural de su continuidad, como hasta nuestros días, aunque con diferentes mecanismos de funcionamiento.

[6] Sería interesante saber o conocer a qué “clases de gente que compone esta corte” se refiere el informante ya que, si nos atenemos al principio en el que hoy día se encuentra segmentada la sociedad, entendemos que hubo una clase alta, pudiente, la clase media y, desde luego, la clase baja, todos con derecho a asistir a los toros, previo pago desde luego.

[7] En tal sentido, la obra de Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps. viene a ser un referente valiosísimo para entender que la sociedad, sobre todo en la última parte del siglo XVIII alcanzó altos grados de relajamiento, de ahí la expresión o advertencia de la autoridad.

[8] Hipólito Villarroel: Enfermedades políticas que padece la Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que se le deben aplicar para la curación si se quiere que sea útil al Rey y al Público, introducción por Genaro Estrada, estudio preliminar y referencias bibliográficas de Aurora Arnáiz Amigo. México, Editorial Miguel Ángel Porrúa, 1979. 518 p.

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