América Taurina, de Leopoldo Vázquez a revisión. (Tercera parte).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   He aquí la curiosa síntesis de una cuenta de gastos de las muchas que fueron elaboradas como parte del enorme conjunto de festejos celebrados, en este caso bajo la convocatoria del Ayuntamiento, es decir de la autoridad que en esos precisos momentos demandaba la erección de una plaza fija, la cual y como todo parece indicar, comenzó a funcionar ese mismo año de 1788.

   Al seguir con la lectura de Leopoldo Vázquez, el también autor de otras tantas obras en su nivel de tratado tauromáquico, conviene seguirla como parte y obligación de este trabajo constante que, desde el blog mismo se convierte en una auténtica y gozosa aventura.

   Curioso es también en dicha memoria, la parte que se refiere al tiempo y días más apropiados para la celebración de las corridas, por las consideraciones que se hacen, y por la idea de la altura a que en aquella época se encontraba en México la fiesta taurina. 

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El orden y el control se impuso en la fiesta durante buena parte del siglo XVIII.

    Dice así la indicada parte:

   “Para el mayor lucimiento de estas funciones y poderse verificar, sin el quebranto que hasta aquí han experimentado los artesanos y demás plebeyos, que subsisten del trabajo de sus manos se hace necesario combinar la estación del año y días de semana más proporcionados para la ascensión de ambos fines. En consideración a los artesanos deberán ser las corridas precisamente en los lunes,[1] días que la costumbre ha hecho entre ellos más festivos que los mismos Domingos, y que regularmente invierten en funciones menos inocentes con tanto reparo del Gobierno, que se ha promovido expediente para procurarlos a trabajar en estos días, y ya que aquella sabia intención no tuvo efecto, parece política arreglada destinarles este día perdido para un entretenimiento menos vicioso y a que tanto propenden.

   “Siendo las lluvias uno de los mayores impedimentos de esta diversión, y concluyendo estas por fines de Septiembre, y cuando más tarde a mediados de Octubre con constante calma hasta principios de Mayo, pueden celebrarse en este intervalo con la siguiente distribución: 2 en el medio mes de Octubre o 4 en sus cuatro lunes si las aguas lo permitieran por haber finalizado en Septiembre;[2] 6 en los tres meses de Noviembre, Diciembre y Enero y las 2 ó 4 que restan para el completo de las doce en el mes siguiente a la Pascua de Resurrección, quedando al arbitrio del Gobierno reservar alguna más de las pertenecientes a los primeros meses si las estimase más ventajosas en esta segunda temporada, aunque el ganado no suele estar en la mejor disposición por el poco pasto que tiene en la precedente seguridad, con cuya consideración si la plaza no siente decadencia, convendrá celebrar las 12 en aquellos cuatro primeros meses, por hallarse entonces las reses con todo su vigor. 

 DE LO ANTIGUO A LO MODERNO...

De lo antiguo a lo moderno. (Fotografía: Juan Pelegrín).

    “El poco costo con que toda clase de gente puede disfrutar de este espectáculo tan nacional (y aquí Vázquez eleva este concepto a mayúsculas TAN NACIONAL, lo que es de llamar la atención), la reducción de la plaza a la capacidad de solas 7.500 personas, que es menor de la vigésima quinta parte de la población de esta capital,[3] los intervalos que median de una a otra corrida, para que lejos de causar la diversión, sea más apetecida, inspiran una evidente confianza de que la plaza no puede tener decadencia en las utilidades que se prometen y menos cuando las dotaciones fijas con que se compensan las habilidades de los toreros, tan mal pagados hasta aquí, pueden servir de estímulo para que vengan de España algunos de los muchos diestros en ese arte, y cuando no, podrán solo citarse, aunque sea a mayor costo, con el fin de que el público quede más complacido de lo que ha estado en tales actos por falta de habilidad en los lidiadores.

   “Finalmente, aunque saliese errado el juicio sobre las utilidades en una cuarta parte, de lo que se proponen, que es difícil atendida la mucha ociosidad del país, su mucha propensión a todo género de diversiones, su dominante pasión por la de toros y finalmente el crecidísimo concurso que se ha observado en estas mismas funciones hechas con menos lucimiento, arte y orden que el que aquí se indica, nunca podrá bajar de cuarenta mil pesos el producto líquido de la plaza”.

   Vázquez observa en seguida el hecho de que –y en este caso-, la autoridad encargada de elaborar el informe, que Se ocupa luego del costo de la plaza que edificada en debida forma hace ascender a 150.000 pesos a lo sumo e indica como sitio a propósito para su construcción a espaldas de la Acordada[4] entre el paseo de Bucareli y calle de la Victoria por la amplitud que entonces ofrecía para el tránsito de coches y gentes y a igual distancia de los dos extremos de la ciudad.[5]

   Hasta aquí, todo parece indicar que el proyecto estaba enfocado a que la plaza fuese levantada en el sitio indicado en el párrafo anterior, aunque por la coincidencia con el año en que la de San Pablo comenzó a funcionar, da por hecho la posibilidad de que un proyecto de tal naturaleza se trasladara a otro sitio de la ciudad, con lo que quedaban satisfechas aquellas necesidades de hacer más estable la condición de una condición festiva que se salía de control, debido al hecho de que la población de la capital novohispana celebraba en forma constante, o a partir de cualquier pretexto, fuese religioso, político o profano para entrar en ese estado de profunda celebración, no importando si el poder de convocatoria era de mayor o menor proporción.

   Termina esta parte Leopoldo Vázquez aduciendo que

   De todo lo expuesto se desprende que la afición a la fiesta de toros estaba casi tan extendida en México como en España, aunque con relación a los diestros no había los mismos adelantos que en la península

…y esto, a pesar de que por aquella época se encontraba uno de los más importantes, Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” que, como todo parece indicar, fue un diestro que llegó de la península ibérica hacia 1765, permaneciendo aquí hasta finales del siglo XVIII, hasta el punto de convertirse en un asesor clave para toreros y autoridades, pues en el proyecto fallido de Manuel Tolsá, Venegas aparece como un elemento de consulta para definir y decidir ciertos aspectos técnicos que era preciso conocer y tomar en cuenta.

   Desde luego, en este asunto, quien se ocupa ampliamente del mismo y otras muchas cosas, es indudablemente el Dr. Benjamín Flores Hernández, de quien prometo hacer reseña de su obra más reciente, para entender en forma más que clara el curso de la fiesta taurina precisamente durante el siglo XVIII. Como decían los viejos carteles: ¡¡¡Esperen noticias!!!

CONTINUARÁ.


[1] ¿Será el comienzo de esa tradición o costumbre conocida como el “San Lunes”?

[2] Vale la pena recordar que la ciudad de México tuvo a lo largo de muchos años el grave problema de inundaciones durante la temporada de lluvias. Las más extremas sucedieron entre 1628 y 1632 en que ésta quedó anegada, pasando los poderes políticos momentánea o temporalmente a la ciudad de la Puebla de los Ángeles.

[3] Según el primer censo de población de la Nueva España, dado a conocer en 1790, y del que he encontrado la edición que, en 1977 presentó la Secretaría de Programación y Presupuesto (Dirección General de Estadística), bajo 1er Censo de Población de la Nueva España. 1790. Censo de Revillagigedo “Un censo condenado”, se sabe que entre los años de 1787 y 1794, la población en el Valle de México se contabilizó en 47,080 habitantes. (p. 25).

[4] Tribunal de la Acordada, también fue sitio de prisión en la cual se custodiaban reos sujetos a proceso. En 1862 dicha prisión se trasladó al extinto colegio de Belen.

[5] Y no es casual dicha petición si se sabe que para el 4 de noviembre de 1778 en tiempos del Virrey  Frey Antonio María de Bucareli y Ursúa se estrenó un paseo público que luego tomó su nombre y que hasta el día de hoy se conserva.

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